domingo, 1 de febrero de 2009

Hipólito y su pez volador

Le llamaré “G” ahora que le he encontrado el punto. Hipólito G. Navarro no necesitaba presentación en Tres rosas amarillas pero aun así, un lector de lujo como el editor de Páginas de espuma, Juan Casamayor, le presentó con la alegría de los descubrimientos y la satisfacción de haber logrado entre todos algo verdaderamente maravilloso al ofrecer al público “El pez volador”, una antología de la obra de este cuentista imprescindible y necesario más que nunca en el panorama literario español. “G” (Poli le llaman los otros, yo me resisto o Hipólito G. Navarro o “G” pero nunca Poli, apenas nos conocemos), lucía una barba de patriarca ortodoxo que en un heterodoxo como él es toda una declaración de principios. Su particular mirada (más allá del antológico estrabismo de nuestro singular patriarca) sobre la vida y el cuento hizo de una noche de presentación bajo la palmera de Tres rosas amarillas, una clase magistral de literatura y vida. Javier Sáez de Ibarra, tomó la palabra para sumergirnos en un mundo lleno de descubrimientos profundos en una narrativa tan especial como compleja. Su trabajo arqueológico quedó puesto de manifiesto al ofrecer a los oyentes perlas extraídas de la obra de "G" que demuestran su maestría y el camino que abre con su obra narrativa. Según se dijo en la presentación el trabajo de Javier consta de unas cien páginas de las que sólo disfrutaremos de unas pocas en la antología pero llenas de enjundia y buen criterio. Luego de una brillante exposición y de retar a los presentes con un par de preguntas sobre géneros literarios que la mayoría suspendimos, ocurrió algo insólito. Javier procedió a coronar a “G” como rey de la baraja de los cuentistas para lo cual le impuso una túnica celeste, por lo del pez supongo, le puso una corona y le dio una espada para fustigar a los novelistas, a los malos. De allí a la gloria, al momento literario de la noche. “G” vestido (investido) así, decía, no se podía hablar en serio de nada. Ni falta que le hizo ponerse serio.
Se despojó, eso sí, de la corona, (en fin, que le daba reparo acometer la charla de rigor con semejantes oros) y nos traslado a su mundo, a su reino conquistado con oficio y muchas dosis de ironía y rigor a la hora de escribir. Habló de sí mismo, de sus malos momentos, de los que da cuenta en la entrevista que cierra la antilogía, lo que le ha servido de ayuda en lo personal. No tiene, dijo, la misma alegría al escribir que antes y eso me preocupó y espero que la recobre y que todos disfrutemos pronto de un buen libro de un buen tipo.
Tengo la impresión de que en este mi primer encuentro con “G” es como el de los que primero ven la película y luego buscan el libro para quedar enamorados de él. Yo he descubierto a la persona y ahora me acerco a su literatura. Es un hombre que se asoma a sí mismo y se asume sin las soberbias de los acomplejados y estirados escritores que sólo ocultan su estupidez bajo la pátina de listillos y resabidos. “G” no, es un hombre transparente que se ríe de todo y de todos para reírse luego de sí mismo. Es una persona a la que apetece leer y una vez leído lo quiere uno leer más y mejor. Con su estrabismo vital, necesario para acometer el cuento, "G" nos deja perplejos con su obra y nos insta desde cada cuento a la acción. Parecen inocentes pero sus cuentos esconden un sustrato que te pega directo en la mandíbula para despejarnos la mente de tanta simpleza formal y vital. Mucho que aprender y que disfrutar de este hombre que cuenta bien y con el cual tenemos que contar los que disfrutamos del oficio de leer y de escribir.