Cuando se busca el término en el Diccionario de la Real Academia o en el de americanismos, la palabra no se asocia a Panamá, tampoco a Venezuela. Parece una simple batalla de patio, de suspiro por lo que fuimos o creímos haber sido: no es más que un viejo sueño perdido. Panamá, en estas discusiones, es muy ignorado, como si fuésemos solo un escenario vacío, con el Canal de fondo y nada más. Si fuésemos capaces de exportar nuestra literatura, no tendríamos este problema, figuraríamos como usuarios de la palabra porque nos habrían leído.
Si van a un restaurante de comida panameña, pidan ropavieja, como siempre, y si van a uno venezolano, pidan carne mechada y se acabó el problema. Defender Panamá en términos tan simples es no reconocer las dimensiones de lo poco que se sabe de nuestro país en el exterior, y eso es culpa de todos, que nos hemos creído la «divina garza» de puertas para dentro. En general, Panamá es el Canal, Durán, Blades y ahora los ignominiosos Papeles o Papers.
Urge dar a conocer nuestro país, nuestras historias, y eso solo lo consigue la literatura, en novelas, cuentos, películas, poemas, obras de teatro, canciones. Llevamos treinta años de retraso en esto de la exportación literaria, y no es por falta de talento y esfuerzo de los escritores, es por falta de criterio y lectura en las instituciones culturales, que siguen sin saber a qué se dedican.
Artículo publicado en el diario La Prensa, el martes 5 de mayo de 2026.

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