Fue en el año 1991, y en una edición de letra apretada de la
Editorial Juventud, si no me equivoco, que leí “
Crimen y castigo” (1886), de un
tal
Fiodor Mijáilovich Dostoievski. Lo había oído mencionar, y de manera muy
remota, lo relacionaban con la
Criminología, no recuerdo quién ni dónde. Tenía
diecinueve años, y algo cambió en mi mirada para siempre, algo parecido a lo
que contaba el escritor mexicano
Eloy Urroz, y que a tantos lectores también
les ha pasado.
La culpa, ese sentimiento tan castrante según unos, y del que
nos podemos librar según otros (sin relativizarlo ni excusarlo), me obsesionó
de una manera tan profunda que me empujó hacia la Psicología, la Criminología y
la Teología. Las tres carreras las dejé de manera formal, y hasta el día de hoy
las sigo frecuentando con muchas lecturas: no he podido dejar de mirar nunca a
ese peligroso abismo del que debemos guardarnos, como decía Nietzsche (“Quien
con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras
largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti”. "Más allá del bien
y del mal"). Sigue leyendo aquí.
Publicado en la Revista de Cultura Hispanoamericana otroLunes, #61, en noviembre de 2021.