
A lo leído en el artículo que exalta la postura de Walser ante su obra y ante el oficio de escribir hay que agregar que este escritor vagabundo y amante del paseo, fiel a sí mismo, sin querer (o queriendo) muere precisamente de paseo y una cámara oportuna (o irreverente, escojamos cada uno) deja registro de aquella muerte absolutamente coherente con lo que siempre escribió (fondo y forma). Le vemos tendido sobre la blanca nieve, sin vida ya, un día de navidad de hace ya más de cincuenta y dos años. Lo de Walser, como siempre, es una lección a los intelectuales de postín y los literatos de salón que son marxista (de Groucho, no nos metamos en política), que son capaces de cambiar de hoy para mañana de principios según soplen los vientos del poder y del dinero.
Walser, grande, libre, nunca aspiró a nada más que a escribir, a crear. No deseó nunca ni laureles ni academias, ni premios ni reconocimientos, como Bartlevy, prefirió “no hacerlo” y por ese camino, de paseo, ha llegado a la gloria y ha pasado de largo para lección y vergüenza de muchos “macha folios” que se quedan en la gloria que los grandes desprecian.