jueves, 21 de mayo de 2009

Oro ciego (Reseña)

La historia la conforman los pequeños personajes, las anónimas heroicidades de hombres y mujeres que desde la sombra de los hechos, con su búsqueda de sueños y de libertad, trazan sobre el lienzo de la humanidad un dibujo colorido algunas veces y muy gris tirando a oscuro la mayoría de las ellas. Es a esos personajes anónimos a los que Alejandro Hernández (La Habana, 1970) da voz en su espléndida novela “Oro ciego” un “western histórico-tropical”, lleno de acción y de la búsqueda del único tesoro posible: la libertad.
Alex Pashinantra el personaje principal de la novela sobrevive a la guerra de 1898 y nos relata su búsqueda de una nueva vida. En el camino le acompañará Luis que era cocinero para las tropas mambises y desea poner una fonda. A ambos los libera nada más empezar la novela un milagro que se le atribuye a San Ignacio de Loyola. Busquen y lean. Después se encontrarán con Berisa, primo de Alex que esconde un secreto y da el camino a seguir que todo buen western requiere: sabe donde hay oro. En esa búsqueda del preciado tesoro se encontrarán por el camino con James, otro espectro, en busca de un proyecto religioso, que termina uniéndose a la expedición hacia el oro. Todos llegan hasta el lugar donde el tesoro está escondido, en la región de Pinar del Río, donde Alex conoce a Gador, el personaje femenino de esta novela, una mujer con una existencia durísima, tan terrible y atroz como la vivida por Alex y Luis durante la guerra.
La atmósfera de esta novela, la humedad de la selva, los amaneceres, los ríos y las noches son ricamente elaborados por el autor que transmite con su técnica narrativa los ingredientes necesarios para olamos las sangre y escuchemos los grillos cantar en la noche cubana de hace más de un siglo, testigo de aquella independencia y desgarro de la última colonia española.
Pero a pesar de ser una novela que se narra durante la post-guerra hispano-estadounidense la obra rompe todos los esquemas del género histórico para hacer buena literatura, con un ritmo cinematográfico que invita constantemente al lector a ver planos, disfrutar de texturas tropicales y le expone a un juego prodigioso de luces y sombras que dan el color exacto de esta novela.
“Oro ciego” del cubano Alejandro Hernández es la búsqueda de un tesoro mayor: la libertad. De los fantasmas del pasado, de la brutalidad de la guerra, de infancias traumáticas, de miedos más que racionales que asaltan al lector en cada esquina de la novela. Hay también amor, sexo, risas e incluso partidos de beisbol que matan el tedio de la búsqueda y de la espera. Personajes redondos, visibles, bien construidos y que se desarrollan a lo largo del camino que seguimos subidos a la carreta con ellos o en el campo de batalla o en el inferno que describe Alex en la primer parte de la obra.
Inquietantes resultan las páginas dedicadas a la exploración de las cuevas en busca del oro y la presencia de unos terribles mastines ciegos que el lector querrá encontrar para seguir su rastro y desvelar su origen misterioso y cruel, metáfora de la oscuridad y del mal que asecha en ella y en los laberínticos pasajes de la cueva que esconde el tesoro. El ritmo de esta novela, el tempo, invita constantemente a seguir, a que nos cuestionemos escenas y testimonios que parecen sueltos, que parecen sobrar, pero que poco a poco van estrechando un círculo que no es ni más ni menos que el veredicto final del juico al que Alex Pashinantra es sometido por un tribunal estadounidense. La causa y el veredicto final debe descubrirlo el lector que no debe pasar la oportunidad de buscar su propio oro en esta novela. Al final encontrará lo que buscaba: literatura de la buena, literatura que promete muchas novelas más.
Novela larga y épica que se ha librado del barroquismo acartonado del género histórico, Oro ciego nos ofrece con fluidez las peripecias de unos personajes que son dignos del cine y de una segunda lectura liberada de la voracidad curiosa que toda primera lectura de una novela que engancha lleva consigo.

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