22 enero, 2011

La diosa ciega (Reseña)

Anne Holt (Noruega, 1958) es una de esas escritoras del género negro que en la actualidad no necesitan de una excesiva presentación ni tampoco defensa para su solvencia literaria. Tenemos otras novelas suyas que dan cumplida cuenta de que estamos ante una gran autora que tiene la ventaja de conocer muy bien el terreno que habilita para sus ficciones, no en vano trabajó como asesora de la policía y abogada. Para más señas, fue Ministra de Justicia en su Noruega natal.
Pero esta novela, “La diosa ciega” (Roca Editorial, 2009), es posiblemente un paso más en la carrera de Anne Holt. Esta es la primera de una serie de por lo menos ocho títulos que ponen en escena la vida de la subinspectora Hanne Wilhelmsen, un personaje complejo, contradictorio, lleno de los matices necesarios para convertirse en uno de esos detectives memorables del universo de la novela negra.
Dos asesinatos son la clave criminal de la obra, dos asesinatos dispares, raros que no tienen mucho que ver entre sí pero que destapan una red de corrupción destinada a subvencionar los servicios secretos. Y hasta aquí podemos leer más o menos. Lo que sigue (y constituye el grueso de esta novela y la serie que quiere plantearnos) es el desarrollo de unos personajes que quieren acompañarnos durante mucho tiempo. La propia Hanne Wilhelmsen es un descubrimiento como personaje. Sin ser estridente, feminista en exceso ni parodia de la mujer detective, nos regala su autora una de esas heroínas de las que pueden hacer historia.
No olvidemos al leer esta obra que es una de las primeras de Holt (publicada originalmente en 1993) y que en ella se nota la falta de temple de sus novelas más famosas. En lo que se refiere a la estructura, a la trama y al desarrollo de la historia es impecable. Es posible que le falte más pegada pero no deja de ser una muy interesante novela que presagia una serie que dará de que hablar.
En otro orden de cosas, parece que Hanne Wilhelmsen es (seguramente o seguramente no, ya saben ustedes como son los escritores con estas cosas) una suerte de alter ego en el que la autora consigue poner en claro ciertas cosas que le atañen. A pesar del impecable currículum de Wilhelmsen esta teme que se sepa lo suyo con Cecilie, su pareja de siempre. Teme que esto ponga fin a su carrera. Teniendo en cuenta la biografía de la autora esta apreciación toma más fuerza.
Sea como sea Anne Holt merece que le leamos el resto de la saga (se comenta que serán diez) y seguro que no nos defraudará. Ya ha demostrado sobradamente que es capaz de estar a la altura de los grandes del género más allá de modas literarias. “La diosa ciega” y su autora pasarán a la historia de la literatura de género como un valor sólido cosa que no le ocurrirá a muchos de sus compatriotas que se han apuntado al carro de la novela negra nórdica olvidando que el tiempo en literatura pone todo en su lugar.

21 enero, 2011

Haití: el terremoto que no cesa

Desde que estudiaba en la escuela primaria Don Bosco, mi libro de lo que se llamaba allá en Panamá, Estudios Sociales, colocaba siempre a Haití como uno de los últimos países del mundo. Un país pobre, crecí escuchando de Haití, y de vez en cuando, como si se tratase de un sueño remoto, escuchaba el apellido Duvalier, padre e hijo y yo pensaba que eran una familia feliz en un país de pobres.
Ya pasó más de un año desde que Haití se convulsionó desde las entrañas de su suelo escupiendo sin duda toda la rabia contenida de años de pobreza impuesta e impunidad gubernamental. Por esas fechas el mundo se volcó en solidaridad con el país pobre y devastado. Todo recogieron dinero, todos llamaron a la cooperación y la gente, mala por naturaleza, tuvo su brillo de bondad ante una catástrofe de magnitudes dramáticas.
Hoy los haitianos se quejan de los cacos azules, de que la ayuda recogida por medio mundo les llega cuentagotas. Pero tranquilos, Haití lleva destruida años, desde que tengo uso de razón, están acostumbrados a la pobreza, a la indiferencia y al olvido. Un terremoto que no cesa, que sigue devastando por dentro el ánimo de los haitianos que deambulan por las calles destruidas durante el día y que hoy mismo, un año después, duermen en tiendas de campaña por la noche y se exponen al cólera.
La comunidad internacional, pasados los temblores, se ha centrado en otras cosa, en su crisis provocada por los de arriba, en sus guerras de siempre, en el paro que no para, en su persecución del futuro. Haití, que siempre ha estado en crisis espera, otra vez que aquellos que vieron su sangre entre las entrañas de la tierra no vuela a perderles de vista.


Para que las cosas tiemblen más unas elecciones sospechosas y la llegada al país del dictador Duvalier que supe después en mi juventud que no eran una familia feliz, ni pobre, que eran los portadores de la muerte y el expolio y que se fueron a París con las aletas llenas a disfrutar del botín durante estos últimos veinticinco años. Pero ahora vuelve la sombra del pasado y nadie sabe que va a pasar de verdad con este siniestro personaje.
Haití tiembla y por lo menos se escuchan voces que dicen que le van a procesar, que le van a hacer pagar de una manera u otra por lo que hizo. Un buena noticia por lo menos.
Mientras, en las calles de Puerto Príncipe, los haitianos caminan sus traumas, lloran sus muertos y pasean sus esperanzas. En medio del terremoto que no cesa los niños juegan y lucen en sus caras lindas sonrisas blancas que alumbran su negritud de esperanza. En Puerto Príncipe también se juega, en medio de escombros y ruinas, pero se juega a que mañana será mejor aunque en los libros siga figurando su país en los últimos puestos.

20 enero, 2011

La caída de los cuerpos (Reseña)

Maurice Druon continúa una saga de las que ya han hecho historia. Como dijimos al reseñar “Las grandes familias” (Libros del Asteroide 2009) estamos ante una novela de personajes. Las ideas son encarnadas por ellos, son llevadas a cabo con un tejido de realidad que difícilmente tiene correlato en otras sagas. Druon crea personajes, levanta vidas, colma existencias por las cuales no siente compasión: los ajusticiados lo son con una demoledora fuerza, por un autor consciente de lo que tiene en sus manos.
El tiempo de la novela, su ritmo construido al galope de los acontecimientos de la primera parte del siglo XX. Vemos como la vieja guardia de la sociedad francesa de va extinguiendo. Noël Schoudler se hunde, hace crack en un capitulo número tres espléndido y su fortuna y su estilo de vida van tocando a su fin, poniendo punto y final a las grandes fortunas amasadas durante el XIX. Los giros de la vida ajustan cuentas pero no se engañen, otros siniestros trepas ocuparán su lugar dando paso a los nuevos monstruos de la sociedad francesa.
“La caída de los cuerpos” (Libros del Asteroide 2010) es la segunda entrega de la saga “Las grandes familias” que Maurice Druon escribiera para dejarnos constancia de la “intrahistoria” de aquellos años de entreguerras, cracks económicos, de cambios ideológicos y políticos. Porque una de las grandes virtudes de estas novelas es precisamente su capacidad de narrar como las ideologías y las búsquedas de poder esconden seres de carne y hueso.
Trepas como el capitán De Voos, surgen con fuerza, van tomando posiciones, deja a una para irse con otra que le conviene más aunque ya me dirán ustedes hasta que punto. Simon Lachaume asciende pisoteando las desgracias de otros y se ve proyectado aprovechándose de que sus mentores están vendidos al fracaso y él no hará nada más que aprovechar su momento.
“La caída de los cuerpos” arranca con una cacería entretenimiento de las rancias aristocracias y que tiene en el castillo de Mauglaives su gran símbolo de su posición. Es en ese mismo escenario donde Druon cierra el ciclo, donde se cierran las puertas de todo ese mundo que está a punto de cambiar vertiginosamente para siempre. Termina con un silencio, un silencio que presagia una cita en el infierno, un ambiente en el cual, los personajes de esta brillante saga tendrán que enfrentarse a un más que incierto futuro.
Druon es implacable con los personajes, resuelve sus vidas en frases contundentes, maneja las atmósferas con sigilo, situando a cada quien allí donde mejor queda para que el efecto surja y capte al lector. Un verdadero artista, de los de raza y verbo, de los que están entre los grandes por mérito propio.
Con una espléndida traducción de Amparo Albajar y una hermosa edición, “Libros del Asteroide” ya tiene a sus lectores a la espera de la tercera entrega de la saga para ver como un artista de las letras de la talla de Maurice Druon remata una saga que, ya les digo, harán bien en buscar.

18 enero, 2011

Fumar

En el bar de debajo de mi casa la gente discute. Somos españoles. La otra noche dos mujeres, sus voces en off como en una de esas viejas películas, se gritaban quien era más guarra y golfa que la otra. “¡Otra vez!” nos dijimos Marga y yo y de pronto otra voz en off, la de un hombre interviene y zanja en asunto: “En mi bar no quiero estos dramas, además recordad que aquí se me deben dos consumiciones”. Fin del acto.
Pero con la ley anti-tabaco la cosa ha degenerado. Ahora, en la puerta del bar de debajo de mi casa, se discute: “los inmigrantes deberían volverse a su país”, dice un hombre, voz en off (se escucha claramente en el salón), “y si vuelven, con sus papeles” dice una mujer que luego tose a punto de echar la vida y los higadillos. “Nos vamos a morir de una pulmonía”, tercia otra y luego se hace un silencio. Vuelven a entrar al bar. Se morirán de una pulmonía o de cáncer, que más les da. La cosa es morirse de algo.

10 enero, 2011

Máscaras


La gente que lleva máscaras no es de fiar, sean superhéroes o villanos. Si son villanos ya me preocupa más. Nadie que viene a dar buenas noticias se esconde detrás de una máscara. Si encima la máscara no va a confesarse como la de Mishima, peor.
Hoy un señor encapuchado, con una vocecita sospechosa de lo peor, proclama un cese “permanente y verificable” de la violencia, pero no definitivo. Los de la máscara, que asusta al más pintado y esconde siempre a un cobarde, pretenden dar lecciones de cómo negociar, de cómo lograr metas democráticas. Se creen que acabamos de caernos de un guindo.
A los de la máscara tenemos que decirles una cosa: cuando anuncien la entrega de las armas, cuando digan que se entregan, cuando desaparezcan por completo, entonces verificaremos y nos creeremos que la cosa va en serio. Mientras no paguen lo que nos han hecho durante todos estos años no nos creeremos nada. Lo demás es puro teatro.

09 enero, 2011

Mentes cortas, largos olvidos

Hoy es 9 de enero ¿se acuerdan? Es muy probable que muchos ya no recuerden qué pasó hace exactamente cuarentaisiete años. Un grupo de estudiantes panameños del Instituto Nacional, por culpa de la falta de criterio y rotundidad en el cumplimiento de la ley, se vieron obligados por amor a la tierra que les vio nacer a plantar cara a los mismísimos Estados Unidos de América. La cosa degeneró y muchos murieron por las balas de la policía estadounidense. Luego estas muertes las utilizó la dictadura de Torrijos como arma de exaltación del nacionalismo para su propia propaganda y beneficio. Mentes cortas.
Jóvenes que expusieron su vida por un Panamá mejor, dentro de una democracia votada por el pueblo panameño, y la firmeza del Presidente Chiari, merecen que un día como este no sea tratado como un simple día feriado, como un pretexto para arrancarse a la playa o al interior. Largos olvidos. Debería ser un momento para pensar en nuestra Historia sin los filtros de las dictaduras y tomar ejemplo. Las cosas no suceden, las hacemos suceder, hemos de ponernos manos a la obra y resistir la adversidad. Sólo así los mártires de enero consiguieron ser el detonante de la entrega del Canal a Panamá.
Leo en un artículo tendencioso y manipulado que "el 9 de enero sólo se puede entender si eres panameño". Mentes cortas. Un embajador colombiano dijo por aquellas fechas que en Panamá se había instalado un muro de Berlín y la comunidad internacional fue consciente de lo que pasaba en nuestro país. Gentes de sitios tan dispares del mundo entendieron a la perfección lo que pasaba. Cuando algo que sentimos sólo es comprensible por nosotros únicamente mal va la cosa. Si no somos capaces de comunicar lo que nos duele o exalta en realidad significa que no existimos.
Leo con atención el correo que acompaña la Heurística de mi querido David Robinson y su homenaje a su tío Estanislao Orobio, nombre de personaje de novela, muerto en los sucesos de hace 47 años, que esconde una excelente costumbre para no olvidar lo que nos pasó para que no nos vuelva a pasar: visitar a nuestros muertos, no los laureados y cacareados, sino los muertos que desde el anonimato pusieron por delante su vida para que sobre su compromiso que les llevó a la muerte nosotros podamos caminar por una realidad más amble.
Crecí cruzando a diario por un parquecito que protagoniza muchos episodios de mi vida. El parquecito de la Cuchilla de Calidonia se llama (o se llamaba), para los que no se acuerdan, Ascanio Arosemena. De pequeño no sabía quién era. Luego la dictadura le convirtió en héroe de plástico. Después la historia me lo devolvió en su grandeza, en su sencillez de joven desprovisto de su vida por el absurdo de unos señores que se creían dueños de todo. Ahora Ascanio viaja por mis recuerdos con la armonía con que lo recuerda su familia, como un ser humano que jamás debió padecer aquello pero que hoy debemos volver a agradecérselo.
Mentes cortas de aquellos que insisten en hacer pasar la Historia por el arco falso de unas gestas que no corresponden. Olvidos largos y premeditados para que nuestra juventud crea que todo siempre fue así como es hoy, como si su libertad y estrecheces no le hubieron costado la vida a más de uno. Párense un poquito antes de arrancar y recuerden de donde venimos para no volver allí nunca más.

El último verano (Reseña)

¿Cuán preparados estamos para los cambios vitales? ¿Cómo asumiríamos la noticia de que tenemos una enfermedad degenerativa que va a terminar por quitarnos la vida? Definitivamente, en el trance de enfrentar una enfermedad con desenlace inevitablemente fatal unas buenas dosis de humor e ironía suelen ayudar más de lo que pensamos.
Ese es el caso de Cesarina Vighy (1937-2010) bibliotecaria de profesión y a la que se le diagnostica ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), que decide poner por escrito su testimonio vital como forma de catarsis, como homenaje a aquello que ocupó la mayor parte de su vida: la Literatura aunque jamás se había planteado escribir.
En “El último verano” (Roca Editorial, 2010) una voz que se llama Z va narrando su vida. Se van repasando los momentos más importantes de la vida, se contextualizan históricamente y poco a poco se va juntando la memoria de una mujer apasionada por la vida. Sus coqueteos con el psicoanálisis me llaman poderosamente la atención. Su infancia, su feminismo, el trauma del aborto, el amor. Una experiencia contada con agilidad, con la cercanía de las anécdotas protagonizadas, con una mirada de despedida sin aspavientos ni lloreras: pura serenidad e ironía.
Pero el verdadero centro de este testimonio, lo que recorre cada uno de los capítulos de esta evocación vital, es la sombra de una enfermedad repentina, paralizante, que priva a su protagonista de las ganas de vivir y que le sobreviene como uno de esos aguaceros tropicales. La merma paulatina de sus capacidades, la imposibilidad de dar marcha atrás, son elementos de esta despedida que es a la vez un canto a la vida, al deseo de seguir adelante pese a todo.
El diagnóstico, el peregrinar por el laberinto de la sanidad, los siete neurólogos que conoce y que diagnostican, que le cuentan de su enfermedad, de lo que vendrá. Ella se va levantando con humor y con ironía de cada una de esas noticias sobre sí misma y su futuro. Un momento difícil que activa los resortes de la creatividad y la memoria.
Si algo ha de quedar de esta reflexión testimonial es definitivamente lo que yo llamo su “Decálogo en trece puntos” sobre cómo encarar esta enfermedad. Vighy se ríe de sí misma, desdramatiza, quiere dejar algo en este planeta que ayude a otros a caminar por el desierto de esta durísima enfermedad.
Está bien que de vez en cuando nos llegue a las manos un libro como este, valiente divertido y que aborda un tema tan natural y vital como la muerte. Los que tengan alergia al tema les diré que este es un libro que no asusta, que no es para llorar (aunque se llore), que es para reconciliarnos con las ganas de vivir y que, créanme, nos va a llevar a una conclusión vital que es fundamental: hay que estar agradecidos por cada día del que disponemos, debemos vivir con alegría lo mucho o lo poco que tengamos. Cesarina Vighy nos deja su canta a la vida y nos dice adiós con una prosa suelta, envolvente y que apunta al corazón, haciéndolo latir al ritmo de la alegría.

03 enero, 2011

Indigno de ser humano (Reseña)

Podríamos describir “Indigno de ser humano” (Sajalín Editores, 2010) como la crónica de un descenso a los infiernos, como la historia de la deshumanización de un hombre hasta el suicidio. Un texto que todos debemos leer, que los psicólogos deberían estudiar en la facultad y que todos debemos disfrutar. Estamos ante una de las mejores exposiciones y desarrollo del lado más oscuro del ser humano.
La prosa limpia y transparente de Osamu Dazai (Japón, 1909-1948) va flotando en nuestra mente con movimientos estudiados como los de una geisha, con la sencillez de un veneno. Se va trepando por las esquinas de nuestro cerebro y va subyugándonos a la vez que nos espanta. Yozo, el protagonista de estos cuadernos, va desgranando su paulatino alejamiento de la humanidad. Desde la infancia ha convivido con sentimientos de vergüenza social, rabia contra sus semejantes y desarrolla un severo trastorno de la personalidad, se convierte en un marginado vital. Su fuerte tristeza y su persistente rechazo a la sociedad le transforman en un ser herido de muerte, indigno de ser humano.
Las claves vitales de esta novela que es un clásico de las letras japonesas, las pone de su propia vida el autor. Fue repudiado por su familia, fue adicto al alcohol y a la morfina y se intentó suicidar en cuatro ocasiones. En 1948, antes de los cuarenta años, muere junto a su amante ahogado en el río Tama.
Los cuarenta años se mencionan varias veces en la novela, y, conocida la historia del autor, esa constante reiteración de la cifra era un presagio en toda regla y que nadie pudo evitar. Un hombre que parecía tenerlo todo y que decide salir de este mundo por medio del suicidio. El fraseo de Dazai es constante sin ser monótono, como un terremoto contenido. Va revelando los sentimientos de Yozo, partiendo de las fotos con las que comienza la novela hasta el epílogo que resulta revelador. Poner en claro los sentimientos no es tarea fácil, construir la vida de un solo personaje es un ejercicio agotador y más cuando se trata de alguien tan complejo no por lo que hace sino por lo que siente y por como traza estructura de valores vitales sólo sujetos a su distorsionada manera de ver a sus semejantes.
Acompañan esta peripecia vital Horiki y Yoshiko, personajes que dan una dimensión si cabe mucho más humana a Yozo porque nos permite verle interactuar de manera íntima con su amigo y con una de sus amantes, relaciones que se convierten en un mar de zozobras por la visión que Yozo tiene con el género humano.
Esta excelente novela que Sajalín Editores demuestra una vez más la voluntad de este sello. Ofrecer calidad literaria, recuperar textos necesarios para los lectores. La traducción del japonés de Montse Watkins, me han dicho, es muy buena y hace honor al texto de uno de los grandes de la literatura nipona.
Osamu Dazai, que habrá que seguir leyendo y traduciendo pertenece a ese universo atormentado de los personajes de Dostoievski. Él y su obra. Sin duda esta novela cautivará a los que no la han leído y a los que ya lo han hecho les provocará leerla una vez más.

02 enero, 2011

El río de la vida (Reseña)

Esta novela corta, suena. Tiene la virtud de despertar sensaciones, de hacernos escuchar la naturaleza y arrebatarnos hasta la orilla del río, no sólo el físico, el Big Blackfoot sino hasta el río de la propia existencia donde el tiempo inexorable paseante de la corriente nos muestras sus diversas caras.
Ficción autobiográfica “El río de la vida” (Libros del Asteroide, 2010) encierra todo lo que su autor Norman Maclean (Estados Unidos, 1902-1990) llama su universo. Novela de culto en Estados Unidos y que lleva más de un millón de copias vendidas, para España, quien sino, la recupera Libros del Asteroide con una excelente (eso me han dicho) traducción de Luis Murillo Fort y un prólogo acertado y revelador de Gabriel Insausti. Un libro en el que todo son virtudes: desde la técnica del autor hasta la extensión, que juega a favor de la historia.
Paul y Norman son hermanos, iniciados por su padre en la religión, la literatura y sobre todo, en el noble arte de la pesca con mosca. Pastor presbiteriano, el padre de estos chicos les enseña que la fe y la pesca son sagradas y que ambas han de ser tratadas con la necesaria reverencia y ejercerse con osadía. Los chicos crecen y el amor por la pesca lo hace por encima de todas las cosas transformando sus vidas tanto como la fe inculcada por el padre.
Norman recuerda y narra aquellos años de pesca, los días con el padre y el hermano teniendo tantas cosas en común, buscando el rostro aprobatorio del padre, mimando el arte de la pesca con mosca del cual este libro de Maclean es todo un manual de referencia obligada según los entendidos. “El río de la vida”, es un historia cargada con la experiencia vital de un hombre que ha vivido y que además es un profundo conocedor de la literatura.

No se inquiete quien piense que esta novela está llena de tecnicismos de pesca que hay que ir retirando para llegar a la historia en sí, para nada: no hace falta ser experto pescador con mosca para asomarse a esta novela: la técnica de Maclean, u tratamiento de la trama, el movimiento de sus personajes, hace que mientras leemos sintamos que en nuestras manos tenemos una caña de pescar, que Paul es nuestro hermano y que empecemos a querer a ese padre pastor-pescador, que nos sintamos en medio del río Big Blackfoot pescando truchas.
“El río de la vida” es también una necesidad de poner en orden la memoria. Maclean hurga en sus recuerdos para dibujarse y dibujarnos como fueron las cosas en el pasado, como fueron las relaciones con su padre y con su hermano, que pasó con este último y termina convirtiendo ese ejercicio en literatura, sencilla y rotunda construyendo un texto que se quedará para siempre con nosotros.
Esta edición se completa con otras dos historias: “leñadores, proxenetas y ‘Tu camarada Jim’” y “Servicio forestal de Estados Unidos, 1919” que complementan esta edición de “El río de la vida” y muestran la maestría de Norman Maclean complementando el ambiente y los escenarios de esta.
Como dijimos, el prologo de Gabriel Insausti revela claves de la vida de Maclean y nos pone en perspectiva los textos, permitiéndonos tener más luz en tanto que conocemos mejor el contexto vital de las obras. Un conocimiento que nos ayuda a abrazar mejor estos textos que sin duda nos acercará como dice el propio Insausti, a la gran paradoja del ser humano: “trágico, sí, y también verdadero”.

01 enero, 2011

Textos (Reseñas)

Arranca el 2011 y hoy más que nunca es necesario que nos paremos a pensar. No está de moda, es un gesto que relega convierte al pensante en un ser absurdo. En tiempos de “vivir la vida loca”, “no pensárselo dos veces” o “dar el salto”, es bueno que busquemos asideros que nos permitan tener un buen enfoque de los hechos vitales en medio de las coces que cantan el momento pero desprecian la totalidad de la vida.
Sin recetas mágicas pero con una profunda carga de responsabilidad intelectual el colombiano Nicolás Gómez Dávila (1913-1994) plantea en “Textos” (Atalanta, 2010) una visión profunda del ser humano y su circunstancia con un matiz regional que no le resta nada en absoluto a su vocación de pensador universal.
Gómez Dávila toca los grandes temas del ser humano: identidad, Historia, Dios, vida, muerte, democracia y lo hace con un estilo limpio y elegante, con la conciencia de cada palabra. No es un torrente filosófico es un constructo intelectual que se basa en la experiencia y en el apego a las palabras. El fraseo no es baladí, no es inconsciente nos permite cabalgar sobre los conceptos.
Esa búsqueda de precisión y de enfoque le convierte muchas veces en el texto en una suerte de visionario profético ya que estos textos son del 59 del siglo pasado, textos que no pierden su vigencia ni su verdor y que se erigen como puntos de apoyo e inflexión filosófica para los que a pesar de todo deciden pensar.
Muchas cosas son destacables de este texto. Su brillante discusión del tema capitalismo- comunismo, las democracias burguesas frente a las populares o la discusión sobre la libertad son textos para revisitar y encender debates. Gómez Dávila no baja el nivel intelectual quiere que elevemos el nuestro, no parece avergonzarse por su calidad filosófica y literaria. Esta lectura es un ejercicio del pensamiento que no debemos eludir.
Incendiario y enardecedor es el texto que habla de El reaccionario auténtico”. Su firme apuesta por la libertad, su rotunda fe en el hombre y sus posibilidades (sin ataque teológicos), nos insta a todos a movernos, a no dejarnos llevar por la inacción, nos empuja a tomar posesión de nuevas realidades que mejoren nuestra condición.
Como texto profundo, sorprende que sólo hablemos de 158 páginas. La maravilla del estilo de Nicolás Gómez Dávila es que al escoger con precisión las palabras, las imágenes conceptuales que nos ofrece se fijan con profundidad en el intelecto y en el pensamiento. Este excelente ejercicio de concreción que no sacrifica la precisión ha de ser paradigma para muchos autores de libros de Filosofía que esconde tras la torrencial repetición de conceptos rimbombantes una falta de capacidad de comunicarse por medio de la escritura.
La nota del editor de Jacobo Siruela nos pone en la pista de este autor y de los textos, pistas que nos iluminan el texto. Confirma esta nota que, como siempre, la difusión y el interés por los buenos libros, someten a los lectores a ciertas ausencias editoriales que no deberían darse. Gran acierto de Atalanta y su editor al poner en nuestras manos un texto de calidad que invita a moverse y a despertar del letargo castrante de los entusiastas de la ignorancia.