19 marzo, 2009

El enfermo (microrelato)



Para Enrique Jaramillo Levi: maestro y amigo.
—Que pase el siguiente—, dice el doctor a la enfermera.
El paciente, rostro grave, se sienta ante la atenta mirada del galeno.
Segundos después de examinarle, el médico comienza a enumerar síntomas.
—Vista cansada, insomnio voluntario, desdoblamiento de la personalidad, tendencia a cambiar la realidad, lectura compulsiva. ¡Está usted muy seriamente enfermo! —concluyó.
El paciente, más que preocupado, se ve sorprendido por el rotundo acierto del diagnóstico.
— ¿Y qué tengo? —pregunta el enfermo.
—Literatosis —responde el doctor Onetti.
— ¿Y la cura? —pregunta el literatoso agudo.
—Ninguna amigo, ninguna. El que se contagia de esto siempre va a peor.

Madrid, 2002.

17 marzo, 2009

Vidas posibles

Un niño no tiene por delante una vida, como un callejón angosto, sino el completo y espléndido repertorio de las vidas posibles. Porque él podrá serlo todo, atentamente escucha en las prodigiosas proezas que le refieren –guerras, naufragios, cacerías de tigres- su propia historia, sus probables y altos destinos. El eco de esta ilusión nunca se apaga y todo en nosotros va envejeciendo, salvo la afición por los relatos. De soñar estos sueños la humanidad no se cansa.
Adolfo Bioy Casares.


El primer atisbo de esas otras vidas posibles, de ese amplio repertorio del que nos advierte Bioy, surgió un mediodía cuando tenía yo cinco años y caminaba junto a mi madre que me había ido a recoger al colegio. “Le metí su buen puñete en toda la cara”, le dije a mamá que caminaba escéptica a mi lado y ponía un gestito de “no te inventes cosas”. Pero solo puso el gesto, le parecía aunque remotamente, verosímil. Me pegaban en la escuela, Luciano me pegaba y yo no era capaz de devolverle la violencia, no por santo sino por miedoso. Allí, en ese camino de vuelta casa descubrí la diferencia entre la vida que vivía y la que quería vivir, entre mentir por salvar el pellejo o por entretener a los de más y a mí mismo de la vida que teníamos. Luego en el patio, durante el recreo, me inventaba historias de miedo para aterrorizar a mis compañeritos, inocentes ellos, por no tener una abuelita a la que le gustaban las películas de terror. Aun así, yo seguí siendo miedoso durante un largo periodo de mi vida. Después en casa, años después, mi hermano me reclamaba cada noche lo que en tiempos bautizamos como "la historia", una serie oral donde mis primos, mi hermano y yo vivíamos miles de aventuras en una búsqueda paralela (cuentista y lector-oidor) de vidas que no eran las nuestras, que la superaban en dicha, libertad y aventura.
El lector empedernido vive una enfermedad parecida a la del escritor, a pesar de no querer escribir. Meterse en la piel de otro, dejarse asustar, enamorar o cabrear por un prestidigitador literario, por un mentiroso evidente que no oculta que en realidad “el lugar de la Mancha” sólo existe en el olvido de un personaje que podría haber existido y en eso, en el “podría”, está la clave de escritores y lectores. Si no conmueve, no transmite, no funciona y conmover no es solo hacer llorar, es como dice el DRAE: perturbar, inquietar, alterar, mover fuertemente o con eficacia. Sobre todo con eficacia, precipitando sobre los lectores un aguacero de vidas y situaciones que le amarguen o que le alegren el día.
Así que Bioy tiene razón en eso de que los niños no tienen delante un callejón angosto, sin salida tantas veces, sino un amplio repertorio de vidas posibles, primero como lectores, luego, quizás, como escritores pero la verdad es que tenemos sobre todo, si seguimos caminando por la frase del argentino, futuro, no siempre posible pero sí verosímil, solo basta con leer, confiar y trabajar para que al final leamos una historia con un posible final feliz.

13 marzo, 2009

"Parajodas" o el sentido común perdido

Decía un amigo mío que “la balsa de la humanidad se hundirá por el peso de los imbéciles” y no le falta razón porque en materia de cautela informática algunos parecen haber perdido el rumbo o haberse convertido en cándidos creyentes en la bondad innata de los cibernautas, sobre todo en materia de imágenes de menores en la red. Me explico.
¿Pondrían ustedes imágenes de sus hijos o hijas semidesnudos en la red por muy inocentes que sean las imágenes? Si su respuesta es no, bien, es usted una de esas personas que no se la juega con nadie. Pero si su respuesta es afirmativa aquí tiene unos datos. La ley a este respecto es muy clara (Ley Orgánica 1/1996, de 15 de enero, de Protección Jurídica del Menor, de modificación parcial del Código Civil y de la Ley de Enjuiciamiento Civil. y la última instrucción 2/2006 sobre el Fiscal y la Protección del Derecho al Honor, Intimidad y propia imagen de los menores.). Para que dicha publicación sea legal es necesario el consentimiento escrito de madre, padre o tutor/a, es imprescindible en el caso de cualquier uso o publicación de las imágenes de los menores. En dicho escrito se deberá además explicitar con claridad el objetivo y actividad concreta para la que se solicita la difusión de estas imágenes. Esto afectaría a cualquier tipo de publicidad de las imágenes: publicaciones, galerías de imágenes web, vídeos, etc.
Por otro lado, si uno busca información sobre el tema todos los expertos nos recomiendan no exponernos, ni a nosotros ni a nuestros hijos y se muestran preocupados por la facilidad con los más jóvenes cuelgan fotos suyas en situaciones cotidianas como desvestirse, ducharse o estar en la cama. Aparte lo de las consabidas imágenes medio pedos del botellón del fin de semana. Y esto lo decimos de menores con criterio, 15, 16 años. Pero es peor aun cuando son los propios padres que en un alarde de inocencia o estupidez cuelgan imágenes de sus hijos en la bañera o desnuditos en la cama cuando eran bebés o con el culito al aire cuando estuvieron de veraneo en la playa. Mucho cuidado porque lo que se pone en internet no vuelve, es difícil de recoger y qué decir de controlar su uso o distribución. Menos mal que Rodin y su pensador nos visitan por Madrid. Habrá que acercarse a ver si se nos pega un poco de esa actitud reflexiva.
Recordemos el caso de Allison Stokke una chica joven que hacía salto de pértiga y su imagen, sin ser erótica ni pornográfica, terminó colgada por doquier en la red y con su padre intentando cerrar portales por medio Estados Unidos y resto del mundo. Inútil.
Es estúpido creer, parajódico como diría mi amigo Guillermo Cabrera Infante, que queramos proteger a nuestros hijos pero difundimos sus imágenes inocentes por la red en bañeras, playas y otros sitios para nosotros inocentes pero, a ojos de unos depredadores pederastas, se transforman en objeto de sus maldades. Todo esto sin ser alarmista. Quien nos tache de ello que pregunte en asociaciones de usuarios de Internet a la Policía Nacional. No podemos estarnos tranquilos aunque nos tomen por tontos y alarmistas.
Bastante tenemos con los malos de siempre que han encontrado su cueva en la red, en el lado más oscuro y sórdido, como para que nosotros terminemos exhibiendo a nuestros hijos. No podemos mirar la realidad con la candidez de una vaca asturiana, tenemos que ser más pícaros que nuestro Lazarillo para que nuestros hijos estén a salvo. O por lo menos no tan expuestos a la maldad. Si no recuperamos el sentido común perdido terminaremos por ser los protagonistas de nuestra propia historia de terror lo cual no deja de ser parajódico.

11 marzo, 2009

La violencia que no cesa

La noticia me llegó por Internet. El director del Instituto Nacional de Cultura (INAC) de Panamá había sido asesinado en un tiroteo por los atracadores do un furgón blindado. Una estupidez. Un hombre culto, con el que se podía estar o no de acuerdo en política, un hombre en la cumbre de su vida. Un hombre bueno, querido y respetado falta de su casa, de sus amigos, de su trabajo y de su tierra por una violencia que no cesa. Este es el momento de reflexionar sobre el camino por el cual está marchando nuestra sociedad. Si Machado aseguraba con elocuencia que el camino se hace al andar estamos ciertamente los panameños haciendo un camino que conduce a la muerte y el desarraigo social. Ante tanta desgracia, ante tanta injusticia social, no es infrecuente encontrarnos con gestos violentos como el que le ha costado la vida a Anel Omar Rodríguez. La idiosincrasia de los violentos se nutre del rencor social y se enmascara tras la necesidad. Estos desalmados a los que no les tiembla el pulso a la hora de matar nos son necesitados: son hombres sin conciencia que no creen en el trabajo ni en la responsabilidad civil, creen en su vicio, en su maldad y en sus métodos marca “juega vivo”.
Nuestro país, visto desde fuera, ofrece un panorama triste, de confusión política, de encendido populismo y de pobreza. Acúsenme de lo que quieran pero eso lo que se ve en los periódicos cada día. Ante las cifras que señalan que un millón de panameños viven en la pobreza no queda más que protestar contra políticas que vienen dejando el poder en manos de los mismos, en manos de políticos que no tienen conciencia ni respeto por la altísima responsabilidad que el voto del pueblo libre les confiere.
Esta radicalización de la violencia se da la mano con la blandura de las autoridades, de la poca entidad que como garante de la seguridad y la prosperidad tiene el estado, que va cediendo poco a poco el terreno a los ladrones y demás violentos que saben que el miedo se ha instalado junto con la pobreza en el corazón del pueblo. Las opciones políticas que se barajan en Panamá para las próximas elecciones no ofrecen más que lo de siempre: populismo, demagogia y plata para los de arriba, para los de siempre. El principio de la renovación de la sociedad pasa por reconocer quiénes somos y qué nos pasa. Creer en cuentos de puentes del mundo y corazones del universo por que sí, porque siempre se ha dicho, es traicionar el futuro de todos.
Espero que el pueblo panameño se despierte del letargo, que empuñe la bandera de la dignidad y del civismo para frenar de una vez por todas esta lacra que se ha puesto de manifiesto por la muerte de este hombre de la cultura panameña. Son muchos los que mueren violentamente en Panamá pero este debería ser el último, Anel Omar Rodríguez debería ser la gota que colme el vaso.

Microficción

La proliferación de microcuentistas o microrelatistas o simplemente escritores de minificción (minificcionistas) no es ni más ni menos que una manifestación de que en nuestro medio literario algo está cambiando. A pesar de que a nuestro querido Javier Marías (querido sin ironía y no me explico más) le parezca que desde “El dinosaurio” (“ese ya insoportable cuentecillo” según su criterio de mayo de 2007) han aparecido una “corriente imitativa aun más insoportable”. Corriente sí, pero no imitativa. Faltaría más, como si llegar a “El dinosaurio” hubiese sido tan sencillo como llegar al cuarto de baño de cualquier casa o librería.
El microrelato se viene dando desde muchísimo tiempo atrás, no se lo inventó Tito, y ha sido objeto de importantes estudios y cuenta con una larga lista de impecables practicantes. José María Merino, Ana María Shua o Fernando o Iwasaki son sólo algunos de ellos y más que podríamos citar aquí. Hacerlo sería abusar del género. Expertos como Fernando Valls, el profesor Souto, José María Merino, Lauro Zavala por no hablar de Ignacio Reler, son sólo una pequeña muestra de lo que se está haciendo sobre este género que algunos ven como el género que mejor se adapta a los tiempos de crisis.
Y es que la brevedad, la velocidad silenciosa que comunica este género sumado a su capacidad necesaria de hacernos releer, hacen que los hombres y las mujeres paren mucho más, tomen más aire al acercarse a un microrelato que cuando se acercan a la novela. Como nos dijo más o menos Hipólito G. Navarro el día que presentó “El pez volador”, los cuentos son en la mesa de novedades “¿tienes un minuto” y concedes el minuto. Ante las novelas “¿tienes tres meses? a lo cual nadie se detiene. La cosa es así con los géneros literarios en estos tiempos trepidantes. La microficción es entonces “tienes un segundito” y la gente se queda con uno para que se los contemos varias veces para que le cojan todas las lecturas posibles al texto.
No “cuestan tan poco” como se pregunta Marías en su artículo de hace años. La microficción es una disciplina que requiere paciencia, muchos silencios y una gran dosis de humildad por parte del escritor. Pulir, reducir, reescribir parafraseando a Andrés Neuman otro practicante del género. La súbita aparición del microrelato tiene que contar con la necesaria disciplina del escritor y con la irrenunciable, ya no complicidad, sino también disciplina esta vez lectora y atenta del que se enfrenta al texto. Se escriben a sorbos, en jornadas de transpiración literaria y así han de ser leídos, poco a poco y vueltos a saborear para encontrarnos, pasadas varias jornadas, con nuevas texturas en el paladar literario.
Eduardo Berti y Clara Obligado han hecho para “Páginas de espuma” selecciones de grandes microrelatos pero la lista de libros y antologías de ayer y hoy es amplia.
No le hagan caso a Javier Marías: lean microficción, escriban minicuentos, estudien microcuentos, intercámbienlos pero sobre todo vuelvan a leerlos, vuelvan a disfrutarlos. Los que se oponen al género se pronuncian con vehemencia afectada de culturetismo (“microrelatos o algo así”, dice Javier) de pro que suena a resentimiento por no poder escribirlos y ser incapaces de disfrutarlos. En fin a sí es la vida. Por cierto, ¡qué casualidad! el sillón de Marías es el R.

06 marzo, 2009

Sequedad

A veces es como tratar de resucitar a un muerto. Las ganas de trabajar se dispersan por lo agrietado del camino, por el jadeo sediento de lecturas en jornadas maratonianas bajo el sol de las circusntancias y del tedio cotidiano. Parce que no hay quien nos rescate de una vida que deseamos que no sea exactamente como la que estamos viviendo.
Me encuentro con un texto de Eduardo Halfon, paisano centroamericano y Hermano de letras: "encontrar el momento preciso en que una persona cualquiera deja de ser una virgen literaria, y empieza a hacer el amor con las palabras".
Y entonces recuerdo. Panamá, Alberti, Benedetti, los primeros poemas, las ansiadas lecturas, la vida mirando las letras ir y venir.
La literatura se despereza. La cosa parece que comenzará otra vez o tal vez nunca paró. Los tiempos del trabajo literario hay que imponerlos sino el sueño de la creatividad producirá necedades.
Me pasó un angel por encima, caí en la literatura. Ahora no hay más remedio que seguir trabajando. Las musas vendrán cuando les dé la gana.

15 febrero, 2009

Ser o no ser, dijo Hugo

Hugo Chávez, el populista dictador de moda, convoca elecciones para perpetuarse en el poder. Tira de demagogia, pide que le critiquen pero expulsa a Luis Herrero (una locura lo que hizo) fulminantemente. En fin, que el hombre tiene claro que lo suyo es la brutalidad disuasoria para los que se atrevan a criticar.
Pero no sólo eso, que no es lo de menos pero no es lo único. Con la bajada del petróleo el país se empobrece más. Sus secuaces reclutados por unos pocos bolívares hace años siguen teniendo hambre y ahora más. ¿Seguirán amando a su “hombre fuerte”?
En España los que quieren votar, casi todos por el no, denuncian irregularidades en estas urnas. Las de allí ni que decir: el aparato “democrático” funciona a las mil maravillas para dar el toque preciso a la balanza que sea necesario para que el shakesperiano Chávez pueda convertirse en el candidato perpetuo.
Venezuela vive transida de pobres, sometida a un estado de excepción constante que no permite que los ciudadanos se expresen (cerrando periódicos y televisoras) con libertad. Asistimos pues a la inauguración de una nueva cuba, con un dictador que está dispuesto a hacer pasar hambre a su pueblo, que está dispuesto a no tolerar oposiciones di distorsiones de “su” realidad.
América Latina va a arder otra vez por el fuego de sus propias decisiones. No siempre va a ser la culpa de los “gringos” (que tienen y mucha), no siempre va a ser culpa de los “conquistadores” (que son execrables muchos de ellos): algún día los latinoamericanos tenemos que ser responsables de nuestras decisiones y de nuestros actos. ¿Cuándo se jodió América Latina? y sobre todo: ¿hasta cuándo estará jodida? La respuesta tendremos que darla los propios latinoamericanos
A los sátrapas que gobiernan en nuestras países no les falta de nada, ni comida, ni medicinas, ni viven en lugares suceptibles de ser anegados por huracanes o terremotos: a ellos les va bien, la crisis es sólo un término económico que no les afecta y aun así tienen el descaro de engañar a todos con sus catitas de yo no fui, besando niños en las zonas catastróficas pero ni haciendo nada para que esa gente, su gente, tenga lo necesario para una vida digna.
Esperamos que el pueblo venezolano se quite de encima a este tirano desquiciado que en su delirio se hace oír en televisión hasta el aburrimiento, se hace dibujar en grandes pancartas y se ha dedicado un día por decreto ley para ser homenajeado (el día que él dio un golpe a la democracia que tanto defiende). Estas acciones hablan por sí solas y nos advierten que quien no cree en la alternancia política, quien somete constantemente al electorado con la misma pregunta y amenaza, si no consigue la respuesta que quiere, con someter a todos a su manera distorsionada de ver la realidad. Un tipo que viaja allí donde va con un cuadro de Bolívar como si fuese una “performance” (y lo es en cada programa, en cada rueda de prensa) no es de fiar.
Nadie es imprescindible y esta manía de perpetuidad huele de lejos a dictadura y a imposición. “Ser o no ser” dijo Chávez, hoy es el día, decía en las noticias citando al inglés universal. Que sea que No y si no que Dios nos pille confesados a todos, creamos o no en Dios.

Tres microrelatos

Estos tres microrelatos los publicó Doménico Chiappe en su blog en 2005.
3 breves / Pedro Crenes*
Asesino en serie
A Jorge Luis Borges, que tantos hombres fue.
Yo, que tan solo un hombre he sido, terminé asesinando a todos aquellos que pude ser.
Bromistas
Me dijeron que no fuera tonta, que sería muy divertido y que seguro que Juan se lo tomaría a bien. Lo de mi infidelidad e incluso la foto que me hicieron con el otro era una broma.
Anoche, Juan se ahorcó.
A sueldo
-El primero siempre es el más difícil -le dije
-En mi caso es el último -me contestó llevándose el arma a la sien y apretando el gatillo.

*Finalista del premio de novela Marca, con su obra inédita Los Juegos de la Memoria

14 febrero, 2009

Micropoética de la ficción breve (Decálogo en microrelato)

El escritor resucita

Las circunstancias aplastan a Ignacio Reler, escritor de microficciones. Se retuerce, se duele, se aleja de su mesa, de sus libretas.
Amanece un buen día y una chispa distante, como quien no quiere la cosa, enciende la literatura en el hombre que ayer dejó de escribir, muerto por el peso de lo que le ocurrió. "Le ha vuelto la literatosis", diría Onetti, médico.
Ahora se sienta febril a su mesa de trabajo y convoca las letras para clausurar su silencio.

Primera enseñanza: Escribe. Esa es la medida de tu existencia.


El escritor y su mujer (o viceversa)

Al final, Ignacio Reler termina viviendo lo que escribe y llamando a su mujer por el nombre de pila de la mala de su microrelato recién terminado de escribir. Como dice mi querido Andrés Neuman, "escribir nos merece la alegría", sí, claro, aunque nos pueda meter en un problema con la mujer.

Segunda enseñanza: Escribe, tu mujer lo entenderá (o no, pero escribe).


El tamaño (o la extensión)

Ignacio Reler comenta en un café, delante de la mujer que le interesa, que escribe microficción. Se explica, ella no entiende. Son relatos muy breves, como por ejemplo "El dinosaurio" de Augusto Monterroso. "¿Quién?", tercia otra chica que está fascinada por el escritor. ¡Monterroso! y él pasa a contarles el microrelato: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Silencio. La mujer que le trae de cabeza dice que como sea así de corto todo lo que hace menudo rollo.
Ignacio se queda toda la noche pensativo.

Tercera enseñanza: Escribe microficción pase lo que pase: el tamaño sí importa.


Papel y pluma

Ignacio se dejó su libreta en casa y le ha dado una diarrea creativa. No tiene papel para recogerla. Se apunta las ideas en la mano y va por la calle con cara angustiada buscando una papelería. "Tres euros" le dice el dependiente. Con rabia saca del bolsillo la onerosa cantidad y se mete en un café para escribir. Se queda sin tinta. Decide pedirle al camarero prestado el bolígrafo. No la pluma como en Panamá. Aquí en España eso sería arriesgado.

Cuarta enseñanza: lleva siempre contigo lo necesario para escribir. Nunca se sabe cuando nos viene un apretón.


Las Musas

Ignacio Reler suda en su mesa de trabajo solo. Se pelea con un microrelato de veinte palabras. Incluido el título. Alguien le toca el hombro. Se da la vuelta y resulta ser una mujer.
"¿Tú quién eres?"
"Tu Musa. Me esperabas ¿no?
"Sí pero mientras tanto estaba trabajando. Siéntate, en seguida termino".
La Musa se medio enfadó porque Ignacio decidió comenzar y seguir sin ella. Como es un caballero la dejó intervenir en la decisión de prescindir o no de dos palabras.
Ella se fue contenta. Él se dio una ducha. Con tanta transpiración le convenía.

Quinta enseñanza: No esperes a nadie. Que te encuentren trabajando. Las Musas suelen tardar en venir.


Epifanía

Ignacio lucha, se mueve con nerviosismo ante su texto, tacha, reescribe, busca sinónimos, se detiene. Piensa. Repasa las palabras, ha memorizado el texto, juega con ellas, las mueve de aquí para allá, su cerebro hace clic. Las 46 palabras del microrelato embonan. Se ríe satisfecho.

Sexta enseñanza: Lucha con las palabras. El texto aparecerá tarde o temprano.

Líneas de historia

Una mujer gorda y triste fuma sentada frente a Ignacio en un bar. Le cuenta su vida, su fracaso sentimental, su peregrinaje vital dando tumbos de un amor a otro, rota su felicidad por aquel hombre lejano en el pasado del cual sólo le da al escritor un nombre: Norberto.
“¿Cuánto te ocupará mi historia?”, preguntó gris la mujer gorda apagando el décimo cigarrillo. “Una línea”, contestó Ignacio. “El microrelato se llamará Necios”.La mujer gorda se levantó molesta pensando buscarse a otro escritor: su historia se merece una novela.

Séptima enseñanza: Lo breve, si bueno, dos veces breve. Cualquier historia cabe en una línea.


¿Cuántos caben?

Ignacio dejó pasar a un dependiente. Luego, una mujer sin dinero le pidió pasar. Hablaron los tres. Luego vino un asesino ilustrado y un escritor para instalarse en el mismo espacio e Ignacio, que es así, no era capaz de echar a ninguno. Luego resulto que el asesino ilustrado era el padre de la hija de la mujer sin dinero que se había metido con ella sin que Ignacio lo supiera. El profesor Souto, con el que tiene mucha confianza últimamente, le dijo que dos o tres, que les separara. Ahora Ignacio tiene dos microrelatos y una cena más que pagarle al profesor.

Octava enseñanza: Muchos son los invitados, pocos los elegidos: no hay líneas para tanta gente. Tres no comen donde comen dos.


Titular

Al principio Ignacio los llamaba de cualquier manera y ellos venían. Cuando los presentaba nadie los entendía, se perdían todos por un camino tan breve que volvían cansados de él. Un buen día, Lauro Zavala le dijo que los llamara bien, “así nadie se perderá”.Desde entonces todos transitan los caminos breves de Ignacio sin perderse. Y no se cansan de ir y volver.

Novena enseñanza: El arranque de un microrelato es su título. Allí se gana y se pierde todo, aunque parezca poco.


Meta física

El profesor Souto e Ignacio Reler conversaban sobre escritoras y escritores y la extensión de los microrelatos de las unas y los otros. −Ellas tienen medidas más precisas −dijo Ignacio−, 90, 60, 90… −Sí −respondió el profesor Souto−, los hombres mentimos mucho sobre nuestras medidas.
Décima enseñanza: mide bien, no exageres: no sea que esto se te convierta en un cuento patético.

10 febrero, 2009

Juan, Enrique y Robert

Un amigo me ha enviado un artículo de mi perseguidor Enrique Vila-Matas, fechado en el año 2000 y que publicó en la Revista de Libros. Habla en el artículo sobre Walser y su literatura feliz y errante, de paseo, llena de la tranquilidad del autor que quiere desaparecer y que es consciente, de una forma u otra de su genio y de su necesidad de desaparecer para no estorbar su obra. Me gusta eso de que el suizo de “¿Acaso un escritor de éxito no es, a su manera, un asesino?” Ha sido brillante el artículo y un “subidón” a principio de esta semana que dedico a escribir lejos del trajín de oficina en la que tengo que ganarme la vida. Lo casual, como me pasa siempre con Enrique, es que me ha sorprendido mi perseguidor citando a Walser para un artículo sobre política panameña y los truhanes y tunantes que se están postulando para dirigir la tierra en que nací con un millón de panameños bajo el umbral de la pobreza y que llevan años esperando que algo ocurra. Así me pilló este artículo que me envió mi amigo Juan Salas, perseguido también el por Vila-Matas. Cito de El paseo (Siruela, 1996).
A lo leído en el artículo que exalta la postura de Walser ante su obra y ante el oficio de escribir hay que agregar que este escritor vagabundo y amante del paseo, fiel a sí mismo, sin querer (o queriendo) muere precisamente de paseo y una cámara oportuna (o irreverente, escojamos cada uno) deja registro de aquella muerte absolutamente coherente con lo que siempre escribió (fondo y forma). Le vemos tendido sobre la blanca nieve, sin vida ya, un día de navidad de hace ya más de cincuenta y dos años. Lo de Walser, como siempre, es una lección a los intelectuales de postín y los literatos de salón que son marxista (de Groucho, no nos metamos en política), que son capaces de cambiar de hoy para mañana de principios según soplen los vientos del poder y del dinero.
Walser, grande, libre, nunca aspiró a nada más que a escribir, a crear. No deseó nunca ni laureles ni academias, ni premios ni reconocimientos, como Bartlevy, prefirió “no hacerlo” y por ese camino, de paseo, ha llegado a la gloria y ha pasado de largo para lección y vergüenza de muchos “macha folios” que se quedan en la gloria que los grandes desprecian.