lunes, 31 de mayo de 2010

Magnitud Imaginaria (Reseña)

Me dijeron que Stanislaw Lem (Lvov, Polonia, 1921-Cracovia, 2007) era adictivo y se quedaron cortos. Es más que eso, es inspirador, renovador, impulsor y hasta diría yo transgresor de todo aquello que se llama literatura. En Lem, los convencionalismos no valen, todo es materia literaria, incluso los libros que no existen, aquellos que están por encontrar escritor. Mientras estos ocurre, Lem nos ofrece en “Magnitud imaginaria” (Impedimenta, 2010) un tratado excelente de “Prologología”, género al que, como dice el propio Lem, hay que darle carta de nobleza, dándole a los prólogos y al arte de prologar la libertad que merecen. Porque prologar es un arte y porque nadie se atrevía a escribir el tratado de prologología Lem se embarca en la empresa y nos ofrece una fascínate y enriquecedora serie de prólogos a libros ¿qué no existen? ¿Que existen y no tiene prólogo? ¿Que se han de escribir y luego pedir a los dueños de los derechos del escritor polaco permiso para publicarlos junto con la obra? Lean y juzguen. Lo que tenemos que decirles es que no podrán parar de leer, de reír, de meditar e incluso, para los picados por la escritura, no se resistirán a ponerse manos a la obra para escribir quien sabe qué pero escribir.
Con “Magnitud imaginaria” la editorial Impedimenta nos vuelve a poner en las manos un libro, sin género alguno de dudas, esencial para la comprensión de una forma particularísima de ver la literatura como era la de Lem. Su buceo por las pasiones humanas ha dado a luz estos prólogos de libros que parecen imposibles, que están llenos de lo mejor y lo peor de todos nosotros que formamos eso que llamamos humanidad. Aunque este sea el segundo hermano de cuatro, (el anterior es “Vacío perfecto” (Impedimenta, 2008) y el que le sigue, y que pronto publicará la misma editorial es “Golem XIV” y cierra esta particular Biblioteca “Provocación”), no nos parece que tenga nada que envidiarle a los otros. Este es un texto que se lee con ganas, que te persigue, que no te deja distraerte y que te lleva por las calles de la creación, porque Lem tiene esa capacidad que muy pocos cultivan en literatura por no poder, por falta de capacidad: son generadores de cultura, de ideas y de reflexiones.

Escrito con una fina ironía, salpicada de una ciencia ficción que llamaremos “no espacial” Lem nos hace leer prácticamente esos libros que prologa. Desde “Necrobias”, donde se hacen fotos eróticas con rayos X hasta la prodigiosa “Historia de la literatura bítica”, Lem juega y se divierte con las ideas, les da vida, condición de probabilidad, las convierte en ficción, en materia literaria que alienta todas las posibilidades de otros universos, paralelos o mezclados con este, que son una refrescante provocación de los sentidos.
El prólogo de Roberto Valencia, excelente, da pistas sobre Lem y su obra. Prólogo valiente ya que visto lo visto el prólogo a un libro de prólogos ha de ser una tarea harto difícil y que Roberto solventa con un conocimiento preciso del autor y su obra. Su comparación de Lem con el niño prodigio de “Annie Hall” de Woody Allen es sencillamente un rotundo acierto.
Lectura estimulante, enriquecedora y divertida, llena de genio y sabiduría que busca tocar el aburrimiento del lector para convertirlo en entusiasmo resuelto. Una lectura que espera la futura entrega de “Golem XIV” que, a pesar de no encontrase registrada en la “Extelopedia Vestrand”, nos consta que pronto disfrutaremos de ella. Por ahora es mejor no perderse “Magnitud imaginaria”.

1 comentario:

Impedimenta dijo...

Pedro, es uno de los post más preciosos que he leído en mi vida. La foto del pequeño lector comiéndose el libro de Stanislaw Lem es realmente un tesoro. Sabes, tengo un amigo diseñador (de altos vuelos, trabaja para Telefónica, para Gas Natural, en ese plan), que cuando quiere decidir entre varios diseños, se los da a su niño de seis meses, y cuando el niño se lleva uno a la boca, elige ese: los muchachos tienen un sentido innato de lo que es bonito.
Pues eso, que nos has hecho emocionarnos...
Gracias, amigo.
Enrique