viernes, 14 de diciembre de 2012

Robin-Sancho, cumple

Siempre he sido Batman. Desde que tengo uso de razón el hombre murciélago ha formado parte de mi vida y su oscura sombra de caballero atormentado me ha perseguido. Mi hija Lucía que descubrió a Batman conmigo viendo una de sus películas favoritas (Batman, 1966 con Adam West y Burt Ward) decidió que sería Robin. No me importó pero decidía, sin saberlo, ocupar una vacante que llevaba años vacía, la que dejó mi hermano Pablo cuando me vine a vivir a España.
Mi hermano es un gran tipo. Es buena gente, inteligente, con sus defectos que le humanizan y, sobre todo, con un grandísimo corazón. Todavía hoy, el día de su cumpleaños, le echo muchísimo de menos. Es que los hermanos son los primeros sparrings que la vida nos pone delante para fajarnos en el ring de la vida. Son seres con los que nos peleamos pero con los que convivimos tan cerca que, superada la infancia, siguen apareciendo por obra y gracia de la memoria en todos los rincones de nuestra existencia.
Pablo fue el primer “oidor” de mis historias. Era mi único espectador cuando le contaba cada noche las historias que me inventaba. Fue mi primer cómplice, mi primer confidente y con el primero que me di de trompadas de las buenas. Hemos vivido tantas cosas juntos que no lo puedo olvidar, que me cuesta mirar atrás y no verle en mis alegrías y en mis angustias, allí, a mi lado, como una extensión balsámica del amor de Dios.
Hoy cumple unos cuantos años, 39 para ser exactos. Yo le veo venir pisándome los talones desde mis cuarenta añitos (perdonen que ablande la cifra de forma tan cursi) y confieso que está en mejor forma que yo. Más alto y, alguna dirá, que más guapo pero eso está por verse, que quien tuvo retuvo y todo eso.
Robin cumple años hoy. Esta madrugada suena mi móvil. Me ponía que mi hermano me mandaba una imagen. Luego no supe de mí hasta que el mismo teléfono me despertó con su alarma. Abro el mensaje: es una foto de Batman y Robin que les comparto junto a este texto. “Santas catapultas Robin –le contesto– qué risa, qué recuerdos, qué alegría”.
Me puedo imaginar aquella primera Navidad en la que estrené hermano. Un ser mínimo, que no dejaba de llorar, indefenso, y yo con mi año y pico levantado desde el suelo viéndole moverse allí en la cuna sin saber ni él ni yo el destino que nos deparaba la vida: ser Batman y Robin, el Dúo Dinámico, los paladines de la justicia en aquella Ciudad Gótica que era la casa de abuelita Chela donde nos criamos.
Detrás de cada Batman hay un buen Robin. Como no hay Quijote sin Sancho. No podría yo seguir en mi quijotesco empeño de letras sin la sensatez aplastante de mi hermano, de mi Sancho sin panza pero con una conciencia clara de quien soy y sin ningún miedo a decirme que mis gigantes son solo molinos.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Rapsodia (Reseña).

La poesía de Pere Gimferrer (Barcelona, 1945) es un arrebato estético que requiere más de una lectura. Es un rapto de imágenes, un paseo en coche por la vida viendo a ráfagas la realidad ir precipitándose sobre uno.
"Rapsodia" (Seix Barral, 2011) como se indica en la definición del diccionario Oxford en inglés es un surte de arrebatado, de cantico extravagante y entusiasta que en el caso de Gimferrer es una reflexión de la edad tardía que ve con satisfacción lo vivido y se goza de ello, de allí la vitalidad tan a flor de piel que desfila por las dieciséis secciones en las que se divide este poema unitario y único.
Gimferrer es un escritor inmensamente culto. Cinéfilo, melómano, apasionado del arte. Todo ello en el vientre poético del poeta es un parto de imágenes y símbolos que orquestan una fiesta para los sentidos estéticos, que recuerda que toda sensación vivida, es materia poética, es elemento fundacional para levantar el edificio del poema.
Construido en seis días y pulido durante meses “Rapsodia” es también una muestra de que es el ejercicio de la reescritura es donde de verdad las grandes obras se gestan. Reescribiendo, puliendo lo escrito nos encontramos a nosotros mismos y hacemos de lo creado una verdadera obra de arte.
La libertad del poeta en el universo de su poema es total. Pero este hecho no es óbice para que el autor se pierda en necedades literaria, en un puro exhibicionismo  divorciado como siempre de toda estética, no es enseñar músculos en una playa. Gimferrer medita la belleza,  marida las palabras una a una con mimo desquiciante. De allí al ritmo, a la cadencia a las imágenes bien montadas como en una película de Mizoguchi o de Dreyer.
Indaga el poemario en la creación literaria, en la vida del poema, en el tiempo o los tiempos trascurridos y sus su virtud de hacerse verso, del amor a una mujer que persiste con insistencia de las estaciones, en estar junto al poeta.
Prueben a leer en voz alta este poemario, escuchen esta amalgama de palabras saliendo de vuestras gargantas como un torrente de sol, bramando belleza desde los pulmones hasta vibrar en el aire. Dos cosas se consiguen con esta sencilla experiencia, el sentido rítmico de la puntuación y respiración y la belleza y disfrute da la pronunciación de las palabras en sí mismo. La cercanía del texto a lo que es absolutamente bello se experimenta con esta interacción física con las palabras. Aquí es cuando se nota más el trabajo de reescritura y elección de las palabras. Como fetichista literario, poder asomarme al manuscrito corregido y vuelto a corregir, sería una de esas experiencias cruciales de disfrute y aprendizaje.
Texto versátil, amplio para multitud de lecturas y relecturas, la vuelta Gimferrer y su “Rapsodia” evidencian el magnífico estado de forma del poeta. Alguien como Octavio Paz dijo de sus poemas que “se encuentran entre los mejores que se escriben en España y América” y eso, dicho por el mexicano, no es poca cosa.

Las niñas y los libros.

Ahora para dormir no solo tienen que tener la luz encendida sino que también necesitan un libro. El hábito las corroe, ahora, sin practicar un poco el vicio de leer antes del sueño, no se duermen. Las niñas van cogiéndole cariño a los libros y su papá se siente muy orgulloso de ellas.
Lucía lee mucho y bien. Entona, hace las pausas siguiendo con exquisito rigor la ortografía, interpreta. Le gusta Lengua y escribe por allí, a escondidas, un diario secreto haciéndose pasar por un personaje que le gusta mucho y también pequeñas ficciones que me hacen reír. Yo le corrijo las historias y va aprendiendo el oficio. Ya sabe qué es “adjetivar” y ha prometido no hacerlo.
Aitana todavía no sabe leer pero juega con su hermana a las bibliotecas: “tenga señora, su libro” y Aitana se lo lleva, se sienta en su “casa” lo lee y lo devuelve. Hace unos meses, cuando aun iba a la escuela infantil, pasamos por delante del bibliobús y exclamó “¡mira papá es como nuestra casa!”. Tantos libros, tantas aventuras. En la FNAC le pasaba lo mismo, siendo más pequeña se sentaba en el suelo a ver todos los libros que tenía a su alcance “¡ya lo leí!” gritaba al llegar a la última página.
Tienen el hábito, la magia las seduce, las letras las van intrigando. El libro no es un ser extraño sino un amigo que invita y promete mucha diversión y, más adelante, hasta lágrimas de amor o de dolor.
El otro día le hablaba a Lucía de “Los Miserables” de mi querido Víctor Hugo y que sale dentro de poco una película basada en el libro. Le dije que el ejemplar que tengo de la novela, de una vieja colección de Literatura Universal (qué grande suena eso), sería para ella cuando yo no estuviera. Aitana lo escucha y me dice “¡y yo qué!”. Menos mal que tengo “Los Miserables” por duplicado y le ofrecí a mi hija pequeña su propio ejemplar. A veces, cuando no la miro, los saca para verlos. La regaño. Me contesta que le dije que son suyos. Me los devuelve y los pongo en su lugar y no le quito la razón: serán suyos algún día, aunque espero que esté muy, muy lejos.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Antes del futuro imperfecto. Reseña

El cuento en España tiene un nombre que viene de lejos cultivando el género, rodeándolo, poniéndolo patas arriba con un sello personalísimo y dejando tras de sí y sin pretenderlo, un magisterio para los nuevos cuentistas, un espejo donde hacer mirar los cuentos que uno escribe.
Ese nombre es, sin dudarlo, el de Medardo Fraile que publica nuevo libro en Páginas de Espuma, pero nuevo libro a medias. “Antes del futuro imperfecto” es un acto estético que provoca el aplauso espontáneo del que los lee. No puede uno evitar levantarse del sofá o del asiento en el Metro y aplaudir. La de Medardo Fraile es una escritura serena, profunda, que mima la palabra y que consiente como a un niño la metáfora, el discurso y la anécdota.
“Antes del futuro imperfecto” consta de dos partes: “Antes de del futuro imperfecto” (Los cuentos de las aulas), y “Fuera de sí” (Cuentos del Futuro Imperfecto) y “Fuera de sí”. En la primera parte asistimos al Colegio, al recreo al instituto y a la universidad. Cuentos todos ellos ya incluidos en “Escritura y verdad. Cuentos completos” Edición de Ángel Zapata (Páginas de Espuma, 2004), excepto cuatro de ellos. La segunda parte es inédita y nos lleva a las consecuencias de esas aulas en las que aprendimos o no pero por las que pasamos todos de un modo u otro.
Fraile  recuerda y hace recordar, lleva al lector, no de la mano, para qué sabemos donde habita el recuerdo, sino en alas de su personalísima mirada que se convierte en el medio de transporte o detonante de la memoria.
El desfile de personajes, de recursos técnicos, de escenarios, de temas y tramas en un deleite técnico, estético y emocional que asegura más de una lectura y que entusiasma a la hora de recomendar este libro. Si quieren leer cuento, compren este libro y si quieren regalar cuento y quedar bien, no duden en regalar este libro prodigioso.
Vamos a destacar dos cuantos de cada una de las partes del libro. De la primera, “Punto final” es una hermosa puesta en escena del temor último del que escribe: el olvido. Lo trascendental de las palabras que se hilan hasta convertir se en un texto que se aprecia para que termine siendo borrado por el olvido, como poco, inquieta. Por medio de un personaje tierno, Fraile consigue comunicar la rudeza de unos sentimientos que persiguen al que escriba. Por otro lado, “La hora” es un soberbio cuento que en su breve recorrido, apenas tres páginas, nos pone delante de las contingencias, para bien o para mal y nos sugiere la fragilidad del destino. Basta una clase de Filosofía, las ganas de que la hora del final de clases se materialice y el tema de la contingencia del ser en San Agustín para que el autor nos toque con su talento. Todo un reto bien resuelto que les recomendamos.
De la segunda parte destacan, por ceñirnos a los dos que prometimos (pueden ser más e incluso todos), “El chori” con el que se reirán a carcajada limpia y terminaran invadidos de una enorme pena por el personaje y “Abel” un texto que ilustra como cierta creencias de la infancia nos persiguen más allá del colegio enseñándonos que definitivamente la infancia nos marca más de lo que creemos.
Textos que nos ofrecen un inteligente viaje al fono de los recuerdos, este “Antes del futuro imperfecto” es un antídoto contra el olvido, hilo conductor de muchos de estos textos (les recomiendo el microrrelato “Fuera de sí”), que están escritos para hacernos volver al recuerdo, para espantar los fantasmas de la desmemoria.