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24 septiembre, 2021

Rodrigo Blanco Calderón: “Simpatía”

Dice el viejo proverbio salomónico que “El justo cuida de sus animales, pero el perverso es cruel con ellos”. Esa “inclinación afectiva hacia los animales”, esa virtud del justo, del bueno, es un indicador de la salud de la humanidad, y es desde allí donde levanta Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981) su nueva novela, “Simpatía” (Alfaguara, 2021), un thriller “familiar”, salpicado de cine y libros, con el amor hacia los perros de fondo y dibujando, con trazos sutiles pero profundos, el drama que vive Venezuela


Reseña publicada en el diario panameño La Prensa, 24 de septiembre de 2021.

06 febrero, 2010

Cinefilia congénita III

Otros cines otras películas. La cinefilia se convirtió en enfermedad a medida que fui creciendo. Pero en esos días adolescentes el cine había que disfrutarlo en pareja o en grupo y como de novias no íbamos bien, decidimos ir en grupo muchas veces. Una de las sesiones que más disfruté fue en el cine América 1, películas para todos los públicos, cuando se estrenó Rocky IV. Aquella pelea la vivimos en el cine de pie, cantando cada golpe de Rocky sobre Iván Drago hasta que comió lona y gritamos y nos abrazamos como si hubiese ganado el mismísimo Roberto Durán. Pero el cine América 2, películas para adultos, mostraba con recato absurdo escenas de las chicas de la película en los carteles que la publicitaban. El recato absurdo lo ponían sobre las fotos de las chicas en forma de estrellitas que cubrían los pechos. Aun así, a “ciertas” edades, esa publicidad despertaba en nosotros “cierta” alegría. Lo mismo hacíamos pero con más descaro en el Cinema Arte que estaba en el Edificio Hatillo, cerca de la librería Menéndez. Desde la “Cuchilla” de Calidonia partían las expediciones hasta allí.
Pero eso duraba hasta que, llegada la Semana Santa los cines daban películas “de Dios” y las salas se santificaban por obra y gracia del celuloide. Así, vi la súper producción de Franco Zeffirelli “Jesús de Nazaret” de la cual el escritor Anthony Burgess (La naranja mecánica) fue coguionista. Todo un lujo a parte del maravilloso reparto, uno de los mejores del cine y una de las mejores versiones sobre la vida de Jesús junto al “Evangelio según San Mateo” de Passolini. La vi en el Teatro Central y recuerdo que me llevé un jacket por el frío que hacía en ese cine. Menos mal porque la película es larguísima. En el Cine Lux vi también una semana Santa una película sobre el Sudario de Turín que me intrigó hasta hoy y en el presidente solían dar “Los diez Mandamientos”, que nunca vi en el cine y que mi madre recuerda con admiración por la impresionante escena de la apertura del Mar Rojo. Vista en el cine supongo que impresionará pero miren ustedes (los que la vieron en el cine) cómo han cambiado los efectos especiales.
En el Autocine, creo que en el de detrás del Artes y Oficios o en el Olímpico vi “Súper agente 86 contra la bomba que desnuda”, escrita en parte por un Mel Brooks que descubrí luego en “La loca historia del mundo” y en “Qué asco de vida” que vi si no recuerdo mal en el Cine Obarrio. Las noches en el carro y viendo aquella gran pantalla con la familia son recuerdos de un Panamá que se fue cuando la tecnología y el tiempo fueron dejando atrás esa forma romántica y feliz de vivir. Pero el cine seguía creciendo en mí y me empujaba a cederle más terreno en mi vida, nada podía hacer, era congénito, Palita y mi abuela Chela me lo había pegado vía genes.
Pero el más caótico de mis días de cine lo viví en estreno de “La Guerra de las Galaxias, El imperio contraataca”. Fuimos con mi mamá al Plaza y la fila era interminable. Pero al abrirse las puertas hubo una estampida que casi hace que los cristales de las puestas se rompieran. Vivimos momentos de pánico pero al final entramos y valió la pena. Es la mejor de todas las películas de la saga con diferencia. Recuerdo desde ese día la lucha con las espadas láser entre Luke y Darth Vader que se convirtió en uno de los primeros malos del cine que me gustó.
Al final, la vida es como una película. Una recuerda como me pasa en estos artículos para adelante para atrás, dando saltos en el tiempo. Y la vida la va uno recordando así, a veces acción, otras drama romance o terror. Para mí, como para mi amigo Guillermo Cabrera Infante “el cine es una lección moral a 24 fotogramas por segundo”. Allí ante la pantalla de plata y en la oscuridad podemos vivir otras vidas, reírnos llorar o pasar miedo. La geografía de Panamá ha cambiado a golpe de irse cerrando o cambiando los cines que nunca dejarán de ser obsoletos por mucha tecnología que nos impongan. En esa oscuridad, como por la noche cuando dormimos, podemos soñar y eso es el cine al fin y al cabo: una fábrica de sueños.

14 diciembre, 2009

Cinefilia congénita II

Pero la cosa no se quedó allí porque aunque Palita murió no se llevó el cine. Con ella se fue la revista Ecran eso sí, la cosa no estaba para gastar en revistas en aquella época. Pero mi abuela siguió con su cinefilia. Le gustaban las de intriga y las de miedo. Frecuentaba, cuando la economía se lo permitía, el cine y en una de esas experimentó lo que ningún cinéfilo quiere vivir: quedarse sin ver completa una película que prometía por motivos de fuerza mayor. Recuerden que en aquellos años si uno no volvía al cine para ver la película o reponían la cinta años después en los cines se quedaba sin ver para siempre. No existían los videos y cuando estos existían las películas antiguas no eran asequibles. Esta terrible experiencia la sufrió a mi abuela.
Entrando en el cine y con dos niñas, una pequeña y la otra que todavía era un bebé, mi abuela apostó fuerte y confió en mi mamá. “No dejes que tu hermana te ve las galletas porque si no se va a poner a llorar”. Hasta aquí todo bien. El león de la Metro rugió y en la oscuridad del cine todo presagiaba una gran película. Mi mamá dejó ver las galletas que no estaba dispuesta a compartir con su hermana y la niña se puso a llorar. En la pantalla nada más y nada menos que “Los hermanos Karamazov” protagonizada por un Yul Brynner soberbio y dirigida y escrita por Richard Brooks (el bueno, el de los guiones prodigiosos, no confundir con otro) que la convirtió en un clásico. Desde el patio de butacas comenzaron las quejas de los demás espectadores y mi abuela, más allá de la mitad de la película tuvo que salir con las niñas para no volver a ver nunca aquella película. Quise contarle el final de la novela que leí pero no quiso nunca, “a ver si la ponen en la televisión”, decía, pero nunca consiguió verla.
Yo, que tengo la bendita (o maldita, quien sabe) manía de contar me di cuenta con los años que me viene de mi abuela que me “refería”, ese era el término exacto, las historias de su infancia y la de mi madre y claro está, las películas que había visto. Uno de los episodios que me marcaron para siempre, por la excelente manera de contar de mi abuela y mi miedosa predisposición a ser aterrado, lo viví cuando ella se fue al cine con mi tío y mi tía para ver “La profecía”. Era el año 1977 (se estrenó en USA en 1976 en noviembre) y creo que fueron al Plaza o a algún Autocine de los de la época. Al día siguiente le pregunté a mi abuela por la película, da mucho miedo me dijo. Y yo le insistí que me la contara. “¿Seguro?” y yo que sí, que quería saber cómo era esa película. Tenía unos cinco o seis años y al relato de mi abuela minucioso, plástico, lleno de pausas dignas del mejor suspense, reaccioné de la manera prevista: quedé aterrorizado por el niño demonio que tenía grabado en la cabeza el número del diablo.
Las noches de varias semanas las pasé debajo de las sábanas pasando un calor de espanto. Sudando, especulando en mi mente con la llegada del niño diablo que me llevaría a… no sé ya se le ocurriría algo pensaba y me arropaba más y me pegaba sudado a la pared. La cosa se me pasó con el tiempo pero, por si acaso, decidí no jugar con el hijo mayor de una amiga de mi mamá que se llamaba como el niño diabólico: Damián.
Pero lo que me quedó de ese recuerdo de cine es la capacidad de contar de mi abuela Chela que me sembró el alma con el gusanillo de contar historias. La vida en los cines siguió y, mediando el tiempo, mis gustos cinéfilos cambiaron aunque seguí fiel y sin miedos a las películas de intriga y de terror. Incluso en mi barrio, la cuchilla de Calidonia se inauguró los Cines América 1 y 2 que ofrecían cine para adultos y para los demás. A raíz de aquello y por la edad otro tipo de cine, por sus carteles publicitarios sobre todo, hizo despertar en nosotros otro tipo de sentimientos… Continuará.

26 septiembre, 2009

Cinefilia congénita I

Paula, Palita. Así se llamaba mi tía abuela que leía la revista Ecran de cine, revista chilena, y que fue la primera cinéfila de mi familia (del lado panameño) en plan formal, cinéfila de ir al cine con frecuencia y lectora de revista técnico-popular sobre el tema, una teórica del séptimo arte que estaba muy puesta en la materia según el testimonio de mi abuela Chela que ya hace años se fue de este mundo.
Pero la teoría del cine que fue construyendo Palita tenía en su centro neurálgico una costumbre lectora que siempre me hizo gracia por lo rotundo: nadie podía leer la Ecran sin que ella la terminara primero. Así las cosas cuando mi madre iba a casa de su tía tenían que preguntar, ante la soledad y abandono de la Ecran sobre una mesa o en el sofá: “tía ¿ha terminado de leer la revista?” A lo que mi madre me cuenta con una sonrisa de memoria feliz que casi siempre ella le contestaba con un mohín de fastidio “no la he leído toda”. Palita tenía ese sentimiento de amor a lo virginal, a lo nuevo, a aquello que nadie había tocado y, ya que ella había comprado la revista, se sentía en la obligación de ser la primera en dar cuenta de ella.
A aquella cinefilia incipiente en mi familia se sumó también mi abuelita Chela que era una amante del cine de “miedo” como le decía ella. Yo en aquella infancia mía era un cobarde, me aterrorizaban las películas de miedo. Pero mi abuela no me abandonó con mi miedo para que me sintiera peor, sino que me contó una anécdota que reveló que lo mío era hereditario.
Resulta que mi abuela quería ver “La momia” (Karl Freund, 1932) en el mítico Teatro Tivoli en la capital de Panamá. Mi abuelita Chela pagó su entrada y la de mi mamá con la emoción del buen cinéfilo que se enfrenta a una película de las grandes. Se sentaron en sus butacas y arrancó la cinta con los aires misteriosos que se le suponen. Todo iba bien hasta que la Momia (un maravilloso como siempre Boris Karloff) salió de su letargo de 3.700 años para asustar a media humanidad, incluida mi mamá, que se refugió detrás de sus manos con sollozos contenidos. Mi abuela vivía con entusiasmo su película, la disfrutaba, pero la hija aterrorizada le cortaba la conexión con el film. “No mires”, le decía a mi mamá y ella entre dedos miraba sin querer las escenas en las que la momia aparecía precedida por la música “in crescendo” hasta que el monstruo aterrorizaba a la audiencia. “Y así se tiró toda la película tu mamá”, terminaba el relato mi abuela ante el cual me sentí más acompañado en la nómina de los miedosos. Disfruté durante años de las películas de miedo, y de las que no eran de miedo, junto a mi abuelita Chela.
Pero Palita era la que leía el Ecran, ella era la cinéfila por definición. Un día un tío mío me preguntó por lo de mi cinefilia, le parecía raro tanto hablar de cine y de actores y películas que no correspondían a mi época. “Cinefilia congénita”, le contesté, y le recordé a su Tía Paula la primera cinéfila de la familia. Se rió y me contó una anécdota que sigue despertando las risas de quien la escucha tantos años después.
Resulta que mi tío es el más pequeño de los seis hijos de mi abuela Chela. Un fin de semana en el que mi tío se iba con Palita a su casa a pasar la noche con su primo, pasaron por delante del ventanal abierto del único vecino que en el barrio tenía televisor por aquellos días. Palita se percató que el mismísimo John Wayne caminaba hacia la pantalla y se detuvo a ver la escena. El legendario vaquero dijo su frase y Palita le comentó con sorpresa a mi tío: “oye, yo no sabía que John Wayne hablara tan bien en español”. Me reí y aprendí aquel día que a los cinéfilos se les puede escapar cualquier cosa y que parece mentira pero hasta la cinéfila venga vía genes. Pero… continuará.

06 agosto, 2009

Up y el valor del compromiso

“La película de la casa que vuela con los globos”. Esa era la película que quería ver mi hija Lucía. Y fuimos a verla. Nos hicimos ella y yo una foto sobre un fondo verde y allí quedamos inmortalizados Lucía y yo suspendidos en el aire con un manojo de globos. La tecnología y sus cosas. “Up” (Pixar, 2009) es una película de valores. Aunque ya poco se crea en ellos, aunque se les ponga en tela de juicio. Esta película tiene mucho para grandes y pequeños, mucho y para mucho tiempo.
La película arranca llevándonos a la infancia de Carl Fredricksen, su espíritu aventurero y como conoció a su esposa Ellie otra enamorada desde niña de la aventura. El sueño de ambos era ir a Las cataratas Paraíso (El salto del Ángel en Venezuela). En unos intensos y entrañables siete minutos más o menos se nos cuenta la historia de un hombre y una mujer que ahorran para alcanzar su sueño pero cada vez que podían realizarlo la vida se les complicaba y el dinero tiene que gastarse en lo cotidiano. Pero llega el día en el que el tiempo se ha pasado y la vida se acaba: Ellie muere dejando a Carl sumido en sus recuerdos y con la tristeza de no haber cumplido el sueño de sus vidas. Unos billetes con destino Venezuela son parte del recuerdo de lo que no pudo ser.
Un día llama a la puerta un “boy scout”, Russell, que necesita de una última insignia para ser un gran explorador: la de ayuda a los mayores. Así que llama la puerta de Carl pero este no necesita nada. Ante la pesadez de Russell, Carl le dice que puede hacer algo por él: cazar al gamusino que le está molestando a lo que el chico accede entusiasmado.
En esas se encuentra Carl cuando nos damos cuenta de que quieren quitarle su casa en la que están todos sus recuerdos. Se están construyendo a su alrededor grandes edificios y el constructor quiere comprarle la casa a Carl pero este se niega. Un incidente violento, que no revelaremos, da la razón a los empresarios y vecinos del Carl: no puede vivir solo, debe buscarse una residencia. El día que los enfermeros vienen a buscarle Carl despliega miles de globos de helio (que vendía cuando trabajaba) y su casa se convierte en su nave y pone rumbo a Sudamérica.
En su "tranquila" aventura, su última pensaba Carl, sentado junto al sillón vacío de su amada y volando por encima de la ciudad, llaman a la puerta. No puede ser pero sí: Russell esta en el porche. A partir de aquí la aventura está servida.
Con espíritu aventurero, como si de una nueva oportunidad de la vida se tratara, estos dos imposibles compañeros de reparto se embarcan en la aventura de sus vidas y esta pone a prueba todo lo que creen, todo lo que desean.
Carl y Russell son opuestos, ambos han sufrido una perdida (el padre de Russell le abandonó), ambos necesita la aventura, ambos hacen promesas que necesitan cumplir. Es su única oportunidad de demostrarse que sí pueden, que sí tienen la suficiente entereza como para no dejar que por ni un sólo minuto más la vida les lleve donde ella quiere. Durante la aventura se unen a ellos un pájaro exótico "Kevin" y “Dug” un perro parlanchín deseoso de cambiar de amo. A parte están los enemigos que le ponen chispa a la película y que llevan a nuestros héroes al extremo de sus promesas. Está el viejo explorador admirado por Carl en sus años mozos y que la promesa de lavar su imagen llevando al pájaro exótico vivo ante sus detractores le ha convertido en una persona amargada y hostil.
En una época en la que la lealtad y el compromiso son casi inexistentes “Up” se atreve a hacer un alegato de los viejos valores, un canto a la lealtad a pesar de todo y del compromiso por mucho que los años pasen.
Una película con la que podremos hablar mucho con nuestros hijos por las noches antes de dormir, que nos servirá para ilustrarles el camino correcto a pesar de que para muchos sea una estupidez criarles en valores.
Pixar no solamente nos deja una genialidad cinematográfica (se ha superado mucho en esta cinta, que ya es decir) sino que nos ofrece una oportunidad de reflexionar en el modo de hacer las cosas hoy.
Con unos diálogos inteligentes, con escenas de acción explosivas y con un humor sutil, “Up” hará que los más pequeños quieran ser héroes y que los mayores queramos volver a verla para volver a ser niños una vez más.
Para mí lo más entrañable son las secuencias del principio que nos llevan de la mano para conocer la vida de Carl y el por qué de esa cara poco afable y gris. Cómo alguien se convierte en un ser imprescindible (Ellie, su mujer) con el paso de los años y como su pérdida puede afectarnos, cómo puede arrastrarnos hasta lo más gris de la vida. El personaje de Ellie está presente en toda la película, es la motivación de Carl y su fuerza para seguir.
Lleven a sus hijos a verla y préstenle atención y en cuanto salga el DVD cómprenla. Vale la pena volver a verla. Lucía lo hará, seguro.

22 enero, 2009

Pé y el Oscar

Ya he confesado que Penélope Cruz no es santa de mi devoción aunque la verdad no soy muy devoto de santos. En fin, que dije en su día, vista Vicky, Cristina, Barcelona que lo peor de la cinta fueron los dos españoles Bardem y Penélope, que parecían más bien sacados de un periódico andaluz de sucesos. No estaban en el papel y que aparte de “Volver” nada más del trabajo de Penélope Cruz es destacable más allá de la belleza de la actriz.
Pero en fin, los críticos se empeñaron y la Academia también: la Cruz está nominada como mejor actriz de reparto, en una película que califican muchos de comedia cuando en realidad es más un melodrama divertido que otra cosa. Es sospecho que Allen,que vive de espaldas a todo el sistema de mamoneo académico, se vea de pronto aupado hasta los Oscars. Es raro. Encima lo que parece es que se quiere premiar una carrera y unas influencias (las de Penélope) más que de verdad valorar el cine y el buen hacer.
La verdad es que todo esto huele a lobby y a influencias de unos y otros para pulir el producto que es Penélope Cruz, nada más. Ahora llegan críticas buenas desde Estados Unidos cuando todos sabemos que a Woody Allen no le quieren bien allí en su tierra.
Al final seremos cuatro contra el starsistem, cuatro que hemos visto la misma película, hemos visto las mismas carencias de los actores y ahora asistimos al espectáculo de montar “una película” con sus trampas como en las de chinos con todo este asunto de que Penélope se merece un Oscar. “Con su pan se lo coman” como dicen los gallegos, pero que ahora no nos cuenten milongas cinematográficas: si la Cruz gana no habremos asistido a mayor tongo que aquel del año en que “Titanic” (con lo mala que es) se llevara once estatuillas. Seguiremos el resultado de este asunto de cine, a ver como termina este mejunge.

23 octubre, 2008

Vicky, Cristina, Barcelona

Woody Allen consigue una vez más engancharnos a un historia cotidiana que termina por llevarnos a una reflexión digan lo que digan. Cualquier arte que no nos haga pensar, aunque sea un poco, no es arte. Las pasiones y decisiones que nos relata Vicky, Cristina, Barcelona, son una muestra de que Allen está reinventándose constantemente, no permitiéndonos que le tengamos por anticuado ni mojigato. Ni mucho menos que le consideremos sólo un buen escritor de comedias. Digo estos por los que a día de hoy sostienen que no les gusta el humor de Allen. ¿Han probado sus dramas?
Aceptable la nueva cinta de Allen que no llega al nivel de Match point. Esto no quita que esta nueva película sea parte de una muy alta representación de lo que el genio de Woody Allen es. Aparte eso esta película resulta un desafortunado descalabro de los artistas españoles. Creo que Javier Bardem y Penélope Cruz, cuando no se interpretan a sí mismos están francamente mejor.
De Barden ya se sabe, sus personajes en Antes que anochezca, No es país para viejos o Mar adentro son grandes trabajos pero este con Allen, en el que el personaje tiene mucho de él mismo hace aguas. De Penélope Cruz, que no es santa de mi devoción, no podemos poner tantos ejemplos, Volver de Almodóvar, como mucho, y pare usted de contar. No están a la altura ninguno de los dos.
Las pasiones entre estos dos personajes (Juan Antonio (Bardem) y María Elena (Cruz)) tan raciales, no parecen corresponder con la ciudad en la que se desarrolla la película. Pueden darse las pasiones (faltaría más), pero en muchos momentos de la cinta, una vez se reencuentran, parece que estamos ante un drama pasional andaluz más que en la ciudad condal. Aun así, la cinta tiene un fuerte que la salva de estos escollos: el guión, que es lo más sólido.
Allen se adentra en esas pasiones sexuales y afectivas que van nutriendo sin remedio nuestra sociedad y la van llevando a una búsqueda sin fin de satisfacción. El personaje de Cristina (Scarlett Johansson) en el prototipo de insatisfecho crónico, una de los grandes males de hoy. Por otro lado esta Vicky (Rebecca Hall) que sin saberlo se ha encerrado con una satisfacción frágil, que a la primera de cambio, sucumbe bajo la presión de las pasiones, algo que ve como en una bola de cristal en la vida de su anfitriona Judy Nash (Patricia Clarkson) que, a pesar de estar “felizmente casada”, hace mucho que no ama a su marido.
Al final nada es lo que parece, nada satisface tanto y es muy probable que lo que tenemos, dadas las circunstancias, no sólo sea lo mejor sino que, talvez, sea lo único.
Película de grandes pasiones y de grandes momentos de guión Vicky, Cristina, Barcelona la vi con mi mujer Marga Collazo el día de su estreno en España, a la sazón, nuestro último fin de semana de solteros: 19 de septiembre. Al estreno acudieron, en un cine de Coslada 19 personas (uno de ellos llegó empezada la película). Casualidades numéricas para una película que no necesita suerte para triunfar porque está hecha con genio. Desde aquel día la película se ha ido recuperando y ya la han visto un millón de espectadores en España. Hasta un colectivo gay la ha premiado. No sé porqué, la escena del beso no es más que eso, un beso y nada definitorio sobre tendencias sexuales. No podrán, espero, encasillar esta película. Woody Allen y su genio son así, de todos, sin más etiqueta que la de buen cine.