
Francisco Ayala siempre se me antojó en ser venido del pasado para decirme a mí que la generación del 98, la del 27 la del cincuenta, existieron más allá de las letras, que fueron de carne y hueso. La única vez que le vi en Madrid tuve miedo de acercarme, no por nada extraño sino porque no sabía que decirle a un testigo del pasado, a alguien que venía de allí y podía contarlo.
Ahora queda leerle más. Su sillón “Z” queda vacante y es elocuente que sea la última letra del alfabeto. Él era así, humilde, sin necesidad de fotos y relevancias pasajeras. Era un hombre, según los que le conocieron, sencillo, trabajador y honesto. Adiós a una figura de las letras, maestro e hito indiscutible de las letras españolas.
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