lunes, 10 de agosto de 2009

Texto invitado: "Contra los lángidos" de Antonio Ortuño

Lánguido, da.
(Del lat. languĭdus).
1. adj. Flaco, débil, fatigado.
2. adj. De poco espíritu, valor o energía.

Diccionario de la RAE


Prestigio incuestionable, entre los iniciados en arte, el que goza la melancolía. El dolor, la languidez, se encuentran entronizados, entre creadores y críticos, como principales y casi exclusivas posibilidades de teoría y práctica del arte. Ay de aquel que ose reírse: la carcajada es demolida con el levantamiento de una de las augustas cejas de la belleza. El humor, faltaba más, consiste en esbozar una sonrisa que haga parecer a la Gioconda un gato de Chesire con tétanos: la crítica mide el tamaño de esa sonrisa con la cinta métrica de la severidad y descarta a quien supere los pocos milímetros. Tolerancia cero. Que se rían los payasos y los tontos. No, señores, el arte no es cuestión de interesarse en la técnica ni de asomarse a la vida, propia y ajena, no. Se trata de reflejar el malestar que sentimos todos —quien sea feliz, incluso parcialmente, se ha autoexcluido de la especie del homo artisticus—, la sinrazón de la existencia, los infinitos quebrantos que nos inflige este mundo pestilente. Hemos, quién lo dijera, acabado por coincidir en esa actitud vigilante y delatora con los padres de la Iglesia, alcanzándolos en el purgatorio de la ortodoxia a través de la estrecha y maloliente vía de la vanguardia.
Qué bello, señores, es el dolor que enloquece. ¿No sufrieron, acaso como nadie antes, Edipo, Hamlet, Raskolnikov y nos abrieron el camino a nuevas cárceles de tortura apenas esbozadas antes de ellos? ¿No aquejaban a Swift unas jaquecas horrendas? ¿No añoró Yeats a lo largo de su vida las cosas que no tenía enfrente, lo mismo los rizos de su hija que un amor, lo mismo un campito bien cultivado que una Irlanda unificada y sin ingleses? Las letras, hoy más que nunca, celebran a sus practicantes más llorones y quejosos. La música adora a los desgarrados (lo mismo si son Beethoven o Edith Piaff que José Alfredo o Juanga) y minimiza como charangueros superficiales a quienes no se cubren la cabeza de cenizas. Y no se diga nada de la filosofía: todavía en incontables corazones arde una vela en honor a Nietzsche simplemente por haber sido sifilítico, haber gastado unos mostachos casposos y no haber gozado jamás el tacto de los rebles de Cósima Wagner.
Aquel malestar que hacía retorcerse de placer a los románticos, aquella irritación—similar a una incurable picazón del ano, si hemos de hacer caso a Tristán Tzara— contra el estado de las cosas que movía a las vanguardias, ha pasado a ser el canon. Exigimos música destemplada que nos recuerde que la lavadora se destaca hoy con voz más fuerte que el gorrión y que la motocicleta hace más melodiosa que el aire. Reclamamos libros cada vez más breves, más apretados, como el nudo de una soga que nos sofoque, rebosantes de maldiciones encubiertas o evidentes a todo lo que signifique, siquiera lejanamente, vitalidad. Nos han dejado de gustar, en narrativa, los personajes porque a los personajes generalmente les pasa algo. No: queremos voces, discursos, a los que no sólo no les pase nada sino que renieguen de la misma posibilidad de acción. La vida, después de todo, es una quieta tortura que toleramos con grandes esfuerzos, esfuerzos que nos agotan. Como agarrotados por ese veneno, que la maldita cobra nos inyecta desde el parto, sólo somos capaces de lanzarle los minúsculos escupitinajos de nuestro rencor. Liquidamos sus facturas de maldad con depósitos continuos de llanto.
Odio la languidez; la melancolía, como motivo artístico, francamente me aburre. Si las artes contemporáneas necesitan la permanente adolescencia moral, quizá hemos dejado de necesitarlas a ellas. A nadie se le ocurriría responsabilizar a un adolescente paralizado por la ira y el miedo del pago de su alquiler, del cuidado de sus hijos, de la elección de sus lecturas o incluso de la selección de la comida para la semana en el supermercado. Si la única función del arte consiste en la repetición cada vez menos reveladora de la sentencia del perro Snoopy (“La vida es horrible y entonces te mueres”), habrá que buscar lo que necesitamos del arte en tiempos menos extenuados.
Aparecido en El libro negro, el blog del autor.

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