domingo, 9 de enero de 2011

Mentes cortas, largos olvidos

Hoy es 9 de enero ¿se acuerdan? Es muy probable que muchos ya no recuerden qué pasó hace exactamente cuarentaisiete años. Un grupo de estudiantes panameños del Instituto Nacional, por culpa de la falta de criterio y rotundidad en el cumplimiento de la ley, se vieron obligados por amor a la tierra que les vio nacer a plantar cara a los mismísimos Estados Unidos de América. La cosa degeneró y muchos murieron por las balas de la policía estadounidense. Luego estas muertes las utilizó la dictadura de Torrijos como arma de exaltación del nacionalismo para su propia propaganda y beneficio. Mentes cortas.
Jóvenes que expusieron su vida por un Panamá mejor, dentro de una democracia votada por el pueblo panameño, y la firmeza del Presidente Chiari, merecen que un día como este no sea tratado como un simple día feriado, como un pretexto para arrancarse a la playa o al interior. Largos olvidos. Debería ser un momento para pensar en nuestra Historia sin los filtros de las dictaduras y tomar ejemplo. Las cosas no suceden, las hacemos suceder, hemos de ponernos manos a la obra y resistir la adversidad. Sólo así los mártires de enero consiguieron ser el detonante de la entrega del Canal a Panamá.
Leo en un artículo tendencioso y manipulado que "el 9 de enero sólo se puede entender si eres panameño". Mentes cortas. Un embajador colombiano dijo por aquellas fechas que en Panamá se había instalado un muro de Berlín y la comunidad internacional fue consciente de lo que pasaba en nuestro país. Gentes de sitios tan dispares del mundo entendieron a la perfección lo que pasaba. Cuando algo que sentimos sólo es comprensible por nosotros únicamente mal va la cosa. Si no somos capaces de comunicar lo que nos duele o exalta en realidad significa que no existimos.
Leo con atención el correo que acompaña la Heurística de mi querido David Robinson y su homenaje a su tío Estanislao Orobio, nombre de personaje de novela, muerto en los sucesos de hace 47 años, que esconde una excelente costumbre para no olvidar lo que nos pasó para que no nos vuelva a pasar: visitar a nuestros muertos, no los laureados y cacareados, sino los muertos que desde el anonimato pusieron por delante su vida para que sobre su compromiso que les llevó a la muerte nosotros podamos caminar por una realidad más amble.
Crecí cruzando a diario por un parquecito que protagoniza muchos episodios de mi vida. El parquecito de la Cuchilla de Calidonia se llama (o se llamaba), para los que no se acuerdan, Ascanio Arosemena. De pequeño no sabía quién era. Luego la dictadura le convirtió en héroe de plástico. Después la historia me lo devolvió en su grandeza, en su sencillez de joven desprovisto de su vida por el absurdo de unos señores que se creían dueños de todo. Ahora Ascanio viaja por mis recuerdos con la armonía con que lo recuerda su familia, como un ser humano que jamás debió padecer aquello pero que hoy debemos volver a agradecérselo.
Mentes cortas de aquellos que insisten en hacer pasar la Historia por el arco falso de unas gestas que no corresponden. Olvidos largos y premeditados para que nuestra juventud crea que todo siempre fue así como es hoy, como si su libertad y estrecheces no le hubieron costado la vida a más de uno. Párense un poquito antes de arrancar y recuerden de donde venimos para no volver allí nunca más.

1 comentario:

Diego dijo...

Como dice José Ortega y Gasset: "Yo desconfío del amor de un hombre a su amigo o a su bandera cuando no lo veo esforzarse en comprender al enemigo o a la bandera hostil."