lunes, 28 de septiembre de 2009

Por los Senderos con... Javier Menéndez Llamazares


Javier Menéndez Llamazares autor de "El método Coué" (pincha aquí para leer la reseña) nos concede una entrevista en la que nos habla de su novela publicada por la Editorial Funambulista y que nos situa al final de la Segunda Guerra Mundial. Una novela que es sin duda una de las mejores publicadas este año.


1. ¿Cómo nació esta novela? Dices en la dedicatoria que a tu madre le habría gustado escribirla.


Me gustaría poder decir que fue un lento proceso de decantación, que la historia estuvo en mi cabeza hasta adquirir forma de novela y que salió por sí sola cuando finalmente estuvo lista. Me gustaría, pero realmente no fue así. Y no lo fue, porque hubo un momento que desencadenó la escritura. Esa chispa surgió cuando nos vimos obligados a desmontar la antigua casa de mis abuelos, y cada miembro de la familia quiso quedarse con algún recuerdo material. Yo tenía muy claro lo que quería: la antigua fotografía que tenían en el salón. Y cuando la tuve en mis manos, mientras miraba a aquellos dos desconocidos tan familiares, no tuve otro remedio que contar su historia. Algo que mi madre también habría querido hacer, por supuesto. Para ella era algo aún más personal: había conocido a los protagonistas y era, en cierto modo, parte de la historia.


2. ¿Cómo fue la etapa de documentación de esta novela? Son muchos los datos que manejas.


Larga, muy larga. E intensa. Pero es que hay que entender que los datos que yo manejaba eran realmente escasos: apenas una historia de trasmisión oral, que puede resumirse en diez minutos, y un puñado de testimonios personales teñidos de nostalgia y leyenda. Más el hecho de que yo no sabía prácticamente nada del marco histórico. Afortunadamente, pertenezco a una generación que ignora alegremente los grandes desastres del siglo XX. Así que me planteé ambientar la novela del mejor modo posible, y dediqué casi un año a investigar los entresijos de la guerra civil, de la postguerra, de la Alemania nazi, del intramundo falangista, de la aviación de la época, etc. Pero lo realmente complejo fue utilizar después todo ese corpus de información, ir dosificándola para no lastrar demasiado el ritmo de la historia, y no convertir el libro en un compendio de curiosidades.


3. Haces una advertencia al principio, antes de comenzar a leer la novela. ¿Por qué la creíste necesaria? ¿Para los lectores habituales el hecho de que sea una “novela” no es suficiente?


Me costó mucho poder incluir ese caveat lector; el editor mantenía precisamente esa opinión, la de que las novelas son, por definición, ficción. En este caso, sin embargo, yo había mezclado voluntariamente hechos ficticios con personas de carne y hueso. Creo que el lector tenía derecho a saber que ni todo era verídico, ni todo era inventado. Especialmente en este caso, pues todos sabemos cómo funciona el mercado editorial, y yo era perfectamente consciente de que, en algún momento, aparecería una frase promocional asegurando que se trataba de una historia "basada en hechos reales".


4. La novela arranca con la vuelta de Manuel Llamazares como héroe a su León natal ¿Tan esperpénticos éramos los españoles en el año 1944?


No, éramos aún peores. Durante la investigación me encontré con un dato muy revelador: pese a la idea, tan extendida, de que en aquellos años se pasó hambre por culpa de la pertinaz sequía y de las consecuencias de la guerra, lo cierto es que las cosechas fueron muy buenas. Lo que falló es que el gobierno no conseguía combustible, y no podía abastecer a la población. Contado así, parece cómico, pero sufrir aquel tiempo tuvo que ser grotesco. Claro que habrá opiniones para todos, porque no faltaba a quien le iba realmente bien en medio de aquella miseria.


5. ¿Crees que a los españoles nos cuesta vernos como héroes de guerra (o identificarnos con ellos) en esas fechas cuando parecía que todo heroísmo a nivel mundial lo habían acaparado los aliados?


Hay que tener en cuenta que España se acostó germanófila -por no decir directamente "pronazi"-, y se levantó aliadófila. En aquel momento no interesaba ya resaltar nuestros "pecadillos", sino ponerse a bien con el vencedor. Un proceso que, por cierto, tuvo que resultar muy difícil, pues los aliados no dejaban de ser los mismos que nos quitaron Cuba y los que ocupaban Gibraltar, dos heridas muy sangrantes en aquella época. Hoy día, y sin entrar en consideraciones ideológicas, podríamos estar tentados de pensar que a aquellos españoles se les robó la gloria. Pero ya sabemos que la historia siempre la escriben los vencedores.


6. ¿Cómo te encontraste con el método de Émile Coué y como llegó a convertirse en el nombre de tu novela?


Hay dos rasgos fundamentales que definen, como personaje, a Manuel Llamazares: la testarudez y el optimismo. Y eso es precisamente lo que ofrece el método Coué: la esperanza de cambiar la realidad mediante la voluntad. Cuando Émile Coué hizo públicas sus teorías, no se le tomó muy en serio. Yo las descubrí precisamente por eso: en una monografía alemana de los años cuarenta encontré una mención muy despectiva a la "teoría de Coué". En cuanto investigué sobre el tema, quedé absolutamente fascinado por la propuesta de Coué.


7. ¿Qué le debe “El método Coué” al cine? Muchas de las escenas tanto las bélicas como las de cercanía de personajes son muy cinematográficas.


El cine y la literatura utilizan lenguajes que son parcialmente intercambiables. Y ambos toman del otro cualquier elemento que les pueda beneficiar. No ocurre sólo entre estas dos disciplinas: también la música o el cómic interactúan con la literatura, porque todo es válido a la hora de contar una historia, que es de lo que se trata. Lo que no se puede pretender es ignorar los recursos que están a nuestro alcance, y escribir como si todavía viviéramos en el siglo XIX. De todos modos, no creo que sea un fenómeno que me afecte sólamente a mí: a todos, en mayor o menor medida, nos influye la dialéctica de lo audiovisual, porque forma parte de nuestra realidad cotidiana. Y no es ni bueno ni malo; simplemente, es así.


8. Manuel vive su particular “guerra” con el amor y parece que al final ganó ¿Te parece el amor un conflicto?


No creo que sea, exactamente, una guerra. Manuel persigue la felicidad, y el amor es uno de sus componentes fundamentales. Y le pasa lo que a todo el mundo: a veces sale bien y a veces no. Pero, si el mundo a tu alrededor se ha vuelto completamente loco y se ha entregado a una orgía de autodestrucción, entonces el amor se vuelve más necesario que nunca. ¿El amor como conflicto? Bueno, cada uno tiene sus intereses, sus expectativas y sus preferencias. Lo complicado -y lo mágico- es conseguir que dos personas encajen.


9. Cuando Manuel se instala con “La chica” en aquella “mancebía”, con cámaras y micrófonos típicos de la Gestapo dice de los escritores que es mejor “no llegar nunca a la persona. Porque siempre, siempre te decepcionan”. ¿Qué piensas sobre esto?


Imagino que le habrá ocurrido a mucha gente: lees un libro, escuchas una canción o admiras un cuadro y automáticamente piensas que el autor debe de ser una persona excepcional. Y luego, cuando conoces al creador, te das cuenta de que tiene defectos, o incluso que es un ser despreciable. Y es que proyectamos las virtudes de una obra en la persona que la ha creado, lo que es una atribución errónea. No es que opine que todos los escritores sean unos cabrones, si no que hay que acercarse a ellos como a cualquier otra persona, dejándose de reverencias.


10. Cuéntanos un poco de la historia de cómo llegó “El método Coué” a Editorial Funambulista.


De la manera más inesperada; yo había terminado el libro pero no tenía editor. Mientras buscaba uno, puse en mi blog un anticipo de la novela, los primeros cinco capítulos, que cualquiera podía descargarse. Entonces, por cuestiones laborales, tuve contacto con algunos editores literarios, y en mis correos electrónicos solía incluir al pie, junto a la firma, un enlace a mi blog. Sorprendentemente, un día me escribió Max Lacruz, el director de Funambulista; había descubierto el avance de la novela y me pidió que le enviara el resto del manuscrito. En tres días me llamó por teléfono: no había acabado el libro, pero quería publicarlo. A mí me sorprendió tanto que le dije que mejor lo leyera entero, por si acaso luego se arrepentía. Unos días después, me envió un mensaje que decía "El final también me gusta", y que adjuntaba un contrato de edición.


11. Tus personajes fluyen con la historia, entran y salen sin forzar la historia, no se imponen se presentan y viven ¿Bajo qué influencia literaria dirías que te encuentras?


A mí me gusta pensar que estoy dentro de la (reciente) tradición de narradores leoneses. Mi forma de narrar y mi afición por lo insólito tienen mucho que ver con la pasión de los libros de Juan Pedro Aparicio y José María Merino. Creo que hay algunas conexiones entre mi libro y "El año del francés", por ejemplo. Y hay una tendencia irrefrenable hacia la ironía que creo que me la ha contagiado Luis Mateo Díez, es el escritor en castellano que más me ha influído. Pero también me siento deudor de otros muchos autores, por supuesto: adoro a Giovanni Guareschi y a Tabucchi. Y he aprendido mucho de John Irving. Más allá de estas influencias, no me veo en ninguna corriente literaria. Además, todo eso me sobrepasa; no sé que es el afterpop ni el ciberpunk ni nada de eso. A mí me interesan los buenos libros, nada más.


12. Esta historia tiene su germen en la oralidad, viene de lejos en la familia ¿Cuál es tu relación con la oralidad?


Bueno, yo soy un chico de los ochenta; cuando me hablan de filandones, de tradición oral, de etnografía y cosas así, me suena todo muy lejano. Nosotros crecimos con la tele y la LODE. La relación con lo literario es practicamente siempre a través de la escritura. Sin embargo, la oralidad nunca desaparece del todo: está en las leyendas urbanas, en los chistes... en todos los recursos sociales que escapan del control mediático. Pero esta historia, como ocurre con todas las que se conservan por tradición oral, tenía tanta fuerza que fue capaz de llegar hasta mí, aunque lo hiciera nadando contracorriente.

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