08 febrero, 2009

Meta física

El profesor Souto e Ignacio Reler conversaban sobre escritoras y escritores y la extensión de los microrelatos de las unas y los otros.
−Ellas tienen medidas más precisas −dijo Ignacio−, 90, 60, 90…
−Sí −respondió el profesor Souto−, los hombres mentimos mucho sobre nuestras medidas.

Décima enseñanza: mide bien, no exageres: no sea que esto se te convierta en un cuento patético.

Ser padre

“Vas a ser padre” me dijo emocionada mi mujer Marga Collazo mientras las dos rayitas del “predictor” confirmaban lo que ciertos síntomas nos adelantaban: un bebé con la mitad de mi información genética viene en camino. Eso fue hace dos meses y medio, antes de navidad, en el silencio de nuestro salón.
Hace unos días fui al médico (la primera cita, la de los temores), con Marga para que nos dijeran el estado del bebé. “Túmbese” le dijo a mi mujer una médico muy amable aunque con gesto imperturbable, profesional, un rostro que no se conmueve con la película porque ya la ha visto cientos de veces. Encendió el ecógrafo, puso el aparatito sobre el vientre de Marga y en monitor apareció la silueta de un ser humano en gris y negro. Pulsó una tecla: pum-pum, pum-pum, pum-pum. Fuertes, claros, altos, los latidos del corazón de nuestro hijo me devolvieron al silencio y a las lágrimas. Unos pocos latidos y mi vida comenzó a reordenarse, los miedos de desconvocaron y las dudas razonables desaparecieron. Al sonido de la vida la muerte cede pasos, se recluye segura en otro lugar hasta otro momento.
Ser padre es mucho más que engendrar un hijo o ponerle un apellido. Es llevarle de la mano cada día hasta el amor, es levantarle hasta el techo, hasta que se ría, y contarle cada noche una historia distinta, divertida y emocionante; ser padre es ir a la tienda del chino conversando, consentir de vez en cuando algún “caprichillo” y es decirles a los hijos que a uno le gusta José Luis Perales.
Lucía me ha dado todo eso: la oportunidad de levantarme por la noche cuando tose o reñirle cuando no hace lo que le digo o ser perseguido por toda la casa por una niña feliz que no me deja ni siquiera cuando estoy en el baño. Desde mi trono (a puerta cerrada) escucho “¿dónde está Pedro?” A los pocos segundos llaman a la puerta del salón del trono “¿qué haces?”, se ríe, “ahora salgo”, contesto y vuelve a llamarme para seguir con la juerga.
Lucía me ha dado parte de su corazón inocente y yo lo he recibido como un alumbramiento, como un padre primerizo que se va haciendo poco a poco con el corazón de un ser extraordinario. Aunque ella tiene a su padre al que quiere, a mi me dedica amplias sonrisa, la confianza inquebrantable de los hijos a esas edades (cuatro maravillosos años) con los padres y la locura de sus juegos y sus teatros. Es una artista y le encanta escribir a mi lado mientras me esfuerzo en mis quehaceres literarios. La amo profundamente, para siempre, por encima de todos y de todo.
Ahora resulta que voy a ser padre. Un ser nuevo viene a mi vida y a la de mi mujer Marga Collazo para volvernos a dar un vuelco, para ilusionarnos y para inquietarnos para siempre. Ser padre es estarse toda la vida sentado al borde de la noche velando en oración por los hijos que crecen. Estoy dispuesto a seguir allí sentado por Lucía y por su hermano.
Llegado el mañana, escribiremos las letras por la casa y nos reiremos del Principito antes de llorar y seguiremos a la gaviota del Príncipe feliz de Wilde. Seremos marineros en tierra y la vida pasará sus páginas hasta llevarnos hasta Poe, Cortázar y el mismísimo Enrique Vila-Matas. Les contaré más historias y usaremos la imaginación para cambiar el mundo aunque solo dure el cambio lo que dura un cuento.
Recitaremos a Benedetti y haremos el pacto ese que escribió, contaremos el uno con el otro para siempre y no sólo hasta cinco. Les enseñaré a que se enamoren y a que enamoren con Neruda aunque después descubran que mucha de esa poesía es cursi y, quién sabe, quizás, ellas mismos escriban sus poemas, sus cuentos y se conviertan en grandes escritores. No lo sé.
Pido a Dios que se conviertan en seguidores de su Palabra, que no miren los malos ejemplos y que reaccionen a tiempo ante lo que no les convenga. Hay tanto vacio y tanta simpleza en el mundo que produce vértigo pensar que pasará mañana, con qué se encontrarán cuando sean mayores.
Ser padre es ser transformados por la cadencia de los latidos de dos niños. Una, la loca de la casa, Lucía, que alumbra mis desvelos y mis ansias y el pequeño que viene en camino al que su hermana mayor espera preguntando por él a diario y al que no reconoció en la foto de la primera ecografía. Ya se verán las caras, ya se pelarán y se reirán, ya jugarán entre letras y libros, entre el presente y el fututo y un día, si Dios quiere, recordarán y entonces ya serán mayores.

03 febrero, 2009

"El mundo" de Millás

La narrativa de Juan José Millás está fuera de toda discusión en lo que respecta a su capacidad de envolvernos en sus tramas (a larga o corta distancia) y sobre su capacidad de convertir lo cotidiano en materia literaria. Allí están sus arti-cuentos, sus artículos a secas y sus cuentos nada secos que hacen las delicias del lector que se ve metido en una trama que a pesar de su brevedad no defrauda.
Lo que nos ocupa hoy es el “Planeta” de Millás “El mundo”, novela de iniciación que lleva al lector a la calle donde un alter ego (o sólo ego) de Juanjo nos lleva al mundo, a la patria de un escritor prodigioso. Aunque todas las novelas son mentira, y esta lo será en mayor o menor medida, la trama de “El mundo” no es comparable a la bien hilada de “La soledad era esto”. Son recuerdos, dispersos catarsis e insistencias con un pasado del que el protagonista entra y sale para revelarnos sus fantasmas de escritor.
Desde la perspectiva psicológica, la visión del daño que una infancia difícil en lo económico y lo afectivo imprime en el protagonista o la manera de encarar la vida con miedos y ansiedades es verdaderamente interesante. Y traumante para su protagonista. Más allá la cosa no es más (y esos es la literatura) un ejercicio de preciosismo a la hora de poner en negro sobre blanco la vida que recorre el personaje hasta el final del viaje en Valencia ante el mar.
Lo más destacable de este "libro" es la relación entre el joven Millás y el Vitaminas, un amigo de la infancia que muere muy joven y cuya amistad y aventuras no dejan al escritor nunca. Es más, la relación se extiende más allá de la muerte de este al enamorarse nuestro protagonista de la hermana de este. Esta extensión de la vida del Vitaminas persigue con hostilidad al escritor desde el día en que María José le espetó al joven “no eres interesante para mí”. Desde entonces la hostilidad de la chica le persigue toda la vida. Una coma en esa frase resulta fundacional, un hito para el escritor que sería Juanjo Millás.
Millás vuelve a mostrarnos que la vida sencilla de un niño en un barrio cualquiera con unos padres comunes, puede terminar convirtiéndose en materia de una novela. Toda vida por muy simple que nos parezca es susceptible de ser convertida en novela si se cuenta bien, si se lleva con buen ritmo y una trama bien construida. No en vano Millás (el personaje o el de verdad) que la belleza de una frase reside en su eficacia. Tomamos nota.
Este “libro”, que no carece de algunos grandes momentos literarios es una manera preciosa de homenajear a la memoria, resolver o por lo menos enumerar, los fantasmas que nos habitan, no termina de ser una novela al uso y sé que me contradigo. Tiene su valor como texto salido de la pluma de uno de nuestros mejores escritores pero no llega a la altura de sus grandes novelas. A pesar de ello, su lectura tiene el aliciente de conocer el revés de la fama y el éxito literario que suele tener, casi siempre, un lado oscuro siempre negado y muchas veces desconocido.

01 febrero, 2009

Superviviente (Cuento)

Wilson viene animándose a seguir “corriendo”, como lo hacían en el estadio Juan Demóstenes Arosemena los seguidores de la novena de Panamá Metro, “¡corre Wilson, corre!”, le gritaba la grada entusiasmada, extática, viéndole doblar por segunda base, triunfal, heroico, “¡corre Wilson, corre!”, y Wilson corría más rápido y la gente gritaba más y Wilson llegaba a salvo a tercera base.
— ¡Corre, Wilson, corre! —se decía bajito, sudoroso, animando su pronunciada cojera. El negro Rolando Wilson tiene que llegar cuanto antes, aunque ya no sea tan rápido como entonces. Llegando a la esquina de Calle S, justo donde la señora Carmen Alicia vende sus platos de comida a dólar, la gallada lo anima con el mismo grito de ánimo de siempre, transformado ahora en grito sarcástico, burlón y cruel:
— ¡Corre, Wilí, corre!—.
Por mucho que se esfuerce, ya no puede alcanzar a ninguno de los muchachos que se burlan de él. Los mira con rabia y pasa de largo. Viene cojeando kilómetro y medio desde el barrio de San Miguel con prisa y sabe que tiene que llegar cuanto antes. La vaina es de vida o muerte.
— ¿Señor Rolando Wilson?
—Sí señor— contestó poniéndose en pie el negro.
—“Queda usted inhabilitado para la práctica del béisbol por espacio de dos años por agresión al lanzador del equipo de Chiriquí, Antonio Sanjur con un bate provocándole una grave lesión en el brazo izquierdo. Aunque el jugador no haya presentado denuncia, es deber de la Dirección de este equipo suspenderle como castigo de tan lamentable hecho. Tiene usted además prohibida la entrada a este Estadio y a cualquier otro de la República de Panamá en donde se esté jugando un partido de béisbol”.
El escueto comunicado lo leyó en las oficinas del Estadio Juan Demóstenes Arosemena el Director del equipo de Panamá Metro en presencia de todos los jugadores.
— ¿Comprende la gravedad del hecho y la necesidad que éste equipo tiene de actuar en consecuencia?
— ¿Lo entiendo, señor? —contesta arrepentido, mirando al suelo, Wilson.
Uno a uno fue despidiéndose de sus compañeros. Había actuado en el calor del partido y luego de que éste lanzador le golpeara dos veces con la pelota. Además, deportivamente hablando, no había tenido su noche. Mientras se despedía, recordaba cómo se fue hacia Sanjur que apenas dio dos pasos hacia atrás, él soltó uno de sus mejores batazos directo a la cabeza. Sanjur levantó los brazos para cubrirse. Eso le salvó la vida a ambos. Antonio Sanjur decidió perdonar públicamente a Rolando Wilson que, a pesar de haberse arrepentido y lamentado el hecho, fue sancionado por su equipo y la Federación Nacional de Béisbol.
—Espero verlo de vuelta con nosotros —estrechó por último la mano del Director—. Es usted una promesa para el béisbol nacional.
— ¡Corre, Wilí, corre!—, se vuelven a burlar los muchachos, tentando la paciencia del negro.
Wilí dejó atrás la esquina del barrio, se sacude de la memoria los recuerdos y llega por fin, respirando por la boca después de tanto esfuerzo, a la casa de Pablo, justo debajo de su balcón. Es su última oportunidad para salvar el fin de semana. La pierna izquierda le duele. Toma aire y grita desde la calle llamando a Pablo. Nadie se asoma al balcón y se desespera.
“Si se fue Pablo me jodí”, piensa el negro masajeándose la pierna mala a la altura del muslo para mitigar el dolor. El maldito disparo le jodió la vida.
Cuando se dispone a gritar de nuevo, albergando esperanzas y ejerciendo fe, Pablo se asoma al balcón masticando. Wilí le sonríe desde la calle y poniendo su mejor cara de necesitado suelta su petición:
—Pablo, llévame a trabajar contigo “loco” que estoy sin trabajo y necesito plata, tú sabes que la vaina está dura...
—Estás muy lento Wilí —le interrumpe con la boca medio llena, terminando de masticar, Pablo—. Cuando tú vienes con un cubo de piedras los demás llevan tres Wilí, y eso no me conviene, el dueño quiere su trabajo terminado cuanto antes...
“Pero si yo pongo interés Pablo”, Wilí insiste interrumpiendo desde la calle, haciendo aspavientos, “tú sabes que soy bueno y sano, si casi ni tomo, mi hermano”.
Pablo, desde las alturas de su balcón, le lanzó una mirada fulminante. La fama de bebedor de Wilí es conocida de todos en la zona del barrio de Calle S y alrededores. Parece que el negro nació chupando de la teta de su madre ron con leche, o sin ella.
—Wilí no insistas que no me sirves —sentenció, con severidad, Pablo.
—Pero si yo pongo interés, loco —volvió a argumentar con desespero el negro Wilí, la mano en la pierna izquierda que le duele de la carrera.
—Mira, termino de almorzar y nos vamos —cedió Pablo, aunque en el fondo algo le indicaba que la cosa terminaría como siempre. En la calle, al negro Wilí la pierna deja de dolerle de la alegría.
“Me salvé Diosito”, piensa feliz, mientras espera impaciente a su jefe.
A los cinco minutos bajó Pablo con un palillo en la boca, se montaron en el carro y se lo llevó a trabajar toda esa tarde de jueves. El viernes, temprano, también pasó por su puerta, Wilí se levantó a, tiempo, raro en ti negrito, le dice sorprendido Pablo a las 5:30 de la mañana. Wilí sonreído, se subió al carro cojeando. Estuvieron todo el día trabajando hasta las seis de la tarde.
El negro echa cuentas, sabe que sólo necesita catorce dólares para “vivir” su fin de semana. Ocho para buscar a su puta favorita, Flora, una chola de senos inmensos y a la que le ha cogido cariño en estos últimos meses. Además, es lo más barato que se puede permitir. La mujer es considerada y muy limpia. El sólo pensar en el plan que tiene para su viernes cultural, le produce un leve cosquilleo en la entrepierna. Con los otros seis dólares se comprará su medio litro de Seco Herrerano y un ceviche de corvina chico, se le hacía agua la boca, y el resto para el pasaje hasta el Mercado Grande.
“La felicidad es eso mi hermano”, piensa para sí cargando un enorme cubo con piedras, Wilí.
Tanto el jueves como el viernes el negro Wilí trabajó como nunca. Hacía su esfuerzo inútil por llevar el ritmo de trabajo del resto de la cuadrilla de albañiles. A pesar de ello, era más lento que los demás y la cosa se iba retrasando porque necesitaba descansar varias veces más que el resto. Terminaron a duras penas. El dueño de la casa, contento, dejó un dólar de propina para cada uno. La gente es así de truñuña, de agarrada. Así las cosas, Wilí cobraría quince dólares. No se lo esperaba: para él era una fortuna y el incremento de sus arcas en un dólar le daba la posibilidad de comerse un ceviche de corvina grande —ahora le sobra dinero, piensa—, en la Fonda Antioqueña.
Pero el negro Wilí no siempre fue así. Era una promesa del béisbol nacional pero su temperamento le jugó una mala pasada en aquel partido contra el equipo de Chiriquí. Luego vino la inhabilitación para la práctica del béisbol y después la vida delictiva a la que cedió en busca de dinero fácil. Tenía que mantener un estatus.
—Necesito plata para mis vainas —le dijo a Ernesto, el jefe de la banda, reunidos en el callejón fumando marihuana — ¡pero la necesito para ya!
Todo se fue al carajo cuando lo del robo al gallego de la mueblería, su primer robo, el disparo del policía y la operación que lo acabó de rematar. Nunca fue el mismo desde entonces. Su cojera de la pierna izquierda es muy pronunciada y se cansa mucho para ir de un sitio a otro. Nunca terminó sus estudios secundarios.
—Para qué —reía confiado, arrogante, ante la insistencia de su madre—, si voy a jugar en las grandes ligas, vieja, va haber plata para todos.
Recogidas las herramientas y descargadas en el taller, Pablo procede al pago semanal de sus empleados y colaboradores, Wilí entre ellos. La alegría se palpa en la plantilla y se adelantan entre ellos los planes para el viernes noche. Wilí ríe para sí y la entrepierna le cosquillea. Después de la cervecita de rigor, los muchachos comienzan a despedirse. Wilí emprende cojeando el camino hacia la puerta y a la gloria. Pablo insistió en llevarlo, total, pasa por delante de su casa.
—Mañana temprano te paso a buscar Wilí, no me falles ¿okey? —lo dejó en la puerta Pablo.
Wilí subió las escaleras hasta su casa. Cogió su toalla y alegre y cojeando se metió al baño. Salió rápido, se puso su única camisa limpia y medio planchada, de noche las arrugas no se notan tanto, y cogió un bus que lo dejara cerca del Mercado Grande. El conductor llevaba la música a todo volumen: Devórame otra vez, devórame otra vez... presagio de su noche de placer. Y Wilí, contento, se diría cantaba feliz.
Ya en la zona del Mercado Grande, eran como las siete de la noche, el negro buscó la Pensión París y por sus alrededores, cojeando como siempre, más elegante quizás, a la chola de sus sueños lúbricos. Flora iba embutida, en un estrechísimo vestido negro que favorecía sus grandes atributos y que Wilí interpretó como toda una declaración de intenciones. La saludó con un beso en la mejilla que a la chola medio le molestó por parecerse demasiado a los besos de un marido o de alguien que la quiere. A ella no le gustaba eso y correspondió a su cliente con un beso profesional, intentando alejar de la mente de Wilí cualquier absurda idea de que ellos, precisamente ellos, a fuerza de costumbre, pudieran llegar más allá de una mera relación mercantil. Al negro le despertó la virilidad ese beso profesional y su mente comenzó a recrearse de antemano en el goce de la mujer.
Iban caminando, entre risitas cómplices y lujuriosas, hacia la pensión cuando, de la oscuridad, les salen al encuentro dos hombres: uno de ellos bajo, con corbata y maletín negro; el otro, gordo y un poco más alto, con guayabera. Los amantes se asustaron: será una batida sorpresa de la Policía, pensó la chola que ya tenía experiencia en esas lides. Serán familia de la chola, Wilí temblaba al pensar, ya se sabe cómo es la gente del campo para esto de las mujeres. Del miedo a Wilí le parecía que el gordo se daba un aire a Flora.
El tipo bajo y con corbata hizo un movimiento extraño y metió la mano en el maletín. Una pistola o un cuchillo, pensó Wilí apretando en el bolsillo del pantalón el dinero que tantas piedras recogidas le costó juntar. Su entrepierna se olvidó por completo del entusiasmo de hace un momento. Del maletín el tipo saca, como un relámpago, una revista Atalaya.
— ¿Saben que el fin del mundo se acerca jóvenes?
Wilí respiró aliviado. La chola casi no podía contener la risa. Para el negro el mundo comenzaba otra vez, estaba a punto de volver a vestirse de Adán para encontrarse en el paraíso de sabanas blancas con su inmensa Eva ataviada con sus grandes virtudes y ambos sin hoja de parra.
—Si el mundo se va a acabar pronto, hermano —responde el negro recuperado del susto— voy a subir a la pensión con la chola a despedirlo.
Dándoles la espalda y dejándoles con la palabra en la boca, los amantes por horas siguieron hacia la pensión riéndose de sus miedos y advirtiéndose entre risitas lo que se iban a hacer en la cama.
Wilí subió detrás de Flora a la habitación número seis de la Pensión París en el Mercado Grande, que huele peor cuando sopla la brisa fresca del mar. Wilí fue feliz e hizo feliz varias veces a la chola que siempre le fiaba el cuarto por consideración a su impedimento físico o talvez por sus dotes de amante. Con el sudor de su frente Wilí pagó su noche de placer y en la bodega del chino Manzanero, al salir de la pensión, compró su medio litro de ron Seco Herrerano.
—Para esto se trabaja —iba hablando con nadie, ya borracho— para tener tu buena chola y para tomarte tus traguitos. Cojeando más de lo debido, Wilí emprendió su paseo de regreso al barrio. Del ceviche de corvina en la Fonda Antioqueña ni se acordó.
Por la mañana temprano Pablo vio a Wilí tirado en la acera, a la salida de su barrio, con una botella de Seco Herrerano vacía en la mano. Lo estuvo buscando para ir a trabajar, llamando a su puerta, intentando darle otra oportunidad al cojo. Pablo subió al carro y pasó de largo delante de él sin mirarlo. Wilí en el suelo, borracho y feliz sabe que allá en el Mercado Grande, ansiosa, la chola Flora lo espera el viernes que viene.

Hipólito y su pez volador

Le llamaré “G” ahora que le he encontrado el punto. Hipólito G. Navarro no necesitaba presentación en Tres rosas amarillas pero aun así, un lector de lujo como el editor de Páginas de espuma, Juan Casamayor, le presentó con la alegría de los descubrimientos y la satisfacción de haber logrado entre todos algo verdaderamente maravilloso al ofrecer al público “El pez volador”, una antología de la obra de este cuentista imprescindible y necesario más que nunca en el panorama literario español. “G” (Poli le llaman los otros, yo me resisto o Hipólito G. Navarro o “G” pero nunca Poli, apenas nos conocemos), lucía una barba de patriarca ortodoxo que en un heterodoxo como él es toda una declaración de principios. Su particular mirada (más allá del antológico estrabismo de nuestro singular patriarca) sobre la vida y el cuento hizo de una noche de presentación bajo la palmera de Tres rosas amarillas, una clase magistral de literatura y vida. Javier Sáez de Ibarra, tomó la palabra para sumergirnos en un mundo lleno de descubrimientos profundos en una narrativa tan especial como compleja. Su trabajo arqueológico quedó puesto de manifiesto al ofrecer a los oyentes perlas extraídas de la obra de "G" que demuestran su maestría y el camino que abre con su obra narrativa. Según se dijo en la presentación el trabajo de Javier consta de unas cien páginas de las que sólo disfrutaremos de unas pocas en la antología pero llenas de enjundia y buen criterio. Luego de una brillante exposición y de retar a los presentes con un par de preguntas sobre géneros literarios que la mayoría suspendimos, ocurrió algo insólito. Javier procedió a coronar a “G” como rey de la baraja de los cuentistas para lo cual le impuso una túnica celeste, por lo del pez supongo, le puso una corona y le dio una espada para fustigar a los novelistas, a los malos. De allí a la gloria, al momento literario de la noche. “G” vestido (investido) así, decía, no se podía hablar en serio de nada. Ni falta que le hizo ponerse serio.
Se despojó, eso sí, de la corona, (en fin, que le daba reparo acometer la charla de rigor con semejantes oros) y nos traslado a su mundo, a su reino conquistado con oficio y muchas dosis de ironía y rigor a la hora de escribir. Habló de sí mismo, de sus malos momentos, de los que da cuenta en la entrevista que cierra la antilogía, lo que le ha servido de ayuda en lo personal. No tiene, dijo, la misma alegría al escribir que antes y eso me preocupó y espero que la recobre y que todos disfrutemos pronto de un buen libro de un buen tipo.
Tengo la impresión de que en este mi primer encuentro con “G” es como el de los que primero ven la película y luego buscan el libro para quedar enamorados de él. Yo he descubierto a la persona y ahora me acerco a su literatura. Es un hombre que se asoma a sí mismo y se asume sin las soberbias de los acomplejados y estirados escritores que sólo ocultan su estupidez bajo la pátina de listillos y resabidos. “G” no, es un hombre transparente que se ríe de todo y de todos para reírse luego de sí mismo. Es una persona a la que apetece leer y una vez leído lo quiere uno leer más y mejor. Con su estrabismo vital, necesario para acometer el cuento, "G" nos deja perplejos con su obra y nos insta desde cada cuento a la acción. Parecen inocentes pero sus cuentos esconden un sustrato que te pega directo en la mandíbula para despejarnos la mente de tanta simpleza formal y vital. Mucho que aprender y que disfrutar de este hombre que cuenta bien y con el cual tenemos que contar los que disfrutamos del oficio de leer y de escribir.

24 enero, 2009

Edgar y yo

Ya sé que me dirán que estoy obsesionado con las casualidades literarias. Otros me darán una charla sobre como el inconsciente va arreglando su percepción de la realidad a los hechos ocurridos para hacerlos coincidir. Como quieran, pero la verdad es que es a mí a quien le pasan estas cosas.
Estamos en el año del Cuervo (no soy astrólogo tranquilos), en el año en que celebramos el nacimiento de Edgar Allan Poe hace dos siglos. Es un tipo extraordinario con una vida de novela corta, murió con cuarenta, pero que da para una zaga que podíamos llamara “Inventario de amarguras” (suena a culebrón pero no lo sería). Poe sufrió como tantos anónimos un cúmulo de amarguras, obstáculos, incomprensiones y tristezas que al leerlas uno se siente de lo más afortunado y bendecido que hay en la Tierra. Era un hombre con un talento poco reconocido y en absoluto bien remunerado. A Poe le faltó comprensión y afecto.
Leo con atención en estos días la interesante biografía de Georges Walter, francés de origen húngaro y novelista para más señas, titulada en su traducción al español Poe. Es un viaje muy detallado a la vida y obra de este hombre, tocado por el talento y lleno de un frenesí literario, que hace que la lectura se transforme en una brillante novela de investigación. Maneja Walter una gran documentación y visita los lugares de la trama para ponerlo todo al servicio del lector ávido de conocer más al escritor de Boston.
Pues eso, leo con atención la biografía y, al llegar al capítulo doce nuestro escritor, desesperado y enfermo en 1842, suspira por un puesto en la Aduana. Para mi sorpresa yo trabajo en el departamento de aduanas de mi empresa, pero no suspiro por ello ni estoy enfermo. Ni tampoco tengo su talento. Me sorprendió la coincidencia. Edgar pasó de largo sin poder entrar en la Aduana y eso a la larga fue mejor para él aunque, con la que estaba cayendo en su vida por esas fechas, el hubiera preferido trabajar en la Aduana. Como yo, con la que cae por estos pagos, no renuncio a mi puesto aunque eso signifique horas sin escribir, sin poder buscar mi propio sueño.
Es una hermosa metáfora: cuando uno llega al trabajo te exigen dejar en la puerta tus sueños y metas y lo único que debe brillar en tu mente es sacar adelante tu puesto, tirar del carro, buscar el sueño de otro. Por la tarde, al regresar a casa te esperan, ya recogidos tus sueños en la puerta de tu trabajo, tu familia si la tienes o tu soledad. Y es entonces, cuando por fin el mundo casando se va a dormir a o a vivir la noche, cuando los hombres y mujeres con una pasión sacan sus folios en blanco y elaboran tramas y personajes, inauguran universos y dan vida a algo que no existe pero que podría hacerlo.
Poe escribió en esa etapa descrita en el capítulo doce (1841-1842), el mejor momento de su vida, once de los 67 cuentos que publicaría a lo largo de su vida. Si Poe es ejemplo de algo más allá de lo estrictamente literario es de tesón, tal vez disperso y un tanto débil, pero tesón al fin y al cabo, en la búsqueda de lo que tenía que ser: escritor.
Más allá de la anécdota y de la casualidad, una excusa para escribir este artículo, me queda la sensación de haber acompañado a este tipo raro (lo dice Rubén Darío) en una existencia atormentada, carente de afecto y comprensión. Es un tipo que sufre desde la cuna hasta la tumba y cuyo único descanso son los momentos en los que escribe sus terribles ficciones porque por fin no le ocurren a él, le ocurren a otro y él sólo es el cronista de las tragedias. Doscientos años después su sombra se agiganta hasta alcanzarnos en forma de cuervo para decirnos “nunca más”, nunca más renuncies a tus sueños: tu corazón te delatará.
Por cierto, me he enterado que el autor de la biografía de Poe nació en mismo día que yo, 51 años antes. Más casualidades para no variar.

22 enero, 2009

Pé y el Oscar

Ya he confesado que Penélope Cruz no es santa de mi devoción aunque la verdad no soy muy devoto de santos. En fin, que dije en su día, vista Vicky, Cristina, Barcelona que lo peor de la cinta fueron los dos españoles Bardem y Penélope, que parecían más bien sacados de un periódico andaluz de sucesos. No estaban en el papel y que aparte de “Volver” nada más del trabajo de Penélope Cruz es destacable más allá de la belleza de la actriz.
Pero en fin, los críticos se empeñaron y la Academia también: la Cruz está nominada como mejor actriz de reparto, en una película que califican muchos de comedia cuando en realidad es más un melodrama divertido que otra cosa. Es sospecho que Allen,que vive de espaldas a todo el sistema de mamoneo académico, se vea de pronto aupado hasta los Oscars. Es raro. Encima lo que parece es que se quiere premiar una carrera y unas influencias (las de Penélope) más que de verdad valorar el cine y el buen hacer.
La verdad es que todo esto huele a lobby y a influencias de unos y otros para pulir el producto que es Penélope Cruz, nada más. Ahora llegan críticas buenas desde Estados Unidos cuando todos sabemos que a Woody Allen no le quieren bien allí en su tierra.
Al final seremos cuatro contra el starsistem, cuatro que hemos visto la misma película, hemos visto las mismas carencias de los actores y ahora asistimos al espectáculo de montar “una película” con sus trampas como en las de chinos con todo este asunto de que Penélope se merece un Oscar. “Con su pan se lo coman” como dicen los gallegos, pero que ahora no nos cuenten milongas cinematográficas: si la Cruz gana no habremos asistido a mayor tongo que aquel del año en que “Titanic” (con lo mala que es) se llevara once estatuillas. Seguiremos el resultado de este asunto de cine, a ver como termina este mejunge.

20 enero, 2009

Obama para la Historia

Aquí está. Por fin (para muchos) Barack Hussein Obama Jr. ha tomado posesión como presidente de los Estados Unidos de América. El número 44. Ahora nos llegan las similitudes, parecidos razonables, símbolos que le hacen parecer una aparición divina que salvará a medio mundo (juró sobre la Biblia que usó el mismísimo Lincoln). Bueno, la historia está allí. Es de verdad asombroso que un planeta gire en torno a la figura y el carisma de un solo hombre. Asombra y sobre todo turba. Es cierto que vivimos muy malos momentos, que todo el mundo parece necesitar a alguien quien seguir. Este hombre negro, criado como blanco, se ha convertido a su pesar en una figura mediática sin precedentes (ni Kennedy ni nada) y se ha encaramado al altar mayor de muchas almas que viven esta crisis global como una tragedia que requiere de un héroe.
Creo que no debemos ser tan ilusos, que debemos mesurar nuestro absoluto apoyo a alguien que no ha demostrado aun nada y que definitivamente es presidente de los Estados Unidos por el voto soberano del pueblo.
A lo largo de la historia, y allí están los hechos, vivimos uno u otros más o menos cómodos según el partido del presidente de Estados Unidos pero al fin y al cabo es presidente de aquel país y su idiosincrasia va por los derroteros de siempre. En sus primeras palabras después de jurar el cargo ha advertido a los “enemigos” de “América” que no van a disculparse por su manera de vivir.
Este hombre tiene a su favor que la Historia estará muy pendiente de él, que su raza, su campaña y la coyuntura global le poden en el ojo del huracán para bien o para mal. Esperemos que para bien. Él mismo decía en estos días que habrá dificultadas y que cometerá muchos errores. Quiere curarse en salud porque, no olvidemos, es sólo un hombre, sólo el presidente del país más poderoso del mundo. Y eso aunque no es poco, no lo es todo.
Nos queda el futuro para saber qué pasará. Vamos a aceptar el reto de no entusiasmarnos con lo que puede ser sino con lo que debe ser, con lo que se concrete como buena decisión. Que no nos sorprenda la decepción que suele ser hija del entusiasmo infundado y de los sueños de la razón. Espero que ese sueño no engendre monstruos goyescos que nos hagan imposible el descanso en esta noche de crisis global que se presagia larga y tensa.
Bienvenido Mr. Obama. Espero que no pase usted de largo.

18 enero, 2009

En torno al conflicto árabe-israelí y sus comentaristas

Vengo de pasar una durísima gripe con sus ataques nocturnos de tos, sus flemas y mucosidades incomodantes que me han tenido apartado de mi trabajo de escritor. Las noticias se suceden y la actualidad se le escapa a uno, como en el ya citado verso de Ana María Martínez Sagi, por las esquinas del aire. Pero hay dos temas que no dejaré pasar este año: las demagogias político sociales que sobre la actualidad panameña va vertiendo por medio mundo virtual cierto poli titulado individuo, que para más señas es panameño, y el conflicto árabe-israelí. Si alguna objeción se encuentra en estas líneas estoy dispuesto a ser llamado al orden.
Dije en mis deseos para el nuevo año que “me gustaría que los que mueren en territorio israelí también salieran más en televisión, que hubiera un debate sobre el tema, amplio, serio, sin las demagogias de unos y de otros”. Expresé también que occidente debía dejar de posicionarse en este tema usando la terrible situación de los demás para hacerse atuendos ideológicos de salón (los de derechas pro israelíes y los de izquierda pro palestinos). En fin, dicho y hecho.
La izquierda se pone el pañuelo palestino y apedrea la embajada israelí en Madrid. Un ejemplo de paz. La derecha no se atreve a cuestionar la desproporción y dureza de la intervención israelí en la franja de Gaza, a pesar de que se puede comprender la necesidad de defenderse. Después me llegan mensajes de correo electrónico con unas declaraciones del embajador israelí (me las manda el paladín de la patria panameña, el poli titulado) que parecen ser las únicas crónicas bárbaras de los muertos judíos en este conflicto durante todos los años que llevamos padeciendo tanta maldad humana. Estúpido. (Les recomiendo La inteligencia fracasada de José Antonio Marina con urgencia).
Precisamente él comentaba el asunto con el equilibrio necesario en estas cosas. Dice en El Mundo del día 11 de enero lo siguiente: “¿Cómo debo pensar el conflicto Israel-Palestina? Me escandaliza la simplicidad con que muchos comentaristas políticos españoles se posicionan. Se enfrentan a complejísimos temas, enrarecidos por largas y cruentas historias, con una simplicidad de campeonato de fútbol o de película de buenos o malos. En el caso español esto se agrava por una intromisión de ideologías de partido, hasta el punto de que se llega a decir -acabo de oírlo en una radio- que los de derechas son pro israelíes y los de izquierdas son pro palestinos”. Conectamos del todo. Pero ya veo las reacciones a estas palabras suyas que yo sostengo: este es un facha, un derechón, un tipo sin sangre que no reconoce las cosas. En fin: el equilibrio deseado se va al garete.
He afirmado siempre que este conflicto llega hasta el mismísimo Abraham, padre de ambas razas. No se remediará la situación más que a medias y más aun si nosotros nos vamos posicionando con tanta facilidad en bandos y animándoles a seguir en conflicto. Dice José Antonio Marina siguiendo: “Suelo decir a mis alumnos que para entender un conflicto no podemos encerrarnos en lógicas lineales, donde causas y efectos, quedan nítidamente dibujados, sino en lógicas sistémicas, en las que el efecto puede actuar como causa, donde las interacciones son tan tupidas que hay que pensarlas todas al tiempo. Dos cosas veo con claridad: que la intervención de movimientos terroristas siempre pudre la situación, y que el modo de tratar este asunto va a ser el primer test como gobernante de Barak Obama”. Queda dicho. Mi posición es básicamente la misma. La facilidad para ataviarnos con este conflicto debería avergonzar a más de uno. Los buenos y los malos para las películas, la búsqueda de soluciones a los grandes conflictos para las mentes bien revestidas de criterio. Parece que el patio está vacío de criterio y lleno de opinantes de feria.

03 enero, 2009

María bonita

A Ignacio Martínez de Pisón no me lo presentó nadie. Me lo encontré durante las compras navideñas en las estanterías de los libros de bolsillo. Luego he oído (leído) todo tipo de loas a su escritura y a su ternura. Parece un chaval (Zaragoza, 1960) y lo mejor de todo es que es buen escritor.
María bonita, novela de 2000 (Anagrama), es una maravillosa novela de iniciación, ambientada en los últimos sesenta y principios de los setenta en un Madrid del extrarradio en el que todo estaba construyéndose. Lo que sorprende de Martínez de Pisón es la sencillez con la que encara la historia. Una niña, María, no quiere ser quien es, no le gusta la rudeza de la Colonia donde vive con sus padres, él derrotado y ella amargada y encima la figura salvadora de la tía Amalia que es rica, que la colma de regalos y le brinda posibilidades. Hasta aquí todo normal. Luego la historia es trepidantemente sencilla, cargada de acción, de pensamientos y vivencias cotidianas de una niña que va creciendo y que se va encontrando cada vez menos satisfecha en el mundo que le toca vivir. Viaja a Estoril con su tía y se encuentran, en una escena brillante, con Don Juan de Borbón y la tía Amalia califica al padre del rey (lean la novela).
Otra situación extraña se da: la tía Amalia desaparece por mucho tiempo con Alfonso su marido, (las razones en la novela, lo siento). María y su familia dejan la Colonia y se mudan al extrarradio madrileño y es allí, en casa de su madre donde aparece la tía Amalia tiempo después ofreciendo ayuda económica. Vuelve la niña a contrastar su realidad. Ahora asiste a clases de ballet y en ese ir y venir encuentra María a su tía, en una tienda de antigüedades de su propiedad y de Alfonso. María no confiesa a su madre que se está viendo con su tía. El padre de María es detenido por sindicalista y oponerse al régimen franquista, es liberado al tiempo pero este hecho genera un secreto. La segunda vez que es detenido termina por meter en una triste circunstancia a todos los personajes y esto nos lleva al final de la novela. Los detalles, en la novela
Martínez de Pisón al igual que Rafael Chirbes, renuncian a malabarismos técnicos y ofrecen al lector una historia clara, cadenciosa y llena de acción para hacer que el lector le acompañe hasta el final del peor mes del peor año de la vida de María, “María bonita” (la banda sonora que la tía Amalia le puso a su sobrina y la marcaría para siempre). Una de las virtudes de este zaragozano metido a barcelonés es crear atmósfera tan sencillamente equilibradas que termina uno por ver el piso de la tía Amalia o la triste escena de la mudanza de la familia de la Colonia hasta el extrarradio madrileño. Imágenes sonidos y olores que me han convencido de que tengo que perseguir a Ignacio, literariamente y leerle más. Su literatura es de lo mejor que se puede recomendar en estos tiempos de crisis literaria a ambos lados del Gran Charco.