La final de la NFL, por mucho jugador panameño que participe y se adorne con la bandera, no es nuestra fiesta, como tampoco lo es que la veamos en el show de medio tiempo: estamos tan acostumbrados a ser escenario y no protagonistas que vemos el tricolor y nos despelucamos, en lugar de avanzar nuestra cultura para ser protagonistas de verdad. No olvidemos: preparar una fiesta para otros no hace que la fiesta sea nuestra, como hicimos con el «Davitos» de hace semanas, o los demás eventos que ocurren en nuestro territorio.
Cualquier panameño en el extranjero, en concreto en Estados Unidos, que sale en alguna noticia, lo convertimos en héroe, como hicimos con aquella mujer de «origen panameño» que estaba en el ejército de USA, y la condecoramos y todo por haber sido capturada y liberada en una guerra que, menos mal, no era nuestra. Celebrar a «panameños de a vaina» es síntoma de mentalidad de pequeñez que es perjudicial.
Queremos celebrar el «hito» de Bad Bunny como nuestro, como de los latinos, cuando nosotros no hemos sido capaces de sostener en ese escenario, pudiendo ser protagonistas, nuestro propio relato sobre el Canal; celebramos la NFL como gringos, pero todos callados ante su embajador, que se pasea como gobernador por nuestro país. Queremos llegar a fiesta ajena, celebrar como invitados, o peor, como protagonistas.
No coman cuento: aquí cada uno es responsable de hacerse oír, y cuando se va en bonche, solo se hace ruido. Dicen algunos que el reguetón nació en Panamá, fíjate tú, y ni eso somos capaces de sostener en el exterior con solvencia.





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