martes, 30 de junio de 2009

La necesaria soledad

Escribir es perseverar. Parece una perogrullada pero es así. Cuando converso con gente que pretende escribir termino diciéndoles lo mismo: hay que insistir. Caerse, levantarse. Apartarse para conversar con los recuerdos, crear historias que luego otros puedan transitar, pero estando solos, es necesario.
No depende de nadie más que de uno lo que se escribe. Ni de los niños que gritan, ni la mujer que reclama o la amante que nos desea con ardor insaciable. De nadie es la gloria ni el infierno literario más que para el escritor. “Un libro puede hablar de soledad o compañía, dice Paul Auster, pero siempre es necesariamente un producto de la soledad”.
Fijarse metas, tirar las líneas de un camino que tenemos que seguir, sembrarlo de soles o de sombras lo que queramos, lo que más nos guste pero la soledad es absolutamente necesaria. Necesaria para digerir toda la realidad que vivimos, porque como ya ha dicho un buen amigo cuenta sólo aquel a que le ocurren cosas.
Vivimos es cierto, vamos, venimos. Nos hacen daño o dañamos y de pronto una mínima luz de unas palabras, un gesto en una foto o una pintada en el baño de una gasolinera ponen en marcha el mecanismo de una historia y entonces sobreviene la necesaria soledad.
Kafka, amigo de la necesaria soledad, dijo que “todo cuanto he realizado, es solo un logro de la soledad”. No sabemos si la soledad nos lleva a escribir o es la escritura la que nos empuja a estarnos solos para escucharla. Sea como fuere, no renunciemos por miedo: hay que estar allí para abrazarla, para que vengan las letras a posarse sobre la pantalla del ordenador con la consabida transpiración de los que luchan solos con personajes de tinta, que viajan en naves de papel o que lloran lágrimas de letras y se enamoran de una esdrújula esbelta o son asesinados por un adverbio mal encarado. De la soledad vienen y en soledad serán leídos.

Honduras: la hora de la verdad

Pisotear la democracia, eso es lo que está haciendo el ejército hondureño. Pero hay un revés de esta trama que no debe desviarnos de un hecho también antidemocrático: convocar un referéndum contra la legalidad constitucional. No olvidemos que el mismo Manuel Zelaya, amigo de Hugo Chávez, quería combinar la constitución para reelegirse.
Nada justifica un golpe de estado. En democracia hay que respetar las reglas del juego, empezando por los propios políticos, pero también, y esto es fundamental, el ejército que debe garantizar la seguridad de los ciudadanos debería mantenerse en los cuarteles y no prestarse, usando la fuerza de las armas, para intimidar al pueblo. Al presidente Zelaya tenían que haberlo destituido sus propios copartidarios pero no usando las ramas. Esto, aparte de ser cobardía, es un atropello contra la legitimidad democrática elegida por el pueblo libre en unas elecciones limpias.
Para noviembre habrá elecciones en Honduras. ¿Qué pasará de aquí a esta fecha? Crispación, muerte, incertidumbre, más pobreza. El presidente Zelaya debe volver a Tegucigalpa, asumir su mandato y ser inmediatamente depuesto, democráticamente, usando los resortes democráticos por no plegarse a la Constitución. El pueblo hondureño no debe olvidar las malas intenciones ilegales de su Presidente pero tampoco debe tolerar que los militares garanticen la libertad con las arma. La libertad bajo las pistolas no es libertad, es incertidumbre y tensión.
En Panamá pasó algo parecido y pasaron 20 años de dictadura. Que no les pase lo mismo hermanos. Desde aquí nuestro apoyo y repulsa sin fisuras al golpe de estado. Pero mi enérgica repulsa a un referéndum antidemocrático perpetrado por un hombre que juró un día respetar la constitución.
Necesitamos un equilibrio en estas horas tensas, en esta hora de la verdad, en estos días en los que la democracia y no las dictaduras militares ni los intervencionismos de amigotes con aires bolivarianos. Es la hora de la verdad para los hondureños y para todos los que amamos la libertad.

sábado, 27 de junio de 2009

Por los senderos con... Manuel García Rubio

La novela de Manuel García Rubio “Sal” sigue enganchando lectores y sigue cosechando éxitos a pesar de llevar muchos meses en la librerías. No se trata de una novela pasajera. “Sal” una novela de estructura arriesgada y rebosante de buena literatura ha venido para quedarse con los lectores.
Entrevistamos a su autor en diferido y, aunque en Panamá por ejemplo “estar salado o “tener sal” es de mala suerte, en el planeta Literatura, “Sal” es una novela, no con suerte, sino con un gran autor detrás de ella.


1. Cómo llegó hasta “la sal” para su novela, es decir, hasta la idea de la metáfora.

La sal es una materia delicuescente, es decir, tiene la cualidad de absorber la humedad ambiente y de disolverse en ella. Si la sal no se protege, acaba diluyéndose, convirtiéndose en agua. Es, por tanto, una materia suicida. De aquí que, de forma recurrente, la delicuescencia aparezca como metáfora de descomposición con relación a determinados momentos históricos de decadencia social. Creo, sinceramente, que nos encontramos bajo la amenaza de la “licuefacción” del individuo, que bebe con indolencia de todo lo que lo rodea y corre el riesgo de desaparecer como protagonista de su propia vida, diluido en el tráfago de cuanto está a su rededor. De hecho, el capitalismo consumista y rampante lo ha convertido en un objeto de consumo más. Cada vez más, somos individuos – escaparate. Observemos, por ejemplo, esa manía generalizada de tatuarse el cuerpo, como si éste no fuera suficientemente expresivo y necesitara de rótulos que den pistas a los demás acerca de quienes somos y lo que estaríamos dispuestos a aceptar.

2. Parece una obviedad pero ¿qué le debe “Sal” al cine y por qué?

En “Sal”, el cine está presente en cada página, tanto por las referencias constantes a películas de toda condición como por el recurso, en ocasiones, a la técnica del guión cinematográfico para contar las distintas historias que se cruzan en el texto. “Sal” es una novela moderna, y por eso no puede prescindir de la iconografía audiovisual, que es, en buena medida, responsable de casi todos los lugares comunes de nuestro pensamiento global y casi único. Nuestra cultura es libresca pero, más aún, cinematográfica.

3. ¿Qué opinión le merecen los talleres literarios? Urbano asiste a uno.

En “Sal” hay juegos de distinta naturaleza, incluidos, por supuesto, los metaliterarios. El diálogo que se establece entre los lenguajes novelesco y cinematográfico se sustancia en el ámbito del taller literario al que asiste Urbano, el protagonista. Se trata de un encuentro de lenguajes con resultados muy curiosos y creativos, que ponen en cuestión las fronteras entre los mismos. Por otra parte, el personaje de Simondebovuá, la directora del taller, ha funcionado como alter ego del autor, de modo que las discusiones que mantiene con Urbano son, en realidad, broncas que yo mantengo conmigo mismo.

En todo caso, creo en la importancia cada vez mayor de que los ciudadanos conozcan la técnica de relato de ficción, en la medida en la que el Poder tiende a colar sus mentiras por ese medio. Sobre este asunto escribí una apostilla que puede leerse en mi blog, y que viene a concluir que todas las mentiras son de novela y que, por eso mismo, es bueno que todos conozcamos los entresijos del género.

4. “Tiempos líquidos” ¿Qué opinión le merece Zygmunt Bauman?

Creo que Bauman es uno de los pensadores sobre la modernidad más interesantes. Para mí, su consideración de las sociedades opulentas como mundo líquido, basado en relaciones débiles y cambiantes, es muy acertada. Sin duda, Bauman es tributario de otros filósofos imprescindibles del pasado más o menos inmediato, como Marx, Fromm y Marcuse. A mí me ha ayudado a entender muchos de los comportamientos habituales de las personas que me rodean, incluido yo mismo.

5. El alegato contra la industria del cine español y que menciona a Pedro Almodóvar ¿lo suscribe usted o es sólo la opinión de Urbano?

Evidentemente, son opiniones de Urbano, que el personaje suelta con un resentimiento difícilmente ocultable. Yo, por ejemplo, soy un admirador incondicional de Pedro Almodóvar, a diferencia del bueno de Urbano. Sin embargo, en esas opiniones del protagonista hay una buena parte de verdad. La industria española del cine es demasiado pequeña y dependiente de las televisiones privadas, pero la culpa no debe recaer en exclusiva en la gente del mundo del cine. Al contrario, el problema es de todos y ha sido generado por una serie de políticas oportunistas, que llegan, incluso, a nivel municipal. Así, nuestras películas carecen de canales apropiados de distribución porque los ayuntamientos han regalado a las multinacionales americanas, en exclusiva, las pistas de aterrizaje que necesitaban para acabar de colonizarnos; me refiero a las multisalas en áreas comerciales de expansión. El enemigo está dentro, por tanto. O apostamos por la excepcionalidad cultural, o acabaremos reescribiendo el himno nacional a ritmo de hip hop.

6. Urbano (o sea él), ¿a que personaje del cine lo equipararía usted?

Urbano tiene su propia personalidad. Es un individuo que, aunque frisa los cuarenta, tiene un punto de madurez e ingenuidad que tal vez lo aproxime a Peter Pan (personaje literario antes que cinematográfico). Por su relación con la señora Gladstone, una mujer mayor que él y muy atractiva, también tiene algo del Benjamin Braddock de “El graduado”. De hecho, hay en este punto un cierto guiño cinéfilo que, hasta la fecha, sólo ha sido detectado por una lectora muy fina, que yo sepa. No lo desvelaré aquí, pero sí invito al lector a jugar a descubrirlo.

7. ¿Cómo llegó usted a la estructura tan arriesgada para la narración de “Sal”? ¿No le pareció arriesgado dejarlo todo para el final?

“Sal” es una novela que pretende ser total. Utiliza materiales diversos y juega con ellos intentando imponer su propia lógica. En esta lógica está el hecho de que la novela crece en la misma medida en la que crece el protagonista. Urbano quiere construirse a sí mismo como personaje, y para ello necesita un relato de su propia vida, una autobiografía, hasta ese momento terriblemente chata. Su torpeza como narrador es, también, la evidencia de que carece de esa historia. De aquí que los primeros capítulos no sean más que una sucesión de episodios sin ligazón. Sólo cuando se hunde en una aventura poderosa, como es la que inicia con la señora Gladstone, el relato empieza a tener consistencia, todo lo vivido adquiere explicación y el final da sentido a todo lo que precedió, invitando a una nueva relectura de los primeros sucesos. De esta forma, por ejemplo, se comprenderá la importancia de la primera cita cinematográfica, en la primera página, que es, en realidad, la esencia de la novela.

Al fin y al cabo, nuestras vidas se encuentran ante la misma disyuntiva: o tienen una armazón biográfica que se explica a sí misma como relato de la construcción del yo, o no son más que una colección de anécdotas más o menos aburridas, desde el nacimiento hasta la muerte, sin demasiado sentido. Es verdad que hay aquí una apuesta de riesgo, que me la jugué a base de recurrir a un estilo ameno y divertido, que permite transitar por las primeras páginas de la novela sin añorar ninguna intriga, confiando en los múltiples juegos y reflexiones que el texto plantea, prácticamente en cada página. Creo que el resultado ha sido positivo, a juzgar por los elogios prácticamente unánimes de la crítica y por la extraordinaria acogida del público, que sigue comprando la novela a pesar de que ya lleva cerca de ocho meses en las librerías.

Sal (Reseña)

“Sal” no es una novela, es un artilugio literario en formato de libro que contiene una de las cosas más interesantes que se puede leer: la historia de un fracaso. Estas novelas, las buenas, las carga el diablo y no les sale el tiro por la culata al autor. Urbano Expósito, ya con cuarenta, se confiesa como una persona que no ha hecho nada en la vida. Una serie de “posposiciones” vitales le llevan al estado en que s encuentra al momento de narrar su vida. Es guionista pero de la mano de la Simondebovuá va a dar el salto a la novela para justificar, como dice en un momento de la novela, que “vivimos para buscarnos” y eso espera Urbano: explicarse y explicar su vida, su mundo, su gente.
Manuel García Rubio firma “Sal” (Lengua de Trapo, 2008), una novela que la llamaremos así por situarla en un género concreto. Anatomía de una fracaso, canto a una vida, García Rubio nos guía de la mano de Urbano y este a su vez acompañado de su particular Beatriz (la Simondebovuá), por un artefacto de ficción que es a la vez clase de escritura creativa, crítica de cine, panfleto contra lo establecido y sobre todo arrebatadoramente vitalista aunque esta novela-guión de cine esté rodada en blanco y negro.
García Rubio nos enreda, juega con nosotros nos desespera, nos pierde y nos vuelve a encontrar y en cada vuelta de hoja, en cada paso de capítulo, nos invita a seguir con una sonrisa cómplice, con el ánimo de contar sólo con los lectores pacientes, con los que confían en la buena literatura. Todo se precipita hacia el final. Hay que seguir, no desmayarse y al final veremos como que el desenlace nos diluye en una sensación líquida e imprevisible.
Urbano es cualquiera de nosotros (Urbano de urbe, expósito de adoptado, de abandonado y recogido), por ello, por esa cercanía de sueños y fracasos que todos llevamos encima, cualquiera de nosotros, cualquiera de vosotros, podemos vernos reflejados en algún momento dado de la novela. “Sal somos y en sal habremos de convertirnos” dice Julián Avellaneda, el traidor, a Urbano dando cuenta de que al final todos, los que ganan o los que pierden, tendremos un mismo destino. Buscadlo al final de la novela.
En estos días de crisis vamos a hacer dos cosas en esta reseña: en primer lugar reivindicar como profesión que debe ser debidamente remunerada el “alquilarnos para charlar”. Selmo, hermano de Urbano, se alquila para charlar y le tumba el negocio a Graciela, en un maravilloso alarde de ingenio para afrontar la crisis, para vivir una nueva aventura. Lo otro que haremos es poner la publicidad de esta web en la página 265 y 266 de “Sal”. Lean la novela y sabrán a lo que nos referimos. Fin del descanso.
Lo errático de su arranque expresa, lo inconexo de sus historias al principio, no son más que una metáfora de la erraticidad de la vida, de sus múltiples comienzos, de sus salidas en falso, de sus dichos rotundos que después tenemos que desdecir. “Sal” es la vida contada por alguien que desea vivirla, que no quiere dejar de intentarlo hasta la última gota de aliento, alguien que a pesar que le ha vencido el tiempo se embarca en una nueva película, en una nueva novela de aventuras y desventuras como es esta que elector debe leer con urgencia antes que se le diluya el tiempo. En el caso de Urbano es el encuentro con una mujer “mistress” Gladstone, la que va a cambiar el rumbo de las cosas.
Llegados a este punto cualquier cosa que pueda parecerles una novela al uso, una novela cualquiera, es una quimera. Con “Sal” estamos ante una máquina de contar irreverente, que desafía al lector a seguir leyendo a seguir buscando para que al final de la novela todo termine en… léanla: sus 510 páginas, más la página de créditos, no tienen desperdicio. Encajan a la perfección cuando por fin el aparato hace clic y todo cobra sentido y todo se diluye. Cuarentainueve capítulos llenos de guiños (hay uno a la película El graduado, búsquenlo), de complicidades y sobre todo de muy buena literatura. Miguel García Rubio nos invita con esta novela a evaluarnos, a seguir adelante por los sueños que tenemos que cumplir y nos advierte de que no los dejemos, que somos sal y en sal nos convertiremos todos. Y nos diluiremos

viernes, 26 de junio de 2009

Muere Michael Jackson

Dicen que ha muerto en este año 50 de su vida. Michel Jackson no ha superado un paro cardiaco. Detrás de sí deja grandes éxitos, grandes polémicas y un buen puñado de recuerdos grabados en la memoria de sus seguidores. Siempre he bromeado sobre lo viejo que soy diciendo que cuando yo era joven Michael Jackson era negro. Con los Jackson Five, con su afro y su sonrisa de anuncio de Colgate. Hubo un tiempo en que su vida parecía feliz pero todo era un espejismo.
Supongo que nunca se sintió querido, que se negó constantemente a crecer por miedo a ser rechazado por los más cercanos. Su genio musical, su altruismo no fueron más que mecanismos de defensa ante la indefensión que siempre arrastró, paradojas de la vida. La tristeza que generaba a su paso solo se vio eclipsada por sus bochornosos escándalos con menores de por medio. Queda para sus biógrafos y demás observadores de los fenómenos humanos una tarea interesante de búsqueda de los motivos de su honda tristeza y su renuncia a la realidad.
En mi época “lo más” era su disco “Thriller”, como se movía, que miedo metía con ese video clip y sus efectos especiales y esa risa de ultratumba del final que ponía los pelos de punta. Todo ello en una recién nacida MTV que nos ponía los videos todo el rato. Todos queríamos ser como él pero después se enredó en su tristeza y se fue perdiendo en sus aguas tenebrosas y no le volvimos a tener en cuenta. Aun así las cosas, nadie borrará de la memoria las notas de “Ben”, los bailes imposibles que se marcó en una época, la nuestra, en las que deseábamos ser alguien.
La de hoy es una de esas muertes históricas por inesperadas, por lo menos para los que no estamos pendientes de la vida de los demás. Y también por la dimensión del personaje que nos deja. Sí que se enteraba uno de que el hombre estaba un poco tocado pero achaqué siempre lo suyo a la tristeza más que a otra cualquier cosa. Se fue convirtiendo poco a poco en una caricatura de sí mismo con esas constantes intervenciones quirúrgicas y su huida sin mirar atrás de lo que era.

Quedaron pendientes los conciertos de Londres bajo el lema “Esto es lo que hay” ("This is it"). Esto es lo que hubo para Michael Jackson: una vida agitada, en la que siempre se dieron a la vez dosis de éxito y de tragedia. Sin publicar nada nuevo desde 2001 y con gestos raros que delataban un deterioro galopante Michael Jackson dijo en los tres minutos de su intervención, mientras presentaba los conciertos en Londres, para despedirse que "Éstas serán las funciones en las que se bajará el telón. Os veré en julio. Os quiero mucho. De verdad, desde lo más hondo de mi corazón. Esto es lo que hay y nos vemos en julio". Despedida anticipada dirán unos.
Pero esto es lo que hay, que ha muerto un icono del pop, que se ha ido parte de la historia musical del siglo XX pero sobre todo, ha muerto un hombre triste que ya llevaba muerto mucho tiempo en vida. Pero para algunos quedará el título de la una de sus canciones “Remember the time”. Recordar el tiempo de primavera, de cuando todo era posible, de cuando parecía ser feliz y su genio musical aun estaba vivo.

miércoles, 24 de junio de 2009

Desaparece la Cultura en Panamá

La vida pasa rápido. Me fui unos días de vacaciones con mi mujer y mi hija y resultó que el hotel en el que nos alojamos no tiene conexión a Internet. Los artículos para enviar a varios medios se caducaron en mi ordenador y terminé por alegrarme de estar desconectado por unos días. Vuelvo y resulta que el presidente Ricardo Martinelli ha expresado su intención de fusionar el Instituto Panameño de Cultura (INAC) en el ex Ministerio de Turismo, el IPAT de toda la vida (Instituto Panameño de Turismo). Brillante y valiente estupidez. Al que se le haya ocurrido la idea y encima le estén pagando por ello es para denunciarlo por asesinato cultural y por malversación de fondos públicos al que le paga.
Pero no debe extrañarnos la cosa. Hace muchos años que en Panamá la cultura es solo una ilusión para unos pocos locos. Los demás les permiten a los escritores, actores, dramaturgos o pintores vivir con el conceptito ese. Se subvencionan premios (muchos dados a dedo, eso pasa cuando de verdad no se cree en la cultura), se dan medallitas y ya está, se va gastando el presupuesto, no lo vayan a reducir el año que viene y aquí paz y después gloria. A eso le llevamos llamando buena gestión cultural un montón de años. Miedo a quedarse fuera del pastel público o simple indiferencia. Ahora esto.
Creo que quienes tiene estas ideas estúpidas esconden tras ellas su propia ignorancia y su profunda incapacidad de gestionar el verdadero patrimonio del país: su cultura. Mucho de los entusiastas de la ignorancia gustan de ocupar sillones de Cultura para hacerse notar pero no han leído más que los libros de sus carreras y creen que eso les hace cultos. Cualquiera es licenciado o doctor pero no cualquiera es culto. Para eso hacen falta cosas que estos de la maldita idea no tienen. Esto se les olvida a los ideólogos de esta aberración que demuestra que la razón lleva durmiendo en Panamá muchos años. Y aquí, los monstruos.
Tenemos grandes artistas en Panamá, escritores, pintores, artistas plásticos. Siempre hemos tenido un gran grupo de “hacedores de cultura” pero ninguno de ellos a pesar de formar parte de distintas agrupaciones culturales e incluso habiendo llegado puestos de gestores gubernamentales de Cultura no han podido dar a la cultura panameña la difusión que necesitaba. Ahora menos con el invento, “batido”, le llama mi querido Carlos Fong (lean su carta abierta).
Ahora toca desafiar al sistema, hacerle el vacío a la idea, no comparecer, no acudir a los premios y medallitas, dar la difusión necesaria a la cultura panameña a parte de las instituciones públicas que pretenden hacernos comulgar con ruedas de molino. Ya está bien de tanta connivencia con gobiernos a los que nada les importa la cultura panameña en cualquiera de sus manifestaciones. Yo reto al Presidente de la República a que nos permita a mí a un grupo de buenos artistas la gestión de nuestra cultura. Haremos que se conozca Panamá en menos de cinco años mucho más que lo que se ha hecho en los últimos 20. ¿Acepta el reto? Supongo que las Agregadurías culturales de las Embajadas panameñas por medio mundo ya están repartidas ¡lástima! Son ellas las que deben hacer la labor de difusión por el mundo de lo que somos y tenemos para ofrecer. Dígame cuando nos vemos en Panamá o en Madrid y concretamos el programa. Eso sí, necesitamos un Ministerio de Cultura a la par de un Ministerio de Turismo. Si acepta el reto no nos arrepentiremos los panameños, si no lo acepta se arrepentirá usted: pasará a la historia como el único presidente que consintió esconder la cultura detrás del turismo y fracasó. Porque fracasará se lo garantizo. Palabra de escritor panameño.

Antología de Cuento. Literatura de Ecuador (Reseña)

Uno de los grandes problemas de la cultura es la dificultad para su difusión. Perfectamente un escritor panameño puede vivir sin ver en las librerías de su país a mucho de los escritores de su región. Se hace así muy difícil que se ponga a disposición de los lectores los trabajos de los escritores que están construyendo la literatura de hoy. La editorial alfaguara ha publicado para la alegría de muchos en el planeta literatura una antología de cuentistas del siglo XX ecuatoriano. Antología de Cuento viene a llenar un vacío en las librería y abre un camino muy generoso para el conocimiento de la cultura ecuatoriana atreves de sus mejores cuentistas.
El libro presenta a 27 cuentos que han escrito y descrito a Ecuador, los reúne a todos y los convierte en embajadores de su literatura. Según el prologo de Mercedes Mafla la cuentística ecuatoriana tiene un denominador común y es su lucha por superar el aislamiento. El acierto de los antólogos la propia Mercedes Mafla y Javier Vásconez cumplen con el deseo común de los escritores de Ecuador.
La antología además de un completísimo prólogo, cuenta con una interesante panorámica de la cuentística de su tierra. Han sido valientes para apostar por la juventud de su cuentistas sin renunciar a poner de relieve el trabajo de los “padres fundadores” de la nueva narrativa ecuatoriana.
La variedad de temas y técnica cuentística abre el apetito del lector para buscar en la medida de lo posible más de estos autores antologados para verlos enfrentar otros géneros literarios o para verles resolver otros cuentos y comprobar que lo que leemos en esta antología no es solo un cuento feliz y casual son que nos hemos encontrado con grandes escritores que adolecen de lo que muchos escritores a ambos lados del español: la falta de difusión de sus obras.
De los más antiguos brillan por sí mismos “Un hombre muerto a puntapiés” de Pablo Palacio que ha sabido envejecer y el maravilloso “El guaraguao” de Joaquín Gallegos Lara, cuya biografía es un canto a la superación de las discapacidades para convertirse uno en quien quiere ser. Ambos son los polos literarios en los que se dividía la literatura de Ecuador a principios del siglo pasado.
De los más recientes están “Espejismo” de Yanna Haddatty y “Ulises” de Coca Ponce, un relato triste y lleno de plasticidad cinematográfica que no deben perderse.
Además, aparte de solventar una necesidad de la cultura como es la difusión de estos autores, este libro, que deseamos se distribuya lo más posible, es una suerte de herramienta de integración que nos ofrece un mejor entendimiento de una cultura rica en tradiciones, en leyendas y en plena expansión con la presencia de tantos amigos ecuatorianos entre nosotros. Entre nosotros esta antología debería leerse masivamente para el mejor conocimiento de la cultura ecuatoriana que aspira a darse a conocer, a hacer carrera entre nosotros y a demostrar que más allá de los típicos sentimientos nacionales son un país que quieren dejar atrás los límites de sus fronteras para convertir al Ecuador y a sus escritores en parte dinámica de ese todo vivo que es la literatura hispanoamericana.
El cuento que es un género tan antiguo como el hombre, que viaja con nosotros y se transforma en recuerdo, en mito y en vida, recobra en esta antología algo de su antigua vocación: transformarnos a todos, por un instante, en protagonistas de una historia que deseamos tenga un final feliz.

sábado, 20 de junio de 2009

El hombre que quería ser feliz (Reseña)

Bali. El paraíso que no cuenta con una palabra para designar paraíso. Un hombre, Julian, se acerca por azar, por curiosidad hasta un viejo curandero. Una búsqueda que ni siquiera nuestro protagonista reconocía al principio: la felicidad.
“El hombre que quería ser feliz” del francés Laurent Gounelle y publicado por Maeva es una parábola moderna sobre la búsqueda legítima de la felicidad, la necesidad que tenemos todos de aprender que es la vida, y como disfrutarla. El protagonista de esta historia se encuentra en Bali con un hombre sabio, que mezcla el conocimiento ancestral con los conocimientos de la moderna psicología. Tras una serie de encuentros desafíos y grandes confesiones Julian camina de la mano de su nuevo maestro hacia una lugar deseado por todo la felicidad. Aunque no se ofrezca una definición exacta de felicidad lo que la novela de Gounelle plantea sobre todo como vivir nuestras existencias en positivo.
Las convicciones propias, las expectativas correctas, el placebo como ejemplo de lo que las convicciones mentales pueden ejercer sobre el cuerpo, el valor del dinero, la asertividad, el miedo al no o el papel de la religión, son solo unos pocos de los asuntos que el curandero va poniendo de manifiesto ante un Julian que no había ido a buscar consejos para ser feliz pero que en realidad todo el mundo desea que le ofrezcan. Con poco que hurguemos en nosotros mismos podremos ponernos en la misma situación del protagonista de esta nouvelle
Se muestra así mismo la belleza de una tierra llena de contrastes, hermosa, que invita a la reflexión y al descanso. De tradiciones milenarias, este paraíso en la tierra es retratado con destreza por el autor y nos contamina con el gusanillo del deseo de conocer esas tierras, sus playas su quietud de siglos y su gente amable, sonriente, con una perspectiva de la vida tan distinta a la nuestra pero tan cercana en sus necesidades básicas en tanto que hombres y mujeres.
Una de las grandes enseñanzas de esta novela es la no dependencia de los demás sobre todo de aquellos que más parecen influirnos. La búsqueda de los sueños y de la propia felicidad está ligada a la independencia del criterio, a la búsqueda de la propia identidad desligada de la tiranía de la opinión de los demás. Aquí está la clave de esa búsqueda.
Este libro plantea interrogantes, introduce desafíos e invita a pensar en un tema tan importante y que ha sido objeto de grandes estudios y sigue acaparando el interés de todos los hombre y las mujeres de hoy. No hay nadie que en su sano juicio despreciaría la posibilidad de comprenderse un poco mejor y avanzar un poco más en ese camino tantas veces sinuoso que es la propia existencia.
Capítulos breves que mantienen cierta tensión durante el relato para que sigamos leyendo, hacen de esta novela un buen compañero de viaje y es una recomendable lectura para este verano que se viene acercando hasta nosotros con su tranquilidad de tardes para pensar y para soñar. Consejos positivos que no nos vienen mal a ninguno aunque estemos dispuestos a discutir algunos de sus planteamientos, “El hombre que quería ser feliz” puede ser para sus lectores una puerta, un plataforma para comenzar a plantearnos grandes cosas para nuestra existencia. El reto es enterarnos si Julian lo consiguió o no y si su maestro acertó con el diagnostico. Pasen y lean y que sean felices.

viernes, 19 de junio de 2009

Berti, encuentro

Saludé a Eduardo Berti el pasado mes de mayo en el María Pandora de Madrid después de la presentación de un libro. Tono cordial, cercano, me agradeció con un apretón de manos unas palabras amables durante el acto sobre “Trentacuentos”, una antología de cuentos de distintos autores que reseñé y en la cual él participa. “Soy seguidor de tu blog” le comenté, ¿Sí? ¿Quién eres? Di mi nombre y “ah sí”, recordó el apellido, me agradeció seguirle virtualmente, celebramos el “conocimiento carnal” (no bíblico aunque eso no sería hoy ningún problema) y nos despedimos con la alegría sincera por esos encuentros no planeados y siempre celebrados como una proeza de la divinidad, por lo menos yo. En estos días ando bebiéndome a sorbitos “La vida imposible”, su colección de microrelatos. Nuestro encuentro, breve, me caló hondo como sus microficciones y espero que la amistad, como la vida, no sea imposible.

jueves, 18 de junio de 2009

El método Coué (Reseña)

Si sumamos a una anécdota familiar la Historia y los mezclamos con un poco de ficción (o mucha) tendremos literatura. Y si la novela la escribe con estos ingredientes Javier Menéndez Llamazares (León, 1973) tenemos una obra brillante: “El método Coué” que publica Editorial Funambulista (2009).
Todo comienza con el regreso como héroe a su León natal de un joven piloto de aviones de la Segunda Guerra Mundial, Manuel Llamazares y ese arranque no es más que una puesta de largo de la esperpéntica situación ideológica y política que se vivía en la España de la postguerra civil. Una peripecia que desemboca en la verdadera razón de su vuelta y que explica el deterioro de su salud. Podríamos decirlo aquí y ahora pero lean ustedes, descubran y juzguen.
A partir de esa llegada a León y ante el enfado con razón (ya dirán ustedes) de una mujer, Javier Menéndez Llamazares despliega toda su buena literatura y la pone al servicio de una historia de superación, de búsqueda de las metas y de amor. De fondo la Alemania nazi en su apogeo y España su gente y sus circunstancias como motor emocional de una trama que se compone de personajes reales y ficticios y de situaciones que pudieron ser y quizás, y esto es lo maravilloso de la literatura, probablemente, fueron así.
Convaleciente y recién llegado a España y recibido por el pueblo leonés vemos que llevó y trajo al joven Manuel Llamazares y adónde irá. Novela lenta, sin que esto sea un defecto, el autor nos va contando con la serenidad de una historia cercana los detalles de una vida que como todas esconde su revés de angustia y deseos de triunfar. La lentitud a la que aludimos es a la de un director de cine que rueda una historia de emociones y circunstancias no de explosiones ni de efectos especiales, que los hay (lean las secuencias de las batallas aéreas o la brutalidad de la Gestapo).
Historias políticas, conspiraciones, historias de amistad entrañable y una hermosa historia de amor son las líneas que se cruzan en esta novela que nos revela un berlín de la segunda guerra mundial y nos revela muchas de las claves de esos días en los que la historia de España también estaba sufriendo los grandes cambios que han conformando parte de lo que somos hoy. Claudia Stolz es un personaje entrañable completo y lleno de vitalidad y valentía. El amor de Manuel y su debilidad.
El autor consigue crear una atmósfera verosímil, situar perfectamente a cada personaje sin atosigar al lector con su vasto conocimiento de la época y de los hechos narrados. Pasamos de escena dentro de cada capítulo con la naturalidad del que cuenta una historia que conoce muy bien y la tiene cerca del corazón. Dosifica con extrema delicadeza la tensión, va a sorbitos por la historia, las extiende como las caricias que mejor nos estremecen y nos enseña que la buena literatura se hace a fuego lento, trabajando como los antiguos orfebres la pieza de oro para que la joya sea única.
¿Y qué es el método Coué que es? No aparece sino hasta muy tarde en la novela (esa es una de las intrigas de la novela ¿cuándo aparece?) y se convierte en una constante para el resto de la novela. Un psicólogo francés propuso una terapia sencilla que consistía en decirse a uno mismo “hoy me siento mejor, me encuentro mucho mejor”. Este auto-convencimiento terminaría con los males de paciente y le traería el bienestar que necesita. “El método Coué”, la novela, no necesita decirse a sí misma “seré una buena novela”. Llega desde el principio a intrigarnos, nos invita a seguir la estela del héroe familiar, de la historia traída del pasado para aclararla por medio de la literatura que para estas sagas familiares funciona muy bien. Graciano, tío del autor, es quien mejor retrata esta novela. En los agradecimientos nos cuenta Javier que su tío dice que este libro “no cuenta más que mentiras”. ¡Premio, Graciano! Esta es la esencia misma de la literatura: mentiras que podrían ser. Un abrazo desde aquí.
Esta novela no hace concesiones con ninguno, trata desde la realidad de los hechos a todos los bandos implicados, muestra (no discute, no plantea) las inconsistencias ideológicas de unos y otros y muestra la vida diaria de aquellos años que tienen de hermosos los ejemplos personales que lo conforman pero que no deseamos jamás que vuelvan. Javier toca muy bien una época que aun duele y no se casa con ninguno: esta novela no va de esa simpleza, de buenos y de malos, va de vida, de amor de tristezas y de conquistas.
Al final cundo volvemos a la cama del convaleciente “héroe de Klin” nos queda todo claro, respiramos más tranquilos y sonreímos por encontramos allí con dos mujeres. Quiénes son, que harán, a dónde llevaran a nuestro héroe. Javier Menéndez Llamazares nos ha servido de anfitrión en una fiesta de la memoria y de las palabras que sumadas no acercan a una historia que vale la pena revisitar. Es un libro redondo, su mecanismo hace “clic” y nos deja con el sabor de las buenas historias y nos hace pedirle más letras. No tiene el autor que echar mano del método Coué, el del psicólogo francés, no tiene que convencerse de nada: domina la técnica, es dueño de una personalísima manera de narrar. Es sin lugar a dudas un autor al que tenemos que seguir porque nos dará mucho de qué hablar y de leer.

miércoles, 17 de junio de 2009

Marilyn, los melones y Warhol

Paré por deseo expreso de mi mujer Marga Collazo. “Un melón”, me pidió mientras me bajaba del coche y en el puesto de melones y sandías estaba de pie concentrado, pesando sistemáticamente la fruta, un hombre entrado en carnes, medio calvo y con sonrisa de experto del pueblo. Me acerqué y le pedí un melón, “para comer esta tarde” le dije “y un sandía”, añadí por que el color rojo dulce de una de ellas abierta por la mitad como reclamo, me hizo agua la boca. En la pared blanca y metálica del kiosco, solo y desafiando la blancura de una recinto nada apropiado para ello, estaba colgada la imagen de Marilyn Monroe pintada por Andy Warhol en el 67. Me sorprendió y pregunté.
¿Le gusta Marilyn?
Sí, me acompaña y además Warhol la pintó como un mito moderno.
No entendí la frase y se dispuso el admirador de Marilyn a cobrarme por el melón y la sandía. Pagué y mientras venían las vueltas me preguntó que si admiraba yo a Marilyn. “Tampoco mucho” le contesté y creo que se sintió un poco decepcionado, tenía ganas de charla o eso me pareció y lamenté no haberle mentido para saber más de su admiración por la tentación que vivía arriba. Cogí el dinero y me dijo que si había cualquier problema con el melón o la sandía que se los trajera. Garantizaba el dulzor de ambas. Nos despedimos y subí al coche.
Tengo que volver en estos días para ver al amigo de Marilyn y Warhol: las sandías y los melones están de muerte.

domingo, 14 de junio de 2009

La estética de lo feo

¿Dónde está la belleza? ¿Qué es feo, por qué lo es? Cuando nos detenemos a observar a nuestro alrededor nos damos cuenta de que los matices entre lo que es estéticamente hermoso y lo que no lo es, son muy delicados. Yo, que me he tenido siempre por feo, he sentido una fascinación especial por los que no tienen de parte de los dioses el amargo (o no, vaya usted a saber) “don” de la belleza. Por eso, por esa fascinación, una buena tarde, me encontré en la Feria de Libro Antiguo y de Ocasión con un texto de Karl Rosenkranz que por allá por 1853 publicara bajo el título su “Estética de lo feo” (publicado en español por Julio Ollero Editor, 1992) un ensayo filosófico que trataba de establecer las bases sobre lo que es o no feo, no en un sentido estrictamente estético sino filosófico y moral. Lo compré y lo leí a trompicones y me hice una idea del asunto. Situaba Rosenkranz lo feo entre “lo bello en sí” y “lo cómico” como si de un paso intermedio se tratase. Pero aquí no vamos a meternos con la escuela hegeliana ni con uno de sus principales exponentes. Se trata de observar por dónde anda hoy el concepto.
La fealdad ha fascinado desde siempre al ser humano y más aun con la llegada de las imágenes portátiles, fotos sobre todo, la fealdad ha sido un rasgo sensiblemente atractivo. Pensemos por ejemplo en Joseph Merrick el famoso "Hombre elefante". Por lo que sabemos su caso fascinó a todos en su época y los que se acercaron a él lo primero que deseaban conocer era esa brutal fealdad, querían mirar esa rareza de cerca. Es un hecho que este hombre era un ser humano extraordinario pero el resto no lo percibía así, por lo menos de entrada. Merrick, seguro, no tenía nada más que no tuviesen otros hombres de su época excepto su extrema fealdad.
La película “Freaks” ("La parada de los monstruos", 1932) es otro ejemplo de cómo la fealdad nos fascina, de cómo lo grotesco se convierte poco a poco en lo habitual, en lo que en un momento dado puede entrar en abierto conflicto con lo “hermoso establecido”. Consiguen por un momento estos “monstruos” (recordad que son personas así, no son actores), que nos olvidemos de que ellos no son los “normales” estéticos. Al final de la cinta de Tod Browning, lo que nos asusta es la capacidad de venganza, la maldad de estas personas, no su rotunda fealdad. Aun así “Freaks” sigue fascinando, sigue conquistando la curiosidad de todos como en su época: por medio del reclamo de que los personajes son seres humanos de verdad.
Qué decir de “La Bella y la Bestia”, que nuestros niños miran con un poco de miedo, pero que al final Bella, muy consciente de quienes son ambos, planta un beso de amor en los labios del hechizado para “desfacer” el encantamiento que convirtió al apuesto príncipe en la Bestia. Curiosamente el “merchandising” de Disney nos vende la imagen de la Bestia, no la del guapo y transformado príncipe. Un feo que se nos cuela como peluche o dibujo animado.
Esa idea de lo que es feo sin discusión pasa poco a poco de moda. Si miramos los anuncios recientes veremos que una gran cantidad de feos oficiales los están protagonizando dejando de lado el tópico de que solo venden los guapos o que todo el mundo quiere serlo. El triunfo de "Betty la fea" es bien conocido de todos y es también conocida la desazón que produjo que al final los guionistas de la telenovela, serie o culebrón (cada uno habrá visto una versión), sucumbieran a la belleza. La fascinación del personaje estaba en su físico y al transformarla perdió su encanto. Todos recuerdan a la Betty antes de la “transformación”, un poco en la línea de lo que le pasa a la Bestia del cuento.
Pero no solo lo físico. Si nos vamos a las obras de arte, de estas llamadas “Arte contemporáneo”, florecen como setas en humedal los que las consideran de verdad “bellezas” y hay más de uno que, víctima del “Síndrome de Stendhal”, cae ante ellas sollozante, con el conocimiento casi perdido y taquicárdico. La belleza tiene eso pero creo que la cosa está en el hecho de que lo que siempre fue feo ahora no lo es. Y para muchos o es una postura intelectualoide y de darse el pego o es que algo va cambiando dentro de la percepción estética de la realidad.
"El ojo no se cansa de ver" dice el libro del Eclesiastés y no lo contradigo pero es muy posible que la manera de mirar ya no sea la misma. “Nosotros los de entonces”, diría Neruda, “ya no somos los mismos” y allí está la cosa: miramos de otra manera.
Nos fascina lo raro, lo que es obtuso y desparramado. De hecho Karl Rosenkranz dice que “las determinaciones abstractas de la de la ausencia de forma son válidas en general para todo lo feo”. ¡Qué locura! Lo deforme es feo, lo que no responde al canon lineal, a la tiranía del mercado diría yo, eso es feo. Pero no nos olvidemos de que incluso la tendencia del mercado hacia lo feo no está exenta de cierta tiranía también. Esa forma novedosa o transgresora de mirar es evidentemente necesaria, esa lectura tal vez arriesgada e irreverente está descubriendo otras formas de arte que van pidiendo paso desde hace tiempo (allí tenemos el terrible Hip-hop, el sucio Grafiti o las novelas de Dan Brown).
Por todo esto, aquello de “que se mueran los feos” hay que dejarlo atrás. No es tanto, dicen algunos, lo que se ve sino cómo se ve, cómo se mira, y por qué miramos. La vida está para ser juzgada estéticamente por todos y haremos bien en poner nuestro empeño en hacerlo lo mejor posible sin olvidar que cada cosa bella esconde su lado feo y si no, miraros después de leer esto en un espejo.

miércoles, 10 de junio de 2009

Rompepistas (Reseña)

Una novela sobre los años brutales de la adolescencia. “Dar cera pulir cera”, escribe el autor y ya estamos enmarcadas temporalmente: los ochentas. Esa es la historia detrás de la brillante novela de Kiko Amat “Rompepistas”, Anagrama 2009, y que tiene como título el nombre de su protagonista, un joven feo, miope, con una familia desestructurada y que vive los ochentas como su década prodigiosa en un barrio del extrarradio barcelonés.
Un texto el de Amat, al que llamaremos “onomatopéyico”, lleva de paseo al lector por los escenarios de aquella adolescencia triste, punk y llena de amistades raras, profundas y casi eternas. El aparato novelístico hace “clic” y luego “bum” y en las manos del lector estallan sentimientos de todos los colores y hacia todas las direcciones de sus protagonistas.
Frases brillantes, metáforas urbanas y argot del barrio hacen de esta novela un testimonio literario de aquella generación en la que todos estaban condenados a fracasar pero que triunfaron aquellos supieron resistir, escapar y no olvidar.
Rompepistas está enamorado de Clareana una mujer de armas tomar que además forma parte del grupo punk del protagonista “Las duelistas” pero pierde el amor de esta. ¿Qué pasó, ¿recuperó el amor de esta? Hay que ir detrás de Rompepistas para que él mismo lo cuente, nos lleve hasta allí y nos permita oler, ver y escuchar el fondo y la atmósfera de una historia contada con esmero técnico y con una emocionalidad brutal que nos eleva y nos deja caer en este mar de sentimientos que es “Rompepistas”.
Todo arranca camino de un entierro. Vienen los recuerdos, nos vamos con la memoria al principio de todo y poco a poco lloramos, reímos o nos sentimos atrapados en varios test bizarros que los protagonistas se plantean unos a otros. La búsqueda de los sueños, la amistad la familia desestructurada, la ternura de los padres o el viejo abuelo de protagonista hacen que esta novela un viaje al corazón tenebroso de unos años asfixiantes para el protagonista: su adolescencia.
Kiko Amat aprovecha todos los recuerdos comunes para hacernos ver su historia, canciones, series de televisión de la época, dibujos animados, comics de aquí o de fuera y sobre todo el uso constante y acertado sin cargar de la onomatopeya o de la pronunciaron del argot escrita como suena para que el lector esté correctamente orientado y saboree los diálogos nada convencionales de esta historia.
Tiene de acierto esta novela muchas cosas pero una de las que más destacaríamos es el hecho de que el narrador, desde el principio, nos dice mira, huele, escucha, sumergiéndonos así ya no sólo en la lectura si no al paseo con el narrador.
En algunos momentos el protagonista y narrador nos despista, se queda con nosotros, nos dice en una escena una cosa para luego confesar que no lo dijo así, aun que quería hacerlo, pasando luego a relatar el hecho concreto. Amat ha con seguido que este libro, este artefacto que hace “bum” funcione con perfección suiza, tic tac, tic tac” y cuando menos lo esperamos todos saltamos por los aires de las emociones bien dibujadas y muy bien equilibradas sin ser ni cursi ni soez.
Al final el autor nos ofrece una amplio inventario de la música de “Rompepistas” e incluso elabora una lista de la música que escuchó mientas la escribía. Así nos damos cuenta que muchos conceptos e ideas vienen de esas canciones e incluso la estructura narrativa obedece a la manera de escribir canciones. Fraseo corto, directo, bloques de escenas breves, como si de un boxeador técnico se tratase, Amat va ganando con su novela toda la pelea a los puntos pero al final termina noqueando de alegría por la buena literatura al lector.
Mucho humor en la peripecia de Rompepistas que recuerda bastante al Jorge Castro de una novela panameña (Los juegos de la memoria) que también es feo pero resultón y cuyas historias en relación con el barrio son tan tristes algunas o tan brutales otras que arrancan del lector una sonrisa que mitigue lo amargo de la circunstancia.
Cuando terminen de leer esta novela querrán más, querrán seguir leyendo más de Kiko Amat, un autor adictivo, que tiene mucho más que decirnos y del que ya esperamos una próxima entrega.

Vino y letras. Presentación de "Mirar el agua" en la Feria del libro de Madrid

En el marco de la Feria del Libro de Madrid se presentó el pasado sábado 6 de junio “Mirar al agua” del escritor Javier Sáez de Ibarra y que ganó por unanimidad del jurado el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero. El autor estuvo acompañado esa mañana de feria por Juan Casamayor, Hipólito G. Navarro, Eloy Tizón y José Trillo.
Siguiendo la recomendación de Hipólito compré el libro por la mañana, decía él que nunca sabemos lo que pueda pasar, que no nos perdiéramos el libro, y leí los tres cuentos que recomendó él esa noche. Es entonces cuando uno se reconcilia con todas las cosas importantes que creía olvidadas. La buena literatura, la amistad, la grandeza del trabajo bien hecho.
Este libro que nace de una mirada comprometida con la Literatura no sólo nos invita a ver más allá de lo que tenemos delante, nos llama la atención sobre la vida y sobre lo mucho de artístico que tiene. No es la vida otra cosa que un gran lienzo que miramos cada día y que cuando protagonizamos nos convierte en obra de arte.
“Mirar al agua” (ya haremos la reseña completa) es un texto que debe leerse con todos los sentidos abiertos por que veremos arte, veremos Literatura y veremos vida.
Especial mención tienen las palabras breves y humildes que el autor pronunció durante la presentación, palabras que retratan aun hombre trabajador, fiel a su oficio, a si familia y a sus amigos, un hombre que, en suma, conquistó el Ribera del Duero por méritos sobrados. Como dijo Hipólito G. Navarro: si los otros autores hubieran sabido que este texto se presentaba no se habrían presentado ellos. Puede que tenga razón Poli pero, ahora, nos queda a ellos y a nosotros disfrutar de un gran libro. Y de un gran vino también.

sábado, 6 de junio de 2009

Lo que no vengo a decir (Reseña)

La solvencia literaria de Javier Marías está fuera de toda discusión aunque, seguro, que alguien dirá que no es así. Querido y admirado por muchos lectores, los que siguen su columna de El país pueden ahora contar con la compilación en un libro del 95 artículos, (que no son ni mucho 95 tesis y menos las de Lutero) que compren el periodo 2007-2009, de febrero a febrero. Un buen regalo para los amantes de esa maravilla de género literario que es el artículo periodístico.
Y también es conocida la faceta de rotundo de Marías, de intelectual que mira de frente dice y escribe lo que cree es correcto sosteniendo sus tesis con vehemencia, lo que es posible (seguro) que le haya granjeado más de un conflicto pero, aun así, estos artículos no dejan indiferente a nadie.
Desde el prólogo, en el cual se explica el origen del nombre del libro y que es toda una declaración de principios de por dónde van los tiros de estos s artículos de opinión hasta el último de ellos, “Lo que no vengo a decir” nos asalta y nos sorprende, nos hace pensar, querer, e incluso (en más de un artículo) querer llamar al autor para reclamarle un par de cosas. Muchos de ellos son pequeñas perlas que muestran el genio de este autor de prestigio de nuestras letras.
En algún artículo habla de los blogs y de lo tedioso que le resultaría tener uno (una región ocultamente furibunda) o ese otro en el que habla del real Madrid y de su deseo de que Jorge Valdano vuelva al banquillo de Chamartín el que da título al libro nos habla de esa vieja costumbre española que Fernando Díaz-Plaja recogió en “Arte y oficio de hablar”, a saber, el uso del discurso ajeno para la propia futura perorata”, es decir, no escuchamos al otro más que para elaborar nuestra respuesta sin escucharle. Así, como Marías describe en su brillante artículo, “ya, lo que este tío viene a decir…” y el lector no se ha quedado con nada de lo que el texto dice sólo con una opinión muy particular de lo que se vino a decir (a escribir, en este caso).
Sobre todo nos llama la atención aquel en el que reflexiona sobre lo efímero de una obra literaria (El temor de vivir a destiempo), del tiempo y del sacrificio que hace el escritor para que su “novedad” editorial dure apenas unas semanas y se relegue al olvido. Todos vamos hacia el olvido es cierto, pero no deja de ser un reto esa reflexión ceñida a la actualidad y da una medida de la velocidad con la que van las cosas en estos días.
Algunos artículos polémicos hablan de derechos, de opiniones políticas y de curiosidades de nuestro solar patrio y aun así todos ellos nos dejan prendida en la mente una idea para rumiar, un motivo más para querer más o no a un escritor que, diga lo que diga, es un referente estilístico, técnico e intelectual de las letras españolas modernas nos guste o no lo que haya venido o no a decir.

jueves, 4 de junio de 2009

Trentacuentos (Reseña)

La lectura de Trentacuentos le parecerá al lector una cena con amigos que a los postres se cuentan historias, sus mejores historias. Es como un fin de semana en una casa antigua (el libro bien podría serlo) y a la luz del fuego cada escritor cuenta con parsimoniosa minuciosidad sus cuentos.
En esta antología que es reunión y encuentro tenemos a escritores de este lado del español y del lado de allá de nuestra lengua. Tenemos académicos, grandes escritores jóvenes e incluso a algún escritor que aunque ya esté en el Más Allá su literatura habita entre nosotros como un fantasma amigo en esta hipotética casa que podría ser el maravilloso libro de la editorial Casbierta. Hombres y mujeres que, en definitiva, tienen mucho que decir y talento no les falta para ello.
Los textos reunidos en este libro son a la vez que un deleite para los sentidos, una puerta a la literatura de estos grandes escritores de nuestras letras. Diversos en extensión, técnica y temática, las piezas que componen este libro seguro que tendrán al lector sonreído e intrigado constantemente y deseará seguir con algo más de los autores que lea en este libro.
Entre los convidados a esta cena de amigos cuentistas está, los académicos Luis Mateo Díez y José María Merino que representan lo mejor de nuestras letras con, obras literarias solventes, de un técnica depurada con años de buen hacer literario y que han marcado un hito en nuestra historia literaria.
De allende la mar tenemos a Eduardo Berti que se ha convertido en un valor seguro de las letras actuales y aun clásico centro americano como es Sergio Ramírez que arrastra por su técnica cualquier situación cotidiana al terreno del cuento con magistral solvencia.
Tenemos también jóvenes muy jóvenes como Damián Cano (1982) cuyo cuento es de una muy prometedora factura. Lo bueno de esta antología es que combina todas las corrientes cuentísticas de nuestro medio y las combina para ofrecernos un más diáfano y vivo que anima a sumergirse en él.
Care Santos, como siempre, aporta un hermoso cuento que nos ofrece una vez más la posibilidad d empezar a conocer a esta prodigiosa escritora y además otra grandes de las letras la acompañan Teresa Martín Taffarel y Luisa Cuerda. Cuentos limpios, llenos de la sencillez que abruma y llena de ganas de seguir leyendo.
Especial mención merece el relato visual de Mónica Fuster Julià que nos encierra con nuestra imaginación, que nos empuja a ser nosotros los que elaboremos la trama y los personajes que solo vemos o intuímos en sus fotos, que narra en las páginas centrales del libro una singular historia que cada uno tiene que descubrir.
Insistimos en la técnica porque por derecho el cuento es el género que requiere de un equilibrio preciso, que necesita por su condición de flecha que va directo a la diana unos recursos que la novela requiere pero de otra forma. Los cuentistas antologados por Casabierta ofrecen la garantía de ser verdaderos expertos en el manejo del género.
Recomendamos que se lea uno al día, para ir degustándolos, con la paciencia del que ve un atardecer de luces malva, para no gastarlos tan rápido, para vivirlos sorbo a sobro y rumiarlos mucho que es la mejor manera de digerir un buen cuento y los de este libro, todos, lo son.

lunes, 1 de junio de 2009

Maga 63: artículo en ADN

El periódico ADN (pincha el enlace) se hace eco de la publicación y presentación del último número, el 63, de la revista panameña de literatura Maga.
Es una gran satisfacción que se difunda la literatura panameña por todas partes. Felicidades a todos por este éxito cultural.

Los estigmas del debate y II

Los estigmas del debate intelectual panameño se siguen dando. Ya lo dijimos en una primera entrega de este tema. Así, he leído dos artículos de la señora Gloria Young en las últimas semanas. El primero en Hora cero y el segundo aparecido recientemente en La Estrella de Panamá. Lástima que las réplicas no se publiquen tan rápido como las opiniones de los intelectuales. En ambos falla en dos aspectos: alusiones personales y conocimiento insuficiente del tema a tratar.
Me explico. Por un lado, las experiencias personales son solo testimoniales no universalizables. Que la señora Young le haya ido mal con algunos “pastores evangélicos” en el pasado no quiere decir (y ella no lo dice) que todos sean igual de siniestros en su perspectiva sobre las mujeres y las relaciones fe y Estado. Creo que la constante alusión a sus propias vivencias no demuestra nada más que tiene mucho que contarnos como hace en su obra literaria. De allí a abordar temas tan serios simplificándolos con su experiencia personal media un mundo. Muchas personas podrían expresar su experiencia en sentido contrario al de nuestra escritora y la cosa cambiaría. ¿En qué quedamos?, termina ella uno de sus artículos y lo mismo pregunto yo: ¿quién diría la verdad? Luego están los comentarios al pie de artículo que alaban un escrito que no es más que una experiencia personal y lo califican de valentía. Cuidado con esto y con no tener el criterio suficiente como para exigir que se nos den nombres y apellidos: eso sería lo valiente.
Por otro lado el desconocimiento de las distintas corrientes dentro de “el mundo evangélico” termina por meter a los que no están de acuerdo con esta manera de proceder en el mismo saco. Creo firmemente en que si alguno tiene algo que decir públicamente sobre la manera de proceder o de pensar de otro debe usar nombres y apellidos sin temer nada ya que, si lo que dice es lo correcto, incluso no habría que temer ni siquiera el enfrentarnos a una demanda judicial. Tenemos que tener un cuidado exquisito con las generalizaciones vagas que terminan por estigmatizar al conjunto de personas a la que se encasilla. En democracia las posiciones contrarias a la libertad han de ser denunciadas para beneficio de la ciudadanía con nombres y apellidos porque ni todos los sacerdotes católicos son homosexuales o pederastas o mujeriegos ni todos los pastores evangélicos creen en estas locuras anti bíblicas que la señora Young vierte en sus artículos. Asusta que personas que tiene un acceso a los medios de comunicación no sean capaces de medir con tiento lo que escriben y no tengan la fortaleza para dar nombres y apellidos, direcciones y caras de estos entusiastas de la ignorancia, de los enemigos de la fe contra los cuales hemos de estar atentos. Decir que “pero lo más interesante fue que uno de mis adversarios donó mucho dinero a ciertos pastores de algunas iglesias evangélicas…” diga el nombre del opositor y de los pastores y de esas iglesias. Dejarlo así sostenido sin poner nombre a las cosas es no cumplir con el compromiso del que informa o del que gobierna: señalar las cosas, revelarlas para resolverlas.
En este nuevo artículo la señora gloria Young nos da nombres y apellidos, los que todos sabemos, los que son obvios pero no nos dice el nombre del pastor que mencionaba a otros encarcelados por su vinculación con las FARC o a Murcia (aquí la ironía sobra además de que afirma que no entendió) y después el discurso sobre el aspecto sociológico y que gracias a la concentración en ello no se cayó al suelo en aquel “culto” donde le tocaban la frente. Es incomprensible por su simpleza y su poca profundidad ante un tema tan serio.
La Biblia enseña que ha de haber una separación del Estado y la Iglesia, se le anima al pueblo de Dios a obedecer a las autoridades y a orar por ellas. No tenemos testimonios neotestamentarios de la participación en política de los seguidores de Jesucristo más que lo que dice el apóstol Pablo. Anima a los que habiendo conocido a Jesucristo se quedaran en su puesto o situación social. Creo que es muy distinto. La Biblia no enseña que el cristiano deba presentarse o no para ser elegido. Lo que es cierto es que quien pretenda hacerlo tiene que reconocer que la fe no se impone (es don de Dios) que la fe no se legisla (estar cerca o lejos de Dios en una decisión personal) y que el dicho evangélico de “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” marca unas esferas de acción que están perfectamente delimitadas.
La iglesia Católica ha intervenido durante siglos, y lo sigue haciendo en América Latina, en la política de los países y sigue teniendo su peso específico en ellos. Esto es notorio e incluso se ha escrito sobre ello (Jean Chevalier “La política del vaticano”, Gilles Kepel, “Las políticas de Dios” o “La revancha de Dios” o “El desafío cristiano” de José Montserrat Torrents o la magnífica historia que sobre el tema firma Michael Burleigh, “El poder terrenal” y “Causas sagradas”. Vemos en estos textos que todas las religiones con nombres y apellidos, avanzan sus posiciones para manipular dejando de lado la esencia del mensaje que les ocupa.
Dicho lo anterior, simplificar, generalizar, no dar nombres, no denunciar hasta llevar a los que laceran los derechos de los demás incluso ante la justicia, es como no decir nada, es jugar al escondite con el riesgo de que en el juego nos perdamos nosotros y no nos encuentre nadie o lo peor de todo, que se pierda el criterio que tanta falta nos hace a todos hoy.
Terminar diciendo “Así que si usted se describe como una persona liberal, tolerante, que respeta las distintas opciones sexuales, que trabaja por el desarrollo humano, que cree en la equidad de género, está expuesta/o a que lo declaren un hereje; un representante del demonio en la Tierra; un ser abominable. ¡Dios mío! Ampárame de caer en manos de estos grupos fundamentalistas, que corro el peligro de que me quemen viva”, es entonar un canto victimista y poco ceñido a la realidad, es aprovecharse de las propias circunstancias para despertar en los que leen una simpatía que no vine del texto porque en él sólo se mencionan fantasmas anónimos. Es otra de esas ironías que no vienen a cuento y más sabiendo que en la dictaduras pasadas y tan presentes en la política panameña, sí que murieron muchos por no estar de acuerdo, sí que fueron enterrados en fosas comunes cuando nos invadió los Estados Unidos y hemos sido capaces de perdonar a personas como Balbina Herrera o darle credenciales a una de las hijas de Noriega para que represente a Panamá en el Parlamento Centroamericano. Tranquila señora Young que nadie la va a quemar, que la inquisición terminó hace siglos pero le pediría que de nombres y apellidos de pastores curas, imanes e iglesias que estén torciendo el mensaje, vulnerando derechos y no queremos organizar una caza de brujas. Nadie la va a quemar, yo personalmente no lo permitiré: nos tendrán que quemar a los dos y a todos los que creemos en la democracia y la libertad.