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07 enero, 2020

La vida de los que escriben

Mario Benedettí con su madre.

Blas Matamoro dice en su ensayo “Novela familiar” lo siguiente: “Nunca tenemos acabada la definitiva historia de la vida de un escritor, como tampoco tenemos leída del todo y para siempre su obra”, precisamente porque el escritor imbrica vida y escritura, vida y lectura, convirtiéndose siempre en parte de la obra que construye, porque sin ser nunca el protagonista de sus historias busca construirse una memoria de sí mismo.

Esta es una de las evidencias silenciosas y más importantes del hecho de ser escritor: la vida del que escribe es muy poco pública, es poco consciente de los focos, de los medios. La escritura todo lo copa, la escritura es su asomo al otro, la asunción de su lugar en el mundo.

Uno inventa su vida mientras escribe, “al hacer narrable algo en sí mismo inenarrable”, dice Matamoro. Se narra la herida, y sin herida no hay historia. Escribir sin herida, sin narrarse, puede ser muy democrático pero nunca producirá buena literatura. Impreso no es sinónimo de escrito.

La vida bajo las letras se nota. La narración de la luz o de la oscuridad, el ritmo del silencio, los versos del hambre. El escritor repuja el cuero, lo hiende con su vida, deja una huella en el texto y en el alma del que lee, de eso va la literatura, de búsqueda propia y de hacer camino al escribir.

Esto no se aprende en ningún taller literario. La herida, como el talento, se trae de casa. Se puede enseñar a dominar la técnica narrativa pero sin herida, ni la mirada que genera, nuestra obra será solo una cáscara de tinta.

Aunque todo pase por discutible, conviene ser conscientes de que muchas frustraciones y egos literarios nacen directamente de esta falta de vida en muchas obras. Se puede escribir sobre el 9 de enero, pero sin olvidar que la emoción y la belleza no los da el tema, los construye desde la herida el buen escritor.


Artículo publicado en el diario La Prensa, 7 de enero de 2020.

05 diciembre, 2013

Pagando el pato: Los Grafitis y el presidente

Ser Presidente de la República de Panamá, supongo, no es tarea fácil. Gobernar es una cosa, mandar es otra. Mandan los dueños de cadenas de supermercados de relativo y sospechoso éxito, gobiernan grandes estadistas, gobiernan mujeres u hombres con visión de Estado, posponiendo sus pasiones y fobias para el ámbito privado.
Me parece increíble, por no decir muy raro, que el mismísimo presidente (sí, en minúscula) de la República de Panamá se sienta directamente molesto con un grupo de panameños, “El Kolectivo”, que ha pintado un mural recordando a nuestros mártires del 9 de enero. Declara él, “lo que ustedes pinten se lo vamos a volver a pintar”, si se les ocurre a este grupo de ciudadanos volver a pintar el mural. En fin, parece que en este país no hay nada más importante que ocupe la atención y el tiempo (que paga cada ciudadano con sus impuestos) del señor presidente. O ¿es que hay algo más?
Desde fuera, no se entiende este ataque furibundo a la legítima expresión del sentir de los ciudadanos. No olvide el señor Martinelli que su puesto está regado con la sangre de aquellos que murieron en busca de la libertad y soberanía que disfruta. Que le recuerden, a la ministra con minúsculas, que sin Ascanio y los demás que murieron, que sin los que resultaron heridos y sin la valentía de los institutores que hoy ella ningunea, no estaría disfrutando (más que ejerciendo) el ministerio (minúsculo a más no poder) que ostenta.
En este país, parece que los políticos no saben a qué dedicar su tiempo. Pues aquí les mando una idea: cojan una silla, pónganse de cara a la pared y dedíquense a pensar y a recordar de dónde vienen. Pónganse a buscar en su pasado, en el camino que les ha llevado hasta este mismo instante y dígannos que no recuerdan lo que pasó el 9 de enero, y dígannoslo mirándonos a los ojos, a los ojos del pueblo panameño. Háganlo a ver qué les pasa.
Pero claro, la historia está para ocultarla, para olvidarla. Vaciando de contenido la nacionalidad, ocultando murales y retirando cátedras de estudio sobre nuestra relación con los Estados Unidos, generamos obreros, empleados, serviles “mano de obra barata” cuyos horizontes no son más que los de pan y circo. Es escandaloso lo que desde el gobierno se está haciendo con nuestro dinero.
La fórmula para resolver las cosas del presidente y su gabinete de minúscula comparsa ¿cúal será? ¿Suspender las garantías constitucionales? ¿Torcerle el brazo al derecho o montarnos un lamentable accidente o acosar a nuestros familiares? ¿Qué será señoras y señores que gobiernan? ¿Cerrarnos las imprentas para que no podamos publicar nuestras novelas, poemas, cuentos, ensayos, obras de teatro, canciones, décimas? Seguiremos hablando, seguiremos pintando murales, seguiremos denunciando este absurdo atropello a la memoria de todos.

Los Grafitis seguirán apareciendo y desapareciendo, su vocación momentánea le es inherente. Sorprende la nocturnidad y alevosía con las que el gobierno quiere resolver el asunto. Allá ellos. Nosotros a no olvidar, nosotros a ganarles con dignidad y talento la partida de la memoria a los entusiastas de la ignorancia a los paladines del olvido.

09 enero, 2011

Mentes cortas, largos olvidos

Hoy es 9 de enero ¿se acuerdan? Es muy probable que muchos ya no recuerden qué pasó hace exactamente cuarentaisiete años. Un grupo de estudiantes panameños del Instituto Nacional, por culpa de la falta de criterio y rotundidad en el cumplimiento de la ley, se vieron obligados por amor a la tierra que les vio nacer a plantar cara a los mismísimos Estados Unidos de América. La cosa degeneró y muchos murieron por las balas de la policía estadounidense. Luego estas muertes las utilizó la dictadura de Torrijos como arma de exaltación del nacionalismo para su propia propaganda y beneficio. Mentes cortas.
Jóvenes que expusieron su vida por un Panamá mejor, dentro de una democracia votada por el pueblo panameño, y la firmeza del Presidente Chiari, merecen que un día como este no sea tratado como un simple día feriado, como un pretexto para arrancarse a la playa o al interior. Largos olvidos. Debería ser un momento para pensar en nuestra Historia sin los filtros de las dictaduras y tomar ejemplo. Las cosas no suceden, las hacemos suceder, hemos de ponernos manos a la obra y resistir la adversidad. Sólo así los mártires de enero consiguieron ser el detonante de la entrega del Canal a Panamá.
Leo en un artículo tendencioso y manipulado que "el 9 de enero sólo se puede entender si eres panameño". Mentes cortas. Un embajador colombiano dijo por aquellas fechas que en Panamá se había instalado un muro de Berlín y la comunidad internacional fue consciente de lo que pasaba en nuestro país. Gentes de sitios tan dispares del mundo entendieron a la perfección lo que pasaba. Cuando algo que sentimos sólo es comprensible por nosotros únicamente mal va la cosa. Si no somos capaces de comunicar lo que nos duele o exalta en realidad significa que no existimos.
Leo con atención el correo que acompaña la Heurística de mi querido David Robinson y su homenaje a su tío Estanislao Orobio, nombre de personaje de novela, muerto en los sucesos de hace 47 años, que esconde una excelente costumbre para no olvidar lo que nos pasó para que no nos vuelva a pasar: visitar a nuestros muertos, no los laureados y cacareados, sino los muertos que desde el anonimato pusieron por delante su vida para que sobre su compromiso que les llevó a la muerte nosotros podamos caminar por una realidad más amble.
Crecí cruzando a diario por un parquecito que protagoniza muchos episodios de mi vida. El parquecito de la Cuchilla de Calidonia se llama (o se llamaba), para los que no se acuerdan, Ascanio Arosemena. De pequeño no sabía quién era. Luego la dictadura le convirtió en héroe de plástico. Después la historia me lo devolvió en su grandeza, en su sencillez de joven desprovisto de su vida por el absurdo de unos señores que se creían dueños de todo. Ahora Ascanio viaja por mis recuerdos con la armonía con que lo recuerda su familia, como un ser humano que jamás debió padecer aquello pero que hoy debemos volver a agradecérselo.
Mentes cortas de aquellos que insisten en hacer pasar la Historia por el arco falso de unas gestas que no corresponden. Olvidos largos y premeditados para que nuestra juventud crea que todo siempre fue así como es hoy, como si su libertad y estrecheces no le hubieron costado la vida a más de uno. Párense un poquito antes de arrancar y recuerden de donde venimos para no volver allí nunca más.