Cuando un gobierno habla en términos de aporte, favor o ayuda, es sospechoso de creerse que el dinero público y sus obligaciones son de su propiedad. El panameño, acostumbrado al congueo y al «¡sí señor!», sumado al miedo de protestar, cede ante los atropellos del ejecutivo, los desbarajustes del legislativo y a la impunidad del judicial. Tan adormecidos estamos que solo queremos que pasen los años mulinos para ir a otra cosa, porque solo nos sentimos vivos cuando votamos, después, el letargo.
Moca o Vamos fueron esperanzas, ahora van siendo decepciones, y los de siempre, el resto del espectro fantasmal político, está dejando que se destruyan solos para ofrecerse luego como solución a tanta tristeza electorera. Mientras, el rofión mayor, suelta discursos con sonrisillas prepotentes, de esas que no sacan a pasear cuando el peor presidente de los Estados Unidos se burla en su cara del trato que hicieron los panameños para obtener «el Canal por un dólar».
A todo prepotente le llega su hora, desde un cargo público es fácil serlo. Solo espero que con suficiente pedagogía aprendamos a afearles a estos abusones su actitud cuando estén por la calle, que aprendamos a decirles «es usted un prepotente, debería darle vergüenza». A ver si aprendemos, y también a protestar de forma más constructiva y eficiente: hace falta si no queremos seguir como vamos.
Artículo publicado en el diario La Prensa, el martes 14 de abril de 2026