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09 septiembre, 2026

Una medalla, un Cristo y un partido

Una medalla, esta vez la de la Asamblea, centenaria y más, como la Academia Panameña de la Lengua, a la primera dama (así, en minúscula), una figura que nadie vota, sin más mérito que el de ser la esposa «de», que tiene despacho, gastos discrecionales, y que debería desaparecer y no premiarse de ninguna manera. A Roberto Durán, siendo leyenda indiscutible hace años se la dan ahora, y a la señora de Mulino, en dos. Es, como casi todo en este país, absurdo.

Un Cristo, el de Portobelo, recibió lo prometido por el presidente antes de ganar las elecciones: la restauración de su iglesia por un palacio, el de Las Garzas. Y allí está él, cumpliendo, qué bien, ya podría haber prometido algo más al milagroso de Colón, y así tendríamos mejor calidad de vida, más seguridad, y menos populismo religioso oportunista, porque restaurar aquel templo, con mano de obra eventual de los del pueblo, no suena nada populista, ¡qué va!, es la mirada torva de los que no quieren ver el «milagro» presidencial.

Un partido, Vamos, quiere participar en la vida política con mejores herramientas democráticas, que nunca son el problema, sino los sinvergüenzas que las corrompen. Todos los días asistimos al «bonito show» de un legislativo de «patio limoso» y un ejecutivo rofeón y oportunista, pero la «mala» noticia es que una organización ciudadana decide refundarse y dejar de autosabotearse con la idea de los independientes: atomizar es dividir, y con ello ganan panameñistas, perredistas, y todos los corruptidistas que son legión en la Asamblea Nacional, la de las medallas.

Cacócratas, cleptócratas, caquistócratas, y cada vez menos demócratas. El remedio para lo que ocurre en nuestro país pasa por desechar la falsa idea de prosperidad que nos venden, y sustituir la ligereza del «soñar» por la determinación de «hacer» las cosas bien, no permitiendo que se compren voluntades y favores con medallas y diplomas inmerecidos, que no son más que un milagro sin gracia.

Artículo publicado en el diario La Prensa, el martes 8 de septiembre de 2026


11 agosto, 2026

La importancia de llamarse Panamá

Lo publicó el diario Washington Post: «El Proyecto Panamá es nuestro esfuerzo para escanear de forma destructiva todos los libros del mundo», afirmaba la empresa de inteligencia artificial Anthropic, en un documento que es parte de un proceso judicial que revela un plan de compra masiva de libros para entrenar a una IA y luego destruirlos.

¿Dónde está el grito en el cielo del Ministerio de Cultura, parte del gobierno de paso firme? ¿Dónde la campaña de la Cancillería de la República, reclamando una reparación moral por el perjuicio de tomar el nombre de un país y ponérselo a un proyecto deleznable como ese?

Llamarse Panamá tiene que ser importante. Cuando no nos tomamos en serio nuestro patrimonio inmaterial, y nada lo es más que un nombre, se creerán siempre en el derecho de hacernos de menos. Quizás Anthropic, con aquello de los papers, les pareció buena idea tirar del tópico de país bananero, incluido en listas grises y con una cultura obviable, quién sabe, pero lo cierto es que aquí, en nuestro país imaginario, la tibieza ante la noticia demuestra que nos da bastante igual que nos traten así.

Como sociedad, como país, debemos pedir explicaciones de por qué alguien, en cualquier parte del mundo, se cree con derecho a tomar el nombre de nuestro país para usarlo como le da la gana. No debemos permitirnos esta nueva forma de desprecio sobre nuestra reputación. Ya bastante tenemos con el clientelismo y la corrupción como para permitirnos que, a nivel internacional, se nos asocie con semejante «proyecto».

Cuando despreciamos la importancia de llamarnos Panamá, pasan estas cosas; cuando no nos tomamos en serio, los demás tampoco. A ver si las «fuerzas vivas» de la cultura de este país se mueven más allá del cliché, y nuestros «periodistas» más mediáticos se atreven escribir sobre este asunto. Estamos tan ensimismados que no vemos el poco aprecio que tienen algunos por quienes somos.

Artículo pubicado en el diario La Prensa, el martes 11 de agosto de 2026

09 julio, 2024

Una sorpresa poselectoral

Ahora resulta que nadie sabía de la existencia de un subsidio poselectoral, ni siquiera los mismos favorecidos (legal y democráticamente) por el mismo, dando una imagen de poco conocimiento del funcionamiento del Estado y cayendo en el «populismo adolescente» que hay que evitar a toda costa, sobre todo por los recién llegados, a los que los viejos corruptos quieren colgarles tachas morales que no son ciertas: todos ellos, como corresponde por ley, han recibido el mismo subsidio en el pasado.

Pero no se podrá donar al Oncológico. El artículo 217 del Código Electoral dice que «si algún funcionario electo declina recibir el financiamiento público poselectoral…se destinará para el uso exclusivo de investigación científica en la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación». Por desconocimiento se hacen promesas que no se pueden cumplir, que suenan bien, pero que la ley no permite.

Necesitamos pedagogía sobre el funcionamiento del Estado, lo que nos daban en Educación Cívica y que ahora no conviene, porque la información es poder y se le verían las costuras corruptas al sistema. Mejor es mantenernos en la ignorancia para que ahora, después de muchos millones en subsidios poselectorales, nos llevemos la sorpresa. Siempre lo hubo, pero no nos importa cómo funciona este sistema de leyes de autocongueo.

Esta situación ha puesto de manifiesto la maldad política de algunos que, sabiendo que siempre ha existido el subsidio, se han lanzado a acusar de neoratas a los de diputados de Vamos, y detrás de ellos las hordas de desinformados manipulables que pretenden linchar a los que, por el solo hecho de estar en la Asamblea, son el contraste que deja ver la impunidad que seguimos votando.

Pelen ojo a los «populistas adolescentes» para evitar otras sorpresas poselectorales: nada es gratis, el obrero es digno de su salario. Los que ahora vengan con la idea de trabajar y no cobrar son peligrosos: tarde o temprano, más o menos, todo hay que pagarlo, y eso es lo justo.

Artículo publicado en el diario La Prensa, martes 9 de julio de 2024.

Leer el artículo en el periódico aquí.