11 febrero, 2026

Paracaidistas

Los panameños nos hemos hecho expertos en colarnos en fiestas ajenas, pretendemos darnos relevancia allí donde de verdad ocurren las cosas, donde están los protagonistas, como cuando éramos chicos y nos dejábamos caer en el cumpleaños del amiguito del barrio que no nos invitó, pero llegamos y nos dieron un pedacito de dulce, y ni llevamos regalo.

La final de la NFL, por mucho jugador panameño que participe y se adorne con la bandera, no es nuestra fiesta, como tampoco lo es que la veamos en el show de medio tiempo: estamos tan acostumbrados a ser escenario y no protagonistas que vemos el tricolor y nos despelucamos, en lugar de avanzar nuestra cultura para ser protagonistas de verdad. No olvidemos: preparar una fiesta para otros no hace que la fiesta sea nuestra, como hicimos con el «Davitos» de hace semanas, o los demás eventos que ocurren en nuestro territorio.

Cualquier panameño en el extranjero, en concreto en Estados Unidos, que sale en alguna noticia, lo convertimos en héroe, como hicimos con aquella mujer de «origen panameño» que estaba en el ejército de USA, y la condecoramos y todo por haber sido capturada y liberada en una guerra que, menos mal, no era nuestra. Celebrar a «panameños de a vaina» es síntoma de mentalidad de pequeñez que es perjudicial.

Queremos celebrar el «hito» de Bad Bunny como nuestro, como de los latinos, cuando nosotros no hemos sido capaces de sostener en ese escenario, pudiendo ser protagonistas, nuestro propio relato sobre el Canal; celebramos la NFL como gringos, pero todos callados ante su embajador, que se pasea como gobernador por nuestro país. Queremos llegar a fiesta ajena, celebrar como invitados, o peor, como protagonistas.

No coman cuento: aquí cada uno es responsable de hacerse oír, y cuando se va en bonche, solo se hace ruido. Dicen algunos que el reguetón nació en Panamá, fíjate tú, y ni eso somos capaces de sostener en el exterior con solvencia.

27 enero, 2026

Comprensión lectora

El «tema» no dura ni cinco minutos. Su letra es chabacana y cuenta una historia manida y sin gracia: un tipo dice haber tenido un montón de amantes, pero no es verdad, ni tampoco su desempeño amatorio ni las dimensiones anatómicas con las que pretende ejercerlo. El susodicho —el personaje de la historia— da nombres propios de mujeres conocidas, a los que sus pasieros —cantando— le dicen «¡Dale de aquí, ombe!», porque es un batioso.

Los takilleros en causas que les den visibilidad vía likes o politiquera, salen en tromba a defender a las mencionadas porque «¡qué vulgaridad!», y una serie de vejaciones que no se dicen en la canción. Lo cierto es que eso que gruñen en el «tema» («canción» es mucho decir) forma parte de una historia ficticia que han querido ilustrar los autores con nombres de la vida real. Cierto es que nadie quiere oírse citada en un tema de baja calidad y rakatakerío patrio.

Algunos ilustres ignorantes han dicho que habría que resucitar la «censura», ese artefacto dictatorial que tachó canciones de Rubén Blades o Pedro Altamiranda, y que en la actualidad lucen en su mesa muchos entusiastas de la ignorancia en forma de cancelación y linchamiento mediático, por ser incapaces de entender, por falta de comprensión lectora, que la libertad de expresión y de creación se debaten, no se suprimen, y que en el peor de los casos, con cambiar de canal o de emisora es suficiente. Pero la hipocresía y la falta de criterio son deporte nacional en el país imaginario.

Estos faladores de medias verdades debían cerrar sus canales y cuentas en redes y dedicarse a leer largo y hondo. Son opinadores con kilómetros de superficie y profundidad milimétrica, una peligrosa mancha. Y MiCultura inaugurando playitas con personajes más dudosos que los del «tema» en cuestión. Cuando vengan a quejarse de la mala educación y la falta de cultura, les responderán, con razón, «¡Dale de aquí, ombe!».

13 enero, 2026

Cultura, un privilegio

Hagamos pedagogía, que consiste en diagnóstico, pronóstico y solución: Danilo Pérez, atribuye la reducción del Festival de Jazz de Panamá a la falta de apoyo de Turismo y de la Alcaldía de Panamá, a la vez que agradece a MiCultura su apoyo por ley al proyecto, que se acerca con éxito a los veinticinco años de existencia.

El diagnóstico: la mayoría de los panameños cree que la cultura es un privilegio, no un derecho, de allí que opinen que un festival como este, que tiene un impacto real en la vida de miles de jóvenes, lo debe costear la fundación que lo convoca o la empresa privada. Para muchos, y eso le conviene al sistema, la cultura sobra.

El pronóstico: poco a poco irá languideciendo. La asignación por ley de MiCultura no será suficiente, y los días se irán acortando y el impacto ira menguando, y eso que muchos músicos panameños estuvieron en el origen mismo del jazz, y ha tenido en varios de nuestros compatriotas dignos exponentes. Pero eso no es suficiente para un amplio sector de la sociedad.

Las solución pasa por ser más pedagógicos. El Festival es una muestra en sí mismo de la importancia del jazz, pero los entusiastas de la ignorancia han conseguido establecer en la conciencia social que la cultura es una yeyesada, no una vaina del pueblo, y la culpa es a partes iguales de MiCultura, Meduca, y de la voluntad política del Ejecutivo y el Legislativo: «Entre todos la matamos y ella sola se murió».

Espero que el pronóstico sea fallido, que seamos capaces de enseñar que la cultura es cuestión de todos, y que en ella nos jugamos la memoria reflexiva que necesitaremos para los tiempos complejos que se nos vienen encima. Por el «apellido» del Festival nos estamos haciendo todas estas preguntas, pero no lo duden, muchas iniciativas culturales se han perdido y se pierden por ser anónimas, y eso también destruye el tejido cultural del país.

Artículo publicado en el diario La Prensa, martes 13 de enero de 2026.

07 enero, 2026

De Panamá a Venezuela

Algunas imágenes me hicieron recordar el 20 de diciembre de 1989, el cosquilleo de la incertidumbre: estaba asistiendo a las últimas horas de mi vida o al comienzo de una nueva, en ese momento no lo sabía y era lo de menos: Estados Unidos acababa de invadir Panamá.

Recibí el sábado un mensaje de mi hija pequeña: «¿has visto lo de Venezuela?», e inmediatamente sentí el vértigo: en mi teléfono las imágenes traían aquel diciembre ahora en enero, el país más poderoso del mundo trayendo con «bombas de paz»«extrayendo» el mal—, el bien que ellos entienden que se necesita, a su medida, esa «tentación del bien» de la que nos hablaba Todorov, y que ahora es una opción legítima.

Cuando no vives bajo una dictadura es difícil entender el alivio de que te quiten de encima al «hombre fuerte», al que hasta los más bravos, armados hasta los dientes, temen y obedecen para mantener los equilibrios corruptos que benefician a los que están en la papa. Las armas también son judiciales, políticas, económicas, las necesarias para mantener el poder.

Las víctimas son los venezolanos, los malos son los dictadores color caribe o de barras y estrellas, los que han caído en «la tentación del bien». Uno lo que quiere es democracia a cualquier precio, incluso la soberanía, porque bajo una dictadura la soberanía no alimenta la esperanza o el estómago, pero uno es consciente después del precedente y es doloroso.

De Panamá a Venezuela hay 36 años, dos países, y un protagonista, Estados Unidos, que impondrá su «bien» por la fuerza, como Israel, Rusia, o el que crea poder hacerlo. ¿Y China? Abierta la veda, y todos con veto o con amigos que lo tienen, los demás no podemos más que alegrarnos por lo que nos toca y pedir que todo salga bien. Nos ponen en la mesa a escoger el menor mal porque, el mayor bien, ya se lo han llevado ellos.

Artículo publicado en el diario La Prensa, el martes 6 de enero de 2026, a la espera de que la democracia de una u otra forma termine llegando a Venezuela, empezando con poner en libertad a todos los presos políticos.