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29 noviembre, 2013

De las librerías y otros vicios

Los que me conocen lo saben y ya me dan por perdido. Soy un vicioso de los libros. Cuando llego a cualquier ciudad pregunto primero por las librerías, luego por un buen bar de vinos.
Hoy que es el día de las librerías no puedo dejar pasar la oportunidad de dar las gracias a esos valientes que hay en cada pueblo, en cada pequeña ciudad y que hacen la vida de los viciosos literarios más fácil. Gente que ama los libros, que celebra la cultura a diario abriendo las puertas del paraíso para que todos vayamos allí a jugar y a vivir.

A todos los libreros felicidades en este día que apartamos en el calendario para ponernos una buena excusa para expresaros lo que sentimos por vosotros siempre: cariño y admiración.

22 julio, 2013

Mi primera vez con Juancho Armas Marcelo

Escribí hace años un texto (que titulé igual que esta entrada) en el que contaba como fue la primera vez que me encontré con Juancho Armas Marcelo pero, aquel escrito, como tantos otros y tantos libros, lo perdí cuando la vida me cambió para bien. Los que me conocen ya saben a qué me refiero.
Resulta que para el año 2001 se iba a llevar a cabo la Feria Internacional del Libro de Panamá, un evento que amenazaba con convertirse en uno del los que cambiarían la vida del libro en mi tierra y así fue. Conocí a Priscila Delgado, por esas fechas presidenta de la Cámara Panameña del Libro, y quise echar una mano desde Madrid intentando buscar a algún escritor que acepta una invitación para viajar a Panamá y asistir a la Feria. Pensé entonces en el escritor más latinoamericano de los españoles que pudiera echarme a la cara y a la cara me lo echaba todas las semanas en el programa de "Los libros" en Televisión Española. La vaina, como decimos allá, era contactar al tipo y el tipo no era otro que Juancho Armas Marcelo, canario, amante del lado de allá y gran escritor. Me había leído "Los dioses de sí mismos" y comencé a buscar toda su obra. Incluso encontré una biografía de Mario Vargas Llosa, mi escritor favorito, que el firmaba. El candidato perfecto para la Feria y cumplir con la ayuda que quería prestar. Pero ¿dónde localizarlo?
El tiempo comenzaba a jugar en mi contra ¿dónde contactar al canario? y cada semana la imagen de Juancho y Eduardo Sotillos presentando “Los libros” se colaba en mi piso para meterme prisa.  Hablaba con Panamá para decir que andaba sobre la pista pero nada de nada. Lo que no sospechaba yo era que la pista estaba a la vuelta de una hoja de periódico.
Estudiaba y trabajaba, escribía y leía. Una tarde volví a mi piso con pocas ganas de Psicología. Así que me senté junto con unas sardinas y el periódico, Diario 16, para buscar una buena razón para no ir a la Facultad. La razón, a vuelta de una página, en una convocatoria: la editorial Casiopea invitaba a la presentación de un libro del colombiano Condado Zuloaga Osorio, en la librería Crisol. Acompañaría al autor J.J. Armas Marcelo, mi objetivo, esa misma tarde.
Dejé las sardinas, me vestí y me fui corriendo, en bus, a ver a Juancho. El problema era, una vez localizado como abordarle. Eso de ponerte delante de alguien y decirle cosas que no se espera me resulta difícil. Me falta morro. Así me va. En el autobús daba vueltas a la cabeza para ver cómo hacerlo.
La desaparecida Crisol quedaba cerca de la calle Maldonado en Madrid o alrededores. Llegué, había sillas arriba y me senté delante, para verle de cerca y atacar cuando se bajara de la tribuna. Me senté al lado de una mujer elegante y esperé pensando que decirle. La intervención fue sabrosa, marca de la casa, y en un momento de su intervención Juancho hizo alusión a la mujer sentada a mi lado que resultó ser su esposa, bien, pensé, seguro que no se me escapa.
Fin de la presentación, bajó Juancho, se fue Juancho y no le dije nada. ¡La mujer de al lado!, pensé, me atreví, y entonces supe que su nombre era Saso y le hablé rapidito, como decimos allá, del asunto. Me llamó a Juancho, me lo presentó y le comenté el asunto por encima. Objetivo cumplido. Nos despedimos pero ¿cómo llamarlo o lo que fuera?  Ya casi se iba cuando me atreví, raro en mí, a buscarle de nuevo: ¿cómo te localizo? De su puño y letra me escribió sus datos en una hoja de mi agenda y me dijo que lo llamara. ¿Te acordarás de mí? “Conozco muy pocos panameños y que encima quieran invitarme a Panamá” me dijo y ahora sí, buenas noticias para la Feria. Le llamé, contestó él y sí que se acordaba.
Quedamos a comer era cerca de su barrio, en un buen restaurante, del que recuerdo que pedimos lo mismo, me dejé llevar, y un sorbete de mandarina si la memoria no me traiciona. Vino para regar  la sobremesa. Le conté de mis proyectos literarios y tratamos el tema Feria. Me preguntó a bocajarro: ¿tú que ganas con todo esto? La amistad le dije, una buena comida hablando de libros, nada más. Ya he confesado que una de las mejores cosas que me ha dado la literatura es la amistad, los amigos y hasta algún amago de enemigo.
Así terminó aquella primera comida a la que sucedieron llamadas y conversaciones sobre la posibilidad de ir a la Feria. La cosa no salió esa primera vez, pero se resolvió para la siguiente, aunque  esa es otra parte  de la historia que ya les contaré más adelante cerca del décimo aniversario del desembarco de Juancho en la FIL de Panamá. “Otros quinientos pesos” como decimos los istmeños. Por cierto, felicidades Juancho.
 

20 julio, 2013

Jornadas asturianas I

Por fin todos, por fin juntos. Sentados en un restaurante que dilata el tiempo de espera como una agonía, vemos los cuatro la línea de la playa iluminada. Las gentes van y vienen, piden daikiris de maracuyá en la mesa de al lado. Nuestro reencuentro pasa inadvertido, les es ajeno, ni lo imaginan. Las distancias son buenas, según de qué te quieras distanciar. Pero de los hijos, distanciarse es una sucesión de nostalgias que solo puede paliarse a medias con el recuerdo. Juntos, por fin, en esta primera jornada asturiana.

17 marzo, 2013

Mi espacio.

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Aquí escribo
El espacio en el que se escribe, su geografía de libros, sus cimas de cine y sus simas de ensayo, ambas enclaustradas en blancas estanterías suecas. Allí se cruzan, en el punto exacto entre la silla y la mesa de trabajo, en la mente del que escribe, mujeres apesadumbradas, territorios  inaugurados, dictadores que son fantasmas del ayer. Pueblan el refugio las ficciones de amigos, los poemas de otros, las novelas de la infancia.
El sol se asoma por una ventana que no devuelve nada más que luz, que no traiciona a la vista porque, al querer mirar por ella, solo se ve un estor tan blanco como la pantalla donde las letras se van soldando a las palabras que se van convirtiendo en una novela.
Un refugio que las niñas invaden con sus preguntas, con sus juegos, con sus reclamos de un abrazo y un beso, con dibujos para enseñar, con ganas de ayudar a papá a escribir otro cuento. 


14 diciembre, 2012

Robin-Sancho, cumple

Siempre he sido Batman. Desde que tengo uso de razón el hombre murciélago ha formado parte de mi vida y su oscura sombra de caballero atormentado me ha perseguido. Mi hija Lucía que descubrió a Batman conmigo viendo una de sus películas favoritas (Batman, 1966 con Adam West y Burt Ward) decidió que sería Robin. No me importó pero decidía, sin saberlo, ocupar una vacante que llevaba años vacía, la que dejó mi hermano Pablo cuando me vine a vivir a España.
Mi hermano es un gran tipo. Es buena gente, inteligente, con sus defectos que le humanizan y, sobre todo, con un grandísimo corazón. Todavía hoy, el día de su cumpleaños, le echo muchísimo de menos. Es que los hermanos son los primeros sparrings que la vida nos pone delante para fajarnos en el ring de la vida. Son seres con los que nos peleamos pero con los que convivimos tan cerca que, superada la infancia, siguen apareciendo por obra y gracia de la memoria en todos los rincones de nuestra existencia.
Pablo fue el primer “oidor” de mis historias. Era mi único espectador cuando le contaba cada noche las historias que me inventaba. Fue mi primer cómplice, mi primer confidente y con el primero que me di de trompadas de las buenas. Hemos vivido tantas cosas juntos que no lo puedo olvidar, que me cuesta mirar atrás y no verle en mis alegrías y en mis angustias, allí, a mi lado, como una extensión balsámica del amor de Dios.
Hoy cumple unos cuantos años, 39 para ser exactos. Yo le veo venir pisándome los talones desde mis cuarenta añitos (perdonen que ablande la cifra de forma tan cursi) y confieso que está en mejor forma que yo. Más alto y, alguna dirá, que más guapo pero eso está por verse, que quien tuvo retuvo y todo eso.
Robin cumple años hoy. Esta madrugada suena mi móvil. Me ponía que mi hermano me mandaba una imagen. Luego no supe de mí hasta que el mismo teléfono me despertó con su alarma. Abro el mensaje: es una foto de Batman y Robin que les comparto junto a este texto. “Santas catapultas Robin –le contesto– qué risa, qué recuerdos, qué alegría”.
Me puedo imaginar aquella primera Navidad en la que estrené hermano. Un ser mínimo, que no dejaba de llorar, indefenso, y yo con mi año y pico levantado desde el suelo viéndole moverse allí en la cuna sin saber ni él ni yo el destino que nos deparaba la vida: ser Batman y Robin, el Dúo Dinámico, los paladines de la justicia en aquella Ciudad Gótica que era la casa de abuelita Chela donde nos criamos.
Detrás de cada Batman hay un buen Robin. Como no hay Quijote sin Sancho. No podría yo seguir en mi quijotesco empeño de letras sin la sensatez aplastante de mi hermano, de mi Sancho sin panza pero con una conciencia clara de quien soy y sin ningún miedo a decirme que mis gigantes son solo molinos.

05 diciembre, 2012

Las niñas y los libros.

Ahora para dormir no solo tienen que tener la luz encendida sino que también necesitan un libro. El hábito las corroe, ahora, sin practicar un poco el vicio de leer antes del sueño, no se duermen. Las niñas van cogiéndole cariño a los libros y su papá se siente muy orgulloso de ellas.
Lucía lee mucho y bien. Entona, hace las pausas siguiendo con exquisito rigor la ortografía, interpreta. Le gusta Lengua y escribe por allí, a escondidas, un diario secreto haciéndose pasar por un personaje que le gusta mucho y también pequeñas ficciones que me hacen reír. Yo le corrijo las historias y va aprendiendo el oficio. Ya sabe qué es “adjetivar” y ha prometido no hacerlo.
Aitana todavía no sabe leer pero juega con su hermana a las bibliotecas: “tenga señora, su libro” y Aitana se lo lleva, se sienta en su “casa” lo lee y lo devuelve. Hace unos meses, cuando aun iba a la escuela infantil, pasamos por delante del bibliobús y exclamó “¡mira papá es como nuestra casa!”. Tantos libros, tantas aventuras. En la FNAC le pasaba lo mismo, siendo más pequeña se sentaba en el suelo a ver todos los libros que tenía a su alcance “¡ya lo leí!” gritaba al llegar a la última página.
Tienen el hábito, la magia las seduce, las letras las van intrigando. El libro no es un ser extraño sino un amigo que invita y promete mucha diversión y, más adelante, hasta lágrimas de amor o de dolor.
El otro día le hablaba a Lucía de “Los Miserables” de mi querido Víctor Hugo y que sale dentro de poco una película basada en el libro. Le dije que el ejemplar que tengo de la novela, de una vieja colección de Literatura Universal (qué grande suena eso), sería para ella cuando yo no estuviera. Aitana lo escucha y me dice “¡y yo qué!”. Menos mal que tengo “Los Miserables” por duplicado y le ofrecí a mi hija pequeña su propio ejemplar. A veces, cuando no la miro, los saca para verlos. La regaño. Me contesta que le dije que son suyos. Me los devuelve y los pongo en su lugar y no le quito la razón: serán suyos algún día, aunque espero que esté muy, muy lejos.

06 septiembre, 2012

Gutenberg, ese brujo prodigioso

De Gutenberg se ha dicho de todo, incluso hay una galaxia que lleva su nombre de brujo maligno que nos ha traído esta maldita manía viciosa de leer. Anejo a esto, la maldita manía de pensar y con ello la maldita manía de protestar, de reprochar y de querer cambiar las cosas y darnos otro rumbo.
Lo del adjetivo "maldito o maldita" lo ponen los entusiastas de la ignorancia a los que Gutenberg y su magia de tipos móviles les sigue pareciendo peligroso.
Todavía hoy y en países de los llamados civilizados (con las repúblicas bananeras no se metan) se siguen ocultando cuando no prohibiendo ciertos libros que amenazan la estabilidad del pensamiento único ya sea de derechas, izquierdas o de cómodos y a veces nada equilibrados centros.
Pero para este nuevo año 2012-2013 vamos a dejarnos engatusar una vez más por la magia que nos legó Gutenberg leyendo como locos y escribiendo si se tercia más historias que nos hagan partirnos de risa o tan sólo reírnos que con la que está cayendo no es poco.
Gutenberg me asalta en estos días porque de paseo por Vigo en Galicia me metí en una tienda de libros, discos y películas de segunda mano regentada por una amabilísima dependiera con acento argentino. Entre tantas cosa interesantes había dibujos de grandes personajes de la historia sacados de viejísimas enciclopedias. Estaban por allí Voltaire, Quevedo, Calvino (Juan, no Ítalo) y otros reyes y reinas a precios elevados. Pero apareció Gutenberg mirándome a tres euros y decidí hacerle huego en mi recién colocada biblioteca pendiente de inauguración. Le dije a mi mujer Marga Collazo que le buscaría un marco para ponerle por casa y se rió de mi romanticismo. "Definitivamente es culpa suya que vivamos con tantos libros", le dije, y se volvió a reír.
Gutenberg ya está en casa como responsable de la maravilla de tener libros, todos nosotros y sí, todos los que queramos o que podamos tener, gracia su prodigioso invento que le convirtió en enemigo público de los autoritarios y precursores del pensamiento único, en un brujo, en un tipo de esos que te agua la fiesta porque le grita a los invitados que los cubatas están envenenados.
Por cierto, el marco para Gutenberg no ha llegado aunque metido entre los libros parece no estar tan incómodo.
Foto, todos los derechos reservados por Kai Hogan

30 marzo, 2012

Cuarenta, el doble de nada.


Si, como dice la canción, veinte años no son nada, los cuarenta que cumplo son nada y menos. Eso, que tranquilo, que el tiempo se regresa por donde se fue. También dicen que la vida empieza después de los cuarenta. Ahí es nada. Tengo el cuenta kilómetros a cero. Mejor, siempre y cuando lo que dicen sea verdad. Sea como sea estoy en el año de mis cuarenta años un año que está siendo intenso, de muchos cambios y de muchas decisiones. A ver cómo termina.
Una de las grandes bendiciones (o maldiciones, ya me diréis) con las que cuento (a parte de mi familia y mis amigos) es la de poder leer. Mi casa está llena de libros, recibo libros para reseñar, me regalan libros mis hijas y mi esposa y mis amigos ya resignados a este delirio de papel impreso, converso sobre ellos, los discuto, los disfruto.
En este año de mis cuarenta años la memoria que tengo es de tantas historias leídas, de tantos personajes odiados y amados, de tantas técnicas, versiones y revisiones de clásicos modernos, de los de ahora, de los de antes, de tantas intuiciones de libros futuros, de locuras quijotescas y certezas en versos o en haikus. No me puedo quejar.
Quiero dar las gracias desde estos senderos a todos los amigos escritores, lectores, editores, libreros, periodistas pero sobre todo, todos ellos, grandes personas, que desde el lado de allá y del de acá me han ido dejando parte de ellos como muestra de afecto, no verosímil, sino verdadero.
En estos cuarenta años doy gracias a Dios por la herencia de allá, de Panamá, que me ha hecho lo que soy y que impregna con su tamborito de recuerdos y su alma de conflictos y aventuras aun por contar, lo que hago a diario como escritor y como lector. De allá vienen las primeras lecturas, la educación sentimental y la nostalgia.
Del lado de acá, de España, tengo los años de la primera adultez, las primeras grandes decisiones conscientes, los grandes fracasos, las aun más grandes amistades y el amor verdadero. Las letras se encarnan acá donde el oficio arranca, donde los escritores nos hemos acercado y donde la lectura se convirtió ya del todo en una obsesión sana, si es que hay alguna.
Pido cuarenta años más, por lo menos, para poder seguir leyendo y escribiendo, para poder ver crecer a mis hijas y seguir enamorándome más de mi mujer, Marga Collazo, que tantas cosas buenas me ha traído como si fuese de esas musas que muchos esperamos a que lleguen y nos pillen trabajando. Mi musa me trajo más de lo que esperaba y aun sigo descubriendo el tesoro.
Cuarenta años más para conseguir los sueños emprendidos y para que vosotros que seguís allí los veáis y para que los podamos compartir. Seremos, Dios mediante, unos viejos afortunados y reídos de la vida, satisfechos y listos para irnos cuando el de Allá lo disponga.
Por todos, gracias a Dios y, a todos, mil gracias por tanto derroche de cariño a pesar de recibir de vuelta muchas veces  más bien poco. Aquí sigo para lo que haga falta otros cuarenta años más.


29 septiembre, 2011

Jose, sin acento.

Anoche, sin hacer ruido, se marchó Jose de este mundo para disfrutar de la presencia de Dios, en virtud del sacrificio de Jesús en la cruz. Jose sin acento, Jose invitándome a comer, Jose llegando a la iglesia con su acento malagueño,  de risa constante. Jose quejándose, peleando, Jose de albañil, Jose rugiéndole al Barcelona para que llegara a ser el equipo que es hoy, Jose luchando, Jose decepcionado, Jose sentado a la mesa y levantándose para ponerme un café. Jose.
La enfermedad se le encaramó encima y él le plantó cara, pero llega un momento en el que la existencia dice basta y lo que se soñaba y planificaba salta por los aires para hacerse jirones de pena.
Me habría gustado estar más cerca. Las malditas distancias y sus desafíos. Pero ahora toca salvar esa distancia para estar con Mari que se queda sin su marido, que se queda con el silencio y con la soledad. Maldita ausencia, maldito “hachazo de metrónomo” que diría el poeta Luis Vea García.
Lamentaré siempre haberle alzado la voz a Jose, haberle reprochado aquello, haber alejado mis pasos de los suyos un tiempo que ya no puedo desandar. Pero su corazón, tocado también por la enfermedad, era muy ancho para perdonar, para pasar por encima, para volverse a acercar, para volver a hablar del Barcelona y elogiar una vez más a Messi que se convierte en leyenda y del que él ya no podrá disfrutar.
Perdonad que en estos senderos se metan esta congojas, estas manchas de alquitrán personales en la mirada de esta bitácora pero que más literario que la muerte, que más poético que la tristeza, qué más crítico y reseñable que la ausencia de un ser humano que nadie jamás podrá llenar. Porque las vidas pequeñas han de ser contadas o por lo menos han de ser consignadas en un espacio y que mejor que en un repecho de estos senderos retorcidos.
Quedan la risa, las bromas, las oraciones, los consuelos, las llamadas de atención, la generosidad, el milagro de una vida como la de Jose. Con sus sombras y con todas sus luces me queda el camino recorrido con él en sus circunstancias y en las mías. Caminos andados en silencio o cantando o llorando, pero caminos con él, caminos que se me antojan de los mejores que he recorrido.
Ensayo de la muerte del padre, es lo que me toca con Jose. Cuando sea el mío el que se marche, cuando sea el que me trajo a este mundo el que lo deje para instalarse definitivamente y sin remisión en los recuerdos más grises de mi memoria, veré que escribo.
Tiempo para recordar a Jose, sin acento, tiempo para acentuar su fe, su sentido del humor, sus silencios y sus grandes momentos. El tiempo sigue obstinado su paso y a nosotros nos toca seguir con la convicción de que ya descansa y disfruta de su fe tal y como se lo prometió el Padre.

25 septiembre, 2011

El silencio de los usuarios

La tecnología es esclavizante. Si bien es cierto que libera, evoca, transforma y solivianta tampoco es menos cierto que muchas veces cabrea hasta niveles que rozan el paroxismo, vamos, lo que viene siendo subirse por la paredes de toda la vida.
Y es que he sufrido por un largo periodo de tiempo el castigo de estar sin acceso a Internet y todas sus bondades y desgracias. Mi anterior operador, ese del macro ERE, se olvidó de mis traslado de línea y cuando lo hizo me dijo que me olvidara de mi acceso al ADSL, malditas siglas, y que pidiera otra vez el servicio. Veinte días sumados a la tardanza (quince días), para cambiarme la línea de domicilio. Una locura y más cundo te dicen, casi te juran, que en tres días lo tienes, el acceso digo, a Internet. Mentira y gorda.
El único castigo contra el gigante azul, irte con la competencia que te consuela, te promete el oro y el moro y pone a parir junto a tu corazón desolado a los “malos” que te hicieron daño en tu “ser tecnológico. Claro está que la competencia tardó los veinte días o más de rigor pero al final llega la carta esperada: "pronto te conectaremos a Internet, espera nuestras instrucciones": se me iluminó el rostro y con mentón casi batiente se lo dije a mi mujer Marga Collazo: viene la conexión. Diez días después.
Diez días después porque llamé a preguntar, “oiga ¿y mi acceso a Internet y a mi mundo virtual?” “Perdone, se nos olvidó decirle que ya puede instalar el “router” (que es la pera melonera según un anuncio) que le mandamos”. “¿A dónde?” “A su domicilio”. “¡Mentira!” “¡Qué sí caballero!”… Lo mandaron tres días después, probando al máximo lo poco que de Job y su proverbial paciencia me quedaban en este tema. Pero llegó el día.
Me decidí a instalarlo yo mismo y, como ya es de todos conocido, lo mío con la tecnología es un asunto perdido pero, lo conseguí hace un par de días y aquí estoy de vuelta, con menos megas (la competencia es una birria comparado con los del ERE) pero con posibilidades de seguir en la brecha virtual. Con los meses de permeancia que me veo obligado a guardar creo que no me descolgaré de estos senderos a menos que la vida decida otra cosa. Seguimos pues, anaranjados pero seguimos.

18 enero, 2011

Fumar

En el bar de debajo de mi casa la gente discute. Somos españoles. La otra noche dos mujeres, sus voces en off como en una de esas viejas películas, se gritaban quien era más guarra y golfa que la otra. “¡Otra vez!” nos dijimos Marga y yo y de pronto otra voz en off, la de un hombre interviene y zanja en asunto: “En mi bar no quiero estos dramas, además recordad que aquí se me deben dos consumiciones”. Fin del acto.
Pero con la ley anti-tabaco la cosa ha degenerado. Ahora, en la puerta del bar de debajo de mi casa, se discute: “los inmigrantes deberían volverse a su país”, dice un hombre, voz en off (se escucha claramente en el salón), “y si vuelven, con sus papeles” dice una mujer que luego tose a punto de echar la vida y los higadillos. “Nos vamos a morir de una pulmonía”, tercia otra y luego se hace un silencio. Vuelven a entrar al bar. Se morirán de una pulmonía o de cáncer, que más les da. La cosa es morirse de algo.

31 diciembre, 2010

Una década caleidoscópica


Diez años de cuento dan para mucho. Yo quiero despedir el año de los diez años de Páginas de Espuma hablando de un libro que con mucho cariño recibí de manos de Juan Casamayor: Caleidoscopio. Es una celebración en imágenes y textos de todos los cómplices de la vida de una editorial imprescindible que pasará a la historia del siglo XXI literario como uno de los referentes en lo relativo al cuento hispanoamericano. Al cuento como género, que ya bullía por todas partes devorándolo todo, dejando de ser patrimonio exclusivo de los latinoamericanos y conquistaba escritores da acá de España, le faltaba un puerto, una casa, un sitio en el que materializarse, en el que hacerse tangible y, hete aquí, nace Páginas de Espuma y el verbo se hizo libro y habitó entre nosotros.
Recuerdo aun la expectación y la alegría de estar en El Círculo de Bellas artes asistiendo a la presentación de una antología del nuevo cuento español: Pequeñas Resistencias 1. Lo saco de la estantería donde comparte espacio con sus otros hermanos de género y editorial. Le soplo en el cogote con cariño y una nubecilla de polvo me recuerda que debo frecuentarlo más. Abro y en la primera página escribí en su día: “Regalo de Juan Casamayor, el día del bautizo de la obra: 25/10/02” me impresiona el recuerdo que había olvidado. Qué importante es escribir aunque sólo sean fechas.
Y desde ese día hasta hoy cuantas cosas buenas han ocurrido, cuantas otras no tan buenas pero todas ellas jalonadas por los libros de Páginas de Espuma: La antología de Clara Obligado “Por favor sea breve” que regalé en Panamá durante un programa de televisión, la multitudinaria presentación de “Amenábar, vocación de intriga” o la entrañable y graciosísima presentación de “El pez volador” la brillante antología de Javier Sáez de Ibarra que me descubrió la persona primero y luego al escritor tan grande que es Hipólito G. Navarro. Y al final, luego de tantas cosas, me llega vía “El Placer de la Lectura”, “Pequeñas resistencias 5” y vía “La Biblioteca Imaginaria” “Lo inolvidable” de Eduardo Berti.
Una década da para mucho, ya lo he dicho, y con los libros pasa que se van convirtiendo en jirones de amor o de dolor (que diría Ricardo Miró, poeta panameño), en trozos de memoria e hitos históricos que delimitan los territorios del recuerdo. Me voy dando cuenta que en esta casa en la que vivo, rodeado de mis chicas y libros, muchos tienen el sello de Páginas de Espuma y sitúan mi biografía en lugares concretos, en momentos fundamentales de la existencia. El más grande, el día que pasamos con la pequeña Aitana por la editorial. Juan nos obsequio a Marga y a mí con “El jardín japonés” de Antonio Ortuño y con la “Antología hispánica del cuento Beatle” además de “La máquina de languidecer”, de Ángel Olgoso, tres textos de los que hablaremos en 2011.
Pero para mí, hay una dimensión que me gustaría resaltar de este acontecimiento que se llama Páginas de Espuma: la humana. Hay que decir, y no lo digo sólo yo, son muchos los que lo hacen, que básicamente, sin alharacas ni peloteos, que Juan y Encarni son gente maravillosa, buena. Todos lo confiesan y hay que repetirlo. Pero junto a ellos, como se ve en las fotos de Caleidoscopio, la gente que allí se retrata, es gente como ellos. Unas líneas para aquellos con los que me he cruzado lo sepan ellos o no.
A José María Merino mi vergüenza no me permitió “entrarle” durante la Feria del libro de Madrid. Juan me dijo dónde estaba firmando y me fui para allá pero nunca me acerqué. Cosas del directo. En una glorieta de estas, seguro que coincidimos y espero no ser de nuevo un fugitivo
A Clara Obligado le ofrecí mi mano caballerosa para bajar del escenario del Salón de Columnas de El Círculo de Bellas Artes en el último festival Eñe. Una de esas personas inteligentes trabajadoras y de la que tengo más libros de lo que creía. Con ella y con lo que hace no se puede ser breve, aunque te lo pidan por favor.
A Fernando Iwasaki me lo presentó un día Jorge Eduardo Benavides y alguna vez hemos coincidido. Te ríes con sus textos y me aseguran que también con él en directo. Su “Ajuar funerario” casi me mata de risa y de buena literatura.
A Andrés Neuman le conocí hace años y quise que fuera a Panamá para la Feria del Libro de 2003. Me fui a Granada para invitarle. No pudo ser, pero su talento literario y “El viajero del siglo” le llevaron hasta allí. En el último minuto, su “Alumbramiento” me vino que ni pintado para regalárselo a Marga cuando Aitana aun la habitaba.

A Poli lo conocí en “Tres rosas amarillas”, como no, y por “El Pez volador”. Un ser de cercanías, lleno de humor y de alegría, que desde el primer momento me metió en su bolsillo. Al buen entendedor no le hacen falta dieciocho cuentos por muy breves e ipsofácticos que sean.
A Juan Carlos Méndez Guédez lo conocí de la mano de Jorge Eduardo Benavides también y nos vemos por allí y por allá. Un tipo con una literatura hermosa, con una apostura que invita a la conversación tranquila y a no despedirse tan pronto de míster Salinger.
A Ana María Shua la conocí cuando estuvo por acá presentando su libro de microficciones completas que pesa lo suyo. Una mujer entrañable y lúcida en su literatura. Cazadora de letras con quien da ganas de no clausurar la temporada de fantasmas nunca.
A Eduardo Berti le conocí en el bar María Pandora de Madrid por un asunto de cuentos. Volví a coincidir con él cuando fuimos con Aitana a la editorial y hace unos días atrás pudimos reconocernos y le entrevisté. Un gran conversador, un escritor preciso y brillante que convierte lo inolvidable en materia literaria de primer orden.
Y al final, Juan y Encarni. Recordando cómo les conocí me encontré con el dato. Resulta que traía yo el manuscrito de “Luminoso tiempo gris” de Enrique Jaramillo Levi desde Panamá y días después del 11S. Sería una entrega en mano para agilizar las cosas. Hice escala en República Dominicana y, como no podía ser de otra manera, lo perdí en medio del caos. Mi primera comparecencia en la editorial fue para disculparme con él por el extravío y desde ese día hasta hoy. Nos hemos vito en presentaciones, en las ferias o en la editorial. En cada encuentro me han ofrecido su mejor sonrisa, su cercanía y la alegría no exenta de sus luchas, la alegría de personas que están viviendo el sueño que persiguieron. Han conseguido que todos volvamos a la playa de la Literatura para ver al mar abrirse y cerrase como un libro de páginas de espuma.
El ciclo que abrió Pequeñas Resistencias y que cierra diez años después, abre, en una paradoja de esas que le gustaban a Cabrera Infante, una puerta para que esperemos grandes cosas del cuento y de Páginas de Espuma que, seguro, estará allí, como el dinosaurio, dentro de diez años más.

17 septiembre, 2010

El ruido y las letras


Cuentan que cuando mi querido Miguel Delibes comenzó a escribir lo hacía en medio del bullicio de la casa familiar por el interés económico pero con el talento preciso para convertirse, como así fue, en un escritor imprescindible de las letras españolas. Cuando la cosas le empezaron a ir bien resultó que podía alquilarse un pequeño estudio para aislarse del ruido doméstico para concentrase en afinar aun más su oficio de escritor. Una vez allí y en la soledad silenciosa de su nueva estancia, cuando comenzaba a elaborar esa joya literaria que es Los Santos inocentes, se dio cuenta de que no podía arrancar, que le faltaba algo: el ruido. El bullicio de los hijos y después el de sus nietos le traía desde la dimensión literaria los ecos que necesitaba para su escritura.
Eso es lo que le pasa a algunos escritores. Lo mismo Antonio Lobo Antunes, otro grande, que después de dejar su despacho del hospital psiquiátrico donde trabajaba, se iba todas las mañanas hasta allí, estacionaba su coche y se ponía a escribir en plena calle. Pasado el tiempo le dijeron que se quedara en el despacho suyo de antes para escribir, que qué era eso de escribir en la calle. Otra vez el ruido y no ya la furia, sino la literatura.
A los que leemos también nos pasa. Personalmente me gusta leer en lugares públicos sobre todo en el Metro o en los trenes donde el ruido de fondo de los viajeros apretujados y el cruce promiscuo de sus conversaciones absurdas a veces y otras tan intrigantes y profundas que darían para más de un libro, actúan de mar de fondo.
Como lector me gusta la posibilidad de dejarme arrastrar por una buena lectura que te va llevando lejos de donde estás hasta el punto de que, más de una vez, me pasé la parada para ir al trabajo y llegué tarde. “¡Se le pegaron las sábanas o qué!”, me dijo ese martes, no se me olvida, el encargado. Dudé unos instantes entre hacerme pasar por un intelectual que, absorbido por la lectura subyugante de “Las esquinas del aire” de Juan Manuel de Prada, no le importaba parecer un irresponsable con su trabajo, todo por una buena lectura. Mentí diciendo que sí, que me había acostado tarde, que no dormí bien: confesar que me había pasado la parada por ir leyendo me hubiese convertido en ese momento en carne de burla.
¿Es tan raro depender del ruido para concentrarnos? Escritores y lectores somos tan extraños que seguro entenderán estas sensaciones. Los escritores/lectores amantes del ruido disfrutan con su capacidad de hacer el silencio, de apartar el ruido de forma voluntaria y victoriosa para dar paso al abandono de las letras. Los silenciosos, en cambio, tienen que echar media vida fuera de la sala de lectura, del despachito de escritura, para que en la total soledad, en el absoluto silencio, la magia de la lectura y la comparecencia de las letras funcione.
De una u otra forma, lo raro de todo esto es que al final la literatura hace acto de presencia y nos arrastra hasta sus flores como una primavera nueva, nos vuelve a fascinar, nos vuelva a esclavizar por unas horas en la que escribimos o leemos. Una fascinación que no debemos dejar de vivir en silencio o en medio de una tormenta de niños felices.
Artículo aparecido en la revista Panfleto Calidoscopio en julio de 2010.
Foto de Julia Pucela.

16 mayo, 2010

Necios de estar por casa

Sin paños calientes: la mayoría de los seres humanos somos necios. Eso de que somos el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra es una verdad como un templo con el que damos constantemente que diría Don Quijote. Y es que a la hora de vivir, ese deporte tan duro no apto para cobardes, optamos constantemente por la seguridad despreciando a diario la libertad que nos permita de una vez por todas dejar de ser personajes de la novela de otro.
¿Contento con tu trabajo? No, pero insistes en seguir en él sin asumir los necesarios riesgos calculados para librarte de la esclavitud a una impostura que el sistema éste en el que estamos inmersos nos ha dictado bajo amenaza de “te dejo en la puñetera calle como no te conformes”.
Y es que en estos tiempos parece que nos han despertado de nuestros sueños para arrullarnos con los réquiems aunque sean de Fauré o de Mozart para que al dormirnos nos veamos sumidos en una pesadilla constante que amedrenta.
Pero hay que rebelarse, hay que buscar la manera de despertarnos del letargo para vencer la pereza, el tedio, o la maldita seguridad dentro del sistema de conformismo en el que estamos para poder convertirnos en quien queremos ser. Es hora de dar el salto, de asirnos a nosotros mismos para dejar de ser eslabones en la cadena de otros y procurarnos la belleza que deseamos, los sueños que hemos soñado siempre. Si insistimos en posponernos a nosotros mismos y a nuestras metas terminaremos siendo devorados por la frustración, por la acuciante sensación de necedad que mete piedras en los pasillos de nuestras casa para que vivamos tropezándonos constantemente.

19 marzo, 2010

"Casos y cosas literarias" en Gaceta Editorial


Gaceta Editorial un blog muy seguido y valorado por los internautas, publica una columna mía que se llama "Casos y cosas literarias" en la cual hablo de esas excentricidades ordinarias y extraordinarias que nos ocurren tanto a los escritores como a los lectores. Una columna de perseguidores y perseguidos, de personajes rebeldes y escritores que desean ser sus personajes y de personajes que desean escribir. Todo un mundo literario lleno humor e ironía que espero podáis seguir.
Os transcribo la convocatoria.

Gaceta Editorial, uno de los blogs más populares de literatura, se encuentra de regreso. Después de un largo periodo de renovaciones y reclutamiento, nos encontramos nuevamente aquí, para informarte de los acontecimientos más importantes del medio literario.
Gaceta Editorial es un lugar por y para el lector. Es un foro para autores nuevos e independientes, y un escaparate informativo para los autores consumados.
En esta nueva edición, Gaceta Editorial cuenta con nuevos miembros y secciones.

“Nuevas Letras”, descubre de la mano de María Zaragoza las nuevas letras, los futuros autores de la historia, la evolución de nuestra literatura.
“Casos y cosas literarias” Pedro Crenes nos lleva por un recorrido en el cual nos relatará los hechos extraordinarios y ordinarios del arte de escribir y por supuesto… del arte de leer.
José Luis Caballero, afamado escritor, se suma a nuestras filas con la columna “Espía de Novela”, llevándonos por un largo camino de novelas, escritores y hechos reales que se han conjugado para crear la literatura de espionaje.
Finalmente, acompáñanos con Ma. Alejandra García, quien en “Taller de escritura creativa” nos hace un recuento de las voces del taller de escritura creativa en Colombia.
Además claro de nuestra famosa sección “Fenómeno Literario” con Enrique Solórzano y las noticias más impactantes de la literaria narradas por Sergio Mendoza.

05 enero, 2010

En 2010, seguimos por los senderos

Ya estamos aquí con la ilusión de que este año será nuestro año. Eso me dijo mi amigo Alberto Moral y me lo confirmó mi también amigo Salvador Medina Barahona: este será nuestro año. Será también el año de las letras panameñas, se lo dije a mi querido Egbert Lewis, amigo de letras periódiscticas allá en el terruño, y será también el año en que las cosas van a cambiar para mejor, eso dice el Gobierno. También será el año en el que alcanzaremos lo que deseamos, me digo yo que me tengo por amigo de mí mismo.
Porque las cosas no solo hay que desearlas sino que hay que trabajarlas. Ya estoy hablando como una galleta de la suerte de esas que los chinos se inventaron y que en Facebook abren a diestro y siniestro, sobre todo a siniestro.
Este año os/les deseo bendiciones y éxitos a este y a aquel lado del Atlántico. Que tengamos la fuerza necesaria para emprender la búsqueda de los tan cacareados sueños y que yo los lea. Que no nos falten los amigos para apoyarnos y que no nos fallemos a nosotros mismos.
A los que han sido buenos, libros. A los que no, libros también, a ver si cambian.

16 noviembre, 2009

La cantinela latinoamericanista

“La cantinela, entonada por latinoamericanos y también por escritores de otras zonas depauperadas o traumatizadas, insiste en la nostalgia, en el regreso al país natal, y a mí eso siempre me ha sonado a mentira. Para el escritor de verdad su única patria es su biblioteca, una biblioteca que puede estar en estanterías o dentro de su memoria. El político puede y debe sentir nostalgia, es difícil para un político medrar en el extranjero. El trabajador no puede ni debe sentir nostalgia: sus manos son su patria”.
Roberto Bolaño.


Roberto Bolaño, que está de moda y bajo cuya advocación se bautizan escritores de aquí y de allí firma esta rotunda frase en su libro Ente paréntesis que le publicó su Anagrama de siempre y que reúne sus ensayos y artículos. Tan de moda está que Estados Unidos le ha otorgado el premio de la crítica por 2666. Está de moda de él casi todo menos estas verdades que parecer mantener abiertas las venas de América Latina.
El latinoamericanismo está superado, o eso debería ser pero, los que nacimos allí nos empeñamos en arrastrar esta característica específica para convertirla en una seña de identidad global o una especie de garantía de que lo escrito será excelente. Caemos en la engañifa de que el gentilicio es aval de genio. Un error.
Pero más allá, Bolaño va en contra de la nostalgia porque tiene un efecto negativo sobre quien escribe y sobre quien trabaja. Porque lo que comprobamos día a día es que quien se marcha muy pocas veces disfruta con el regreso. A mí los nostálgicos de salón me han parecido siempre afectados de cierta superioridad sobre los que aman su tierra sin aspavientos desde la distancia. Aunque hay que distinguir en esto a aquellos que reciben las críticas del exterior con la misma alegría que de los que siguen viviendo en el país. No es posible que por vivir fuera de tu tierra te tachen de traidor o te tengan por no apto para opinar de lo que pasa en el país.
Para un escritor su patria es su biblioteca, dice Bolaño, con el que se puede no estar de acuerdo pero es cierto, estamos hechos los unos y los otros de los libros que hemos leído, los que recordamos y cómo los recordamos. Esa literatura fundacional, que tanta alharaca monta en los propios países, son muertas y superadas por los hijos de ella en nombre de una libertad de pensamiento y de poética, en nombre de la libertad de ser de allí donde estemos o de dónde leamos. Las literaturas nacionales tienen mucho de estático y de castrante y dinamizarlas con los colores de otras literaturas no hará más que enriquecerlas para hacerlas trascender. Y eso no es poca cosa. Somos más hijos de Rimbaud o de Auden que de Ricardo Miró o de Rubén Darío.
Los políticos y la nostalgia guardan una estrecha relación ya que por razones obvias les costaría medrar más fuera que dentro pero Roberto no contaba, o contaba pero no lo contó aquí, con el literato político, con el típico medrante pseudointelectual que comulga con ruedas de molino a favor de la causa patria, a favor del sueño del caudillo o del dictador. Vive entre nosotros el intelectual medrante, que frisa muchas veces lo espectacular en sus discursos de cartón piedra sobre la libertad y la democracia pero lo cierto es que lo único que lo mantiene a flote son sus loas sinceras al régimen que representan. Ojo con estos cuya única patria es la sinrazón y la demagogia aunque la vistan de poesía o de novela.
En una red social vi como se retaba a un amigo a denunciar a un medrante intelectual de ese tipo aquí en Madrid. Estamos dispuestos, claro, pero nos llamarán envidiosos, o incluso nos dirán que es que lo que nos pasa en que no tenemos ni el verbo ni el genio del medrante en cuestión y claro, el gobierno español no abrirá fisuras con nuestros “amigos” por mucho que en esos países los derechos humanos estén conculcados y un democracia de mentirita este instalada allí. En Venezuela para más señas.
La patria de un trabajador son definitivamente sus manos, no las construcciones ideológicas que pretenden imponernos. Uno trabaja por el sustento y con ello pretende construirse unas expectativas de vida, unos sueños. La nostalgia de la tierra no es vida para el que se ha marchado a otras latitudes a buscarse el pan. “Uno no es de donde nace sino de donde pace” o de donde paga sus impuestos que diría otro. Nuestra patria la construimos nosotros, son nuestros zapatos que nos llevan allí donde queremos y son nuestras manos son las que forjan nuestros deseos de libertad y de paz tan legítimos aquí como en cualquier territorio de nuestra América Latina desangrada.

10 noviembre, 2009

Una voz menos. Desaparición de las columnas de Rafael Reig en el diario Público


El pasado 31 de octubre Rafael Reig dejó de publicar sus habituales columnas diarias en el diario Público. Aunque Reig explicaba las circunstancias en su blog personal, el diario no ha dado expliciaciones en sus páginas sobre ese cambio. Ante ello, los abajo firmantes hemos querido expresar nuestra inquietud y pedir de esta manera una aclaración. El texto fue remitido el pasado día 3 a la sección de Opinión de Público, donde no han considerado oportuno publicarlo.

La crítica permite avanzar. Sin crítica una sociedad está ciega, un gobierno pierde todo horizonte. La aparición de un periódico como Público entre los grandes medios de comunicación hizo que durante un tiempo ciertas versiones falsas de la realidad se toparan con un espacio de contraste. La mentira ya no sólo era puesta al descubierto en iniciativas dispersas que se encontraban a través de la red, sino que además había un proyecto empresarial capaz de entrar en la batalla de la verdad.
Sería absurdo pretender que una empresa no es una empresa y que un gran medio de comunicación no tiene hipotecas, presiones, lealtades justas e injustas. Pero con Público se abrió la posibilidad de la contradicción que permite avanzar.
Tal vez un día esa posibilidad había estado en otros grandes medios. Varias generaciones se habían formado confiando en que así era. Pero la deriva de los últimos años de los principales periódicos nacionales había acabado con la confianza de millares de lectores y lectoras. Y Público empezó, y llegaron voces nuevas, argumentos diferentes. Algunas de esas voces procedían de medios en los que ya no tenían espacio para decir algo que no fuera el interés enmascarado, y a veces ni siquiera enmascarado, de un departamento de prensa público o privado, otras no.
Rafael Reig era una de esas voces. Más allá del sentido del humor, de su capacidad para no incurrir en el tópico, de su talento para abordar los asuntos desde ángulos no previstos, etcétera. Ninguno de esos rasgos es relevante ahora, pues por ninguno de ellos ha sido apartado de la sección de Opinión. Todos ellos se le reconocían y suponemos que fueron los que hicieron que se le invitara a trabajar para la sección de Cultura. Lo que sí es relevante, lo que es insólito en el mundo periodístico y cultural español es una critica argumentada y, de verdad, independiente. Rafael Reig criticaba al gobierno tanto como a la oposición, y esto es lo que, al parecer, no se tolera. Es posible atacar una vez más a Aznar, a Rajoy, a Esperanza Aguirre pero si en cambio la crítica argumentada desde la izquierda se dirige a quien está ejerciendo el poder, ¿qué ocurre? ¿Se confía tanto en el poder que se espera que avance a ciegas, sin dar explicaciones, sin razonar, sin escuchar a quien difiere y lo hace con criterio?
Una empresa es una empresa es una empresa. No cabe, por tanto, hablar en este caso de censura sino de la libertad de quien dispone de la fuerza de trabajo de los demás para prescindir, cuando así lo desea, de ella. Pero un periódico es un periódico. No es, al parecer, exactamente una empresa, no se fabrican opiniones, razones, argumentos, en vano. Por lo tanto, sería quizá necesario que se explicara por qué se ha desalojado de las páginas de Opinión a una de las pocas voces críticas que hay en ese periódico. Habrá muchas personas que digan: de qué extrañarse, si ya sabemos que es así, si ya conocemos los límites, si la libertad de expresión es sólo apariencia de libertad, y pertenece sólo a quienes pueden pagársela.
Pero nos extrañamos. Nos extrañamos porque la sociedad avanza también por las palabras que dice defender. Porque la arbitrariedad cercena lo público. Porque es absurdo que un periódico haga suyas las voces de Gramsci o Rosa Luxemburgo y después actúe como si las únicas voces que en realidad le importan fueran las del inversor, el jefe y el banquero. Porque es incongruente y grave muestra de irresponsabilidad que un medio de comunicación que había hecho un hueco al compromiso informativo y la disonancia certera no entienda que es precisamente eso -y no más manipulación y más ruido- lo que demanda un sector no desdeñable de la sociedad española. Nos extrañamos y nos preocupamos.
Los lectores eligen el periódico que quieren leer. Pero los periódicos eligen también a sus lectores eligiendo a sus colaboradores. Después de muchos años de opinión vestida de información, de cinismo de derechas con ropajes socialdemócratas, muchos lectores y lectoras atisbaron un espacio capaz de ganarse su propia legitimidad, un periódico que, a pesar de los pesares, podían empezar a considerar un poco suyo, nuestro. Ahora, con una decisión como ésta, necesitamos saber. ¿No hay ningún periódico en España que necesite lectores responsables, críticos, exigentes, comprometidos, incómodos? Cada periódico elige a quién se dirige; nos preguntamos si con gestos como éste Público se suma al deslizamiento de otros periódicos que levantaron esperanzas en la transición y ahora sólo son portavoces del dinero, gobiernos o empresas mediante.



Santiago Alba, Belén Gopegui, Antonio Orejudo, Lorenzo Silva, Pascual Serrano, Constantino Bértolo, Carlos Fernández Liria, Marta Sanz, Carlos Sánchez Almeida, Carlo Frabetti, Julio Anguita, José Manuel Naredo, Claudio López de Lamadrid, Joaquín Miras, Cecilia Dreymüller, Francisco Fernández Buey, Josep Bel i Gallart , Luis Magrinyá, Alberto Olmos, Ignacio Echevarría, César de Vicente, Javier Maqua, Enrique Falcón, Javier Azpeitia, Vicente Romano, Andrés Linares, Bonifacio Perales, María Jesús Martín-Ampudia, Salvador Gutiérrez Solís, Sofía García-Hortelano Martín-Ampudia, Manuel Martínez Llaneza, Irene Amador, Felícitas Velázquez Serrano, Juan Ramón Sanz, Javier Parra Molina, Ángeles Diez Rodríguez, Julio Castro Jiménez, Ricardo Rodríguez del Río, Salvador López Arnal, Manuel Talens, Elvira Navarro, Matías Escalera, Francisco Frutos Gras, Susana Oviedo, Milo J. Krmpotic, Toni Iturbe, Lara Moreno, Julia Gutiérrez Arconadam, Ángela Molina, Benito Rabal Balaguer, Ginés Fernández González, Pedro Marset Campos, José Luis Centella Gómez, Felipe Alcaraz, Maite Mola, Fernando Sánchez, Antonio Antón, David Becerra, Eva Díaz Pérez, Mario Cuenca Sandoval, Nicolás Alberto González Varela, Eva Fernández Martínez, Gerardo Tudurí Roldán, Sonia Pina Linares, Alfredo Cardo Cañizares, Flor Fernández Martínez, Alberto García-Teresa, Jordi Torrent Bestit, Silvia Casado, Sandra Ávila, Juan Manuel Morales, Julio J. Hellín, José María San José, Edgardo Dorby, Carlos Martínez, Bernardo Muniesa Brito, José Luis Moreno Pestaña, Luis Zarapuz, Mariano López Monreal, Félix López García, Manuel Ariza Gil-Pérez, Luis Fernández de Troconiz, José Carrión Andaluz, Iban Zaldua, Rosa Regás, Pedro Crenes Castro.

04 noviembre, 2009

Muere Claude Lévi-Strauss

La primera vez que le oí mencionar pensé en los pantalones vaqueros que llevan su apellido: Levi-Strauss. Un tipo versátil pensé mientras me llevaba para casa de la Biblioteca un libro de Lecturas en Antropología que contenía varios de sus artículos. Sobre todo nos enseñó a pensar, a tomar la realidad y estructurarla de manera inteligente pasa su correcto estudio. Con una amplia cultura y una experiencia de campo envidiable, este testigo del siglo XX nos ha dejado grandes obras que haremos bien en visitar de nuevo.
Da la sensación de que el gran público necesita que intervenga la muerte para recordar a quienes tenía a mano. A pesar de los muchos reconocimientos que recibió en vida, a la hora de su muerte los más jóvenes del lugar, y los que no lo son tanto, pensaran hoy que se ha muerto el dueño de la fábrica de vaqueros más popular de Estados Unidos. Una señal más de que la cultura necesita más difusión.

03 noviembre, 2009

Adios a Francisco Ayala

Francisco Ayala se ha marchado hoy dejando tras de sí una vida dedicada a las letras. Una vida larga en la que fue testigo de tantas cosas y tiempo le dio a escribir lo que quería. Recuerdo la primera vez que le leí, “La cabeza del cordero”, esos relatos tan desconcertantes y creadores de un mundo sujeto a la propia estética. De ese libro, el Proemio que lo abre es una joya de actualidad, un manifiesto de estética personal, de rebeldía literaria. Lo escribió cuando era joven, hace cincuenta años en Buenos Aires.
Francisco Ayala siempre se me antojó en ser venido del pasado para decirme a mí que la generación del 98, la del 27 la del cincuenta, existieron más allá de las letras, que fueron de carne y hueso. La única vez que le vi en Madrid tuve miedo de acercarme, no por nada extraño sino porque no sabía que decirle a un testigo del pasado, a alguien que venía de allí y podía contarlo.
Ahora queda leerle más. Su sillón “Z” queda vacante y es elocuente que sea la última letra del alfabeto. Él era así, humilde, sin necesidad de fotos y relevancias pasajeras. Era un hombre, según los que le conocieron, sencillo, trabajador y honesto. Adiós a una figura de las letras, maestro e hito indiscutible de las letras españolas.