30 marzo, 2012

Cuarenta, el doble de nada.


Si, como dice la canción, veinte años no son nada, los cuarenta que cumplo son nada y menos. Eso, que tranquilo, que el tiempo se regresa por donde se fue. También dicen que la vida empieza después de los cuarenta. Ahí es nada. Tengo el cuenta kilómetros a cero. Mejor, siempre y cuando lo que dicen sea verdad. Sea como sea estoy en el año de mis cuarenta años un año que está siendo intenso, de muchos cambios y de muchas decisiones. A ver cómo termina.
Una de las grandes bendiciones (o maldiciones, ya me diréis) con las que cuento (a parte de mi familia y mis amigos) es la de poder leer. Mi casa está llena de libros, recibo libros para reseñar, me regalan libros mis hijas y mi esposa y mis amigos ya resignados a este delirio de papel impreso, converso sobre ellos, los discuto, los disfruto.
En este año de mis cuarenta años la memoria que tengo es de tantas historias leídas, de tantos personajes odiados y amados, de tantas técnicas, versiones y revisiones de clásicos modernos, de los de ahora, de los de antes, de tantas intuiciones de libros futuros, de locuras quijotescas y certezas en versos o en haikus. No me puedo quejar.
Quiero dar las gracias desde estos senderos a todos los amigos escritores, lectores, editores, libreros, periodistas pero sobre todo, todos ellos, grandes personas, que desde el lado de allá y del de acá me han ido dejando parte de ellos como muestra de afecto, no verosímil, sino verdadero.
En estos cuarenta años doy gracias a Dios por la herencia de allá, de Panamá, que me ha hecho lo que soy y que impregna con su tamborito de recuerdos y su alma de conflictos y aventuras aun por contar, lo que hago a diario como escritor y como lector. De allá vienen las primeras lecturas, la educación sentimental y la nostalgia.
Del lado de acá, de España, tengo los años de la primera adultez, las primeras grandes decisiones conscientes, los grandes fracasos, las aun más grandes amistades y el amor verdadero. Las letras se encarnan acá donde el oficio arranca, donde los escritores nos hemos acercado y donde la lectura se convirtió ya del todo en una obsesión sana, si es que hay alguna.
Pido cuarenta años más, por lo menos, para poder seguir leyendo y escribiendo, para poder ver crecer a mis hijas y seguir enamorándome más de mi mujer, Marga Collazo, que tantas cosas buenas me ha traído como si fuese de esas musas que muchos esperamos a que lleguen y nos pillen trabajando. Mi musa me trajo más de lo que esperaba y aun sigo descubriendo el tesoro.
Cuarenta años más para conseguir los sueños emprendidos y para que vosotros que seguís allí los veáis y para que los podamos compartir. Seremos, Dios mediante, unos viejos afortunados y reídos de la vida, satisfechos y listos para irnos cuando el de Allá lo disponga.
Por todos, gracias a Dios y, a todos, mil gracias por tanto derroche de cariño a pesar de recibir de vuelta muchas veces  más bien poco. Aquí sigo para lo que haga falta otros cuarenta años más.


06 febrero, 2012

Nochebosque (Reseña).

Ya os lo dijimos cuando reseñamos “El niño malo cuanta hasta cien y se retira”: el universo literario del escritor venezolano Juan Carlos Chirinos (Valera, Venezuela, 1967) merece ser frecuentado y para ello nos da una excelente excusa: “Nochebosque” (Casa de cartón, 2011) su nueva novela.
Aquí nos reiremos menos, nos aterraremos más, estaremos más inquietos y sobre todo gozaremos hasta el chillido de susto súbito porque la tensión al leer se palpa. Una construcción de atmósferas cargadas de tensión, una vuelta de tuerca a los cuentos de hadas donde todo parece seguro y nada lo es.
¿Qué ocurre en “Nochebosque”? Una joven, Paula Sorsky, es contratada para cuidar de Osip, un niño de once años durante un verano. Las cosas parecen sencillas, las cosas parecen brillar pero en realidad un resplandor oscuro se apodera de la novela a medida que se suceden los hechos de una trama inteligente, que sabe tocar los resortes del miedo.
Los sentidos juegan un papel importante en esta novela a la hora de leerla: tacto, gusto vista, son estimulados por un Juan Carlos Chirinos que se crece a cada página que pasamos. Le gusta jugar con el lector, le requiere como cómplice, le motiva a seguir, a estarse al borde de la novela para no dejarse atrapar por las ganas de dar un brinco, de mirar para atrás, de encender la luz.
Los personajes creados por Chirinos son difíciles de olvidar y para mí Osip es uno de esos que uno no se cansa de darle vueltas. Es un niño en cuya presencia todo se densa. Tiene algo del miedo que nos metió en el cuerpo Chicho Ibáñez Serrador en su película “¿Quien puede matar a un niño?”. Detrás de él hay algo oscuro, algo no resuelto, una inclinación inquietante que reclama una explicación que el lector debe darse.
Paula Sorsky se transforma, muta, se va dejando arrastrar y nos arrastra por sus recovecos de sensualidad y terror que poco a poco nos asaltan en un franco secuestro a favor del autor y su trama. Esta chica tiene algo que provoca, evoca y paraliza. Seguirla por la novela es exponerse al grito.
Luego está la atmosfera de la casa y el bosque de San Guinefort, el aire tranquilizadoramente volátil de los cuentos de hadas enfermos de realismo, expuestos en su revés más oscuro. Un homenaje en toda regla a esos cuentos de antes, los que ya se encargó de interpretar, vía psicoanálisis, Bruno Bettelheim y que ahora Juan Carlos Chirinos convierte, sus elementos cruciales, en materia de miedo.
Pero, volviendo a la novela, todo es raro en aquella casa. La madre del niño, su extraña viudez ¿Qué paso con su marido? Su círculo de amistades, el bosque que parece artificial, la casa, la casita… Nada es lo que parece y a medida que avanza el relato nos adentramos en un terreno boscoso e inesperado, nos van asaltando  las incertidumbres y los pavores. Con un magnífico dominio de la tensión y el suspense, Chirinos nos pone un trocito más de pan para que no nos perdamos del camino, para que le sigamos hasta la casita del bosque acompañados de Osip y su “osito” (el Señor Fenris) que ya verán lo que le ocurre en un momento terrible del relato.
Juan Carlos Chirinos lo ha vuelto a hacer: una excelente novela. A los amantes del suspense y del terror psicológico no dejen pasar “Nochebosque”. La literatura del autor venezolano promete nuevos títulos y nosotros estaremos allí para invitarles a que pasen miedo o a leer que, muchas veces, es lo mismo.

23 noviembre, 2011

El laberinto de sombras (reseña).

Como viene siendo habitual en este lector, me voy metiendo en sagas sin haber leído los libros anteriores. Pero estoy convencido, como dije en su día, de que este es un ejercicio que prueba la fuerza y la consistencia de la saga que, sin ser necesariamente una continuación uno de los otros, vemos como planean por las distintas novelas los mismos personajes que van evolucionando junto a propio oficio del autor. Cierto es que cada libro debe leerse como una unidad independiente pero no es menos cierto que una saga correctamente construida invita a buscar los libros anteriores y posteriores.
Con la de Ulysses Moore (Montena, 2010) ocurre eso: la curiosidad te asalta para que busques el resto de las novelas. En “El laberinto de sombras” (Montena, 2010) Pierdomenico Baccalario (Piamonte, 1974) avanza en su saga poniéndonos delante a un gigante, a tres primos aventureros una chica y las puertas del tiempo ¿qué hacer, a donde ir? ¿De dónde vienen todas estas denominaciones, personajes e intrigas?
Me ha parecido que lo que ofrece Baccalario es un campo de aventuras donde poner a prueba la imaginación, donde permitirnos un momento de escape y de ocio inteligente. Tanto pequeños como adultos no se sentirán defraudados por “El laberinto de sombras”.
En esta entrega los protagonistas viven dos aventuras paralelas: por un lado Julia, Tommi y Rick tienen que defender Kilmore Cove de “Los incendiarios” mientras Anna y Jason cruzan “La puerta del Tiempo” junto a un extraño gigante para descender a un laberinto (muy Borges, no me digan que no). Allí hay un secreto, el de las puertas del tiempo, que se viene dosificando en las anteriores entregas.
Tenemos que destacar la belleza del libro como objeto. Las ilustraciones son muy buenas y ponen cara a los personajes que aparecen en la novela. Las ilustraciones están acompañadas de una breve ficha que nos dice la fecha y lugar de nacimiento, donde viven y algunas particularidades del personaje que ayudan en la lectura. Un lujo que motiva la imaginación y fija una imagen concreta de los protagonistas en la mente de los lectores.
Propone esta novela una inmersión en un mundo que inyecta cierta extrañeza, que va envolviéndonos en la trama y en su laberinto. A más de esto, la novela está muy bien escrita, tiene un nivel literario que contaminará de buenas costumbres literarias a los jóvenes que se acerquen a ella. Valores como la amistad y la lealtad están presentes para completar una muy recomendable lectura que no va a defraudarnos.
La última puerta la abre el último capítulo de la novela: el viejo traductor sostiene una conversación con una mujer (ya se enterarán de quién es) a la que tiene que darle una explicación sobre el paradero de su hija pero entra un personajes inesperado que pospone esa explicación dejando una puerta abierta… ¿Y ahora qué? Pues que nos tocará buscar el siguiente tomo, y los anteriores, para poder enterarnos bien de qué ha pasado y qué va a pasar en el universo de Ulyses Moore. Ya me ha picado la curiosidad y a vosotros también os picará.

11 noviembre, 2011

Aguirre, el magnífico (Reseña).

Lo fascinante de “Aguirre, el magnífico” (Alfaguara, 2011) es la capacidad de Manuel Vicent de convertir la vida de Jesús Aguirre en una excusa para echarse a andar por los caminos de la memoria y la literatura porque lejos de homenajes y celebraciones este libro tiene en su fondo la vida del decimoctavo duque de Alba como mera estación de tren para partir a un prodigioso viaje.
Uno de los trayectos es el de la memoria. Vicent recuerda, se ríe y hace reír,  tira de nosotros para hacernos testigos de su peripecia vital y en ese echarse por las calles del recuerdo nos hace parar en cada esquina par dejarnos piezas sabrosas de vida que deberán incluir sus biógrafos en el tocho que puede ser la biografía del escritor valenciano.
El otro trayecto de este viaje es la visión que de España se nota al fondo. La crónica de nuestro presente cercano deleita a los que les gusta recordar de súbito dónde estábamos cuando paso tal cosa. Léanse, entre tantas cosa en este libro, el relato del hallazgo del copón de oro lleno de hostias bajo la cama del hijo de Torrente Ballester: magistral. Claro, fueron a llamar, para solventar el asunto al “padre” Aguirre. Todo esto ocurría mientras por los aires hacían volar a Carrero Blanco: pura literatura.
Pero queda una tercera vía de viaje: la propia vida, pasión y muerte de Jesús Aguirre. Su ambición, su llegada a donde quería en la vida, el relato de su muerte en soledad con un llanto de sirena de ambulancia como única banda sonora y compañía. No es una biografía al uso, vaya por delante eso, pero el personaje se construye por la cercanía del autor a la persona del retratado y también, claro está, por los dimes y diretes que todo el mundo se sabe del duque. Aquí se consigna la consideración de “locura” que se le dio a la idea de matrimonio entre Aguirre y la duquesa de Alba, la secularización del ex sacerdote, su etapa como tal y su experiencia teológica, el día de la boda… una exaltación literaria que hace pasar por mentira una existencia que nos consta que se dio, que parece anular al ser humano para transformarlo en ser de ficción. Manuel Vicent hace que asistamos con una sonrisilla maliciosa y satisfecha a las escenas de una vida interesante como poco y que da para mucho más siempre y cuando, sea Vicent el que cuente la historia.
Un libro muy bueno, lleno de ironía y que retrata a Jesús Aguirre con colores grises claro, queriendo ser coloridos pero sin atreverse a serlo. Manuel Vicent cumple así, según dice él, la labor que delante del Rey de España le encomendó Aguirre: escribir su biografía. ¿Ficción o realidad? A mí me da lo mismo: al final terminas satisfecho por haber leído un relato que perfectamente podría ser una novela o que quizás lo es pero Manuel Vicent se ha empeñado en hacer pasar por crónica, retrato literario o amago de biografía.

06 noviembre, 2011

El último vampiro y SOS ¡El cazador contraataca (Reseña).

Los Beastly Boys son un grupo de tres chicos que han escrito esta serie de cinco libros en inglés y que para este 2011 tendremos completa. Se trata de una serie para niños de entre 8 y 12 años con apetito lector y con ganas de pasar un buen rato lleno de aventuras en un mundo de fantasía, misterio y personajes fantásticos que mezclan clásicos personajes de terror con otros seres imaginarios.
Lo que en el fondo preocupa a los padres es qué están leyendo sus hijos y la falta de tiempo para leer todo lo que cae en sus manos. Ciertamente hay que sacar tiempo para tan importante empresa pero les podemos asegurar que esta serie, estos dos títulos que tenemos entre manos, enseñan valores fundamentales como la amistad, la lealtad, el sentido del deber y el espíritu de auto superación.
En “El último vampiro” (Montena, 2010) Ulf es un niño  lobo que vive con esta particularidad, que no deja de darle problemas, pero aun así está dispuesto a pasar las pruebas para convertirse en agente del RSPB, un centro de rescate de criaturas poco comunes y que son cazadas por el malvado Barón Marackai para su disfrute. Con gran arrojo Ulf se lanza a la lucha contra el malvado Barón arriesgando incluso su propia vida. Hay un trasfondo ecologista aquí, en el hecho de que nuestro héroe debe buscar al último vampiro de la selva al que hay que cuidar para que no se extinga. La mezcla de personajes oscuros tradicionalmente, despojados de su aura terrorífica y complementado por valores, ofrecen una lectura amena, que derrota temores nocturnos e inaugura formas de pensar positivas.
En la otra novela “SOS ¡El cazador contraataca!” (Montena, 2010) Ulf se enfrenta a una misión mucho más compleja y ahora no está solo. El Baron Marackai está montando uno de los mayores  campos de cacería que se conoce: Predatón. Su propósito es recrearse con la cacería de Trols de Dientes de Sable. Otra vez la comunicación de valores se presenta en forma amena y adaptada para los lectores más jóvenes.
Los libros de la serie, son varios, apuntan a los valores más altos del hombre, todos envueltos en unos personajes  diferentes y que a muchos padres nos pilla a desmano pero que no son tan distintos a los de las sagas de aventuras que en tebeos o dibujos animados veíamos en su época.
 Por otro lado, los niños leerán buena literatura, son libros bien trabajados, con tramas ajustadas a la edad de los chicos con lo cual se aseguran futuros lectores y una inclinación a la lectura de grandes sagas cuando sean mayores.
El merito de los autores, Los Beastly Boys, radica en convertir ellos mismos sus sueños en realidad y comunicarlo por medio de sus libros. Deberían probar escribir en el futuro una novela con otros contendidos o si la tienen traducirla para medirles mejor como buenos escritores. Para cualquier ocasión resultará un regalo muy acertado. Como saga, les recomendamos que busquen los primeros libros y vuelvan a estos. No se arrepentirán.


02 noviembre, 2011

Tan cerca de la vida. (Reseña).

Tokio, en una fecha indeterminada en el presente o en el futuro. Un hombre aterriza en la capital nipona para vivir una experiencia que trastornará su vida y sus sentidos y que promete cautivarnos y subyugarnos hasta llegar al final de esta novela intrigante. Santiago Roncagliolo (Lima, 1975), fiel a su estilo y  su búsqueda estética, nos ofrece en “Tan cerca de la vida” (Alfaguara, 2010) una aventura de los sentido donde nada es lo que parece y nadie quien dice ser. Un juego de apariencias, de sensaciones controladas, de asomos a uno mismo para preguntarnos qué hacemos aquí y que será de nosotros mañana.
¿Podrá la Tecnología, cruzada con la Biología, terminar creando seres “humanos” que nos sustituyan en el trabajo o en la vida doméstica? La Corporación Géminis promete trabaja por ello y Max, uno de sus mejores empleados está a punto de descubrir algo que va a cambiar por completo su vida.
Convocado en Tokio para una convención de la Corporación Géminis para la cual trabaja su llegada al inmenso hotel que acoge la cita presagia que las cosas no serán sencillas. El señor Kreutz, personaje de interpretaciones diversas y que encierra una pulsión perversa en su fondo, y dueño de la Corporación asciende de puesto a Max, empujándolo a una situación comprometida que levanta las sospechas y el encono del resto de los empleados. Solo cuenta en su aventura nipona con la compañía de Mai, una empleada del hotel con la cual se comunica de modo extraño y que se convierte poco a poco en la mínima luz que le sostiene.
Más trae consigo una herida, una mancha que flota como chapapote en su alma. Una duda también le persigue con respecto a su mujer, nada parece claro, la realidad se desdibuja en Max, produciendo en el lector una zozobra constante que forma parte también de la fuerza que motiva a seguir leyendo.
La novela tira del lector con la fuerza de las reflexiones sobre quiénes somos y en qué nos podemos convertir, con la destreza de un consciente diseñador de situaciones que pulsan los resortes de la búsqueda de respuestas ante lo planteado. Roncagliolo va abriendo el ángulo de enfoque para que el plano quede claro pero en cada apertura la trama se complica, desafía al lector a seguir para ver como se resuelven tantas preguntas fundamentales juntas, sobre todo la consabida ¿a dónde vamos?
Una de las virtudes de la escritura de Santiago Roncagliolo es su capacidad de construir atmósferas creíbles que posibiliten la fluidez de los personajes. Creo que el autor consigue que sus escenarios no se acartonen, que sean capaces de no distraer al lector dándole motivos para no creerse donde se desarrolla la acción.
La tensión psicológica que puebla la novela sumada a su apuesta por una ciencia ficción “moderada”, convierten a “Tan cerca de la vida” en una novela que permite muchas lecturas, que suscita debate a la vez de regalar goce estético. El autor ha conseguido una novela inteligente, que no va a dejar indiferente al lector y que da para conversar un rato largo sobre tecnología y vida, sobre el presente y el futuro inmediato que nos acecha más cerca de lo que pensamos.

03 octubre, 2011

Correr el tupido velo (Reseña).

Como ya sabrán los que nos siguen  soy practicante del fetichismo literario. Hurgar en la vida de los escritores, rastrear en los motivos emocionales y técnicos de sus obras es una cuestión que me apasiona y cada vez que paso por delante de una ventana abierta al mundo de un escritor miro sin pudor para ver que esconden.
Pilar Donoso (Madrid, 1967) hija (adoptiva) de José Donoso (Chile, 1924-1996) se propone en esta obra mostrarnos el lado menos conocido de su padre que dejó sesenta y cuatro cuadernos llenos de sus obsesiones, pasiones e impresiones sobre tantas cosas y personas, con la idea de que fuera ella entre otros la que encarara la tarea de levantar un texto biográfico. Quiso en vida el escritor chileno poner en limpio lo que había sido su vida y quiso contar con su hija para tan ingente empresa pero no pudo ser.
Pilar se embarca con la memoria de su padre y se sumerge en el personaje para cifrar con conocimiento de causa y en su propia voz a la persona y al personaje lo que le ha costado a la autora un peaje altísimo en lo emocional y moral pero que a los lectores nos deja una ventana a la que asomarnos para saber más del universo del autor de “El obsceno pájaro de la noche”.
No es fácil la vida junto a un hombre que desdibuja en su entorno las líneas entre lo real y la ficción. De esto da cuenta Pilar Donoso desde el principio (página 11) y el camino que se sigue durante todo el libro es este, el de una hija que intenta definirse, que quiere dibujar los límites de nuevo y sobrevivir así a la confusión de planos vitales.
Algunos querrán ver un ajuste de cuentas en este texto. La autora se explica, exhibe sus heridas, da cuenta de su dolor y del encuentro con muchas verdades relacionadas con ella y con los que la rodearon a ella y a su padre y se duele por ello. Poner en claro las cosas es, para los responsables o encubridores del sufrimiento que se infligen consciente o no pero se inflige, una suerte de malicioso y rencoroso ajuste de cuentas. Yo no creo así: cada uno debe llevar su carga sea la que sea y lo que de José Donoso sabemos hoy lo sabemos de su puño y letra.
Las alusiones a los cuadernos evidentemente no son todas (o eso es lo que me parece) pero las que son dan buena cuenta de la psicología del escritor chileno. Sorprende su sentimiento de inferioridad ante otros grandes de las letras y el mundo cultural en Estados Unidos (por ejemplo Susan Sotang), su obsesiva manía por tener todo bajo control, sus exhaustivas anotaciones sobre lo que estaba escribiendo. Es muy valioso verle  envuelto en su oficio y como este preside cada decisión que se toma, cada viaje que se emprende cada casa que compra y habilita en las distintas etapas de su vida.
Pero tranquilos, esta obra no debe empañar la memoria de uno de los grandes escritores hispanoamericanos cuya obran nos sigue absorbiendo con una fuerza inusitada. Queda para los interesados en las vidas de los escritores el magma latente bajo el fuego de sus novelas, el precio que otros pagaron para que vieran la luz, la oscuridad luminosa que brilla en la construcción de un personaje tan peculiar como fue José Donoso.

01 octubre, 2011

El final del amor (Reseña).

 “El final del amor” (Páginas de Espuma, 2011) es el regreso de Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968)  al género cuento con el que irrumpió en el panorama literario y el flamante ganador del II Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero que se está convirtiendo en una brillante referencia para este género que está en plena expansión para deleite de los lectores.
Este libro no es lo que parece, no es un libro de cuentos más. Desde su título hasta el último de sus relatos, Marcos propone una visión poco convencional y heterodoxa de ese universo que se llama amor. Son cuentos apasionados y sin romanticismos que revelan una veta luminosa y distinta de las relaciones de pareja y sus consecuencias.
El título no alude necesariamente a un período concreto de las relaciones amorosas que se dan en los cuentos. “El final del amor” no es un catálogo de finales, ni es un muestrario de desavenencias sobrevenidas en las parejas. Como bien explica el autor, “la idea del final del amor resume el amor mismo en el sentido de que, así como no es posible pensar en la vida sin la muerte, no es posible pensar en el amor sin su final”.
Componen el libro cuatro excelentes cuentos, todos ellos narrados en primera persona. La construcción técnica de estas ficciones es impecable, la acción transcurre sin atropellos, fluyen, acercan al lector, le confrontan con las luces de una prosa inteligente. La exploración de los sentimientos está argumentada por unos personajes creíbles que no suenan a impostados, que no están de paso por las historias que protagonizan. Muchos cuentos adolecen de ese defecto, el de tener personajes poco capaces de protagonizar las historias que se les tejen. Marcos Giralt Torrente construye personajes precisos e inquietantes para unas acciones que parecen sencillas pero que encierran una notable complejidad.
Hay un interesante uso de la distancia en estos cuentos, sobre todo en “Cautivos” y “Nos rodeaban palmeras”, distancia que utiliza el autor para llevarnos a presenciar los momentos clave en los que las parejas se transforman y como el mito de estar cerca o lejos se derrumba ante la evidencia. También en “Última gota fría” este recurso de la distancia se usa para asistir a la cercanía de una pareja separada vista por los ojos de su hijo adolescente. Un cuento que aborda el cambio de perspectiva del protagonista ante la posibilidad de que sus padres vuelvan a juntarse.
“Joanna” es diferente, es quizá el cuento más inquietante, gris y denso de los cuatro. La atmósfera asfixiante que cubre a la familia de la protagonista es uno de los muchos aciertos de este magnífico libro.
Pero de los cuatro es “Cautivos” el que más nos ha gustado. Una pareja que lo tiene todo que se quiere, que no le falta nada para ser feliz no puede serlo. Alicia y Guillermo son incapaces de estar físicamente cerca pero a la vez nos incapaces de dejarse para siempre, de perderse de vista. Con un brillante narrador testigo que dosifica muy bien la historia, este cuento nos pasea por los afectos de esta pareja y nos suspende sobre sus vidas para presenciarlas desde un enfoque distinto, para verles amarse de una forma angustiosa y personal, para hacernos ver que otras “extrañas” maneras de amarse son posibles.
Este es uno de esos libros que al terminarlo dan ganas de volverlo a empezar, unos textos que confirman las certezas que ya teníamos desde hace mucho tiempo: estamos ante una escritura en plena madurez, en pleno uso de sus facultades técnicas y estéticas.

Por los senderos con... Marcos Giralt Torrente





Marcos Giralt Torrente nos recibió en la editorial Páginas de Espuma días antes de la presentación de "El final del amor" en el marco de la pasada Feria del Libro de Madrid. Una conversación profunda, inteligente y divertida. Marcos nos habló de su nuevo libro, del proceso de escritura del mismo y reflexionó con nosotros sobre el amor.


¿Cómo nace “El final del amor”?

Pues la verdad es que es algo verdaderamente extraño en mi carrera. No soy un escritor al que las ideas se le ocurran muy fácilmente, tengo que buscarlas. Y aunque la literatura me habite incluso cuando no escribo, necesito de una férrea voluntad para obligarme a escribir. Ello hace que mis libros nazcan sobre todo de la voluntad. Pero con “El final del amor” fue diferente, nace de una manera más espontánea sin que ello implique que técnicamente este menos trabajado, sino que el impulso de escribirlo no fue premeditado. Nace más bien del cansancio del mi libro anterior.
“Tiempo de vida” es un libro de no ficción en el que hablaba con mi voz y de mi experiencia con mi padre. Fue un libro que me procuró muchas satisfacciones  en lo personal y en lo literario pero que me obligó a escribir pensando mucho en mí mismo y en mis cosas  y a exponerlas  a la visión publica. Esa exposición de mi interior y ese hablar y pensar en mí que duró todo el tiempo de la promoción  me hizo terminar bastante cansado de mí mismo y, de una manera muy natural, como si mi cuerpo me hubiese pedido descomprimirme de esa dosis excesiva de realidad y auto realidad que fue “Tiempo de vida”, me volqué en la escritura de estos cuentos sin saber ni siquiera que terminarían siendo un libro. De pronto me vi escribiendo un cuento o necesitando escribir un cuento, buscando el argumento y tomando las decisiones adecuadas  para hacerlo  pero sin pensar que estaba escribiendo el primero de una serie que terminarían convertidos en “El final del amor”.  Fue cuando tuve los dos primeros que pensé que podría tener un libro.

Dice San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, capítulo 13, que “el amor nunca deja de ser” lo que contrasta con el título de tu libro “El final del amor” ¿Qué piensa de esto?

Creo que tienen mucho que ver. Al contrario de lo que puede parecer, “El final del amor” no está compuesto por historias que necesariamente tengan que ver con el final del amor ni están centradas en el final de las relaciones amorosas ni mucho menos. Elegí ese título porque me parece que la idea del final del amor resume el amor mismo en el sentido de que, así como no es posible pensar en la vida sin la muerte, no es posible pensar en el amor sin su final. Hasta en la relación amorosa más feliz y prolongada en el tiempo, existe la idea del final del amor aunque solo sea como amenaza. Los amantes siempre piensan en el final del amor, a veces con miedo, generalmente, y a veces hasta con ganas.

En “Nos rodeaban palmeras” y “Cautivos”. Veo un nexo común que es la distancia. Tanta distancia cercana en “Nos rodeaban palmeras” que se alejan los protagonistas y en “Cautivos” la distancia física es lo que precisamente les vincula.

No se me había ocurrido verlo de ese modo y queda muy bien expresado así. Todos los cuentos están narrados  en primera persona y en el caso de “Nos rodeaban palmeras” el narrador es protagonista del drama que cuenta mientras que en “Cautivos” el narrador es testigo del drama. “Nos rodeaban palmeras” intenta ser una instantánea de ese momento de lejanía que se produce en las parejas a veces en unos minutos, en unos días o en semanas. Pensé, si quiero dar cuenta de esa lejanía que se produce en el seno de una pareja, me interesa potenciar esa sensación de aislamiento, de aislarlos lo más posible. De allí que la acción trascurra en una isla pequeña. Estas decisiones técnicas tienen que ver con el tema de la distancia.
En “Cautivos”, por el contrario, lo que quería potenciar era la paradoja de dos personas que lo tienen todo para ser felices, que no se han perdido el amor el uno por el otro pero sin embargo la cosa no funciona. Ese tenerlo todo para ser felices me llevó a buscar a dos personajes sin dificultades económicas, con vidas privilegiadas, con casa en varios lugares, cosmopolitas en una palabra. La distancia es fundamental por todos los lugares que recorren, que pueden recorrer, pero eso no los une, no les capacita para vivir una relación por decirlo así, “normal”.

Guillermo le reprocha a Alicia en un momento del cuento no haberle dejado por ser ella más responsable que él, lo cual me lleva la siguiente pregunta ¿hay que tener valor para poner fin al amor o por lo menos a las relaciones?

Indudablemente. Creo que es uno de los actos más valerosos con los que un hombre o una mujer se pueden topar en su vida. Hay quien no es capaz nunca de hacer eso, que actúa con cobardía. Muchos finales agónicos de parejas ocurren precisamente porque quien provoca ese agónico final no se atreve a darlo de una sentada, se dedica a torturar al otro para que sea él quien le abandone por agotamiento.
En el caso de Guillermo no sabemos lo que esconde y es muy probable que esto le convierta, al parecer, en responsable del fracaso pero al final ambos terminan siendo víctimas y verdugos el uno del otro. Lo que me interesaba a mí era que eso no acabara con el amor sino que hasta cierto punto los vinculara. Creo que el relato más de amor del libro es precisamente este. Efectivamente hay un fracaso amoroso en estos personajes que no se desean ni pueden compartir lecho y estas circunstancias les incapacitan incluso para compartir la cotidianidad de un modo “normal” pero no pueden perderse de vista porque en el fondo se quieren. Lo que yo estoy reivindicando en el libro, que ni es un tratado sobre el amor ni pretende agotar el tema, es una idea del amor más rica y compleja que la convencional, que es posible quererse de esa extrañísima manera en la que lo hacen Alicia y Guillermo.

Los otros dos cuentos “Joanna” y Última gota fría” se detienen de alguna forma en la relación con los hijos o cómo “el final del amor” del que hemos hablado les afecta ¿Crees que la relación entre padres e hijos sufre de ciertas mutaciones?

Mi papel de padre no lo tengo aun muy claro puesto que soy un padre muy reciente, tengo un hijo de apenas dos años. Lo único que sé es que por mucho que imaginaras lo que es ser padre antes de serlo, por mucho que te lo hayas imaginado, por mucho que hubieses leído sobre el tema, verdaderamente no te haces cuenta del amor inmenso que produce un hijo. Es algo verdaderamente inconcebible. Al mismo tiempo sientes una tremenda responsabilidad, tanta que da miedo. Todos los padres nos sabemos imperfectos y nos sentimos un poco impostores. Si eres un impostor sin hijos no hay víctimas de tu impostura, pero si los tienes es peor porque ya tienes víctimas o posibles víctimas de tu impostura.
Supongo que lo que cambia cuando un hijo crece es que esa generosidad absoluta del amor del padre es una generosidad destinada al desengaño amoroso en el sentido de que lo deseable, lo que un padre debe anhelar, es darle todo a su hijo para que madure y llegue un momento en el que le abandone. Y eso es lo deseable, porque significará que has criado a un ser autónomo que sepa y pueda emanciparse de los padres. Luego, es alimentar un amor para que se produzca el desengaño amoroso por parte del padre.  “Joanna” es el cuento que escribí más fluidamente, fue en el que me tropecé menos, el más espontáneo. Más que el amor que se describe en el cuento lo que me interesaba era la familia y más concretamente una de las paradojas más grandes que me inspira: la familia que debiendo ser eficaz para ayudar, preparar y proteger a los más pequeños el mayor tiempo posible para que al exponerse al mundo y sus peligros sepa cómo defenderse, termina convirtiéndose, sin quererlo, en todo lo contrario, en un conjunto de seres envilecidos, con atmósferas enrarecidas que se convierten en sofocantes y que lo que hacen es hundir a sus miembros. Y Joanna es víctima de una de estas familias. El tema final que se revela es lo de menos, lo que me interesaba era ese ambiente enrarecido que pide a la persona levantarse y abrir una ventana.

En “Última gota fría”, la mirada de un chico joven nos relata el ir y venir del unos padres que están separados y que parece que podrían volver a unirse…

En este cuento me interesaba una paradoja parecida a la de “Cautivos”. Objetivamente los padres de este chico se quieren y en un momento del relato ellos entienden que no sentirán tanto amor por sus nuevas parejas como el que se tienen el uno al otro, pero es imposible que estén juntos. Visto por los ojos de un adolescente, quiero resumir ese momento epifánico de los relatos de aprendizaje. Hay un momento en la vida cuando somos jóvenes en el que todas las verdades que conforman nuestra visión del mundo son heredadas de  nuestros padres pero llega un momento también en la vida en que eso no basta. Hay personas para las que ese momento epifánico es conflictivo y se rebelan contra sus padres y para otras es simplemente una necesidad, la de ver las cosas por sus propios ojos, la de hacerse una visión del mundo más propia y es en ese momento en los que se centran los relatos de aprendizaje.
“Última gota fría” es de este tipo de relatos. Este chico como todo hijo de padres separados coquetea en un momento con la idea de que sus padres vuelvan a estar juntos. Salvo los casos extremos en los que el padre era un verdadero tirano que machacaba a la familia, lo normal es que ese deseo se manifieste. Ese momento de crecimiento de este muchacho esta ejemplificado en ese paso en el que él se da cuenta que posiblemente no es lo más deseable ni lo mejor que les podría suceder a él y a su madre.

Has dicho en algún momento que “escribir no es terapéutico” ¿matizarías esta afirmación?

Hay muchos tópicos literarios que me soliviantan. Tópicos manidos como “es que necesitaba escribir esta historia”, o “los personajes se me han impuesto” o “yo escribo para poder vivir” o “la escritura es mi psicoanálisis”… Creo que en la vida hay muy pocas cosas necesarias a parte de comer, beber, descansar… me siento muy escritor y vivo, pienso y miro literariamente pero cuando no escribo no me pasa nada. A lo largo de muchos meses de mi vida no escribo pero cuando lo hago necesito vivir dentro de ese relato, de esa novela, necesito una intensidad en la escritura que me obliga a trabajar muchas horas al día. Me aleono y me convierto en un ser asilvestrado y me olvido de cosas básicas pero pueden pasar perfectamente varios meses sin escribir y esto no hace que me descentre ni soy víctima de paranoias. Esa frase a la que aludes, que dije dentro de una conversación y en un contexto y que fue elevada a titular, parece una gran reflexión pero yo no pretendía decir nada más que la literatura es lo que es, pero que nadie se la tome como otra cosa.


¿Cómo es el día a día de trabajo literario de Marcos Giralt Torrente?

Depende de si estoy escribiendo o no y cuando hablo de “escribir” hablo más bien de escribir lo propio. La vida de un escritor está siempre contaminada de escritura y aunque no esté escribiendo un libro mío estoy escribiendo artículos o con encargos de alguna conferencia. Como ya te he dicho, pueden pasar meses sin que escriba pero cuando lo hago, lo hago con muchísima intensidad y necesito la mayor parte del tiempo. Soy incapaz de leer y procuro rechazar todos los encargos que me hacen porque me contamina. Me es muy difícil recuperar la tensión si interrumpo la escritura para elaborar un artículo o irme a una conferencia. Cuando escribo me convierto (y ahora que soy padre me es más difícil porque tengo que respetar unos horarios y unas tareas ineludibles) en un ser de las cavernas, incapaz de salir de casa y termino comiendo cualquier cosa. Ahora ya no es tan fácil, pero trato de conseguir esa tensión que necesito a la hora de escribir.

¿Trabajas con esquemas?

No creo que haya recetas para esto. Hay escritores que encaran su trabajo de muy distinta manera y eso no tiene la más mínima relevancia pues su obra puede ser buena o mala por otras razones. Yo soy muy anárquico en la distribución de mi tiempo. Hay escritores que se levantan a las nueve a escribir hasta las dos todos los días de su vida pero yo no: puedo pasar meses sin escribir o me siento y escribo y no me levanto hasta que me vence el sueño.
Sí, suelo partir de un esquema muy detallado pero luego en el proceso de escritura modifico ese esquema con entera libertad, acepto los encuentros azarosos que me asaltan por el camino. Cualquier texto, cualquier obra es producto del azar y de la voluntad. Hay cosas no previstas con las que te encuentras por el camino y luego hay cosas que aunque quieras hacer no sabes hacerlas o al revés, cosas que no pensabas que podías hacer y que metido en faena las sacas adelante. Habrá casos excepcionales, pero me cuesta creer que existan obras que se correspondan exactamente a lo que su autor había planificado. 

Recomiéndanos dos libros de cuentos.

Alice Munro es básica. Si tuviese que mencionar cinco autores vivos, mundiales e imprescindibles, mencionaría a Alice Munro sin duda. No se la tiene tanto en cuenta porque desgraciadamente es mujer y desgraciadamente escribe cuentos. Si fuese varón y novelista estaría en boca de todos. Sin duda la mejor cuentista contemporánea.
Por salir del género cuento diría “Missing” de Alberto Fuguet y que curiosamente está emparentado con “Tiempo de vida”, me parece soberbio. Luego también está “Norte” de Edmundo Paz Soldán.

29 septiembre, 2011

Jose, sin acento.

Anoche, sin hacer ruido, se marchó Jose de este mundo para disfrutar de la presencia de Dios, en virtud del sacrificio de Jesús en la cruz. Jose sin acento, Jose invitándome a comer, Jose llegando a la iglesia con su acento malagueño,  de risa constante. Jose quejándose, peleando, Jose de albañil, Jose rugiéndole al Barcelona para que llegara a ser el equipo que es hoy, Jose luchando, Jose decepcionado, Jose sentado a la mesa y levantándose para ponerme un café. Jose.
La enfermedad se le encaramó encima y él le plantó cara, pero llega un momento en el que la existencia dice basta y lo que se soñaba y planificaba salta por los aires para hacerse jirones de pena.
Me habría gustado estar más cerca. Las malditas distancias y sus desafíos. Pero ahora toca salvar esa distancia para estar con Mari que se queda sin su marido, que se queda con el silencio y con la soledad. Maldita ausencia, maldito “hachazo de metrónomo” que diría el poeta Luis Vea García.
Lamentaré siempre haberle alzado la voz a Jose, haberle reprochado aquello, haber alejado mis pasos de los suyos un tiempo que ya no puedo desandar. Pero su corazón, tocado también por la enfermedad, era muy ancho para perdonar, para pasar por encima, para volverse a acercar, para volver a hablar del Barcelona y elogiar una vez más a Messi que se convierte en leyenda y del que él ya no podrá disfrutar.
Perdonad que en estos senderos se metan esta congojas, estas manchas de alquitrán personales en la mirada de esta bitácora pero que más literario que la muerte, que más poético que la tristeza, qué más crítico y reseñable que la ausencia de un ser humano que nadie jamás podrá llenar. Porque las vidas pequeñas han de ser contadas o por lo menos han de ser consignadas en un espacio y que mejor que en un repecho de estos senderos retorcidos.
Quedan la risa, las bromas, las oraciones, los consuelos, las llamadas de atención, la generosidad, el milagro de una vida como la de Jose. Con sus sombras y con todas sus luces me queda el camino recorrido con él en sus circunstancias y en las mías. Caminos andados en silencio o cantando o llorando, pero caminos con él, caminos que se me antojan de los mejores que he recorrido.
Ensayo de la muerte del padre, es lo que me toca con Jose. Cuando sea el mío el que se marche, cuando sea el que me trajo a este mundo el que lo deje para instalarse definitivamente y sin remisión en los recuerdos más grises de mi memoria, veré que escribo.
Tiempo para recordar a Jose, sin acento, tiempo para acentuar su fe, su sentido del humor, sus silencios y sus grandes momentos. El tiempo sigue obstinado su paso y a nosotros nos toca seguir con la convicción de que ya descansa y disfruta de su fe tal y como se lo prometió el Padre.