Sigue faltando en Panamá un grupo de intelectuales que estén a la altura de nuestra circunstancia. Hace mucho tiempo que se perdió en este país el arte del buen columnismo, el arte de leerlo y el arte de bien publicarlo. En esta renuncia al criterio, pactada entre los que gobiernan y la gran mayoría de sus gobernados, una de las primeras víctimas es la lectura y el acceso a esta desde las instituciones y los medios.
Últimamente, los populacheros se revuelven ante la inteligencia argumentando que escribir es un negocio, publicar un emprendimiento, y publicitar el «producto», fundamental para el país (el de los ciegos, donde ellos son tuertos con dinero para hacerlo), pero son incapaces de hablar de calidad literaria más allá de un puñado de lecturas.
Gomá tiene razón: detrás de la convicción de que el intelectual ha de «resultar convincente a la hora de recordar», de hacer ver «dónde están los principios», está la certeza de que esa capacidad tiene su fundamento en la lectura, en un criterio bien anclado en ella, y que produce una mirada incisiva que facilita esa prosa necesaria ante lo que se nos está viniendo encima.
Porque en una sociedad sin intelectuales, o con pocos de ellos y muchos densos a la hora de escribir, nos jugamos gran parte de lo que entendemos como democracia. La buena convivencia empieza leyendo, y necesitamos más espacios en los medios para hacerlo y más calidad a la hora de escribir artículos: el papel aguanta lo que le echen, nuestra sociedad no.
Puedes leer el artículo de Javier Gomá aquí (El intelectual).
Artículo publicado en el diario La Prensa, el martes 21 de julio de 2026.

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