domingo, 29 de marzo de 2009

Marruecos, un amigo que nos quiere

Me acabo de enterar de que Marruecos ha expulsado a cinco misioneros por hacer “propaganda evangélica”, según revela el ministerio del interior de aquel país, hermano, socio y aliado. Así tenemos de primera mano una prueba más de la modernidad y la reciprocidad de las civilizaciones y su intercambio cultural, social y económico.
No se trata ya de ser o no evangélico, se trata de que el principio de reciprocidad con Occidente no se cumple. Mientras en España, por ejemplo, los musulmanes solicitan terrenos y ayudas para poner mezquitas nosotros tenemos que aguantarnos estos ataques de chulería y prepotencia estatal. ¿Qué pasaría si nos negáramos a sus intereses o que les persiguiéramos por practicar y promover su religión? ¿Recuerdan lo de las caricaturas? No se impaciente nadie ni me ataque llamándome incendiario: todos sabemos que si la cosa fuese al revés tendríamos a medio mundo árabe protestando en nuestra contra de muy malos modos.
La aceptación silenciosa, este buenismo bobalicón con el que tragamos estos desplantes no hace ningún favor al tan cacareada “Alianza de civilizaciones” ni a ese diálogo entre pueblos que tanto bien nos haría a todos. No nos gusta la hablar de religión, pero no es tiempo para cobardías: este tema debe ser resuelto y el gobierno español debe exigir que las cosas cambien para que las relaciones no se resientan.
Molesta más que sean precisamente ellos, los marroquíes, los que se jactan de excelentes relaciones con la Casa Real y el Gobierno español, de ser tan amigos nuestros, los que cometan estos atropellos con un fin exclusivamente político y represivo. Pensar, y ellos así lo piensan, que el cristianismo o su ética o su estética es una amenaza para su civilización o su modo de vida o sus principios nacionales, es como decir que aquí no queremos a los budistas porque terminarán por hacernos a todos vegetarianos y nos vestirán de túnicas de colores chillones.
Habrá quien prefiera erradicar la religión del panorama mundial, citando lo del opio del pueblo y demás lugares comunes, pero eso es lo mismo que decir que ante el racismo todos o blancos o negros o amarillos. Esa no es la salida.
En un país donde el gobierno se acobarda y no sale a dar la cara para reclamar que todos somos iguales y que todos merecemos allí y aquí las mismas oportunidades, no puede ser un gobierno que nos convenga. A ver quién sale a criticar a Marruecos y les da con la realidad en la cara y lleva a los medios de comunicación la noticia y consigue que esto se convierta en tema nacional que necesita ser resuelto. Temo mucho que esto pasará sin pena ni gloria y nos tocará poner la cristiana y piadosa otra mejilla además de asistir, sin posibilidad de reclamo y poniendo buena cara, a la inauguración de la próxima mezquita en España. Con amigos como estos...

sábado, 28 de marzo de 2009

Mi máquina y yo

Mi máquina, la original, era prestada. Creo que era de la señora Vicky, la vecina de enfrente que nos la cedía de vez en cuando. De las primeras cosas que escribí en ella tengo guardado un poema que llevé al instituto cuando estudiaba con los salesianos: “no está mal me lo devolvió la profesora” y yo le había dibujado un corazón traspasado por la consabida flecha. Le tomé cariño a esa “mi” máquina prestada que me ayudó a presentar buenos trabajos cuando estudiaba la secundaria en Panamá. La cadencia de los golpes de tecla, a dos dedos, era una delicia, como una música de fondo que hace crecer las ideas. De aquellas fechas recuerdo también una pequeña lámina blanca de típex (su nombre correcto, según lo que he podido saber es "pintura correctora" y su definición exacta es: “líquido blanco que se emplea para cubrir los errores de escritura sobre papel de modo que, una vez seco, se pueda escribir sobre esa misma parte del papel”. Corregir sería en el futuro para mí algo más complejo y a palo seco, sin pintura. Luego me llegó la visión de los escritores y sus máquinas de escribir, sus fotos trabajando sobre su máquina. Deseé en silencio una pero no había “plata” para es lujo y, viendo la reacción de la profesara a mi poema supe que mi arte no podría pagarlo. Fotos de Hemingway, de Cortázar (que aparece escribiendo en el campo) y otros se me fueron acercando para decirme que sin máquina no había literatura y me dolía, no crean, pero no comprendía entonces que de la máquina hay que extraer el texto con las propias manos, que no vienen cargadas con buena literatura. Underwood, Olympia y Olivetti se convirtieron para mi en nombres cargados de literatura y de heroísmo manual. Todo esto viene a cuento porque mi amigo Juan Salas nos mandó un enlace con un artículo de mi perseguidor Enrique Vila-Matas que a su vez hace alusión a mi otro amigo de azares y casualidades literarias, Paul Auster, y su confesión de amor a su máquina de escribir.
Por fin mi mamá compró una máquina de escribir y la tenía en casa. Yo ya llevaba varios años viviendo en Madrid así que no la conocí hasta mucho tiempo después en uno de mis viajes de vuelta a mi tierra. “Mamá me la quiero llevar”, le dije. Ya tenía yo ordenador, no he podido ser como Paul ni como Enrique, pero quería intentarlo otra vez con la máquina. Mamá me dijo que sí, claro, soy su rey, su hijo mayor, el de las ilusiones, todo para el escritor. Y emprendimos el viaje a España mi máquina y yo. Pasaríamos por Miami, el 11 de septiembre no era ni siquiera una pesadilla en nuestras mentes así que me embarque con mi máquina. “La va a facturar” me preguntaron en el aeropuerto al salir de Panamá, “no, es mi equipaje de mano”. Me miraba un poco raro aquella chica joven, como reprochándome la osadía de hacer viajar a una máquina de escribir, "con lo fácil que es el ordenador", todo esto lo deduje por su cara. Ya en el avión, la coloqué con cuidado en los portamaletas. Mi compañero de asiento me puso la cara de la chica de antes. “Pero si en Madrid las venden” pareció decirme. Me hice el distraído y me dispuse a imaginarme ante mi máquina, con la cadencia del golpeteo de las letras sobre el rodillo que soporta heroico la hoja en blanco. Me vi sacando de mi máquina, golpe a golpe, las mejores historias, los mundos mejor construidos, los personajes bien perfilados. Al llegar a Miami los de allí me miraron y pensaron igual que los dos primeros sólo que en inglés, lo supe por sus caras estadounidenses de “I can't believe it”. Ya en Madrid cuando iba a pasar por delante de la Guardia Civil, me preguntaron que de dónde venía. “De Panamá”, contesté agotado del viaje. “¿Y eso?”, señaló el guardia mi máquina. “Una máquina de escribir” contesté secamente. “¿Para qué?” insistió asombrado. “Soy escritor” le respondí y arqueó las cejas resumiendo en español de España todos los rostros del camino: “éste está tonto”. Así llegó mi máquina a Madrid. Escribí, sí, poco. Me mudé y la máquina me siguió fiel y hoy descansa en el trastero entre la ropa de mi mujer Marga Collazo y los juguetes de mi hija Lucía, que ya es mayor, tiene cuatro años, y ya no usa. Por culpa de ese artículo de Vila-Matas me he bajado al trastero, la he sacado y me la he subido para teclear este artículo. A diferencia de él yo tengo un último rollo de cinta guardado. Cuando me asalta la nostalgia la saco y me la subo a casa y mi mujer me pregunta que qué hago que si se ha estropeado el ordenador. “No, cosas de escritores” le digo con solvencia teatral y ella resume en su cara todas las caras de este artículo: éste lo que está es loco de literatura”, y entonces yo me rió y me doy cuenta de que por fin tengo algo que Vila-Matas no tiene y que tiene que ver con su arte literario: cinta para escribir a máquina. "Cuando quiera se la presto", me digo una vez más pero él no se decide a llamarme.

jueves, 26 de marzo de 2009

Cumplir

Los primeros minutos de este 26 de marzo los paso escribiendo estas reflexiones y pensando en mi madre que estaba aquel día del 72 trayendo al mundo a su primer hijo.
Cumplo con el asombro de cada día a pesar de haber visto tantas cosas malas y buenas y sigo experimentando la alegría de las cosas sencillas. Sigo llorando por las noches ciertas ausencias y sigo también amando las letras aunque se me escapan por los poros de mis textos sin resolver.
Sigo cumpliendo cada año con el rito auto impuesto de recordar a mi abuela que se fue en silencio una mañana de mayo sin despedirse de mí, trayendo a la memoria aquello que siempre me decía por estas fechas “me estás alcanzando” y cada día que pasa compruebo que es verdad. Cumplo con la alegría de despertarme cada mañana con la mujer más maravillosa de este planeta estúpido, Marga Collazo y con la risa pícara de mi hija Lucía que pronto aprenderá a leer y se lo pasará en grande con su hermanito (¿hermanita?) que viene poco a poco hacia nuestras vidas. Cumplo 37, muchos, pocos, no sé pero cumplo y cumplo con la lucha por cumplir mis sueños.
En el camino muchos son los que darían su vida y media por la mía y a ellos les debo en un día como hoy una mención especial sin entrar en la vulgaridad de nombres y apellidos. Ellos saben allí donde estén, lean o no esto, que son precisamente de ellos de quienes hablo y no de otros.
Cumplo con el caminar por la fe en un Dios que no está de moda pero que es el que sostiene bajo mis pies el camino que tránsito hacia todo lo que quiero ser, hacia todo lo que puedo hacer. Cumplo con la alegría que merece vivir esta vida aunque sólo sea la mía.

martes, 24 de marzo de 2009

¡Enhorabuena Andrés!

Conocí a Andrés Neuman en un encuentro de escritores jóvenes latinoamericanos en Casa de América en Madrid hace años. “¿Carlos Neuman?” le pregunté, (odio acercarme a los escritores, no sé qué decirles de entrada) “Andrés, Andrés Neuman” me contestó. Me dio su correo electrónico y al cabo de los meses viajé a su Granada de acogida para invitarle a la Feria del Libro Centroamericano que se celebraría en Panamá para 2003. Al final no le invitaron, la cosa no cuajó, pero fue un fin de semana de para conversar y conocer a un hombre excelente y un gran escritor. Presentaba por aquellas fechas (hablo del 2002) su poemario “El tobogán” que contiene un poema que me cautivó para siempre: “Palabras a una hija que no tengo”. Le dije que ese era el poema que siempre había querido escribir y él, amable como siempre, me replico en la dedicatoria algo que me reservo para mí.
He coincidido con Andrés aquí y allá, sobre todo le he leído con admirada atención y lo he recomendado mucho a mis amigos. Le he visto crecer como escritor y disfrutar con cada nueva obra suya que no hace más que madurar para convertirse en uno de esos escritores que será necesario revisitar con atención en el futuro que ya es hoy.
Ayer, me enteré por Juan Casamayor, otro gran hombre y amigo, que a nuestro a querido Andrés había ganado el premio Alfaguara de Novela. Me alegré muchísimo. Sin haber leído ni una sola línea, conociendo unos muy mínimos pincelazos de la obra, estoy seguro de que dará de qué hablar. Mi enhorabuena como amigo y lector y ya tendremos oportunidad de celebrarlo. Mañana se lo contaré a mi hija Lucía que le quiere mucho sin haberle visto nada más que en fotos. Pronto lo remediaremos. Enhorabuena.

viernes, 20 de marzo de 2009

La hermana de Justo Navarro

Hermana muerte del granadino Justo Navarro es básicamente una atmósfera. En sus pocas páginas se recogen los recuerdos de un adolescente que asiste al deterioro progresivo de su padre y luego de su muerte al desarrollo de unos hechos que tiene que ser desconcertantes a esas edades. La novela tiene su trama ligada a la especulación inmobiliaria que es metáfora y fuente que nutre el deterioro de las vidas del adolescente y de su hermana. El patetismo de los frecuentadores de la hermana, sus nombres y sus costumbres dan cuenta de una psicología que se advierte bajo esos detalles sin ser necesario la exhaustiva explicación de las debilidades y complejos de aquellos personajes. Obra inquietante y que deja abiertos muchas vías de reflexión, Hermana muerte es toda una lección magistral de construcción concienzuda de la atmósfera. Cuando se lee la novela el entorno del lector se llena del polvo de las obras, del ruido de las grúas y las noches se iluminan con las luces de estas. Y el silencio, al leer se oye el silencio de los domingos cuando las obras paran en la novela.
Consigue el granadino una de sus más importantes obras (El alma del controlador aéreo, siendo más larga y de otro registro muestra como el escritor ha crecido en el dominio de su oficio). Es un trabajo como digo de atmósfera y de condensación psicológica de los personajes. La brutalidad recordada por el adolescente, la naturalidad con la que acepta que su hermana se estuvo prostituyendo dan cuenta de cómo es en la actualidad el hombre que recuerda aquellos días con una frialdad que espanta. Ve en los amantes de su hermana partes de su padre, voz, espalda, nariz (como si se tratara de un destripador), que entiende como una señal del difunto. El narrador-personaje que recuerda todo aquello sería en la actualidad un ser frío, que no muestra remordimientos por lo que hizo, que no siente empatía por la hermana prostituida, que distorsiona el recuerdo del padre y de la madre cleptómana (otro tema en el que abundar), podría perfectamente convertirse en un psicópata de libro. Quizá Justo Navarro pueda construir una novela negra de las que tanto le gustan con el perfil psicológico de este hombre que mira al pasado sin rabia pero sin mostrar la más mínima sensación de tristeza por lo que hizo. El asesinato de la maestra o de Martín y la distancia que toma el personaje de esta brutalidad dan cuenta de su radical pérdida de toda empatía. El lenguaje consigue que con pocas palabras veamos el barrio desahuciado a favor de obras de nuevo cuño y vivamos inmersos en una casa con su atmósfera cargada de rencor, sensualidad (que no debe ser entendida como “sexual” sino todo lo contrario) y sobre todo de onirismo como vía de vuelta a aquellos recuerdos por un hombre. El pasaje de la casa del novio de la hermana que parece un laberinto dentro de una fábrica, da la sensación necesaria de distorsión de fantasía evocada asociada a un sueño por lo raro del lugar.
La fiesta final es también una especie de bacanal, como si fuese una suerte de aquelarre al que asisten todo tipo de seres convertidos en fantasmas mientas el novio de la hermana yace muerto (¿o no?) en la carretera. Sistema de expresión con una solidez que se encuentra en pocas novelas de las dimensiones de esta, la obra de Justo Navarro debe ser leída como ejemplo de construcción precisa, de economía de palabras y de uso sutil de metáforas que volvemos a decir, constituyen el fundamento de una atmósfera que envuelven al lector en una historia inquietante y que definitivamente da para comenzar con una saga que solo Justo Navarro podría convertir en un éxito literario seguro.

jueves, 19 de marzo de 2009

Padres

Ya que nos imponen el día del padre y nos dan incluso el día libre, no así con las madres (a ver, la de Igualdad que monte un numerito en el Congreso para esto) me toca reflexionar en la figura paterna.
La verdad es que mi padre no es una gran referencia pero sí otros hombres que han influido en mi vida. De todos ellos sólo uno no me ha decepcionado y ha mantenido en mi vida el peso necesario del respeto paterno-filial. A él, feliz día.
Cualquiera puede engendrar, poner la semillita, inseminar, pero ser padre muy pocos. A mí me encanta ser padre de Lucía aunque ella tiene el suyo, el biológico, el que todos tienen, pero me encanta ser yo el que me pase el día con ella jugando y aprendiendo el uno del otro. Me da igual quien se enfade por lo que digo pero el amor, el afecto, no lo da un apellido, lo da un cruce constante de vivencias que nadie puede robar ni cambiar.
A mí me han regalado una cosa para poner las llaves, decorada con un dibujo exclusivo de Lucía que hizo en el colegio: una maravilla que tengo en mi mesa de trabajo junto con un Snoopy con una máquina de escribir ( estoy escribiendo un artículo sobre ellas) y que Lucía me ha “cedido” para que me acompañe cuando ella no está mientras escribo. Un asombro con patas como me dijo un día Andrés Neuman.
Ahora me queda poco para ver nacer al fruto de mi propia carne, al hijo o hija que llevará la mitad de mi ser en él. Será una maravilla y espero ser más que un padre biológico. Los años lo dirán y cuando ellos tengan la edad que yo tengo espero que aun, quieran llamarme y que no les pase como a mí.

A vueltas con la Microficción

Decía Poe que toda excitación es efímera, esto teniendo en mente lo que él llamaba unidad de impresión, término asociado al efecto que el cuento debe dejar en el lector como unidad sintética, como un disparo a bocajarro.
Para lograr un efecto duradero, sigue pensando Poe, es necesaria la insistencia en un motivo o efecto. Se necesita según, él, “la gota de agua sobre la roca”. Inmediatamente pensamos en la novela para logra ese efecto. Y nos quedamos tan anchos.
No seré yo quien niegue la mayor (o sí, para eso está), que la novela como género caleidoscópico (me gusta esta palabrota) y lleno de posibilidades ofrece esa “gota sobre la roca” que decía el de Boston, ese desgaste en la mente del lector que le hace quedarse ensimismado al final, recogiendo con la memoria los grandes momentos de la novela para construir su reflexión final.
Pero creo que no es necesario irse hasta la novela como goteo necesario. La Microficción cumple con creces esa necesaria condición de goteo para conseguir ese efecto duradero. La relectura que exige un buen microrelato pone de manifiesto su condición de gota, su calidad de artefacto capaz de sacudir la curiosidad y la reflexión de los lectores.
Fue Hemingway quien dijo que la novela gana al lector por puntos y que el cuento lo gana por K.O. Como la figura boxística se agota diremos aquí, siguiendo la estela de Poe en este año del Cuervo, que el microrelato se gana al lector por espanto, ya que la súbita aparición y desaparición del texto termina produciendo en el lector una tóxica y saludable necesidad de releer y releer los textos, recordarlos con una mueca de susto o de alegría y meditarlos, cosa harto difícil de conseguir entre tanta mala hierba literaria.

El enfermo (microrelato)



Para Enrique Jaramillo Levi: maestro y amigo.
—Que pase el siguiente—, dice el doctor a la enfermera.
El paciente, rostro grave, se sienta ante la atenta mirada del galeno.
Segundos después de examinarle, el médico comienza a enumerar síntomas.
—Vista cansada, insomnio voluntario, desdoblamiento de la personalidad, tendencia a cambiar la realidad, lectura compulsiva. ¡Está usted muy seriamente enfermo! —concluyó.
El paciente, más que preocupado, se ve sorprendido por el rotundo acierto del diagnóstico.
— ¿Y qué tengo? —pregunta el enfermo.
—Literatosis —responde el doctor Onetti.
— ¿Y la cura? —pregunta el literatoso agudo.
—Ninguna amigo, ninguna. El que se contagia de esto siempre va a peor.

Madrid, 2002.

martes, 17 de marzo de 2009

Vidas posibles

Un niño no tiene por delante una vida, como un callejón angosto, sino el completo y espléndido repertorio de las vidas posibles. Porque él podrá serlo todo, atentamente escucha en las prodigiosas proezas que le refieren –guerras, naufragios, cacerías de tigres- su propia historia, sus probables y altos destinos. El eco de esta ilusión nunca se apaga y todo en nosotros va envejeciendo, salvo la afición por los relatos. De soñar estos sueños la humanidad no se cansa.
Adolfo Bioy Casares.


El primer atisbo de esas otras vidas posibles, de ese amplio repertorio del que nos advierte Bioy, surgió un mediodía cuando tenía yo cinco años y caminaba junto a mi madre que me había ido a recoger al colegio. “Le metí su buen puñete en toda la cara”, le dije a mamá que caminaba escéptica a mi lado y ponía un gestito de “no te inventes cosas”. Pero solo puso el gesto, le parecía aunque remotamente, verosímil. Me pegaban en la escuela, Luciano me pegaba y yo no era capaz de devolverle la violencia, no por santo sino por miedoso. Allí, en ese camino de vuelta casa descubrí la diferencia entre la vida que vivía y la que quería vivir, entre mentir por salvar el pellejo o por entretener a los de más y a mí mismo de la vida que teníamos. Luego en el patio, durante el recreo, me inventaba historias de miedo para aterrorizar a mis compañeritos, inocentes ellos, por no tener una abuelita a la que le gustaban las películas de terror. Aun así, yo seguí siendo miedoso durante un largo periodo de mi vida. Después en casa, años después, mi hermano me reclamaba cada noche lo que en tiempos bautizamos como "la historia", una serie oral donde mis primos, mi hermano y yo vivíamos miles de aventuras en una búsqueda paralela (cuentista y lector-oidor) de vidas que no eran las nuestras, que la superaban en dicha, libertad y aventura.
El lector empedernido vive una enfermedad parecida a la del escritor, a pesar de no querer escribir. Meterse en la piel de otro, dejarse asustar, enamorar o cabrear por un prestidigitador literario, por un mentiroso evidente que no oculta que en realidad “el lugar de la Mancha” sólo existe en el olvido de un personaje que podría haber existido y en eso, en el “podría”, está la clave de escritores y lectores. Si no conmueve, no transmite, no funciona y conmover no es solo hacer llorar, es como dice el DRAE: perturbar, inquietar, alterar, mover fuertemente o con eficacia. Sobre todo con eficacia, precipitando sobre los lectores un aguacero de vidas y situaciones que le amarguen o que le alegren el día.
Así que Bioy tiene razón en eso de que los niños no tienen delante un callejón angosto, sin salida tantas veces, sino un amplio repertorio de vidas posibles, primero como lectores, luego, quizás, como escritores pero la verdad es que tenemos sobre todo, si seguimos caminando por la frase del argentino, futuro, no siempre posible pero sí verosímil, solo basta con leer, confiar y trabajar para que al final leamos una historia con un posible final feliz.

viernes, 13 de marzo de 2009

"Parajodas" o el sentido común perdido

Decía un amigo mío que “la balsa de la humanidad se hundirá por el peso de los imbéciles” y no le falta razón porque en materia de cautela informática algunos parecen haber perdido el rumbo o haberse convertido en cándidos creyentes en la bondad innata de los cibernautas, sobre todo en materia de imágenes de menores en la red. Me explico.
¿Pondrían ustedes imágenes de sus hijos o hijas semidesnudos en la red por muy inocentes que sean las imágenes? Si su respuesta es no, bien, es usted una de esas personas que no se la juega con nadie. Pero si su respuesta es afirmativa aquí tiene unos datos. La ley a este respecto es muy clara (Ley Orgánica 1/1996, de 15 de enero, de Protección Jurídica del Menor, de modificación parcial del Código Civil y de la Ley de Enjuiciamiento Civil. y la última instrucción 2/2006 sobre el Fiscal y la Protección del Derecho al Honor, Intimidad y propia imagen de los menores.). Para que dicha publicación sea legal es necesario el consentimiento escrito de madre, padre o tutor/a, es imprescindible en el caso de cualquier uso o publicación de las imágenes de los menores. En dicho escrito se deberá además explicitar con claridad el objetivo y actividad concreta para la que se solicita la difusión de estas imágenes. Esto afectaría a cualquier tipo de publicidad de las imágenes: publicaciones, galerías de imágenes web, vídeos, etc.
Por otro lado, si uno busca información sobre el tema todos los expertos nos recomiendan no exponernos, ni a nosotros ni a nuestros hijos y se muestran preocupados por la facilidad con los más jóvenes cuelgan fotos suyas en situaciones cotidianas como desvestirse, ducharse o estar en la cama. Aparte lo de las consabidas imágenes medio pedos del botellón del fin de semana. Y esto lo decimos de menores con criterio, 15, 16 años. Pero es peor aun cuando son los propios padres que en un alarde de inocencia o estupidez cuelgan imágenes de sus hijos en la bañera o desnuditos en la cama cuando eran bebés o con el culito al aire cuando estuvieron de veraneo en la playa. Mucho cuidado porque lo que se pone en internet no vuelve, es difícil de recoger y qué decir de controlar su uso o distribución. Menos mal que Rodin y su pensador nos visitan por Madrid. Habrá que acercarse a ver si se nos pega un poco de esa actitud reflexiva.
Recordemos el caso de Allison Stokke una chica joven que hacía salto de pértiga y su imagen, sin ser erótica ni pornográfica, terminó colgada por doquier en la red y con su padre intentando cerrar portales por medio Estados Unidos y resto del mundo. Inútil.
Es estúpido creer, parajódico como diría mi amigo Guillermo Cabrera Infante, que queramos proteger a nuestros hijos pero difundimos sus imágenes inocentes por la red en bañeras, playas y otros sitios para nosotros inocentes pero, a ojos de unos depredadores pederastas, se transforman en objeto de sus maldades. Todo esto sin ser alarmista. Quien nos tache de ello que pregunte en asociaciones de usuarios de Internet a la Policía Nacional. No podemos estarnos tranquilos aunque nos tomen por tontos y alarmistas.
Bastante tenemos con los malos de siempre que han encontrado su cueva en la red, en el lado más oscuro y sórdido, como para que nosotros terminemos exhibiendo a nuestros hijos. No podemos mirar la realidad con la candidez de una vaca asturiana, tenemos que ser más pícaros que nuestro Lazarillo para que nuestros hijos estén a salvo. O por lo menos no tan expuestos a la maldad. Si no recuperamos el sentido común perdido terminaremos por ser los protagonistas de nuestra propia historia de terror lo cual no deja de ser parajódico.

miércoles, 11 de marzo de 2009

La violencia que no cesa

La noticia me llegó por Internet. El director del Instituto Nacional de Cultura (INAC) de Panamá había sido asesinado en un tiroteo por los atracadores do un furgón blindado. Una estupidez. Un hombre culto, con el que se podía estar o no de acuerdo en política, un hombre en la cumbre de su vida. Un hombre bueno, querido y respetado falta de su casa, de sus amigos, de su trabajo y de su tierra por una violencia que no cesa. Este es el momento de reflexionar sobre el camino por el cual está marchando nuestra sociedad. Si Machado aseguraba con elocuencia que el camino se hace al andar estamos ciertamente los panameños haciendo un camino que conduce a la muerte y el desarraigo social. Ante tanta desgracia, ante tanta injusticia social, no es infrecuente encontrarnos con gestos violentos como el que le ha costado la vida a Anel Omar Rodríguez. La idiosincrasia de los violentos se nutre del rencor social y se enmascara tras la necesidad. Estos desalmados a los que no les tiembla el pulso a la hora de matar nos son necesitados: son hombres sin conciencia que no creen en el trabajo ni en la responsabilidad civil, creen en su vicio, en su maldad y en sus métodos marca “juega vivo”.
Nuestro país, visto desde fuera, ofrece un panorama triste, de confusión política, de encendido populismo y de pobreza. Acúsenme de lo que quieran pero eso lo que se ve en los periódicos cada día. Ante las cifras que señalan que un millón de panameños viven en la pobreza no queda más que protestar contra políticas que vienen dejando el poder en manos de los mismos, en manos de políticos que no tienen conciencia ni respeto por la altísima responsabilidad que el voto del pueblo libre les confiere.
Esta radicalización de la violencia se da la mano con la blandura de las autoridades, de la poca entidad que como garante de la seguridad y la prosperidad tiene el estado, que va cediendo poco a poco el terreno a los ladrones y demás violentos que saben que el miedo se ha instalado junto con la pobreza en el corazón del pueblo. Las opciones políticas que se barajan en Panamá para las próximas elecciones no ofrecen más que lo de siempre: populismo, demagogia y plata para los de arriba, para los de siempre. El principio de la renovación de la sociedad pasa por reconocer quiénes somos y qué nos pasa. Creer en cuentos de puentes del mundo y corazones del universo por que sí, porque siempre se ha dicho, es traicionar el futuro de todos.
Espero que el pueblo panameño se despierte del letargo, que empuñe la bandera de la dignidad y del civismo para frenar de una vez por todas esta lacra que se ha puesto de manifiesto por la muerte de este hombre de la cultura panameña. Son muchos los que mueren violentamente en Panamá pero este debería ser el último, Anel Omar Rodríguez debería ser la gota que colme el vaso.

Microficción

La proliferación de microcuentistas o microrelatistas o simplemente escritores de minificción (minificcionistas) no es ni más ni menos que una manifestación de que en nuestro medio literario algo está cambiando. A pesar de que a nuestro querido Javier Marías (querido sin ironía y no me explico más) le parezca que desde “El dinosaurio” (“ese ya insoportable cuentecillo” según su criterio de mayo de 2007) han aparecido una “corriente imitativa aun más insoportable”. Corriente sí, pero no imitativa. Faltaría más, como si llegar a “El dinosaurio” hubiese sido tan sencillo como llegar al cuarto de baño de cualquier casa o librería.
El microrelato se viene dando desde muchísimo tiempo atrás, no se lo inventó Tito, y ha sido objeto de importantes estudios y cuenta con una larga lista de impecables practicantes. José María Merino, Ana María Shua o Fernando o Iwasaki son sólo algunos de ellos y más que podríamos citar aquí. Hacerlo sería abusar del género. Expertos como Fernando Valls, el profesor Souto, José María Merino, Lauro Zavala por no hablar de Ignacio Reler, son sólo una pequeña muestra de lo que se está haciendo sobre este género que algunos ven como el género que mejor se adapta a los tiempos de crisis.
Y es que la brevedad, la velocidad silenciosa que comunica este género sumado a su capacidad necesaria de hacernos releer, hacen que los hombres y las mujeres paren mucho más, tomen más aire al acercarse a un microrelato que cuando se acercan a la novela. Como nos dijo más o menos Hipólito G. Navarro el día que presentó “El pez volador”, los cuentos son en la mesa de novedades “¿tienes un minuto” y concedes el minuto. Ante las novelas “¿tienes tres meses? a lo cual nadie se detiene. La cosa es así con los géneros literarios en estos tiempos trepidantes. La microficción es entonces “tienes un segundito” y la gente se queda con uno para que se los contemos varias veces para que le cojan todas las lecturas posibles al texto.
No “cuestan tan poco” como se pregunta Marías en su artículo de hace años. La microficción es una disciplina que requiere paciencia, muchos silencios y una gran dosis de humildad por parte del escritor. Pulir, reducir, reescribir parafraseando a Andrés Neuman otro practicante del género. La súbita aparición del microrelato tiene que contar con la necesaria disciplina del escritor y con la irrenunciable, ya no complicidad, sino también disciplina esta vez lectora y atenta del que se enfrenta al texto. Se escriben a sorbos, en jornadas de transpiración literaria y así han de ser leídos, poco a poco y vueltos a saborear para encontrarnos, pasadas varias jornadas, con nuevas texturas en el paladar literario.
Eduardo Berti y Clara Obligado han hecho para “Páginas de espuma” selecciones de grandes microrelatos pero la lista de libros y antologías de ayer y hoy es amplia.
No le hagan caso a Javier Marías: lean microficción, escriban minicuentos, estudien microcuentos, intercámbienlos pero sobre todo vuelvan a leerlos, vuelvan a disfrutarlos. Los que se oponen al género se pronuncian con vehemencia afectada de culturetismo (“microrelatos o algo así”, dice Javier) de pro que suena a resentimiento por no poder escribirlos y ser incapaces de disfrutarlos. En fin a sí es la vida. Por cierto, ¡qué casualidad! el sillón de Marías es el R.

viernes, 6 de marzo de 2009

Sequedad

A veces es como tratar de resucitar a un muerto. Las ganas de trabajar se dispersan por lo agrietado del camino, por el jadeo sediento de lecturas en jornadas maratonianas bajo el sol de las circusntancias y del tedio cotidiano. Parce que no hay quien nos rescate de una vida que deseamos que no sea exactamente como la que estamos viviendo.
Me encuentro con un texto de Eduardo Halfon, paisano centroamericano y Hermano de letras: "encontrar el momento preciso en que una persona cualquiera deja de ser una virgen literaria, y empieza a hacer el amor con las palabras".
Y entonces recuerdo. Panamá, Alberti, Benedetti, los primeros poemas, las ansiadas lecturas, la vida mirando las letras ir y venir.
La literatura se despereza. La cosa parece que comenzará otra vez o tal vez nunca paró. Los tiempos del trabajo literario hay que imponerlos sino el sueño de la creatividad producirá necedades.
Me pasó un angel por encima, caí en la literatura. Ahora no hay más remedio que seguir trabajando. Las musas vendrán cuando les dé la gana.