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02 agosto, 2023

Francisco Bescós: "La ronda"

Aunque les parezca tópico eso de “donde pone el ojo pone la bala”, lo cierto es que es así en el caso de Francisco Bescós (Oviedo, 1979), que en el terreno de la novela negra está desplegando una obra literaria que lo confirma como uno de los mejores del género en español a ambos lados del charco, creciendo a cada novela como un buen asesino en serie, perfeccionando cada vez más su oficio, que no es solo el de escritor, sino también el de observador de las miserias cotidianas.

La ronda (Reservoir Books, 2023) es su tercera novela dentro del género negro, en el que Bescós deja atrás los escenarios rurales para instalarse en el mismísimo Madrid, para convertir la ciudad en el escenario de un juego de proporciones inesperadas al principio de la novela, que se va dejando ver en la oscuridad de la trama muy poco a poco, con cambios de ritmos bien hilados, manteniendo la tensión con respiros de fina ironía y humor de ese que corta por dentro.

Dulce O’Rourke y Luis Seito, los protagonistas, no trabajan juntos: son dos inspectores que desde sus respectivas comisarías madrileñas se encuentran con un patrón, un indicio de que algo no va bien; tienen ambos un olfato peculiar que manifiestan de manera diferente y que termina llevándolos a coincidir ante un asunto que supera su intuición, tanto policial como personal. Lo que hay detrás de las víctimas, en apariencia inconexas, es mucho más complejo y peligroso de lo que nunca habían imaginado.

Al fondo, Madrid, con una cara que no le conocemos muchos, la nocturna, la clandestina, la que al despiste guarda en sus entrañas una maldad latente, que sostiene, en tanto que escenario, la vida de unos personajes tan arraigados a la ciudad que se ven transformados por ella. Madrid parece en esta novela el punto de encuentro de distintos tipos de criminales, de distintas maldades que se van apoderando en silencio de la seguridad de los madrileños. La novela nos hace pensar en lo vulnerables y expuestos que podemos estar todos. No solemos pensarnos en términos de “víctima” cuando leemos novela policial: o nos sentimos policías o asesinos, pero poco nos ponemos en la posibilidad de ser atrapados por uno de estos terribles delincuentes. El autor utiliza el recurso de mirar la escena desde el punto de vista de la víctima, nos pone en su piel, nos reta a leer desde todas las posibilidades de la tragedia.

Otra de las grandes virtudes de Paco Bescós, son sus personajes. Tanto la inspectora O’Rourke como el inspector Seito, son de una profundidad emocionante. Están hechos de muchas heridas, malas decisiones, frustraciones no resueltas. Buscan respuestas no solo a la maldad que amenaza todo, sino también a la que amenaza con llevárselos por el sumidero de la vida. Ambos mordaces, ambos hechos de pasiones e ironía que se manifiestan de maneras muy particulares. O’Rourke atrae, tiene chispa, genera a pesar de todo una buena conexión, pero Seito es tan complejo, tan poco amigable tantas veces que, al final, terminas por tomarle cariño. En muchos momentos de la novela, uno siente ganas de darle un abrazo. Así son de grandes los personajes de Paco Bescós.

Mención a parte merece otra subinspectora, Laura Rodrigo, personaje secundario maravilloso, de los buenos, por lo intensa y apasionada que es, por no encontrar su sitio, por esa manera tan obsesiva de mirar todo: un personaje que refresca la trama dura, que matiza y alivia antes de que vuelva sobre nosotros el rigor de la historia. Laura Rodrigo se merece por lo menos un cuento como protagonista.

Francisco Bescós ha vuelto a la novela negra y lo hace por la puerta grande, la de Madrid: La ronda, dará que hablar durante buen rato y la leeremos con perspectiva, porque será un clásico (cuando vean la resolución de esta historia sabrán por qué lo digo). Una novela que va a sorprenderles por su fuerza y riesgo narrativo. Se confirma lo dicho al principio: donde pone el ojo, pone la novela, pone la literatura, y lo hace a unos niveles de disfrute que les recomiendo que no se pierdan.

Reseña publicada en el diario La Prensa, el viernes 28 de julio de 2023.

09 enero, 2022

Panamá: una historia, una bandera

En mi trabajo veo muchas cosas ir y venir. Desde el aeropuerto, la vida se cifra en vuelos que van y vienen, trayendo o llevando su carga de sueños, mercancías, trabajo, maletas y esperanzas. Como dice mi querido Andrés Neuman: “Aeropuerto, patria en tránsito”.

Leí un correo electrónico la mañana del viernes 3 de enero, en el que se detallaban los actos que van a conmemorar el próximo 9 de Enero, los 50 años de uno de los puntos de inflexión más importantes de nuestra historia, el 9 de Enero de 1964. Entre otras cosas decía aquella nota que una bandera, aquella mancillada por la violencia, quedaría consignada en una urna que saldría de España, justo en estas horas bajas de nuestras relaciones comerciales. Esto lo leí en la oscuridad de mi cuarto, a las 5 de la mañana, medio incorporado sobre mi almohada.

Me fui para la oficina pensando en mi tierra allá lejos, pensando que desde Madrid viajaría hasta Panamá una urna en la cual una bandera del 9 de Enero de 1964 recibiría el respeto de todos los panameños de bien.

Una bandera

Las patrias son complejas y la idea de patriotismo está bastante viciada, llena de muy malos olores y mucha gente aprovecha los colores de su tierra para convertirlos en ideología contra los otros. Pero en mi casa, mis hijas reconocen una bandera de tres colores y dos estrellas, de un país lejano y “pequeño” (Lucía dixit), como una “S” durmiendo (Aitana dixit), y yo, padre orgulloso, las dejo curiosear en los álbumes de Esta es mi patria y me preguntan cosas sobre aquel paisito valiente (Lucía sabe ya lo que es un istmo, un accidente, aunque sólo sea geográfico) que un día quiso izar una bandera.

Una historia

“Papá, ¿qué hace ese muchacho subido en la farola con la bandera de Panamá?”, preguntan. Entonces me planteo cómo contarles a unas niñas la historia del 9 de Enero del 64. Papá escribe novelas y cuentos, pero no sabe cómo contar una historia tan difícil. Papá les dice que algunas personas no querían que la bandera estuviera puesta en una parte de Panamá. Pienso en la estupidez humana.

Una bandera. Una historia.

Unas niñas que preguntan. Yo también fui niño, yo también pregunté, yo también escuché las historias, yo también aprendí que unos muchachos fueron con una bandera panameña hasta la Zona del Canal para izarla. Me dijeron que les dispararon, que murieron, que los mataron. La Avenida de los Mártires sustituye a la avenida 4 de Julio, la independencia de los Estados Unidos reemplazada por la sangre derramada de la juventud panameña haciendo cumplir la legalidad.

Una bandera.

Un escritor en Madrid que trabaja en el aeropuerto. Me traen unos papeles. La mercancía viaja a Panamá. Pregunto al cliente si lo que viaja es una urna. “No, una bandera”, me dice, “es la bandera de tu país”. El corazón me dio un vuelco. Les conté por encima, la historia de aquella bandera que yo pensé que estaba en Panamá. No, me dicen que la han restaurado aquí en Madrid, “¿quieres verla?”.

Pedí que me sustituyera alguien en mi puesto y salí de la oficina hacia el muelle donde una caja de madera guardaba una delicada carga. Junto a ella, Damaris Grajales de Reyes, administradora del Museo del Canal, lucía satisfecha y agradecí ver un rostro cercano, unos ojos que verían lo mismo que yo, lo que los demás alrededor apenas intuían. Pensé en las imágenes que tenía de aquella bandera, pensé en el álbum de Esta es mi patria y allí estaba la figurita con la bandera. Pensé en mi país, en su deseo de justicia, en sus jóvenes marchando hacia la Zona deseando hacerla ondear junto a la estadounidense, queriendo hacer valer lo firmado por Kennedy con Chiari. Levantaron una tapa de madera. Debajo otra. El corazón comenzaba a latirme con más intensidad y creí no poder contener las lágrimas. Levantaron la otra tapa y allí estaba: la bandera panameña, limpia, unida, brillante, perfectamente restaurada. Pensé en mis hijas que siempre me preguntan qué ha ido o venido desde mi oficina. Tenía una historia que contarles, tenía que hablarles del 9 de Enero de 1964.

Girones de una bandera rota en la memoria. Encontré una metáfora perfecta de lo que nos pasa hoy. Esa bandera de más de 50 años, ultrajada en una lucha contra intereses mayores que nuestras expectativas, luce ahora renovada. ¿Quién dijo que no se puede restaurar la dignidad? Esa bandera que viaja desde Madrid es símbolo de cómo deben ser de ahora en adelante las cosas. Un intenso trabajo de restauración ha dejado la bandera restaurada. Las letras doradas que ponen “Instituto Nacional” lucen como un destello del pasado que reclama su vigencia. Me sentí conmovido, me sentí parte de algo que va más allá del aquí y el ahora, que va más allá del presente o del pasado, algo que es futuro, algo que ya es de mis hijas.

Contemplé en silencio la bandera, y vi a mi gente, vi a los que se sacrificaron para que vivamos en plena disposición de nuestro territorio, vi que un trabajo concienzudo puede restaurar los girones de una bandera, de una identidad, de la dignidad de un pueblo que no se ha echado para atrás nunca. Vi mientras la volvían a tapar, cierta luz, ciertos “fulgores de gloria” que hay que cantar menos y ejercer más.

Me sequé alguna lágrima necia y silenciosa, me tragué el llanto, y recordé a mis hijas con el álbum, preguntando por los muchachos y la bandera panameña en las farolas, saltando la cerca, haciéndola ondear en la Zona. Un símbolo de unidad que ya viaja rumbo a su tierra para contar, con su sola presencia, que el trabajo que queda por hacer es duro, pero que el resultado bien vale la pena.

“Papá, ¿qué viste hoy en tu oficina?, me preguntaron las niñas”. Vi una bandera, una bandera muy especial, les dije. Vi la bandera de Panamá, una muy valiente… y entonces, comencé a contarles la gran historia de un país chiquito, como una “S” acostada, que no dejó que el más grande lo pisara y que al final le ganó. “¿Cómo David y Goliat?”, me dicen. Sí, igual, les contesto, y volví a ver en mi memoria la bandera y al pueblo que representa.

Publicado en el diario Panamá América el 4 de enero de 2014.

 

18 junio, 2021

Juan Carlos Chirinos: "La sonrisa de los hipopótamos"

En las letras hispanoamericanas hay un universo que tiene nombre valerano/madrileño: Juan Carlos Chirinos (Valera, Venezuela, 1967). Una de las mejores puertas de acceso a ese universo frondoso y urbano, es esta colección de cuentos que publica Ediciones La Palma, “La sonrisa de los hipopótamos”, en donde el autor reúne 11 textos suyos dispersos en antologías y revistas de América y Europa.

Hay tres elementos que Juan Carlos Chirinos domina y sabe mezclar como pocos: humor, ritmo, e imaginación. No se trata de hacer reír para rebajar tensión: se trata de acertar en dónde colocar el humor, y cómo hacerlo invisible y necesario para que la historia continúe por los sobresaltos previstos y funcione. La literatura de Chirinos tiene la capacidad de mezclar un conato de sonrisa con la tristeza o la desazón, como en el cuento “Juegos geométricos”. Seguir leyendo la reseña, aquí.

Reseña publicada en el diario La Prensa, viernes 18 de junio de 2021.