domingo, 5 de mayo de 2013

Y en Día D… “A piedra y lodo”: El veneno y la herida

Hace diez años que mi abuelita Chela nos dejó y ahora disfruta de las promesas eternas de Dios. Pero me dejó una herencia, una herida y un veeno que se llama contar, que se llama escribir. En homenaje a su memoria, este artículo en Día D que pueden leer AQUÍ.

domingo, 17 de marzo de 2013

Y en Día D… “A piedra y lodo”: Google el memorioso.

La nostalgia tiene un gran aliado. El buscador Google que es capaz de encontrar casi cualquier cosa que creamos recordar. Sobre la memoria y el recuerdo trata este artículo mío publicado en el suplemento Día D del Panamá América. LEER EL ARTICULO AQUÍ.

Mi espacio.

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Aquí escribo
El espacio en el que se escribe, su geografía de libros, sus cimas de cine y sus simas de ensayo, ambas enclaustradas en blancas estanterías suecas. Allí se cruzan, en el punto exacto entre la silla y la mesa de trabajo, en la mente del que escribe, mujeres apesadumbradas, territorios  inaugurados, dictadores que son fantasmas del ayer. Pueblan el refugio las ficciones de amigos, los poemas de otros, las novelas de la infancia.
El sol se asoma por una ventana que no devuelve nada más que luz, que no traiciona a la vista porque, al querer mirar por ella, solo se ve un estor tan blanco como la pantalla donde las letras se van soldando a las palabras que se van convirtiendo en una novela.
Un refugio que las niñas invaden con sus preguntas, con sus juegos, con sus reclamos de un abrazo y un beso, con dibujos para enseñar, con ganas de ayudar a papá a escribir otro cuento. 


martes, 5 de marzo de 2013

Y en Papel en blanco… Reseña de “Tan real como la ficción” de Doménico Chiappe.

papel en blanco blog de literatura
Creo que este es uno de los mejores libros sobre periodismo literario y a la vez de construcción de ficciones. Doménico Chiappe pone todo su conocimiento como narrador y periodista en un libro que no les va a dejar indiferentes por su ética y estética. LEER LA RESEÑA.

Y en Día D... "A piedra y lodo": Los amigos y las letras.

Otra entrega de la serie de artículos "A piedra y lodo" en el Panamá América. Esta vez hablo sobre los amigos que  la literatura ha ido arrimando a mi ascua. Para leer el artículo picha aquí.

jueves, 7 de febrero de 2013

Visión desde el fondo del mar (Reseña).

COB-VI~1Con Rafael Argullol (Barcelona, 1949) siempre tienes la sensación de estar de viaje. Al terminar las últimas de las 1213 páginas que conforman la geografía monumental de “Visión desde el fondo del mar” (Acantilado, 2010) tienes la vieja sensación de estar perdiendo algo, de estar llegando, de fin de fiesta, de domingo por la tarde cuando anticipas el lunes laboral pintado de azul.
Esta obra titánica, este viaje por todos los mundos arranca, en palabras de su autor, después de la muerte de su padre. Seis años en el fondo de sí mismo dan para que Rafael Argullol viaje y nos lleve con él a tantos pasajes y paisajes del alma a modo de los viajeros de antes. Porque en esta travesía con Argullol no hay sitio para los turistas, no hay pensión completa: hay una profunda veta de pasión en lo que se vive, recuerda y escribe.
Con la elocuencia de siempre, con la precisión de una escritura que sabe dónde va, Rafael nos lleva por distintos países en busca de la belleza para descubrirnos las cosas por las que vale la pena seguir pensando, sintiendo y siendo.
El libro se compone de diecinueve libros que se subdividen en noventa y cuatro pequeños capítulos que encierran esencias, que guardan secretos, que seducen y arrebatan. La exquisita cultura (y extensa, todo sea dicho) que maneja Argullol, sumada a su oficio de poeta, producen un texto que es por momentos diario, por momentos bitácora, suma de trozos, de pequeños mosaicos, como si el autor construyera pieza a pieza un gigantesco rompecabezas.
Hay grandes momentos líricos en el texto. Les invito a buscar la página 801 de este viaje y subirse al metro con Rafael, en cualquier en cualquier país y verán que la descripción que hace del ser humano actual es revelador y perturbador. Una experiencia para exquisitos de las letras sin esnobismo paralizantes.
Visión desde el fondo del mar” es un descenso, un menguar personal para asistir desde abajo a la dimensión concreta de las cosas que nos rodean, es un cuestionamiento al mundo, a la estética, a lo grotesco de la vida y una celebración de la belleza. Nada hay más valiente en el ser humano que encarar al mundo y plantearle sus preguntas y temores. Las pocas certezas son estáticas pero las muchas cuestiones que todos llevamos dentro dinamizan al hombre, le inyectan ese impulso de búsqueda del cual Argullol con toda su inteligencia y arte de orfebre nos ofrece en este libro que se puede leer como se quiera en el que les recomiendo que se pierdan pero que no pierdan de vista.
La transversalidad del escritor catalán y su apasionada búsqueda de conocimiento logran un libro tan majestuoso como singular, un artefacto estético que les va a arrastrar hasta lo hermoso, a lo emotivo. Un libro que seguro visitarán siempre y que en cada esquina, en futuras lecturas les a portará una ráfaga de aire limpio.
Para los que están dispuestos a ir más allá, donde nunca pensaron ir, este es su libro y Rafael Argullol su compañero de viaje.







domingo, 3 de febrero de 2013

Y en Día D... "A piedra y lodo": Historia de un amor y de siempre

Nueva entrega de mi columna en el Panamá América en su suplemento cultural Día D. Un homenaje al autor de "Historia de un amor", Carlos Eleta Almarán, uno de los boleros más interpretados y más cercanos al corazón de los románticos del género.

Leí los otros días en el “Gran Angular” el blog de Juancho Armas Marcelo que a Lucho Gatica le habían dado la orden al Mérito Pablo Neruda durante la Feria del Libro de Guadalajara. Aquel nombre evocó cierta memoria de la infancia, porque Gatica era uno de esos personajes que se citaban con frecuencia en mi casa (además de Olga Guillot) y muchos de nosotros somos hijos o nietos de la pasión que encendían los boleros que este hombre cantaba, porque del roce del baile a la horizontalidad del catre mediaba como mucho la distancia en tiempo que duraba la canción. Seguir leyendo aquí.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Robin-Sancho, cumple

Siempre he sido Batman. Desde que tengo uso de razón el hombre murciélago ha formado parte de mi vida y su oscura sombra de caballero atormentado me ha perseguido. Mi hija Lucía que descubrió a Batman conmigo viendo una de sus películas favoritas (Batman, 1966 con Adam West y Burt Ward) decidió que sería Robin. No me importó pero decidía, sin saberlo, ocupar una vacante que llevaba años vacía, la que dejó mi hermano Pablo cuando me vine a vivir a España.
Mi hermano es un gran tipo. Es buena gente, inteligente, con sus defectos que le humanizan y, sobre todo, con un grandísimo corazón. Todavía hoy, el día de su cumpleaños, le echo muchísimo de menos. Es que los hermanos son los primeros sparrings que la vida nos pone delante para fajarnos en el ring de la vida. Son seres con los que nos peleamos pero con los que convivimos tan cerca que, superada la infancia, siguen apareciendo por obra y gracia de la memoria en todos los rincones de nuestra existencia.
Pablo fue el primer “oidor” de mis historias. Era mi único espectador cuando le contaba cada noche las historias que me inventaba. Fue mi primer cómplice, mi primer confidente y con el primero que me di de trompadas de las buenas. Hemos vivido tantas cosas juntos que no lo puedo olvidar, que me cuesta mirar atrás y no verle en mis alegrías y en mis angustias, allí, a mi lado, como una extensión balsámica del amor de Dios.
Hoy cumple unos cuantos años, 39 para ser exactos. Yo le veo venir pisándome los talones desde mis cuarenta añitos (perdonen que ablande la cifra de forma tan cursi) y confieso que está en mejor forma que yo. Más alto y, alguna dirá, que más guapo pero eso está por verse, que quien tuvo retuvo y todo eso.
Robin cumple años hoy. Esta madrugada suena mi móvil. Me ponía que mi hermano me mandaba una imagen. Luego no supe de mí hasta que el mismo teléfono me despertó con su alarma. Abro el mensaje: es una foto de Batman y Robin que les comparto junto a este texto. “Santas catapultas Robin –le contesto– qué risa, qué recuerdos, qué alegría”.
Me puedo imaginar aquella primera Navidad en la que estrené hermano. Un ser mínimo, que no dejaba de llorar, indefenso, y yo con mi año y pico levantado desde el suelo viéndole moverse allí en la cuna sin saber ni él ni yo el destino que nos deparaba la vida: ser Batman y Robin, el Dúo Dinámico, los paladines de la justicia en aquella Ciudad Gótica que era la casa de abuelita Chela donde nos criamos.
Detrás de cada Batman hay un buen Robin. Como no hay Quijote sin Sancho. No podría yo seguir en mi quijotesco empeño de letras sin la sensatez aplastante de mi hermano, de mi Sancho sin panza pero con una conciencia clara de quien soy y sin ningún miedo a decirme que mis gigantes son solo molinos.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Rapsodia (Reseña).

La poesía de Pere Gimferrer (Barcelona, 1945) es un arrebato estético que requiere más de una lectura. Es un rapto de imágenes, un paseo en coche por la vida viendo a ráfagas la realidad ir precipitándose sobre uno.
"Rapsodia" (Seix Barral, 2011) como se indica en la definición del diccionario Oxford en inglés es un surte de arrebatado, de cantico extravagante y entusiasta que en el caso de Gimferrer es una reflexión de la edad tardía que ve con satisfacción lo vivido y se goza de ello, de allí la vitalidad tan a flor de piel que desfila por las dieciséis secciones en las que se divide este poema unitario y único.
Gimferrer es un escritor inmensamente culto. Cinéfilo, melómano, apasionado del arte. Todo ello en el vientre poético del poeta es un parto de imágenes y símbolos que orquestan una fiesta para los sentidos estéticos, que recuerda que toda sensación vivida, es materia poética, es elemento fundacional para levantar el edificio del poema.
Construido en seis días y pulido durante meses “Rapsodia” es también una muestra de que es el ejercicio de la reescritura es donde de verdad las grandes obras se gestan. Reescribiendo, puliendo lo escrito nos encontramos a nosotros mismos y hacemos de lo creado una verdadera obra de arte.
La libertad del poeta en el universo de su poema es total. Pero este hecho no es óbice para que el autor se pierda en necedades literaria, en un puro exhibicionismo  divorciado como siempre de toda estética, no es enseñar músculos en una playa. Gimferrer medita la belleza,  marida las palabras una a una con mimo desquiciante. De allí al ritmo, a la cadencia a las imágenes bien montadas como en una película de Mizoguchi o de Dreyer.
Indaga el poemario en la creación literaria, en la vida del poema, en el tiempo o los tiempos trascurridos y sus su virtud de hacerse verso, del amor a una mujer que persiste con insistencia de las estaciones, en estar junto al poeta.
Prueben a leer en voz alta este poemario, escuchen esta amalgama de palabras saliendo de vuestras gargantas como un torrente de sol, bramando belleza desde los pulmones hasta vibrar en el aire. Dos cosas se consiguen con esta sencilla experiencia, el sentido rítmico de la puntuación y respiración y la belleza y disfrute da la pronunciación de las palabras en sí mismo. La cercanía del texto a lo que es absolutamente bello se experimenta con esta interacción física con las palabras. Aquí es cuando se nota más el trabajo de reescritura y elección de las palabras. Como fetichista literario, poder asomarme al manuscrito corregido y vuelto a corregir, sería una de esas experiencias cruciales de disfrute y aprendizaje.
Texto versátil, amplio para multitud de lecturas y relecturas, la vuelta Gimferrer y su “Rapsodia” evidencian el magnífico estado de forma del poeta. Alguien como Octavio Paz dijo de sus poemas que “se encuentran entre los mejores que se escriben en España y América” y eso, dicho por el mexicano, no es poca cosa.

Las niñas y los libros.

Ahora para dormir no solo tienen que tener la luz encendida sino que también necesitan un libro. El hábito las corroe, ahora, sin practicar un poco el vicio de leer antes del sueño, no se duermen. Las niñas van cogiéndole cariño a los libros y su papá se siente muy orgulloso de ellas.
Lucía lee mucho y bien. Entona, hace las pausas siguiendo con exquisito rigor la ortografía, interpreta. Le gusta Lengua y escribe por allí, a escondidas, un diario secreto haciéndose pasar por un personaje que le gusta mucho y también pequeñas ficciones que me hacen reír. Yo le corrijo las historias y va aprendiendo el oficio. Ya sabe qué es “adjetivar” y ha prometido no hacerlo.
Aitana todavía no sabe leer pero juega con su hermana a las bibliotecas: “tenga señora, su libro” y Aitana se lo lleva, se sienta en su “casa” lo lee y lo devuelve. Hace unos meses, cuando aun iba a la escuela infantil, pasamos por delante del bibliobús y exclamó “¡mira papá es como nuestra casa!”. Tantos libros, tantas aventuras. En la FNAC le pasaba lo mismo, siendo más pequeña se sentaba en el suelo a ver todos los libros que tenía a su alcance “¡ya lo leí!” gritaba al llegar a la última página.
Tienen el hábito, la magia las seduce, las letras las van intrigando. El libro no es un ser extraño sino un amigo que invita y promete mucha diversión y, más adelante, hasta lágrimas de amor o de dolor.
El otro día le hablaba a Lucía de “Los Miserables” de mi querido Víctor Hugo y que sale dentro de poco una película basada en el libro. Le dije que el ejemplar que tengo de la novela, de una vieja colección de Literatura Universal (qué grande suena eso), sería para ella cuando yo no estuviera. Aitana lo escucha y me dice “¡y yo qué!”. Menos mal que tengo “Los Miserables” por duplicado y le ofrecí a mi hija pequeña su propio ejemplar. A veces, cuando no la miro, los saca para verlos. La regaño. Me contesta que le dije que son suyos. Me los devuelve y los pongo en su lugar y no le quito la razón: serán suyos algún día, aunque espero que esté muy, muy lejos.