domingo, 31 de agosto de 2008

Robin vuelve

Siempre fui Batman. Era seguidor junto a mi hermano Pablo de la serie que protagonizaba Adam West y Burt Ward. Éramos el dúo dinámico y en aquellos días de la infancia íbamos y veníamos por nuestra casa salvando a la Ciudad Gótica de las garras del Guasón, El Pingüino, El Acertijo y especialmente de las de la despampanante Gatúbela. Que no les suenen mal los nombres de los villanos: se llamaban así en Panamá.
Un buen día salió en la televisión que completando cierta cantidad de "platillos" (chapas de las botellas) se regalaban entradas para ver Batman, la película basada en la serie de televisión. Sería más o menos el año 78 o 79. Fuimos a la matiné un sábado por la mañana emocionados, dispuestos a vivir otra bati-aventura. Y no nos defraudaron.
Llevé conmigo siempre aquella película, sobre todo la antológica escena en la que Batman está intentando deshacerse de una bomba (en forma de bomba clásica: redonda, negra y con mecha encendida). Me hacía mucha gracia que de todas las circunstancias que impedía a Batman deshacerse de la bomba estaba que en el mar (todo ocurre en un puerto) había unos patitos con su mamá (eran otros tiempos). Pobre Batman pero tranquilos: Robin creía que al explotar la bomba había ocurrido lo peor (yo también en ese momento) pero no.
Pasaron los años y cuando ya estaba viviendo en España y hablaba de mis películas de entonces, bauticé a este Batman como el “Batman triponcete”. Y es que Adam West estaba muy lejos de los trajes musculosos y esbeltos del los Batman de hoy. Me reía también del efecto primitivo de la subida por la bat-cuerda y como se notaba que era una toma invertida. Recordaba vagamente todo aquello hasta que un día compré la película y me sorprendió que existiera. No la vi en esos días y permaneció en mis cajas y mis mudanzas con la heroicidad que se le supone al dúo dinámico.
Mi vida cambió cuando entraron en mi vida mi mujer Marga Collazo y su hija Lucía que también es mi hija a pesar de todo. Se vinieron a vivir a Madrid y una tarde vi la película en la estantería, con su plástico y todo, y le dije a Lucía que íbamos a verla (aunque yo pensé que no le gustaría nada). Error. Se quedó atenta toda la película y decidió ese mismo día que yo seguiría siendo Batman (le conté mi historia) pero que ahora ella sería Robin. Incluso llamamos a mi hermano Pablo a Panamá para darle la noticia. Se lo tomo bien.
Lucía y yo hemos visto esa película muchas veces y ahora corremos por nuestra casa, ella y yo, salvando a Gottam de los malos de siempre: El Joker, El Pingüino, Enigma y Catwoman. Cómo cambian las cosa, hasta los villanos.
Este verano Lucía a estado con su padre, pasándolo "superbien", "superguay" y todo eso tan hermoso que siente uno con su padre. Pero aquí en casa Marga y yo la hemos echado de menos muchísimo. Hoy Robin vuelve. Que tiemblen los malos y que su madre vuelva a sonreír.

"Como una una novela" o en busca del lector perdido

A la pregunta de cuándo comencé a leer suelo contestar siempre que dejé de hacerlo muy joven. Aunque les parece un poco extraña la respuesta explico que mi madre nos compraba libros desde siempre. El flautista de Hamelin o los cuentos de Disney que venían con un disco de vinilo para seguir la lectura. En Primaria, los libros de lectura Sembrador que incluían cuentos, fábulas y relatos biográficos. Luego Alberti, Benedetti y otras lecturas que hice por mi cuenta. “¿Qué pasó luego?” me preguntan. Luego, Secundaria. El último libro que leí con gusto fue El Principito. La profesora Aida Mock nos enseñó Español en primer año en el Técnico Don Bosco. Aprendí mucho con ella. Era 1984 y yo dejé de leer. Tenía doce años. A esa edad uno necesita que le animen a seguir leyendo. Los deportes, que siempre parecen más varoniles y enamoran más a las muchachas que las palabras, hicieron el resto.
¿Por qué se deja de leer y cómo recuperar a los jóvenes para la lectura? La respuesta podemos encontrarla en un libro del francés Daniel Pennac, Como una novela (Anagrama, 1993). El autor es profesor de secundaria en Francia donde el libro ha causado sensación. Aunque escrito pensando en las circunstancias francesas, hemos de reconocer que la falta de lectura entre los jóvenes (y adultos) es un problema universal. El librito (169 páginas), que se lee como una novela, es un verdadero estímulo para la lectura y según el autor, “una tentativa de reconciliación con el libro”. Pennac narra la historia de un joven que del disfrute primero de la lectura pasa a convertirse en un ser ajeno a los libros y de cómo es posible recuperarlo para la lectura. No son recetas mágicas lo que se nos ofrece, sino pautas, posibilidades, ideas que podemos aplicar en nuestro medio. Es éste un libro que deben leer padres, profesores y ministros de Educación.
Éste texto es un desafío para todos, más aun para aquellos que tienen el privilegio de enseñar. Son ustedes los maestros y profesores los que ponen “la luz de la vida en el alma de la juventud” dice el himno al Maestro y además, un poema infantil reza “es puerta de luz un libro abierto”. Abramos el libro. Analicemos lo que nos sugiere Pennac.
Del texto, una cita me llama la atención: “Quedan los otros alumnos. Los que no leen...Los que se creen tontos... Para siempre privados de libros... Para siempre sin respuestas... Y pronto sin preguntas.” Creo que muchos padres y profesores son los portadores de la espada flamígera que cierra la entrada al Edén de la lectura. El futuro pinta una sociedad que pronto se quedará sin respuestas y, peor aun, sin preguntas. Entonces vendrán los entusiastas de la ignorancia para darnos sus respuestas esclavizantes.

sábado, 30 de agosto de 2008

Las Musas

Ignacio Reler suda en su mesa de trabajo solo. Se pelea con un microrelato de veinte palabras. Incluido el título. Alguien le toca el hombro. Se da la vuelta y resulta ser una mujer.
"¿Tú quién eres?"
"Tu Musa. Me esperabas ¿no?
"Sí pero mientras tanto estaba trabajando. Siéntate, en seguida termino".
La Musa se medio enfadó porque Ignacio decidió comenzar y seguir sin ella. Como es un caballero la dejó intervenir en la decisón de prescindir o no de dos palabras.
Ella se fue contenta. Él se dio una ducha. Con tanta transpiración le convenía.
Quinta enseñanza: No esperes a nadie. Que te encuentren trabajando. Las Musas suelen tardar en venir.

"You make me feel so young"

Me levanté un sábado por la mañana, bien temprano, para escribir. Me puse café y en el ordenador puse a Chet Baker, en un disco que había comprado hacía mucho tiempo y que no había estrenado todavía. Me llamó mucho la atención su versión de You make me feel so young. Me hizo sentir bendecido por tener a mi lado una mujer que me renueva cada día y que es pura música y talento. Me siento más joven a su lado, con las ganas de vivir de un chaval de quince años. Aquello me hizo recordar a mi tía Sandra en Panamá me decía desde muy pequeño que parecía un viejo.
Esa misma mañana, había comenzado a escribir mi artículo sobre perseguidores literarios. Eché mano de Vila-Matas, exactamente de Bartlevy y compañía. Fiel a mi costumbre de anotar en la última hoja de los libros que leo los temas que me interesan y su respectivo número de página, comencé a repasar mi vieja lectura. Me encuentro con la entrada "jazz" y me voy a la página 157 y resulta que Pineda, un viejo amigo de Vila-Matas pone música de Chet Baker que, a partir de ese día, pasó a ser su intérprete favorito. Cosas de los libros. Pensé en mi obsesión y me dispuse a escribir. Cuando se lo conté a mi mujer Marga Collazo, me dijo con una sonrisilla de genio que no podíamos seguir así, que teníamos que conocernos. "Quién ¿Chet Baker y yo?" pregunté creyendo saber la respuesta. No, tú y Pineda que sois muy grises. De Vila-Matas y su manía persecutoria no dijo nada aunque creo que tiene su propia teoría.

viernes, 29 de agosto de 2008

Amistad

Conocí a Jaime Pascual, periodista deportivo, mejor que el de Richard Ford, en el trabajo que tengo en el Aeropuerto de Barajas. Hace años que él se marchó para cumplir su sueño y dejó atrás toda la comodidad de una nómina o de unos horarios que te tienen más ordenada la vida. Se fue para ser cámara de televisión y la verdad es que le va muy bien. En mis momentos difíciles a estado allí. En los momentos buenos no me ha faltado una llamada suya desde cualquier parte del país para saber de mí. Hoy hemos comido juntos y nos hemos puesto la día sobre nuestras vidas y nos henos prometido repetir pronto la ceremonia del reencuentro.
Hace años me obsequió con Ébano de Ryszard Kapuściński . Una delicia. Cuando le pregunté por lo que está leyendo, me confesó que a Kapuściński, Viajes con Heródoto y que se lo está pasando bien con la lectura. Me regaló hace tiempo un manual de guerrilla periodística que me encantó y me prestó (se lo devolveré cuando venga a casa) El enamorado de la Osa Mayor de Sergiusz Piasecki en una edición antigua y que dice lo siguiente: "me gustaban mis compañeros porque nunca me habían defraudado". Yo hablo en presente. Me gustan mis compañeros, mis amigos y Jaime Pascual, "Jaimiño" como le llamo yo cariñosamente lo es. Y nunca me ha defraudado.

La otra memoria

En mi única visita a Buenos Aires estuve frente a la Escuela de Mecánica. Y aunque nací en Panamá y vivo en Madrid "recordé" las torturas y vejaciones perpetrados allí. La memoria del horror nos pertenece a todos y la maravilla de la literatura es que tiene la capacidad de hacernos recordar incluso aquello que no vivimos. Es la otra memoria que debemos tener a mano contra el olvido.
Comentario en ocasión de la apertura de un debate en la ESMA (Buenos Aires, Argentina) sobre ficción y memoria con la participación de Ricardo Piglia.

Michael Jackson, el rey roto

Cuando me bromean los más jóvenes sobre mi edad suelo decirles que cuando yo era joven Michael Jackson era negro. Se ríen y constatan mis palabras por Internet (cuando yo era joven ni asomo de ello) y se parten de risa. Y no es que yo sea tan viejo (36 otoños) pero comparados con los 50 que el rey del pop cumple hoy pues son pocos.
Michael Jackson fue un niño abusado psicológicamente por un padre rudo que pretendía proyectar en sus hijos todo lo que él nunca pudo hacer ni ser. Si le sumamos a eso una madre permisiva que no buscó el equilibrio entre la rudeza y la ternura, el trauma está servido si lo volcamos sobre un carácter poco firme. A cualquiera le pasa factura eso.
Cuando yo nací (1972) comenzó su carrera en solitario y canciones como Ben (banda sonora de la película del mismo nombre) le dieron el estrellato. Luego más éxitos, desavenencias con la Motown y luego el encuentro con Quincy Jones su productor de siempre. En todos esos años los tira y afloja en su entorno van minándole y comienza su carrera de cambios físicos al tiempo que comienza a palidecer.
En 1982 mientras en España montaban un mundial de fútbol, el mundo temblaría y bailaría a la vez con Trhiller, el álbum más vendido de la historia del pop, trono que ningún cantante puede aspirar a ocupar. Desde la cumbre hasta hoy, todo es historia conocida por todos (y si no, busquen por Internet).
Michael es un rey roto por sus fantasmas, hundido por sus miserias que no supo encajar nunca. La inmadurez sólo es reflejo de su terror a crecer, a afrontar las cosas con la solvencia que deben dar los años. Hoy el rey del pop es una caricatura de sí mismo, un triste fantasma que fue alguna vez Michael Jackson, el fundador de Usa for Africa, el que nos hizo bailar a todos, el que hoy soplará las velas junto a un grupo reducido de amigos que no se terminan de creer que alguien con tanto talento puede terminar así.

jueves, 28 de agosto de 2008

Papel y pluma

Ignacio se dejó su libreta en casa y le ha dado una diarrea creativa. No tiene papel para recogerla. Se apunta las ideas en la mano y va por la calle con cara angustiada buscando una papelería. "Tres euros" le dice el dependiente. Con rabia saca del bolsillo la onerosa cantidad y se mete en un café para escribir. Se queda sin tinta. Decide pedirle al camarero prestado el bolígrafo. No la pluma como en Panamá. Aquí en España eso sería arriesgado.
Cuarta enseñanza: lleva siempre contigo lo necesario para escribir. Nunca se sabe cuando nos viene un apretón.

Año I después de Umbral

Parece mentira pero ya pasó un año. Umbral se marchó en silencio, como una metáfora, y nos dejó aquí su obra para revisitarla todas las tardes cuando nos falte un color o un sonido para la nuestra. De él siempre cuento la misma anécdota, cargada del azar de Paul Auster o de mi perseguidor Enrique Vila-Matas.
Había leído un artículo de Umbral, La vaca sentimental. Esto en 2001. En él Umbral se despachaba a gusto a cuenta de una reacción de “protesta” contra la imposición del “castellano” que le comentaron airadillas unas poetisas latinoamericanas al Rey Don Juan Carlos y una noticia que advertía que a algunas vacas se les estaba “recetando” diazepam por culpa del mal de las vacas locas. Eso para Umbral era artículo seguro y lo escribió y qué divertido. Decía, entre otras cosas que “nuestras vacas santanderinas y por ahí, aunque han afinado su hipersensibilidad de delgadas a base de diazepam, nunca llegarán a poetisas hondureñas”. Me hizo reír, que ya es bastante. Allí quedo todo.
Recuerdo a Umbral semanas después en el Círculo de Bellas Artes una tarde de conferencia. El compromiso burgués de la novela o algo así. Levantó la vista del texto y dijo a la audiencia expectante que el leído título, aunque nada tenía que ver con la conferencia lo había puesto por que le gustaba. Risas. Después de la conferencia, sobre la novela decimonónica, Miguel García Posada se disponía a moderar las preguntas al escritor. Ante las primeras, sobre todo la de una señora viejísima y emperifollada, umbral estuvo genial contestando a media y haciendo chistes sobre la edad de ambos.
Una mujer joven, de aspecto latinoamericano se hizo con el micrófono. “Señor Umbral” dijo indignada, “a usted le han dado un arma de matar con esa columna del mundo por que yo soy latinoamericana, poetiza y hondureña….”. Esta indignadísima. Pensé que Umbral sacaría su antológica mala uva y la pondría en su sitio pero no. El moderador animó a la poetiza a protestarle al periódico El Mundo y ella confesó, fuera de micrófono, que lo había hecho pero ni caso. Se levantó y se marcho dejándonos con la paz y el escritor. Se habrá sentido aludida por lo de vaca (o por lo de sentimental)
Me acerqué luego de concluido el acto y le pedí que me firmara Mortal y rosa, en la edición que publicó El Mundo y que tengo subrayada. Le hablé de Panamá, de mis proyectos literarios y me estrechó la mano. Me fui satisfecho. Cuando murió Francisco Umbral mi amigo Salvador Medina Barahona, poeta panameño, le dedicó un cariñoso artículo que me hizo recordar mis conversaciones con él sobre nuestro común admirado. Releo Mortal y Rosa. Os cito una de tantas frases citables: “Leer y escribir es ya la misma cosa. Es entrar en la rueda que se torna manantial, en el manantial que se torna paisaje, en el paisaje que se torna libro. Algo que viene de muy lejos, muy anterior a mí, y que seguirá fluyendo después que yo muera”.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Van Morrison y yo

Vila-Matas me persigue. Ahora con lo de Van Morrison. El otro día apareció mi amigo David Arroyo con un montón de cedés de de este cantante con su lapidaria sentencia con la que me conmina a crecer: "para que escuches buena música". Lo mismo hace con los autores anglosajones. A mi mujer, Marga Collazo, ya le gustaba Morrison y aquello me pareció una conspiración. Ahora resulta que Vila-Matas lo escucha también y que los tres lo frecuentaban antes que yo. Pero hay más. Me crié en el barrio panameño de Calidonia. Quiero leer sobre Van y me encuentro con una recomendación que les recomiendo: Viaje a Caledonia. Es una biografía de Morrison. Desde hace años Caledonia mudó en Calidonia para los panameños. Que venga Paul Auster y lo vea.

martes, 26 de agosto de 2008

El tamaño (o la extensión)

Ignacio Reler comenta en un café, delante de la mujer que le interesa, que escribe microficción. Se explica, ella no entiende. Son relatos muy breves, como por ejemplo "El dinosaurio" de Augusto Monterroso. "¿Quién?", tercia otra chica que está fascinada por el escritor. ¡Monterroso!y él pasa a contarles el microrelato: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Silencio. La mujer que le trae de cabeza dice que como sea así de corto todo lo que hace menudo rollo. Ignacio se queda toda la noche pensativo.
Tercera enseñanza: Escribe microficción pase lo que pase: el tamaño sí importa.

¡El Rey está desnudo!

Cuando a mediados del siglo XV Gutenberg inventó la imprenta, introdujo a la humanidad en una emocionante aventura: la búsqueda del criterio propio. Sometidos los textos a la consideración de un mayor número de personas, la verdad dejó de ser patrimonio de las dictaduras eclesiales para ser discutida por la mayoría. Entonces la humanidad pudo gritar: “¡el Rey está desnudo!”. ¿Recuerdan el cuento? Unos pícaros charlatanes llegaron al reino diciendo al Rey que tenían una tela invisible que sólo los inteligentes podían ver. Tocado el orgullo intelectual del monarca y sumando a ello su debilidad por los trajes no se habló más: los supuestos sastres confeccionarían la prenda. El Rey convocó a sus súbditos para que vieran en un desfile el traje no sin antes advertir que sólo los inteligentes podían ver la tela. De entre la multitud asistente un niño gritó con inocencia reveladora: ¡el Rey está desnudo!.
Tenemos un patrimonio inmenso en la lectura. La posibilidad de considerar otras realidades o conocer mejor nuestras circunstancias son opciones a las que no debemos renunciar. Leer puede lograr que de una vez por todas despeguemos como sociedad y comencemos a ver la vida desde una perspectiva más ventajosa, dotados de más conocimiento de nosotros mismos y de los demás. Un país que lee es un país que ha comenzado a madurar, es una sociedad que no se dejará engañar por el primer charlatán de feria (léase políticos y similares) que le susurre al oído sus peculiares cantos de sirena. La lectura es en muchos casos una suerte de cura contra los mentirosos.
Hay mucho entusiasta de la ignorancia. Hay mucho interesado en convertir Panamá en una sociedad de hombres y mujeres que prefieren el conformismo antes que el conocimiento. Leemos en la prensa o escuchamos en televisión o en la radio auténticas barbaridades políticas, intelectuales (incluso religiosas) que se tienen por verdad por el simple hecho de haber sido dichas por tal o cual doctor o licenciado. Hemos de gritar de una vez por todas ¡el Rey está desnudo! sin el más mínimo rubor ya que el criterio debe reposar en la mayoría, no en los reyes tuertos de un reino de ciegos. La lectura nos sumerge en ese maravilloso problema que el invento de Gutenberg inauguró hace siglos y que es señal de libertad: la búsqueda del propio criterio.
Esa búsqueda a través de los libros no es tan difícil como parece. El cuento que abre éste artículo es un cuento para niños pero encierra una enseñanza capaz de transformar la vida de nuestro país. Sólo hay que volver a los libros, a las historias de siempre. Daniel Pennac (ya hablaremos más de él) dice en su libro Como una novela lo siguiente: “leer, leer, y confiar en los ojos que se abren, en las caras que se alegran, en la pregunta que nacerá, y que arrastrará otra pregunta”. Confiar en que podamos gritar ¡el Rey está desnudo! para vergüenza de los tuertos entusiastas que reinan en el país de la ignorancia.

viernes, 22 de agosto de 2008

El jazz me lo trajo ella

Creí que era suficiente con que le gustara a Cortázar pero no: el jazz me lo trajo ella, Marga. Siempre que ponemos los discos nos vamos al blanco y negro y yo soy una especie de guapetón engominado y ella llega tímida a mi local luciendo vestido negro ajustado y pidiéndome fuego para su cigarrillo y para lo demás. Acaba el disco. Hemos bebido más vino de la cuenta y ella ya no tiene vestido (ni a color ni en blanco y negro) y yo no soy un engominado y menos un guapetón, quedan una especie y una mujer que emborrachó la timidez a punta de jazz y de vino. Además, menos mal que no fumamos ninguno de los dos.

El escritor y su mujer

Al final, Ignacio Reler termina viviendo lo que escribe y llamando a su mujer por el nombre de pila de la mala de su novela policíaca recién terminada de escribir. Como dice mi querido Andrés Neuman, "escribir nos merece la alegría", sí, claro, aunque nos pueda meter en un problema con la mujer.

Segunda enseñanza: Escribe, tu mujer lo entenderá (o no, pero escribe).

jueves, 21 de agosto de 2008

El escritor resucita

Las circunstancias aplastan a Ignacio Reler, escritor de ficciones. Se retuerce, se duele, se aleja de su mesa, de sus libretas.
Amanece un buen día y una chispa distante, como quien no quiere la cosa, enciende la literatura en el hombre que ayer dejó de escribir, muerto por el peso de lo que le ocurrió. "Le ha vuelto la literatosis", diría Onetti, médico.
Ahora se sienta febril a su mesa de trabajo y convoca las letras para clausurar su silencio.

Primera enseñanza: Escribe. Esa es la medida de tu existencia.

La magnitud de la tragedia

Es evidente: la cotidiana seguridad de que los aviones vienen y van nos ha privado de la comprensión de que la tragedia se puede suscitar. Llevo ocho años trabajando en mi tiempo libre en el Aeropuerto de Barajas, viendo ir y venir aviones de carga y de pasajeros. Nunca pasa nada. Es más, mi gran argumento terapéutico contra aquellos que sienten miedo a volar era, precisamente, que llevaba viendo ir y venir cientos de aviones sin problema.
La cosa cambió ayer, el día del cumpleaños de mi hermana, cuando nos llamaron para decirnos que un avión de Spanair se había salido de la pista. Parecía poca cosa pero el humo que vimos a lo lejos y el trajín de las sirenas nos decían otra cosa. Luego se sucedieron las cifras de fallecidos, las imágenes de los familiares, la desesperación. Mi madre me llama desde Panamá para asegurarse de que estoy bien. Mi hermano, desde allí también, se preocupa y me llama para quedarse tranquilo. La magnitud de la tragedia se queda sin referentes: esto nos supera, nos consterna y nos hace hoy más conscientes de la fragilidad de la existencia.