20 marzo, 2024

Publicar o no. "En agosto nos vemos"

¿Se debe publicar o no a un autor después de muerto? El titular que ha trascendido más que ningún otro ante la aparición hace algunos días atrás de En agosto nos vemos, de Gabriel García Márquez, es que el propio autor dijo, «Este libro no funciona, hay que destruirlo», pero sus hijos, sus herederos, han decidido, después de una segunda lectura y de varios años en que los manuscritos estuvieron guardados en la Universidad de Texas en Austin, publicarlo.

Pudimos escuchar en directo, en la rueda de prensa que se hizo el pasado 5 de marzo de 2024 a propósito del lanzamiento mundial de esta novela, a los hijos del Nobel colombiano, Rodrigo y Gonzalo García Barcha, y su editora, Pilar Reyes, en las instalaciones del Instituto Cervantes de Madrid, los motivos y por menores de esta decisión, que nos pone otra vez en la discusión sobre lo pertinente o no de publicar obras póstumas sin la autorización expresa de los autores.

Los argumentos que planteaban son, por un lado, que esta es una obra de la que se tienen cinco versiones y que había sido comentada en profundidad con ellos antes de que el deterioro de García Márquez fuese evidente. Que el autor de Cien años de soledad, en el momento de afirmar que la novela no era buena, ya estaba mermado en su criterio sobre la obra. Precisamente, por el hecho de ser una obra trabajada a fondo, antes de perder su juicio estético, es un privilegio, se dijo, poder publicarla como una victoria sobre el olvido. Otra de las cosas que se aclararon es que el editor, Cristóbal Pera, no escribió el final de En agosto nos vemos. La novela estaba trabajada, no tan pulida como otras, pero allí estaba todo. Un buen puñado de razones que de alguna forma avalan la decisión de publicarla.

Después de la muerte de García Márquez, su archivo completo se trasladó a la Universidad de Texas en Austin, donde algunos lectores expertos que pudieron leerla sugirieron que sería oportuno publicarla. Así que, al releerla, a los hijos del colombiano les pareció mejor de lo que recordaban y decidieron hacerlo, también por una razón práctica. Dijeron que en algún momento los derechos de los herederos caducarían y terminaría por publicarse, así que “mejor que todo tenga un ISBN”.

Grosso modo, los argumentos son válidos, y en la práctica, los herederos ponen a disposición de los lectores de García Márquez toda su obra, y se despeja la duda siempre acuciante en estos casos: no hay más manuscritos secretos: todo «García Márquez» está publicado para beneficio, disfrute y discusión de sus lectores. Es interesante observar, como se apuntó en la rueda de prensa (lo decía Pilar Reyes), que el manuscrito de García Márquez ya estaba en ese viaje del idioma hacia un territorio de la lengua al que tenía por costumbre llevarnos, es decir, estaba en la fase en la que el escritor lucha con la belleza y precisión del idioma. En agosto nos vemos es un texto en el que reconoceremos a Gabriel García Márquez.

Hay quienes les afean el gesto a sus hijos, que bromeaban diciendo que su padre les dijo que, cuando él no estuviera, hicieran lo que les diera la gana, y eso hacen, sin faltar, vistos los argumentos, a la memoria literaria de su padre. Y ya sé que esta afirmación es personal y arbitraria, como todas las que se hacen al hablar de este hecho que, sin duda, es el acontecimiento literario del año, diez años después de la muerte del colombiano.

Habrá quien discuta las razones «morales» de esta publicación, pero lo que toca es leer la novela y juzgarla dentro de la producción literaria del Nobel y teniendo en cuenta las tan peculiares circunstancias de esta. Algunos la juzgan ya como una obra muy menor, otros dicen que está a la altura de las últimas, que es una suerte de cierre del ciclo formado por Del amor y otros demonios y Memoria de mis putas tristes, aunque éstas, para muchos, no tienen la frondosidad ni la profundidad de sus clásicos, pero, como bien sabemos, no todos los días se puede escribir Cien años de soledad, ni muchísimo menos.

Publicado en el diario La Prensa, el viernes 15 de marzo de 2024.

12 marzo, 2024

Pedro Altamiranda

En casa, primero fue un pequeño disco de 45 rpm (que me corrijan los expertos) que tenía, en la Cara A, El buhonero, que me hacía reír porque también en la grabación en directo la gente se reía (entendía poco de los enredos políticos y sociales), y en la cara B, el «controversial» La mujer biónica, del que entendí todo, años después, con más vocabulario y «calle», como dicen ahora. Era el año 1980 y yo tenía ocho años. En 1981, aparece el LP Homenaje a mi pueblo, un disco fundamental en mi escritura.

Cuando me preguntan por lo que más me ha influido para escribir, siempre digo que mi abuela y mi mamá, grandes narradoras, y también la presencia tutelar (sin saberlo) de dos discos: Homenaje a mi pueblo y Buscando América: ambos en mi casa, y escuchados un sin fin de veces. A mí me ocurrió, antes no lo había pensado, Pedro Altamiranda: su ritmo, su amor a las letras, su mirada sobre la panameñidad.

Se nos ha ido, como decía Rubén Blades («puerta de la salsa y de la libertad», en verso feliz de Pedro en Homenaje a mi pueblo, antes de Buscando América) un «Gran Panameño», así en mayúsculas, que consiguió reunirnos a todos ante el espejo de sus letras y nos puso en la mente grandes espacios de reflexión, perspectivas y miradas para orientar nuestro criterio. No se nos ha ido el «Rey de los carnavales», se nos ha ido una parte muy importante de nuestra conciencia.

Se apaga la voz, pero se enciende la memoria, y la consigna es recordarlo a través de sus letras, las más importantes, esas que nos dicen, aunque no nos gusta, las cosas que de verdad somos, las que han dibujado, con la pericia del amante de las letras, quiénes fuimos y en quiénes nos podemos convertir si no tomamos precauciones.

Gracias, Pedro, por tanto, por todo, por retratarnos tan bien. ¡Hasta siempre, maestro!

Artículo publicado en el diario La Prensa, martes 12 de marzo de 2024.

05 marzo, 2024

La costumbre

Dice una vieja canción, interpretada entre otros por Basilio, que «no cabe duda, que es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor». La fuerza del argumento recae, no en el amor, sino en la «costumbre», esa forma de comportamiento reiterado que ofrece a los analistas las claves del por qué ciertas «profecías» sociales se siguen cumpliendo.

Por la costumbre, es que se puede escribir un artículo, opinando sobre el resultado del «¿debate?» sin que se hubiera hecho, y acertar de pleno: solo hablaron paja, se defendieron de las mutuas acusaciones («entre todos la mataron y ella sola se murió», si pensamos en la democracia), y dejaron nuestra política a nivel subterráneo.

¿Que qué costumbre? Pues la de no decir la verdad, la de no encarar los problemas con soluciones concretas, la de no decirnos el «cómo» y volver a aburrirnos con el «qué», la de no respondernos a cómo van a desmantelar el estado clientelista, que sigue robusto y parece eterno. Y la costumbre nuestra de hacer comentarios después del «bonito show» sobre quién ganó cuando, otra vez, hemos perdido todos por falta de un candidato con visión de Estado.

Como de costumbre (se aceptan apuestas) abrirán las escuelas sin sillas, sin estar acondicionadas, con huelgas de educadores, entre otras, que mantendrán viva la llama de la protesta infinita y desgastante, como si fuésemos unos Sísifos civiles cuya vida no es más que vivir en los mismos problemas porque «así es mi país», porque «el panameño es como es».

O cambiamos de costumbre o la previsibilidad matará el idilio crítico —del que hablábamos hace días—, entre las instituciones y los ciudadanos. Y, no cabe duda, es verdad que la pasión que no se canaliza bien en las urnas termina en las calles, en barricas y paros que no conducen sino al estallido de una sociedad cada vez más desafecta, que terminará por invocar a un dictador y no a un presidente.

Artículo publicado el martes 5 de marzo en el diario La Prensa.

Paja

La caricatura del gran Hilde, de este 25 de febrero, me dio los ánimos para atreverme a escribir esta columna: un hombre conduce un tractor lleno hasta arriba de paja y se pregunta: «¿Cómo así que van a necesitar mis servicios para el gran debate presidencial?». La imagen deja clara la actitud con la que el electorado habrá visto el «Debate presidencial», porque esta columna, como la caricatura, se ha escrito antes del debate y ustedes la leen hoy martes, después de la cita, atreviéndome a vaticinar lo que se ve en la caricatura: han hablado paja.

¿Por qué esta osadía? Porque la política panameña es tan previsible que ha conseguido, hace varios presidentes, que el desencanto haya terminado con el idilio crítico y cívico que debe haber siempre entre ciudadano y gobierno. La política panameña y sus políticos, los siete u ocho que se hayan presentado a hablar paja en cadena nacional, han conseguido que la desidia y la falta de rigor sean los que elijan a los que nos gobiernan, por eso me atrevo a decir que en el debate no han dicho nada nuevo, se han llenado la boca hablando los unos contra los otros, y ninguno ha respondido a la pregunta fundamental: ¿cómo van a desmontar el sistema clientelar que gobierna Panamá?

Si me equivoco en el «pronóstico» se los diré, aunque decir que mañana amanecerá no es pronosticar nada, como no lo es decir que en el debate hablaron paja (sin haberlo visto) y que no sirvió nada más que para constatar que lo previsible es el caldo de cultivo del desprecio hacia las instituciones, poniendo en riesgo la democracia. Pocos creen en el cambio, y los pocos que votan elegirán a los mismos porque les conviene. Entonces volveremos al principio, a cinco años más de una nueva variante de locos, tortugones o gobiernitos, que terminará de exprimir lo poco que queda de país. Y esto no es hablar paja.

Artículo escrito dos días antes (domingo 25 de febrero de 2024) del debate presidencial y publicado en el diario La Prensa el martes 27 de fevrero de 2024.