jueves, 28 de agosto de 2008

Año I después de Umbral

Parece mentira pero ya pasó un año. Umbral se marchó en silencio, como una metáfora, y nos dejó aquí su obra para revisitarla todas las tardes cuando nos falte un color o un sonido para la nuestra. De él siempre cuento la misma anécdota, cargada del azar de Paul Auster o de mi perseguidor Enrique Vila-Matas.
Había leído un artículo de Umbral, La vaca sentimental. Esto en 2001. En él Umbral se despachaba a gusto a cuenta de una reacción de “protesta” contra la imposición del “castellano” que le comentaron airadillas unas poetisas latinoamericanas al Rey Don Juan Carlos y una noticia que advertía que a algunas vacas se les estaba “recetando” diazepam por culpa del mal de las vacas locas. Eso para Umbral era artículo seguro y lo escribió y qué divertido. Decía, entre otras cosas que “nuestras vacas santanderinas y por ahí, aunque han afinado su hipersensibilidad de delgadas a base de diazepam, nunca llegarán a poetisas hondureñas”. Me hizo reír, que ya es bastante. Allí quedo todo.
Recuerdo a Umbral semanas después en el Círculo de Bellas Artes una tarde de conferencia. El compromiso burgués de la novela o algo así. Levantó la vista del texto y dijo a la audiencia expectante que el leído título, aunque nada tenía que ver con la conferencia lo había puesto por que le gustaba. Risas. Después de la conferencia, sobre la novela decimonónica, Miguel García Posada se disponía a moderar las preguntas al escritor. Ante las primeras, sobre todo la de una señora viejísima y emperifollada, umbral estuvo genial contestando a media y haciendo chistes sobre la edad de ambos.
Una mujer joven, de aspecto latinoamericano se hizo con el micrófono. “Señor Umbral” dijo indignada, “a usted le han dado un arma de matar con esa columna del mundo por que yo soy latinoamericana, poetiza y hondureña….”. Esta indignadísima. Pensé que Umbral sacaría su antológica mala uva y la pondría en su sitio pero no. El moderador animó a la poetiza a protestarle al periódico El Mundo y ella confesó, fuera de micrófono, que lo había hecho pero ni caso. Se levantó y se marcho dejándonos con la paz y el escritor. Se habrá sentido aludida por lo de vaca (o por lo de sentimental)
Me acerqué luego de concluido el acto y le pedí que me firmara Mortal y rosa, en la edición que publicó El Mundo y que tengo subrayada. Le hablé de Panamá, de mis proyectos literarios y me estrechó la mano. Me fui satisfecho. Cuando murió Francisco Umbral mi amigo Salvador Medina Barahona, poeta panameño, le dedicó un cariñoso artículo que me hizo recordar mis conversaciones con él sobre nuestro común admirado. Releo Mortal y Rosa. Os cito una de tantas frases citables: “Leer y escribir es ya la misma cosa. Es entrar en la rueda que se torna manantial, en el manantial que se torna paisaje, en el paisaje que se torna libro. Algo que viene de muy lejos, muy anterior a mí, y que seguirá fluyendo después que yo muera”.

No hay comentarios: