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31 marzo, 2026

Sin critero o el tonto útil

La semana pasada hablábamos sobre la necesidad de tener criterio para ser críticos. El problema que genera hacerlo es siempre el mismo: la soberbia del ignorante y la indiferencia de la mayoría, muchos de ellos conscientes de que hablar paja es un buen negocio. Reaccionan mal porque se ven expuestos y les duele el orgullo «intelectual» mancillado, pero no ven la necesidad de mejorar la perspectiva.

Esta semana podemos ilustrar lo que queríamos decir: un destructor de Estados Unidos atraca en nuestras costas. Panamá es un país cuya neutralidad de verdad importa.  Cuando uno ocupa un cargo público, siempre representa el cargo que ostenta, no hay horarios. Sumen estos tres hechos y pregúntense: ¿qué hace un alcalde y dos diputados de la Asamblea de visita en ese destructor y encima con cara de estar en el circo? Les falta criterio, sufren de un infantilismo agudo que nos perjudica a todos.

En política (y en cualquier orden de la vida) la figura del «tonto útil» es fundamental, es esa persona que desprovista de madurez intelectual se presta, queriendo o sin querer, a los intereses del que está al otro lado de la mesa y que siempre termina perjudicándolo. Los tres «políticos» panameños actúan como ya tienen costumbre, infantilizados, con sonrisa de feria y sin entender el papel que ocupan. Esa es la clase de político que hemos sumado al corruptón criollo, que se sigue dejando ver gracias a los residuos y demás morisquetas electorales. Y quedan tres años larguísimos de este tipo de tontería útil que quieren hacer pasar por política.

El tonto útil, el sin criterio, no lo nota, lo sufren sus electores, y cuando les dices en qué situación se encuentran, se revuelven lanzando consignas vacías o directamente ponen cara de yo no fui e ignoran cualquier contrariedad. Lo peor es que cuentan con la desidia de la mayoría de los ciudadanos. Y son peligrosos porque, sin criterio, cualquier disparate lo disfrazarán de buenas intenciones.

Publicado el martes 31 de marzo de 2026 en el diario La Prensa

11 febrero, 2026

Paracaidistas

Los panameños nos hemos hecho expertos en colarnos en fiestas ajenas, pretendemos darnos relevancia allí donde de verdad ocurren las cosas, donde están los protagonistas, como cuando éramos chicos y nos dejábamos caer en el cumpleaños del amiguito del barrio que no nos invitó, pero llegamos y nos dieron un pedacito de dulce, y ni llevamos regalo.

La final de la NFL, por mucho jugador panameño que participe y se adorne con la bandera, no es nuestra fiesta, como tampoco lo es que la veamos en el show de medio tiempo: estamos tan acostumbrados a ser escenario y no protagonistas que vemos el tricolor y nos despelucamos, en lugar de avanzar nuestra cultura para ser protagonistas de verdad. No olvidemos: preparar una fiesta para otros no hace que la fiesta sea nuestra, como hicimos con el «Davitos» de hace semanas, o los demás eventos que ocurren en nuestro territorio.

Cualquier panameño en el extranjero, en concreto en Estados Unidos, que sale en alguna noticia, lo convertimos en héroe, como hicimos con aquella mujer de «origen panameño» que estaba en el ejército de USA, y la condecoramos y todo por haber sido capturada y liberada en una guerra que, menos mal, no era nuestra. Celebrar a «panameños de a vaina» es síntoma de mentalidad de pequeñez que es perjudicial.

Queremos celebrar el «hito» de Bad Bunny como nuestro, como de los latinos, cuando nosotros no hemos sido capaces de sostener en ese escenario, pudiendo ser protagonistas, nuestro propio relato sobre el Canal; celebramos la NFL como gringos, pero todos callados ante su embajador, que se pasea como gobernador por nuestro país. Queremos llegar a fiesta ajena, celebrar como invitados, o peor, como protagonistas.

No coman cuento: aquí cada uno es responsable de hacerse oír, y cuando se va en bonche, solo se hace ruido. Dicen algunos que el reguetón nació en Panamá, fíjate tú, y ni eso somos capaces de sostener en el exterior con solvencia.

07 enero, 2026

De Panamá a Venezuela

Algunas imágenes me hicieron recordar el 20 de diciembre de 1989, el cosquilleo de la incertidumbre: estaba asistiendo a las últimas horas de mi vida o al comienzo de una nueva, en ese momento no lo sabía y era lo de menos: Estados Unidos acababa de invadir Panamá.

Recibí el sábado un mensaje de mi hija pequeña: «¿has visto lo de Venezuela?», e inmediatamente sentí el vértigo: en mi teléfono las imágenes traían aquel diciembre ahora en enero, el país más poderoso del mundo trayendo con «bombas de paz»«extrayendo» el mal—, el bien que ellos entienden que se necesita, a su medida, esa «tentación del bien» de la que nos hablaba Todorov, y que ahora es una opción legítima.

Cuando no vives bajo una dictadura es difícil entender el alivio de que te quiten de encima al «hombre fuerte», al que hasta los más bravos, armados hasta los dientes, temen y obedecen para mantener los equilibrios corruptos que benefician a los que están en la papa. Las armas también son judiciales, políticas, económicas, las necesarias para mantener el poder.

Las víctimas son los venezolanos, los malos son los dictadores color caribe o de barras y estrellas, los que han caído en «la tentación del bien». Uno lo que quiere es democracia a cualquier precio, incluso la soberanía, porque bajo una dictadura la soberanía no alimenta la esperanza o el estómago, pero uno es consciente después del precedente y es doloroso.

De Panamá a Venezuela hay 36 años, dos países, y un protagonista, Estados Unidos, que impondrá su «bien» por la fuerza, como Israel, Rusia, o el que crea poder hacerlo. ¿Y China? Abierta la veda, y todos con veto o con amigos que lo tienen, los demás no podemos más que alegrarnos por lo que nos toca y pedir que todo salga bien. Nos ponen en la mesa a escoger el menor mal porque, el mayor bien, ya se lo han llevado ellos.

Artículo publicado en el diario La Prensa, el martes 6 de enero de 2026, a la espera de que la democracia de una u otra forma termine llegando a Venezuela, empezando con poner en libertad a todos los presos políticos.

10 junio, 2025

Sordera destructiva

Panamá es un «Estado sordo», lo demuestra el presidente de la República, y la principal causa de ese mal es que se escucha en exceso así mismo, igual que los «líderes» de opinión en redes, que no se les ve rectificar nunca: están tan pagados de sí mismos que el ruido que los rodea es, como nunca, ensordecedor, al punto de que cada opinador es en sí mismo un universo mutuamente excluyente, por su puesto, de cualquier razón que pueda tener otro.

La consigna no es ofrecer soluciones, sino imponerlas, tener razón, que me den «me gustas» virtuales, insultar al que no piensa igual y hasta bloquearlo, menos mal que no ejercen el poder, y los que lo ejercen se dedican a hacerle la vida de cuadritos al que discrepa, y muchos discrepantes se victimizan para que les den sus «me gusta»: Panamá renunció al criterio hace años, y tiene a sus viejas glorias intelectuales insistiendo en ideas y códigos caducos, la mayoría en silencio esperando a que escampe.

Cuando Estados Unidos vino a contarnos nuestra Historia, nadie dijo nada en el exterior (apenas unos artículos tímidos), nadie salió a contar nuestra parte del «relato» pero, ahora que la violencia se ha desbordado, salimos en medios internacionales y nadie sabe cómo explicarla, y cuando se logra, se niega la mayor, y nos creemos la mentira del gran país y la mitología de balboas, polleras y de ser los primeros en la región: somos víctimas de nuestra fantasía nacional.

Nadie escucha, y quien tiene posibilidad de sosegar las cosas opta por la sordera rofiona y destructiva. Se nota que no estamos preparados para desmontar la corrupción, porque detrás de ella se encuentra la razón de ser de nuestra ficción. Optar por el criterio reflexivo de nuestra circunstancia implica reconocer que nos hemos hecho los pendejos por mucho tiempo, pero aunque duela el orgullo, vale la pena: nos daremos la oportunidad de ser lo que de verdad podemos.

Artículo publicado en el diario La Prensa, martes 10 de junio de 2025.

La ilñustración es del ilustrador polaco Pawel Kuczynski (pincha aquí para ver su obra).

13 mayo, 2025

Perdón, señor presidente

Quiero pedirle perdón por llamarlo «el rofión de Las Garzas». Expresó hace días que a usted lo ofenden y nadie le pide perdón. Dirá, «¡vaya pendejo este!», pero, aun así, perdone. Lo más seguro es que nunca haya leído una línea de lo que he escrito. Sé que lleva una vida muy ocupada para leer, y se nota, perdone, pero usted ocupa Las Garzas, rofea, y el resto es historia: calificativo más nombre, igual a sobrenombre o caricatura, perdone otra vez, se me sube el escritor a la cabeza.

Sé que su 34% es legítimo, y que hay quien se hace el pendejo, como si todo el «mal Panamá» hubiera nacido con su mal gobierno, pero es usted el que ocupa la silla, y la sombra alargada de RM se le nota. Usted no es transparente —omnipresencia en medios no es transparencia, es «taquilla», mire la «yuca USA» que nos endosó, espero no estar ofendiéndolo, si es así, le pido perdón, sin argumentar el tamaño de la mecha.

Usted no tiene que ser buena gente, fue elegido para ser buen gobernante, no exagere, ni meta a su familia en esto, ni hermanos, hijas, ni esposa: a la política se viene solo, a lo otro se le llama nepotismo, aunque se disfrace de embajada o despacho de primera dama; y sí, es cierto, nadie debe faltarle al respeto a familiares de la persona con la que debate, es ignorancia, y merece nuestro desprecio.

Nos dejamos confeccionar un país de ciegos, con un par de tuertos que se ríen al ver cómo nos comemos unos a otros, un poco como usted —perdón—, en su perdón leído y reído, como contento de tenernos donde estamos, perdone, serán cosas mías, pero aquí van mis disculpas, y qué magnánimo usted que ya ha pasado página, pero intuyo que seguirá rofeando, creyendo que hay que gobernar contra todos, mucha testosterona y poca neurona. Perdone: le eligieron justo para lo contrario.

Artículo publicado en el diario La Prensa, el martes 13 de mayo de 2025.

29 enero, 2025

¿Diplomacia ciudadana?

Una de las cosas que ha puesto de manifiesto el «contraste» Trump, es lo que venimos diciendo desde hace años: Panamá ha perdido su discurso nacional por vía histórica e idiosincrática: no sabemos cómo hemos llegado hasta aquí ni quienes somos. Y ese olvido necesario para las élites o el sistema, ha sido orquestado por la propia ciudadanía, que ha renunciado con necedad orgullosa a cualquier asomo de criterio.

¿Dónde están los intelectuales panameños? No hay. ¿Dónde los catedráticos universitarios? No hay ninguno que asome con rigor la cabeza. ¿Dónde están los cacareados poetas de la patria? A ninguno se lo toman en serio. ¿Dónde los escritores laureados o no? Todos son parte del mismo magma silente que se pisotea por las calles de un país desnortado y sin más referentes que deportistas, princesas e «influencers». Hemos hecho de nuestra cultura un mercado y un circo que no favorece nuestra causa ahora que más lo necesitamos.

¿Diplomacia ciudadana? ¡Pero si los viajeros estudiantes a punta de auxilios económicos no saben de Panamá más que los colores de la bandera! ¿Han visto de verdad a nuestros embajadores? ¿Cuántos de ellos ya están organizando ciclos de cultura panameña en sus destinos? ¿Cuántos de ellos podrían concitar el interés por la causa panameña en los ciudadanos de los países donde nos representan? Hemos vendido desde hace veinte años nuestra cultura al silencio, eso sí, muy empollerados, muy uniformados con quepis para celebrar una patria que no conocemos desde hace tiempo.

La inteligencia ha fracasado en Panamá, y eso lo demuestra el estado de la educación y la cultura. Los que deberían ser nuestros «diplomáticos por el mundo» son un montón de turistas que nacieron en un país que no saben defender, desafectos, convencidos de que todo comenzó con ellos, hijos del «juegavivo» y el «quehaypamí». Ojalá seamos capaces de revertir esta situación, pero hay que volver a la lectura, al criterio, y eso no nos gusta desde hace tiempo.

Publicado el martes 28 de enero de 2025 en el diario La Prensa. Lee también el artículo aquí.

24 diciembre, 2019

Nochebuena, hace treinta años


El desconcierto, eso lo recuerdo bien, y que cerraron Calle S y otras calles aledañas con alambres de púas. Para entrar y salir había que mostrar la cédula. Daban plata por armas. Todo era inestable y transitorio, y de los tocadiscos salía la salsa navideña de siempre intentando hacer llevadera la Nochebuena vejada.

Cuatro días después del 20 de diciembre nos parecía mentira: nos invadieron, nos mataron a los parientes, a los amigos, nos mintieron hablando de democracia y de peligros para sus ciudadanos y del futuro de los nuestros. Decidieron aplastarnos por su propio interés y hasta la fecha nos han escamoteado el número de nuestros muertos. Seguir leyendo el artículo aquí.

Artículo publicado en el diario La Prensa, 21 de diciembre de 2019.

03 diciembre, 2018

Muerto Bush ¿se acabó la rabia?

Se me ha muerto por primera vez un personaje de verdad. Geroge H. W. Bush, aquel señor de lentes al que Manuel Antonio Noriega dijo tener "agarrado por los huevos" en la revista Time en agosto de 1988, ha muerto. Deseos, ninguno. Olvidos, ninguno tampoco. Pasará a la negra lista de aquellos que decían buscar la paz pero fueron capaces de asesinar sin compasión ni reparo a miles de personas. Reproduzco otra vez mi cuento "Silent night", para que no olvidemos lo que hubo detrás de su decisión.


Silent night


Para los panameños que desde el 20 de diciembre de 1989
no han vuelto a tener una noche de paz.

…sleep in heavenly peace,
sleep in heavenly peace”.
Joseph Mohr
Silent night 

Ahora ya somos todo aquello contra lo que luchamos”.
Ignacio del Valle
Soles Negros


Silent night, holy night!
All is calm, all is bright.

El coro del Ejército de los Estados Unidos quebró el silencio. De la nada, acapella, aquellas voces viriles comenzaron a trepar por la emocionada sensibilidad navideña de las trescientas personas que asistían a la recepción que el Presidente de los Estados Unidos de América ofrecía en la Casa Blanca, la tarde-noche del 19 de diciembre de 1989. Silent night dibujaba la Navidad en la nostalgia, con voz templada, escondiendo en su letra un paradójico presagio…
Pero antes de aquella emoción, lo más comentado fue su corbata verde y roja. George H. W. Bush, cuadragésimo primer presidente de los Estados Unidos, se movía confiado y sereno entre sus invitados. El secreto que llevaba guardando tres días, estaba más seguro entre árboles, lucecitas y villancicos.
Estrechaba manos, sonreía cordial recordando los informes de inteligencia que había leído el domingo 17 por la mañana y que confirmaban que Noriega se había pasado de la raya. Mantuvo la compostura --el hombre tranquilo en acción--, ante los niños que visitaban la Casa Blanca para cantar con él villancicos y tomar un pequeño refrigerio. Bárbara había hecho preparar el árbol de Navidad del Salón Azul con el tema “Story book”, --“¿no es hermoso querido?”--, pero por la tarde, despedidos sus invitados, se reunió con sus hombres de confianza. El problema no hacía más que crecer y había que darle solución definitiva.

Round yon Virgin, Mother and Child.
Holy infant so tender and mild,

Pero antes de aquellas voces solemnes --premonitorias sin querer--, George H. W. Bush sonreía contenido, sabiendo que el mayor movimiento de tropas desde la guerra de Vietnam se efectuará en unas horas y que el Congreso no lo sabrá hasta las diez de la noche, tres horas antes de la hora H, la 1:00 a.m. del día 20 de diciembre de 1989. Trescientos invitados para estrechar manos y hacerles sentir especiales y ganar tiempo. Periodistas, senadores, políticos, empresarios, deportistas, blancos, negros, latinos… “God bless America”, pensaba, y seguía saludando, “¡bonita corbata Señor Presidente!”, le piropeaban, “tú tampoco estás mal”, respondía chistoso, camuflando con talente festivo “el secreto”, durante su primera Navidad en la Casa Blanca como “el hombre más poderoso de la tierra”.
Pero alguien dijo tenerle cogido por lo huevos…

Sleep in heavenly peace,
Sleep in heavenly peace

Recordó otra vez la reunión del domingo por la tarde, mientras las notas y las voces del villancico flotaban en la estancia. Los uniformes del coro del Ejército contrastan en su mente con el uniforme de fatiga que 20.000 unidades vestirán esa noche. La emoción de la música le recordó a Bing Crosby…
Powell, Cheney, Scowcroft, Fitzwater, Baker, Quayle… repasó sus nombres para la historia y sus caras circunspectas y graves trazando posibilidades, albergando silencios de conciencia, recordando fracasos, buscando éxitos rotundos.
Se había convertido en un experto en disimular lo de Noriega, llevaba más de una década aguantándole, viéndole irse a la cama con unos y otros, sabiendo que pagarle no era comprarlo. Vaciló en llevárselo por delante cuando el golpe militar del 3 de octubre, “no fue idea nuestra”, se lo juraba y prometía a sí mismo y a los periodistas que le preguntaban, “fue cosa de los panameños, no sabíamos nada”, y se acordó del Senador Boren y de aquello de las manos manchadas de sangre y la falta de coraje, de lo de la inacción, “sabíamos lo del golpe”, se confesó consigo mismo, pero no, no podía ser así de simple, y ya llevaban meses creándose una alternativa militar mejor que esa, porque un golpe desde dentro no les servía, demasiada basura regada en el patio, necesitamos una opción global y definitiva.

Silent night, holy night!
Shepherds quake at the sight.


En la sala, radiante y emocionada, Maureen Dowd del New York Times esperaba el saludo del Presidente, pero George H. W. Bush, prefería dejarla para el final…

Glories stream from heaven afar
Heavenly hosts sing Alleluia,

Le confirmaron que serían los dueños de la noche, que los ejércitos de los Estados Unidos de América, por tierra, mar y aire caerían sobre Noriega y sus secuaces y se garantizaría la paz, la seguridad y la democracia; las vidas de los estadounidenses estarían a salvo. No volverían a llamarlo “blando”, no dejarían que otro error los pusiera en jaque ante la opinión pública. Acabarían con “el hombre fuerte”, el mundo dormiría mejor cuando acabaran con el dictador, aunque eso significara matarse un poco, o mucho, a ellos mismos.

Christ the Savior is born!
Christ the Savior is born


Volvió a recordar el domingo.
Las horas pasaban y el secreto seguía seguro.
El ejército de voces masculinas que transformaba la inquietud en santa serenidad, bordeaba las palabras del villancico con estudiada ternura.
--Asesinaron al teniente Paz, golpearon y torturaron al teniente Curtis y a su mujer la amenazaron con abusar sexualmente de ella, nos ha declarado la guerra… ¡Ya está bien!--, levantó la voz el hombre tranquilo, y quiso sentir sus huevos menos apretados por la mano del monstruo que habían construido entre todos, su pesadilla recurrente…

Silent night, holy night!
Son of God love's pure light.

--La mejor opción --argumentaban sus consejeros--, es una operación especial de captura del hombre con apoyo de las tropas convencionales en Panamá. Limitamos las bajas y guardamos el secreto.
--Nadie me asegura que nuestras unidades den con Noriega --zanjó George H. W. Bush el domingo por la tarde--, se mueve más que un frijol saltarín mexicano…
--Entonces usemos los 12.000 soldados que ya están allí --siguieron dándole al Presidente más posibilidades--, cogemos al tipo y a sus secuaces y mantenemos el secreto a medias. Reducimos las bajas considerablemente…
--¿Y las amenazas contra el Canal y las posibilidades de una lucha prolongada fuera de la Ciudad de Panamá? No nos queremos ver metidos en una guerra de guerrillas…
Bush y Powell se miran.

Radiant beams from Thy holy face
With dawn of redeeming grace

--Señor, la única opción viable de verdad, y que va a garantizar quitarnos de encima a Noriega, es utilizar la fuerza masiva --Colin Powell se levantó y fue al mapa de Panamá con flechas que señalan lugares estratégicos--, así terminaremos con esa gente de una vez por todas y le ofreceremos a la opinión pública un éxito rápido…
--Señor Presidente, no podremos guardar mucho tiempo el secreto…
George H. W. Bush cavila.
--Y las bajas se multiplicarán…
Sigue cavilando en silencio.
--Pero nos evitaremos un fracaso, seguro --ataja cualquier dilación estratégica Powell.
Durante media hora Bush interrogó a Collin Powell, su recién nombrado Jefe del Estado Mayor Conjunto del Ejército: “¿qué clase de equipo necesitamos? ¿Se podrá transportar sin que Noriega se entere? ¿Qué tropas necesitaremos? ¿Podremos capturar a Noriega en cuanto comience la invasión?”
--Tienes que asegurarme que no nos pasará lo de Desierto Uno, ni lo de Grenada…
Hubo discrepancias entre los consejeros, idas y venidas a los fracasos, ajustes de posibilidades, no se ponían de acuerdo…
George H. W. Bush, escucha Silent night, y se emociona al pensar que un nuevo amanecer se cernía sobre todos, que por la gracia de Dios todos los fracasos de antaño serían despejados, que por fin pondría sobre la mesa de la opinión pública el éxito bélico que la Nación necesitaba.

Jesus Lord, at Thy birth
Jesus Lord, at Thy birth.

El coro del Ejército de los Estados Unidos de América había comenzado a cantar Silent night. El silencio se hizo, y George H. W. Bush recordaba la reunión del domingo.
Las aguerridas voces acapella de aquellos hombres templaban la noche y emocionaban. Voces desde las trincheras, voces de padres, de hijos, de hombres que se marchan hacia una noche sin silencio, donde la paz celestial de los durmientes se verá arrasada para siempre por una decisión, la de un hombre que persigue a otro, la de un hombre que no se detendrá ante nada con tal de acabar con una pesadilla que él ayudó a elaborar. Y en el aire, las voces ocupando el silencio, venciendo el tedio del presente, deteniendo en el alma lo cotidiano para devolver a los presentes a un sitio único de libertad: la infancia.
George H. W. Bush, mastica su secreto, y en sus lentes de siempre se reflejan las luces del escenario y se toca la corbata verde y roja tan piropeada, junto a una Bárbara Bush vestida de rojo, al borde mismo de la emoción: todo es hermoso, las luces, la recepción, la tarjeta de Navidad deseando a todos amor y paz desde la Casa Blanca, los invitados glamurosos y el árbol de Navidad del Salón Azul… “es mi decisión como Presidente de los Estados Unidos”, consciente de su deber como Comandante en Jefe, como salvaguarda de las vidas de sus compatriotas que no deberían correr la suerte del asesinado teniente Paz ni sufrir los golpes y amenazas como el teniente Curtis y su esposa. Y restablecer la democracia en Panamá, esto le supo a cobre en los labios de su conciencia, y pensó en Noriega y lo harto que estaba de él y en que por fin se lo iba a quitar de encima, y recordó su reunión del domingo…
Los aplausos devolvieron a todos al presente de aquel 19 de diciembre de 1989.
Siguió estrechando las últimas manos. En unas horas el Congreso lo sabría todo.
            Maureen Dowd, por fin la última de los invitados, recibió el apretón de manos del Presidente y tenía para él una pregunta sobre Panamá --ya sabía algo--, pero la emoción festiva del acto la hizo dejar su pregunta para otro día: una noche de paz quedaba por delante.
“La hora de los aficionados ha terminado”, volvió George H. W. Bush a la reunión del domingo:
--De acuerdo, vamos a por él --resolvió. Miró a Powell y le dijo, con mucha calma: “Lo haremos”.
Mientras recordaba, a esas horas, volaban en silencio hacia la noche panameña aviones cargados de un fulgor mortal.

20 diciembre, 2016

Silent night (Cuento)



Silent night

Para los panameños que desde el 20 de diciembre de 1989
no han vuelto a tener una noche de paz.

…sleep in heavenly peace,
sleep in heavenly peace”.
Joseph Mohr
Silent night 

Ahora ya somos todo aquello contra lo que luchamos”.
Ignacio del Valle
Soles Negros


Silent night, holy night!
All is calm, all is bright.

El coro del Ejército de los Estados Unidos quebró el silencio. De la nada, acapella, aquellas voces viriles comenzaron a trepar por la emocionada sensibilidad navideña de las trescientas personas que asistían a la recepción que el Presidente de los Estados Unidos de América ofrecía en la Casa Blanca, la tarde-noche del 19 de diciembre de 1989. Silent night dibujaba la Navidad en la nostalgia, con voz templada, escondiendo en su letra un paradójico presagio…
Pero antes de aquella emoción, lo más comentado fue su corbata verde y roja. George H. W. Bush, cuadragésimo primer presidente de los Estados Unidos, se movía confiado y sereno entre sus invitados. El secreto que llevaba guardando tres días, estaba más seguro entre árboles, lucecitas y villancicos.
Estrechaba manos, sonreía cordial recordando los informes de inteligencia que había leído el domingo 17 por la mañana y que confirmaban que Noriega se había pasado de la raya. Mantuvo la compostura –el hombre tranquilo en acción−, ante los niños que visitaban la Casa Blanca para cantar con él villancicos y tomar un pequeño refrigerio. Bárbara había hecho preparar el árbol de Navidad del Salón Azul con el tema “Story book”, –“¿no es hermoso querido?”–, pero por la tarde, despedidos sus invitados, se reunió con sus hombres de confianza. El problema no hacía más que crecer y había que darle solución definitiva.

Round yon Virgin, Mother and Child.
Holy infant so tender and mild,

Pero antes de aquellas voces solemnes, premonitorias sin querer, George H. W. Bush sonreía contenido, sabiendo que el mayor movimiento de tropas desde la guerra de Vietnam se efectuará en unas horas y que el Congreso no lo sabrá hasta las diez de la noche, tres horas antes de la hora H, la 1:00 a.m. del día 20 de diciembre de 1989. Trescientos invitados para estrechar manos y hacerles sentir especiales y ganar tiempo. Periodistas, senadores, políticos, empresarios, deportistas, blancos, negros, latinos… “God bless America”, pensaba, y seguía saludando, “¡bonita corbata Señor Presidente!”, le piropeaban, “tú tampoco estás mal”, respondía chistoso, camuflando con talente festivo “el secreto”, durante su primera Navidad en la Casa Blanca como “el hombre más poderoso de la tierra”.
Pero alguien dijo tenerle cogido por lo huevos…

Sleep in heavenly peace,
Sleep in heavenly peace

Recordó otra vez la reunión del domingo por la tarde, mientras las notas y las voces del villancico flotaban en la estancia. Los uniformes del coro del Ejército contrastan en su mente con el uniforme de fatiga que 20.000 unidades vestirán esa noche. La emoción de la música le recordó a Bing Crosby…
Powell, Cheney, Scowcroft, Fitzwater, Baker, Quayle… repasó sus nombres para la historia y sus caras circunspectas y graves trazando posibilidades, albergando silencios de conciencia, recordando fracasos, buscando éxitos rotundos.
Se había convertido en un experto en disimular lo de Noriega, llevaba más de una década aguatándole, viéndole irse a la cama con unos y otros, sabiendo que pagarle no era comprarlo. Vaciló en llevárselo por delante cuando el golpe militar del 3 de octubre, “no fue idea nuestra”, se lo juraba y prometía a sí mismo y a los periodistas que le preguntaban, “fue cosa de los panameños, no sabíamos nada”, y se acordó del Senador Boren y de aquello de las manos manchadas de sangre y la falta de coraje, de lo de la inacción, “sabíamos lo del golpe”, se confesó consigo mismo, pero no, no podía ser así de simple, y ya llevaban meses creándose una alternativa militar mejor que esa, porque un golpe desde dentro no les servía, demasiada basura regada en el patio, necesitamos una opción global y definitiva.

Silent night, holy night!
Shepherds quake at the sight.


En la sala, radiante y emocionada, Maureen Dowd del New York Times esperaba el saludo del Presidente, pero George H. W. Bush, prefería dejarla para el final…

Glories stream from heaven afar
Heavenly hosts sing Alleluia,

Le confirmaron que serían los dueños de la noche, que los ejércitos de los Estados Unidos de América, por tierra, mar y aire caerían sobre Noriega y sus secuaces y se garantizaría la paz, la seguridad y la democracia; las vidas de los estadounidenses estarían a salvo. No volverían a llamarlo “blando”, no dejarían que otro error los pusiera en jaque ante la opinión pública. Acabarían con “el hombre”, el mundo dormiría mejor cuando acabaran con el dictador, aunque eso significara matarse un poco, o mucho, a ellos mismos.

Christ the Savior is born!
Christ the Savior is born


Volvió a recordar el domingo.
Las horas pasaban y el secreto seguía seguro.
El ejército de voces masculinas que transformaba la inquietud en santa serenidad, bordeaba las palabras del villancico con estudiada ternura.
−Asesinaron al teniente Paz, golpearon y torturaron al teniente Curtis y a su mujer la amenazaron con abusar sexualmente de ella, nos ha declarado la guerra… ¡Ya está bien!−, levantó la voz el hombre tranquilo, y quiso sentir sus huevos menos apretados por la mano del monstruo que habían construido entre todos, su pesadilla recurrente…

Silent night, holy night!
Son of God love's pure light.

−La mejor opción −argumentaban sus consejeros− es una operación especial de captura del hombre con apoyo de las tropas convencionales en Panamá. Limitamos las bajas y guardamos el secreto.
−Nadie me asegura que nuestras unidades den con Noriega −zanjó George H. W. Bush el domingo por la tarde−, se mueve más que un frijol saltarín mexicano…
−Entonces usemos los 12.000 soldados que ya están allí −siguieron dándole al Presidente más posibilidades−, cogemos al tipo y a sus secuaces y mantenemos el secreto a medias. Reducimos las bajas considerablemente…
− ¿Y las amenazas contra el Canal y las posibilidades de una lucha prolongada fuera de la Ciudad de Panamá? No nos queremos vernos metidos en una guerra de guerrillas…
Bush y Powell se miran.

Radiant beams from Thy holy face
With dawn of redeeming grace

−Señor, la única opción viable de verdad, y que va a garantizar quitarnos de encima a Noriega, es utilizar la fuerza masiva. −Colin Powell se levantó y fue al mapa de Panamá con flechas que señalan lugares estratégicos−, así terminaremos con esa gente de una vez por todas y le ofreceremos a la opinión pública un éxito rápido…
−Señor Presidente, no podremos guardar mucho tiempo el secreto…
George H. W. Bush cavila.
−Y las bajas se multiplicarán…
Sigue cavilando en silencio.
−Pero nos evitaremos un fracaso, seguro –ataja cualquier dilación estratégica Powell.
Durante media hora Bush interrogó a Collin Powell, su recién nombrado Jefe del Estado Mayor Conjunto del Ejército: ¿qué clase de equipo necesitamos? ¿Se podrá transportar sin que Noriega se entere? ¿Qué tropas necesitaremos? ¿Podremos capturar a Noriega en cuanto comience la invasión?
−Tienes que asegurarme que no nos pasará lo de Desierto Uno, ni lo de Grenada…
Hubo discrepancias entre los consejeros, idas y venidas a los fracasos, ajustes de posibilidades, no se ponían de acuerdo…
George H. W. Bush, escucha Silent night, y se emociona al pensar que un nuevo amanecer se cernía sobre todos, que por la gracia de Dios todos los fracasos de antaño serían despejados, que por fin pondría sobre la mesa de la opinión pública el éxito bélico que la Nación necesitaba.

Jesus Lord, at Thy birth
Jesus Lord, at Thy birth.

El coro del Ejército de los Estados Unidos de América había comenzado a cantar Silent night. El silencio se hizo, y George H. W. Bush recordaba la reunión del domingo.
Las aguerridas voces acapella de aquellos hombres templaban la noche y emocionaban. Voces desde las trincheras, voces de padres, de hijos, de hombres que se marchan hacia una noche sin silencio, donde la paz celestial de los durmientes se verá arrasada para siempre por una decisión, la de un hombre que persigue a otro, la de un hombre que no se detendrá ante nada con tal de acabar con una pesadilla que él ayudó a elaborar. Y en el aire, las voces ocupando el silencio, venciendo el tedio del presente, deteniendo en el alma lo cotidiano para devolver a los presentes a un sitio único de libertad: la infancia. George H. W. Bush, mastica su secreto, y en sus lentes de siempre se reflejan las luces del escenario y se toca la corbata verde y roja tan piropeada, junto a una Bárbara Bush vestida de rojo, al borde mismo de la emoción, todo es hermoso, las luces, la recepción, la tarjeta de Navidad deseando a todos amor y paz desde la Casa Blanca, los invitados glamurosos y el árbol de Navidad del Salón Azul… “es mi decisión como Presidente de los Estados Unidos”, consciente de su deber como comandante en jefe, como salvaguarda de las vidas de sus compatriotas que no deberían correr la suerte del asesinado teniente Paz ni sufrir los golpes y amenazas como el teniente Curtis y su esposa. Y restablecer la democracia en Panamá, esto le supo a cobre en los labios de su conciencia, y pensó en Noriega y lo harto que estaba de él y en que por fin se lo iba a quitar de encima, y recordó su reunión del domingo…
Los aplausos devolvieron a todos al presente de aquel 19 de diciembre de 1989.
Siguió estrechando las últimas manos. En unas horas el Congreso lo sabría todo.
            Maureen Dowd, por fin la última de los invitados, recibió el apretón de manos del Presidente y tenía para él una pregunta sobre Panamá –ya sabía algo−, pero la emoción festiva del acto la hizo dejar su pregunta para otro día: una noche de paz quedaba por delante.
“La hora de los aficionados ha terminado”, volvió George H. W. Bush a la reunión del domingo:
−De acuerdo, vamos a por él –resolvió.
Miró a Powell y le dijo, con mucha calma−: Lo haremos.

Mientras recordaba, a esas horas, volaban hacia la noche panameña aviones cargados de paz.



Tomado del libro "Cuatro cuentos recientes sobre las relaciones de Panamá con Estados Unidos". Fuga libros, Panamá, 2016. Puedes adquirirlo AQUÍ.