viernes, 24 de octubre de 2008

Vila-Matas, perseguidor

I
Al principio pensé que eran cosas mías. “Eres muy aprensivo”, me decía mi madre cuando era pequeño, pero no. En cuanto leí por primera vez lo de las casualidades literarias, cuando me enteré de que era posible encontrase uno con los textos que se leen o se escriben, comencé a fijarme. Por allá por el año 1995 compré un libro de cuentos, “Recuerdos inventados”, una antología de un tal Enrique Vila-Matas. Era una “antología personal” y era mi primera vez con este escritor. En uno de sus cuentos, “La hora de los cansados”, un hombre decide perseguir a otro que a su vez está persiguiendo a un negro llamado Romeo. Me asusté: un personaje de mis cuentos, un tal Rodrigo, conocido por su amada como Romeo, se vino a España a buscar fortuna como actor de en el teatro. Desapareció. La protagonista, una negra colonense, actriz, se vino detrás de su Romeo desaparecido y terminó sus días loca en la Gran Vía madrileña recitando entre delirios el texto de Shakespeare, viendo ante sus ojos negros y ya locos a su amado Rodrigo-Romeo. Negra persigue a negro. Casualidad. Vila-Matas dice del negro de su cuento que parecía un “boxeador tierno y cansado”. De pronto, desde un cuento remoto y catalán mi personaje surge convertido en una suerte de boxeador perseguido. Qué casualidad. Lo del cuento, pase, pero resulta que una de las grandes cunas de boxeadores panameños es la provincia de Colón, en la costa Atlántica panameña donde la mayoría de la población es negra.
Más raro es que el personaje de Romeo de Vila-Matas amenace a su perseguidor con partirle la cara como le saque en el supuesto cuento que iba a escribir: no quiere salir en ningún cuento. Mi personaje desaparece también del mapa de mi cuento, no comparece más que en los recuerdos de su Julieta loca en Madrid. Siempre he creído que mi personaje se fue a Barcelona y le confesó a Vila-Matas que no quería salir en ningún cuento. No se atrevió a decírmelo en su día. El escritor catalán sólo me lo ha hecho saber por escrito y comenzaba a perseguirme.

II
Decidí apartarme de Vila-Matas con recelo. Me fijaba mucho y me daba cuenta que era cierto lo de las casualidades literarias. Leía a un escritor y aparecía en el programa de los libros en televisión o si leía el diario de Kafka coincidía con el día que estaba leyendo. Me encontré por aquel entonces con otro escritor de las casualidades y el azar, Paul Auster, que contó cómo había comenzado a escribir “La ciudad de cristal”. Increíble. La Literatura me confirmaba por otra vía y desde otro continente que las cosas podían ser así. Todo parecía formar parte de la literatura y de la vida, todo es parte de lo mismo. Leyendo a Auster me sentí más acompañado. ¡Qué casualidad! Paul Auster y mi perseguidor publican en la misma editorial: Anagrama.

III
Lo de las casualidades me intrigaba y no fuera a ser cosa de demonios literarios. Por esas fechas, año 1998 más o menos, realizaba yo una investigación sobre el satanismo y su influencia en la música y su impacto en los jóvenes. Pasé varias jornadas con mi Biblia y una extensa bibliografía persiguiendo a Satán, Príncipe de este mundo. Un artículo de prensa del que me deshice hace tiempo me revelaba una noticia espeluznate y literaria E. Vila-Matas, leído ante un espejo, revela la naturaleza de mi perseguidor SATAM ALIVE. Llamé a mi madre a Panamá y se lo conté por encima para no inquietarla. Me dijo que no fuera tan aprensivo y que dejara de leer libros raros.
Desde entonces pongo más cuidado en lo que leo de Vila-Matas y confesé a mis amistades de que estaba siendo perseguido por el escritor catalán. Unos se rieron, otros me dijeron que las muchas letras me iban a volver loco o más raro de lo que ya era. Ninguno culpó ni a la literatura ni a Vila-Matas que pasó a convertirse en una obsesión silenciosa, de esas que no compartes con nadie por miedo a exponerte a la realidad: nadie te persigue excepto tú mismo.
Leí recién estrenada mi admirada obsesión un libro prodigioso. “El viaje vertical”. ¡Qué casualidad!: el destino de Federico Mayol sería el mío, años después, pero yo no llegaría yo a las bodas de Oro. El azar no descansa. El viaje vertical no cesa.

IV
La persecución continuaba. En cada artículo, en cada esquina de un autor, en los periódicos. Vila-Matas, con su apostura de perpetuo joven, con su pinta de vampiro, me iba llenando el sendero de trampas azarosas y juegos literarios. No pensé verle nunca pero me ocurrió una de esas cosas que él y yo sabemos. Cuando decidí leer a Tabucchi, sostuve que aprovecharía la presentación de su novela “Se está haciendo cada vez más tarde”, para conocerle en persona. Al llegar al Círculo de Bellas Artes resultó que uno de los que presentarían la obra era Enrique Vila-Matas. No me lo podía creer. Tabucchi-Vila-Matas ¿que tendrán que ver? Contó entonces mi perseguidor (contestándome sin que yo le preguntara), que se conocen desde muy jóvenes. El catalán era el niño que le decía al italiano, cuando veraneaban, muro con muro, en el Cadaqués de los cincuentas que “los adultos son estúpidos”. Y tenía razón el niño y tiene razón el escritor y las casualidades. Por cierto. ¡Qué casualidad! Acabo de enterarme, mientras escribo estas pruebas de persecución, que mi amigo Doménico Chiappe entrevistó a Tabucchi en esa ocasión. No lo sabía (bendito Google). Cierra su entrevista con la anécdota de Vila-Matas y Tabucchi en Cadaqués. Juzguen ustedes.

V
Me pasó lo de Federico Mayol. Se acabó mi matrimonio y aunque lo lamenté en su día hace mucho tiempo que ya no. Pero incluso, en aquel lance, la sombra de Vila-Matas se alargó sobre mí. “Doctor Pasavento” se publicó en el 2005. La compré y después de meses de una agonía (entiéndase también como lucha) terrible comencé a leer. La fecha de cuando empecé la lectura de esta novela la consigné en la página 17. Relata el narrador que después de imaginar un viaje a Sevilla, le invitan de verdad a ir a esa ciudad a dialogar con Bernardo Atxaga sobre las relaciones entre realidad y ficción. Mientras leía me encontré con una fecha: 16 de diciembre de 2003. Yo me sorprendí, como lo hace mi perseguidor en su texto: “No, no puede ser. Pero sí que podía ser, claro”. Yo emprendía la lectura dos años después de esa fecha pero ese mismo día.
Navegando por internet me encontré, por casualidad, con una revista literaria llamada “Invierno en Panamá”. Les escribí, soy panameño, y les conté que estaba leyendo a Vila-Matas y que lo estaba pasando mal, que vivía en un “invierno”. Me contestaron días después: uno de los primeros a los que solicitaron colaboración (eso dijeron aunque ya no tengo el correo que recibí) fue a Enrique Vila-Matas. Me reí como pocas veces en muchos meses aquel año. Seguía persiguiéndome a pesar de todo. Eso era buena señal.

VI
No he dejado de leerle y no ha dejado de perseguirme. Este año que es el año de su 60 cumpleaños. Mi mujer Marga Collazo cumplió 30 el día 1 de marzo. Yo nací el 26 de marzo, justo el año en que no escribió nada más que de cine. Justo el cine que mi tía abuela Paula adoraba en Panamá y que seguía en una revista chilena de cine y teatro: Ecran. La mujer de mi perseguidor se llama Paula y a mí la cinefilia, de la que escribió el año que nací yo, me corroe también.
El jazz que me trajo Marga tiene cabida en nuestra persecución. Una mañana, estaba escuchando a Chet Baker, había comenzado a escribir un artículo sobre perseguidores literarios. Eché mano de Vila-Matas, exactamente de "Bartlevy y compañía". Fiel a mi costumbre de anotar en la última hoja de los libros que leo los temas que me interesan y su respectivo número de página, comencé a repasar mi vieja lectura. Me encuentro con la entrada "jazz" y me voy a la página 157 y resulta que Pineda, un viejo amigo del narrador de Vila-Matas pone música de Chet Baker que, a partir de ese día, pasó a ser su intérprete favorito. Cosas de los libros. Pensé en mi obsesión y me dispuse a escribir. Cuando se lo conté a mi mujer, Marga Collazo, me dijo con una sonrisilla de genio que no podíamos seguir así, que teníamos que conocernos. "Quién ¿Chet Baker y o yo?" pregunté creyendo saber la respuesta. “No, tú y Pineda que sois muy grises”. Me sorprendió: pensé que me diría que Vila-Matas y yo. Sobre la manía persecutoria del escritor no dijo nada aunque creo que tiene su propia teoría.

VII
Conocí a mi mujer Marga Collazo hace casi dos años, nos enamoramos y nos hemos casado. Venimos de explorar el abismo, cada uno por su lado. Amamos los libros, el cine, la criminología y a nuestra hija Lucía. De Vila-Matas le gusta eso de dedicar toda su obra a su mujer y va leyendo cosas de mi perseguidor. Para nuestra despedida de soltero me regaló “Dietario voluble” en cuya portada aparece Vila-Matas dando la espalda. Me reí cuando me lo dio. “¿Qué?”, preguntó Marga. “Al final parece que quien va detrás de él soy yo”. Marga se rió y me dijo que estoy enfermo de literatura, “mal de Montano”, dije y ella me replicó “lo ves” y pusimos de vuelta a casa después de cenar y darnos los regalos a Van Morrison, el que escucha Vila-Matas en casa.
Lo último ocurrió el día de nuestra boda. Al salir para el lugar de la ceremonia me llevé un libro al azar: “Dietario voluble” era el que tenía más a mano y quería arriesgarme. Tenía que esperar a un amigo que me recogería para llevarme y vestirme allí para casarme con la mujer de mi vida. Tenía casi una hora de espera por delante: solo y soltero. Me metí en una cafetería, pedí un café y me dispuse a leer temiéndome lo mejor: que Vila-Matas apareciera por allí. No me defraudó: me dejó unos deberes y un recuerdo. Debo escribir. Sugiere como en otras ocasiones el título de un libro que debo escribir: “Lo que pasa cuando no pasa nada”. Un recuerdo: el de Tito Monterroso y sus moscas eternas. Me hizo gracia: unos días antes le había contado a Lucía “El dinosaurio”. Tiene cuatro años y se quedó desconcertada por la brevedad. Me pidió otro cuento y se lo relaté. Incluso para ella era muy breve.

VIII
La cosa no terminará aquí: me perseguirá, ojalá me alcance, y con él vendrá la literatura.