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27 enero, 2026

Comprensión lectora

El «tema» no dura ni cinco minutos. Su letra es chabacana y cuenta una historia manida y sin gracia: un tipo dice haber tenido un montón de amantes, pero no es verdad, ni tampoco su desempeño amatorio ni las dimensiones anatómicas con las que pretende ejercerlo. El susodicho —el personaje de la historia— da nombres propios de mujeres conocidas, a los que sus pasieros —cantando— le dicen «¡Dale de aquí, ombe!», porque es un batioso.

Los takilleros en causas que les den visibilidad vía likes o politiquera, salen en tromba a defender a las mencionadas porque «¡qué vulgaridad!», y una serie de vejaciones que no se dicen en la canción. Lo cierto es que eso que gruñen en el «tema» («canción» es mucho decir) forma parte de una historia ficticia que han querido ilustrar los autores con nombres de la vida real. Cierto es que nadie quiere oírse citada en un tema de baja calidad y rakatakerío patrio.

Algunos ilustres ignorantes han dicho que habría que resucitar la «censura», ese artefacto dictatorial que tachó canciones de Rubén Blades o Pedro Altamiranda, y que en la actualidad lucen en su mesa muchos entusiastas de la ignorancia en forma de cancelación y linchamiento mediático, por ser incapaces de entender, por falta de comprensión lectora, que la libertad de expresión y de creación se debaten, no se suprimen, y que en el peor de los casos, con cambiar de canal o de emisora es suficiente. Pero la hipocresía y la falta de criterio son deporte nacional en el país imaginario.

Estos faladores de medias verdades debían cerrar sus canales y cuentas en redes y dedicarse a leer largo y hondo. Son opinadores con kilómetros de superficie y profundidad milimétrica, una peligrosa mancha. Y MiCultura inaugurando playitas con personajes más dudosos que los del «tema» en cuestión. Cuando vengan a quejarse de la mala educación y la falta de cultura, les responderán, con razón, «¡Dale de aquí, ombe!».

15 noviembre, 2022

Aquel noviembre mío

Tengo una caja roja, cerca de donde escribo, en la que guardo fotos de Panamá. Una de ellas muestra aquel noviembre mío en el que desfilé, en el cuadro de honor del Instituto Técnico Don Bosco. Estaba en segundo año, y se me ve con aire marcial, cruzada de derecha a izquierda la camisa con el tricolor patrio, guantes blancos, mirada al frente y llevando el paso.

Aquel año 1985 habían asesinado a Hugo Spadafora, y el público no quería que los alumnos que desfilaban saludaran a la tribuna presidencial. “¡Si son inteligentes no saluden!”, nos increpaban, así que pasamos corriendo por delante del “poder”, instalado en la tarima de la plaza Víctor Julio Gutiérrez, si no me falla la memoria. Seguir leyendo aquí.

Artículo publicado en el diario La Prensa, martes 15 de noviembre de 2022.

21 enero, 2020

Los reductores de cabezas


Se llaman Shuar y su arte de reducir cabezas perseguía dos motivos concretos: el primero, dominar el espíritu del enemigo decapitado para que no volviera con deseos de venganza, y el segundo, exhibirlas para escarmiento y terror de los que las vieran. Dominio y terror: la misma fórmula de los entusiastas de la ignorancia.

La reducción de cabezas es perfecta en estos tiempos de “consumo de simplificaciones”, como decía Nicolás Melini en una entrevista. La reducción, llevada a cabo en una liturgia de ninguneo del conocimiento y afeamiento de la búsqueda de criterio, tiene como fin prepararnos para las simplificaciones, que serán consumidas con un gusto ingenuo y sin el más mínimo atisbo de deseo de preguntarnos ¿es esto todo? Seguir leyendo el artículo aquí.


Artículo publicado en el diario La Prensa, 21 de enero 2020.