domingo, 8 de diciembre de 2013

Y en "Día D"... Mamá y la Patria

Mamá y la patria

08 | 12 | 2013
Estuve unos días en Panamá y la vuelta a estos dos amores me hacía falta. Tener a tu mamá cerca es una sana costumbre que no hay que perder por muy lejos que uno se encuentre.
Tengo conmigo, como un suvenir del pasado, los dos álbumes de “Esta es mi patria”. Quizás los más jóvenes siquiera hayan oído hablar de ellos. Fueron unos álbumes que aparecieron a principios de los setenta en los que se repasaba toda la historia patria. Me los traje a Madrid para traerme un trozo de la historia de mi familia, cuando los tiempos eran buenos.
Al mirarlos, siempre veo a mi mamá pegando las figuritas con paciencia, exponiéndose a la historia de nuestra tierra. Paso las páginas y me pregunto qué habrá pensado al pegar la figurita del polvorín, o la del cerro Ancón cortado por la mitad y con un inmenso tanque de agua en su interior. Mamá y la Patria. Seguir leyendo aquí.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Pagando el pato: Los Grafitis y el presidente

Ser Presidente de la República de Panamá, supongo, no es tarea fácil. Gobernar es una cosa, mandar es otra. Mandan los dueños de cadenas de supermercados de relativo y sospechoso éxito, gobiernan grandes estadistas, gobiernan mujeres u hombres con visión de Estado, posponiendo sus pasiones y fobias para el ámbito privado.
Me parece increíble, por no decir muy raro, que el mismísimo presidente (sí, en minúscula) de la República de Panamá se sienta directamente molesto con un grupo de panameños, “El Kolectivo”, que ha pintado un mural recordando a nuestros mártires del 9 de enero. Declara él, “lo que ustedes pinten se lo vamos a volver a pintar”, si se les ocurre a este grupo de ciudadanos volver a pintar el mural. En fin, parece que en este país no hay nada más importante que ocupe la atención y el tiempo (que paga cada ciudadano con sus impuestos) del señor presidente. O ¿es que hay algo más?
Desde fuera, no se entiende este ataque furibundo a la legítima expresión del sentir de los ciudadanos. No olvide el señor Martinelli que su puesto está regado con la sangre de aquellos que murieron en busca de la libertad y soberanía que disfruta. Que le recuerden, a la ministra con minúsculas, que sin Ascanio y los demás que murieron, que sin los que resultaron heridos y sin la valentía de los institutores que hoy ella ningunea, no estaría disfrutando (más que ejerciendo) el ministerio (minúsculo a más no poder) que ostenta.
En este país, parece que los políticos no saben a qué dedicar su tiempo. Pues aquí les mando una idea: cojan una silla, pónganse de cara a la pared y dedíquense a pensar y a recordar de dónde vienen. Pónganse a buscar en su pasado, en el camino que les ha llevado hasta este mismo instante y dígannos que no recuerdan lo que pasó el 9 de enero, y dígannoslo mirándonos a los ojos, a los ojos del pueblo panameño. Háganlo a ver qué les pasa.
Pero claro, la historia está para ocultarla, para olvidarla. Vaciando de contenido la nacionalidad, ocultando murales y retirando cátedras de estudio sobre nuestra relación con los Estados Unidos, generamos obreros, empleados, serviles “mano de obra barata” cuyos horizontes no son más que los de pan y circo. Es escandaloso lo que desde el gobierno se está haciendo con nuestro dinero.
La fórmula para resolver las cosas del presidente y su gabinete de minúscula comparsa ¿cúal será? ¿Suspender las garantías constitucionales? ¿Torcerle el brazo al derecho o montarnos un lamentable accidente o acosar a nuestros familiares? ¿Qué será señoras y señores que gobiernan? ¿Cerrarnos las imprentas para que no podamos publicar nuestras novelas, poemas, cuentos, ensayos, obras de teatro, canciones, décimas? Seguiremos hablando, seguiremos pintando murales, seguiremos denunciando este absurdo atropello a la memoria de todos.

Los Grafitis seguirán apareciendo y desapareciendo, su vocación momentánea le es inherente. Sorprende la nocturnidad y alevosía con las que el gobierno quiere resolver el asunto. Allá ellos. Nosotros a no olvidar, nosotros a ganarles con dignidad y talento la partida de la memoria a los entusiastas de la ignorancia a los paladines del olvido.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Y en Papel en blanco... El libro de los pequeños milagros.

El microrrelato tiene sus grandes maestros modernos (Ana María Shúa, Ángel Olgoso o José María Merino) pero tiene también a sus excelentes herederos. Uno de ellos es Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974) que demuestra en este universo que es “El libro de los pequeños milagros” (Páginas de Espuma, 2013), su altísimo grado de pericia en esto de cazar eternidades instantáneas. Seguir leyendo aquí.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Mujeres y educadoras.

Siempre fueron mujeres. La primera que entró en mi vida fue la maestra Carmen que me enseñó las vocales. Un día me hizo repasar los paraguas, que no conseguía dibujar bien. Luego de su tesón e interés todo cambió: los paraguas me salen, aun hoy, muy bien. En aquellos años de la maestra Carmen yo estaba en Kínder A, mi batita era azul y estaba en la primaria Don Bosco.
Los años pasaron y otra vez una mujer: Marianela. Me dio quinto y sexto. Una mujer hermosa, dedicada, y que nos tenía de suspiro en suspiro. Me retó con las Matemáticas y sacó lo mejor de mí: me eximí del examen, confió en mi esfuerzo y hasta hoy, las Matemáticas se me resisten pero ella me hizo tocar el cielo de los números. Hoy miro su foto entregándome (junto a mí, mamá), el certificado de sexto grado. Cuánto le debo.
La última de esas mujeres se me apareció en primer año, en el Técnico Don Bosco. Aida, nombre de ópera, mujer de bandera, profesora de Español. Exigente, amante de las letras, me retó con “El principito” de Saint-Exupéry: “cuando entiendan “El Principito” serán verdaderamente maduros”. Yo quería serlo, eran los ochenta, tenía que crecer, tenía que ganar el reto. Hice mi análisis literario después de reiteradas lecturas. Al momento de repartir las notas, ocurrió lo imprevisto. Siempre repartía Aida Mock los trabajos de la nota más alta a la más baja y siempre resultaba que era el mismo compañero el que mejore nota sacaba. Pero aquel día del análisis literario otro nombre resonó en el aula: el mío. Conseguí ganar el reto. La madurez no llegó, pero creo que ese año, bajo la constancia de mi profesora, di un salto irreversible hacia las letras.
Mujeres, siempre mujeres. Las profesoras y maestras de mi vida me dieron, la mayoría de ellas, lo mejor de sí mismas. Me enseñaron constancia, tesón, me ofrecieron su cariño y su cuidado. Encarnaron el Himno al Maestro, seres abnegados que cuidan lo mejor de la patria, los jóvenes, el futuro, la generación que viene.
No recordaba que hoy es el día del Maestro, del profesor, del docente. Qué fallo, pero nunca es tarde si el maestro o maestra es bueno. Las mías (y los míos, fueron pocos) fueron muchas y su parte de luz dejaron en mi alma, en mi conciencia.
Hoy día, cuando se cuestiona la Educación, cuando se ha puesto en entredicho la calidad y dedicación de los maestros y profesores, es bueno que desempolvemos las viejas glorias de la docencia, que los que aquí estamos hoy, seamos agradecidos con aquellos maestros y profesores que sí creían en su vocación, que sí creyeron en nosotros.
En mí último viaje a Panamá fui a ver a Aida Mock. Le llevé a ella y a su hermana Astevia, también gran profesora de Español, mi libro de cuentos “El boxeador catequista”. Sin perder ni un ápice de la alegría y desparpajo de siempre, recordamos los días en los que era un jovencito. Recordamos reídos las viejas batallas y las cosas que me hicieron pensar la vida. Les di las gracias por esas horas que pasaron conmigo y por lo profundo de la huella que me dejaron. Me sentí honrado de poder acercarles mis cuentos que de alguna forma le pertenecen.

Para todas ellas, y ellos, gracias y felicidades en su día. Que las nuevas generaciones de maestro se fijen en los que les precedieron porque el listón está muy alto. Que los maestros de hoy hagan bueno el Himno al Maestro, que sigan esparciendo, allí donde estén dando clase, en kínder o en la Universidad, “torrentes de luz”.