domingo, 8 de febrero de 2009

Ser padre

“Vas a ser padre” me dijo emocionada mi mujer Marga Collazo mientras las dos rayitas del “predictor” confirmaban lo que ciertos síntomas nos adelantaban: un bebé con la mitad de mi información genética viene en camino. Eso fue hace dos meses y medio, antes de navidad, en el silencio de nuestro salón.
Hace unos días fui al médico (la primera cita, la de los temores), con Marga para que nos dijeran el estado del bebé. “Túmbese” le dijo a mi mujer una médico muy amable aunque con gesto imperturbable, profesional, un rostro que no se conmueve con la película porque ya la ha visto cientos de veces. Encendió el ecógrafo, puso el aparatito sobre el vientre de Marga y en monitor apareció la silueta de un ser humano en gris y negro. Pulsó una tecla: pum-pum, pum-pum, pum-pum. Fuertes, claros, altos, los latidos del corazón de nuestro hijo me devolvieron al silencio y a las lágrimas. Unos pocos latidos y mi vida comenzó a reordenarse, los miedos de desconvocaron y las dudas razonables desaparecieron. Al sonido de la vida la muerte cede pasos, se recluye segura en otro lugar hasta otro momento.
Ser padre es mucho más que engendrar un hijo o ponerle un apellido. Es llevarle de la mano cada día hasta el amor, es levantarle hasta el techo, hasta que se ría, y contarle cada noche una historia distinta, divertida y emocionante; ser padre es ir a la tienda del chino conversando, consentir de vez en cuando algún “caprichillo” y es decirles a los hijos que a uno le gusta José Luis Perales.
Lucía me ha dado todo eso: la oportunidad de levantarme por la noche cuando tose o reñirle cuando no hace lo que le digo o ser perseguido por toda la casa por una niña feliz que no me deja ni siquiera cuando estoy en el baño. Desde mi trono (a puerta cerrada) escucho “¿dónde está Pedro?” A los pocos segundos llaman a la puerta del salón del trono “¿qué haces?”, se ríe, “ahora salgo”, contesto y vuelve a llamarme para seguir con la juerga.
Lucía me ha dado parte de su corazón inocente y yo lo he recibido como un alumbramiento, como un padre primerizo que se va haciendo poco a poco con el corazón de un ser extraordinario. Aunque ella tiene a su padre al que quiere, a mi me dedica amplias sonrisa, la confianza inquebrantable de los hijos a esas edades (cuatro maravillosos años) con los padres y la locura de sus juegos y sus teatros. Es una artista y le encanta escribir a mi lado mientras me esfuerzo en mis quehaceres literarios. La amo profundamente, para siempre, por encima de todos y de todo.
Ahora resulta que voy a ser padre. Un ser nuevo viene a mi vida y a la de mi mujer Marga Collazo para volvernos a dar un vuelco, para ilusionarnos y para inquietarnos para siempre. Ser padre es estarse toda la vida sentado al borde de la noche velando en oración por los hijos que crecen. Estoy dispuesto a seguir allí sentado por Lucía y por su hermano.
Llegado el mañana, escribiremos las letras por la casa y nos reiremos del Principito antes de llorar y seguiremos a la gaviota del Príncipe feliz de Wilde. Seremos marineros en tierra y la vida pasará sus páginas hasta llevarnos hasta Poe, Cortázar y el mismísimo Enrique Vila-Matas. Les contaré más historias y usaremos la imaginación para cambiar el mundo aunque solo dure el cambio lo que dura un cuento.
Recitaremos a Benedetti y haremos el pacto ese que escribió, contaremos el uno con el otro para siempre y no sólo hasta cinco. Les enseñaré a que se enamoren y a que enamoren con Neruda aunque después descubran que mucha de esa poesía es cursi y, quién sabe, quizás, ellas mismos escriban sus poemas, sus cuentos y se conviertan en grandes escritores. No lo sé.
Pido a Dios que se conviertan en seguidores de su Palabra, que no miren los malos ejemplos y que reaccionen a tiempo ante lo que no les convenga. Hay tanto vacio y tanta simpleza en el mundo que produce vértigo pensar que pasará mañana, con qué se encontrarán cuando sean mayores.
Ser padre es ser transformados por la cadencia de los latidos de dos niños. Una, la loca de la casa, Lucía, que alumbra mis desvelos y mis ansias y el pequeño que viene en camino al que su hermana mayor espera preguntando por él a diario y al que no reconoció en la foto de la primera ecografía. Ya se verán las caras, ya se pelarán y se reirán, ya jugarán entre letras y libros, entre el presente y el fututo y un día, si Dios quiere, recordarán y entonces ya serán mayores.