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05 marzo, 2024

La costumbre

Dice una vieja canción, interpretada entre otros por Basilio, que «no cabe duda, que es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor». La fuerza del argumento recae, no en el amor, sino en la «costumbre», esa forma de comportamiento reiterado que ofrece a los analistas las claves del por qué ciertas «profecías» sociales se siguen cumpliendo.

Por la costumbre, es que se puede escribir un artículo, opinando sobre el resultado del «¿debate?» sin que se hubiera hecho, y acertar de pleno: solo hablaron paja, se defendieron de las mutuas acusaciones («entre todos la mataron y ella sola se murió», si pensamos en la democracia), y dejaron nuestra política a nivel subterráneo.

¿Que qué costumbre? Pues la de no decir la verdad, la de no encarar los problemas con soluciones concretas, la de no decirnos el «cómo» y volver a aburrirnos con el «qué», la de no respondernos a cómo van a desmantelar el estado clientelista, que sigue robusto y parece eterno. Y la costumbre nuestra de hacer comentarios después del «bonito show» sobre quién ganó cuando, otra vez, hemos perdido todos por falta de un candidato con visión de Estado.

Como de costumbre (se aceptan apuestas) abrirán las escuelas sin sillas, sin estar acondicionadas, con huelgas de educadores, entre otras, que mantendrán viva la llama de la protesta infinita y desgastante, como si fuésemos unos Sísifos civiles cuya vida no es más que vivir en los mismos problemas porque «así es mi país», porque «el panameño es como es».

O cambiamos de costumbre o la previsibilidad matará el idilio crítico —del que hablábamos hace días—, entre las instituciones y los ciudadanos. Y, no cabe duda, es verdad que la pasión que no se canaliza bien en las urnas termina en las calles, en barricas y paros que no conducen sino al estallido de una sociedad cada vez más desafecta, que terminará por invocar a un dictador y no a un presidente.

Artículo publicado el martes 5 de marzo en el diario La Prensa.

Paja

La caricatura del gran Hilde, de este 25 de febrero, me dio los ánimos para atreverme a escribir esta columna: un hombre conduce un tractor lleno hasta arriba de paja y se pregunta: «¿Cómo así que van a necesitar mis servicios para el gran debate presidencial?». La imagen deja clara la actitud con la que el electorado habrá visto el «Debate presidencial», porque esta columna, como la caricatura, se ha escrito antes del debate y ustedes la leen hoy martes, después de la cita, atreviéndome a vaticinar lo que se ve en la caricatura: han hablado paja.

¿Por qué esta osadía? Porque la política panameña es tan previsible que ha conseguido, hace varios presidentes, que el desencanto haya terminado con el idilio crítico y cívico que debe haber siempre entre ciudadano y gobierno. La política panameña y sus políticos, los siete u ocho que se hayan presentado a hablar paja en cadena nacional, han conseguido que la desidia y la falta de rigor sean los que elijan a los que nos gobiernan, por eso me atrevo a decir que en el debate no han dicho nada nuevo, se han llenado la boca hablando los unos contra los otros, y ninguno ha respondido a la pregunta fundamental: ¿cómo van a desmontar el sistema clientelar que gobierna Panamá?

Si me equivoco en el «pronóstico» se los diré, aunque decir que mañana amanecerá no es pronosticar nada, como no lo es decir que en el debate hablaron paja (sin haberlo visto) y que no sirvió nada más que para constatar que lo previsible es el caldo de cultivo del desprecio hacia las instituciones, poniendo en riesgo la democracia. Pocos creen en el cambio, y los pocos que votan elegirán a los mismos porque les conviene. Entonces volveremos al principio, a cinco años más de una nueva variante de locos, tortugones o gobiernitos, que terminará de exprimir lo poco que queda de país. Y esto no es hablar paja.

Artículo escrito dos días antes (domingo 25 de febrero de 2024) del debate presidencial y publicado en el diario La Prensa el martes 27 de fevrero de 2024.

20 febrero, 2024

Una oración para reflexionar

La recuerdo con claridad, me la aprendí de pequeño a fuerza de escucharla en las madrugadas por la radio, siempre encendida, en casa de mi abuela. No me preguntaba ni quién la había escrito, ni para qué servía, ni mucho menos me planteaba reflexionar sobre ella. La oración, seguro, la reconocen: «Señor, dame serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que puedo, y sabiduría para reconocer la diferencia».

Viene mayo, y nuestra circunstancia se complica. Más que un fin de mandato, esto parece una agonía, «pataleo de ahogao», burla final de casi todos los reelegibles. Sabiendo que así son las cosas, me parece que la oración es necesaria y pertinente.

La «aceptación» de lo que no podemos cambiar nada tiene que ver con «resignación», es una «actitud» ante aquello que no depende de nosotros, pero en nuestro caso sí podemos. La segunda petición plantea «valor» para cambiar. Es lo que más necesitamos, porque cerrar calles es una acción puntual, pero «sostener» a diario nuestra decisión de acabar con la corrupción requiere un esfuerzo que sé que podemos hacer. Y la «sabiduría» que se necesita para «reconocer la diferencia» es fundamental, porque entre la «aceptación resignada» y la «cobardía práctica», hace falta criterio y conocimiento.

Hay que repetirse esta oración de aquí a mayo. Hace falta fe para creer que, entre este gobierno en fase terminal y el «nica» alojado en la embajada, hay esperanza de un cambio que nos lleve hacia otra parte que no sea el despeñadero, por eso hay que poner la mente a reflexionar en estas tres sencillas peticiones y creer que sí hay posibilidades.

Cuando nos venga la tentación del fracaso, de la indolencia indiferente y de seguir igual, repitamos estas breves frases y seamos firmes, volvamos a creer en nuestras posibilidades, desalojemos de las instituciones a los mismos de siempre. Tengamos fe en la democracia, creamos que otra realidad es posible para nuestro país.

Artículo publicado en el diario La Prensa, martes 20 de febrero de 2024.

PD: No es un artículo sobre "espiritualidad", se trata de política.


19 febrero, 2024

El «nica» Martinelli y la "Divina Comedia"

No hay ciudadano más peligroso, peor traidor a cualquier causa, pecador que más merezca el Infierno de Dante (y también el divino si la gracia no lo alcanza), que aquel que afirma que la democracia en la que vive es ahora una dictadura porque no le dan la razón en lo que quiere. Afirmaciones como esa no son solo nacidas de una mente pueril y caprichosa, reñida con la verdad y que compromete la salud mental, sino que resquebraja la convivencia, falsea la realidad y deteriora las instituciones. Este tipo de personas merece no salir del octavo círculo del Infierno que nos dejó por escrito Dante Alighieri, a la sazón compatriota del «nica» reciente Ricardo Martinelli.

Afirmar que en Panamá existe una dictadura —con las facilidades que ha tenido una persona como él, que hasta ha sido capaz de ser presidente de la república y esquivar la justicia del país durante años (no olviden que sus hijos, condenados como su padre, afirmaron haber sido obligados por él a delinquir y que los Estados Unidos (que no son ejemplo de nada, pero esto es un hecho) le han declarado corrupto— es dejar claro que es un absoluto mentiroso y que no le importan las consecuencias ni de lo que hace ni de lo que dice, exponiendo a ese «pueblo», al que dice querer servir, a un incertidumbre institucional que no se merece.

Lo más sangrante de toda esta Comedia, vulgar, es que se hace llamar «perseguido político» (miren sus redes), al «considerarse perseguido por razones políticas y encontrarse en riesgo inminente su vida, integridad física y seguridad», y «si alguien tenía alguna duda de que Ricardo Martinelli era un perseguido político, ya no tiene por qué tenerla, y lo que hay que ver ahora es si el Gobierno de (Laurentino) Cortizo otorga el salvoconducto de salida (...) o si su sed, su deseo de matar a Ricardo Martinelli son más importantes», afirmaba uno de sus más acérrimos acólitos días atrás y no, el peor presidente de la república, en esto, por lo menos, no se plegó.

Ricardo Martinelli demuestra no saber distinguir entre una democracia (maltrecha, con sus defectos, necesitada de mentes de estado y personas honestas) y una dictadura como la de Torrijos, Noriega o la de su nuevo amo, Daniel Ortega. En los años de dictadura militar en Panamá, parece ser que al joven Ricardo lo mimaban o no tenía luces suficientes para saber en qué país vivía. Ahora, Panamá es una dictadura civil, y el régimen de Ortega una democracia avanzada que lo acoge. Que nos diga cuánto le va a costar esa «Pensión Nicaragua» porque, el «bueno de Daniel», no regala nada ni es amigo de sus amigos, que se lo pregunte a Sergio Ramírez.

Octavo círculo del Infierno —preparado para los fraudulentos—, quinto recinto, donde están los políticos corruptos, ese es el lugar que se merece el «nica» Martinelli, y con él otros muchos políticos (como los que dicen poder perpetrar un golpe de estado, por mucho que se disculpen después), que en los últimos quince años no han hecho más que hundir en la miseria a Panamá y firmar, contra la Constitución, un contrato que terminó arrastrando al pueblo a las calles y sometiéndolo a una presión de la que le costará recuperarse. Pero estamos hablando de aquel que profirió y se cree la mentira más grande, la insinuación más venenosa contra una democracia: vivimos en una dictadura.

No deja de ser sintomático de la naturaleza de lo que dice y de sus hechos, que quien refrenda su supuesta condición de «perseguido político» sea un tipo como Daniel Ortega que, a alguien como Sergio Ramírez, por discrepar con un inmenso conocimiento de causa, sea tenido por traidor, condenado al exilio y a no tener nacionalidad. ¡Qué mala suerte la del «nica» reciente!, terminar siendo comparado con un «nica de siempre», que luchó activamente contra una dictadura, que ejerció su mandato político con transparencia, que supo apartarse cuando vio la realidad de las cosas, que ahora no tiene ni casa, ni pasaporte ni sus recuerdos. Es tan ridículo argumentar que Nicaragua le reconoce como «perseguido político», que lo mejor que puede hacer es no volver a salir nunca de esa embajada si no es para pedir perdón por lo que dice de Panamá e ingresar en prisión y pagar hasta el último centavo.

Esta terrible Comedia, es una puesta en escena de lo que de verdad hay debajo de la política que se hace en Panamá y del futuro que nos espera si gente como él u otros «ex» del Palacio de las Garzas vuelven a ocuparlo. Todos, sin excepción, se merecen una temporada en el octavo círculo del Infierno, ellos y sus lambones de salón (cuídense del «entre ceja y ceja»), sus botellas, sus «compañeritos pío-pío» y los otros «políticos» que siguen invocando a Dios y juran que es divino el origen de sus puestos en la «papa».

Panamá es una democracia defectuosa, es cierto, pero una democracia. Corre el peligro de convertirse en un estado fallido si mentirosos como el «nica perseguido» acceden al poder. Ni él ni la gran mayoría de políticos quieren acceder al poder por amor patrio: quieren el poder para ellos, para seguir perpetuando un país con buenos números, pero con poca educación, seguridad, salud y cultura. Panamá es una democracia, esa es la verdad, y Ricardo Martinelli no es un «perseguido político», y eso es también verdad, aunque él diga lo contrario desde el escondite que le proporciona una de las dictaduras mejor consolidadas del momento.